<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568</id><updated>2012-01-26T17:39:44.289-08:00</updated><category term='culturosos'/><title type='text'>Alonso Moleiro</title><subtitle type='html'>Espacio pensado expresamente para llenar las demandas del item "todo lo demás". Quien quiera leer análisis politicos formales o bravatas de opinión pública use los canales regulares</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>33</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-7429144731090577318</id><published>2012-01-26T16:39:00.000-08:00</published><updated>2012-01-26T16:41:46.883-08:00</updated><title type='text'>Una historia del 23 de enero</title><content type='html'>A la memoria de Moisés Moleiro (1937-2002)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una tumultuosa manifestación pidiendo libertades públicas y democracia, encabezada por Jóvito Villalba, tuvo lugar en la Plaza Bolívar de Caracas el 14 de febrero de 1936. Juan Vicente Gómez acababa de morir y una enorme expectativa se abría en aquella sociedad adormecida, recién despertando de un lado medioevo de tiranías. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Presenciando a distancia a la juventud exaltada, el viejo Moisés Moleiro Sánchez, entonces con 32 años, no estaba especialmente eufórico. Lo único que había descubierto entonces era que toda su juventud se había disuelto metida en una dictadura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había llegado a Caracas en 1928 para cursar estudios musicales; llegó a amenizar sesiones de cine mudo e incidentales de radio en vivo. En los años 40 comenzó a trabajar en sus primeras composiciones. Más adelante se ganaría la vida como profesor de piano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi 20 años después, como funcionario administrativo del Ministerio de Relaciones Interiores, masticaba entre los dientes un odio sordo en contra del perezjimenismo. Ese nuevo capítulo de la larga hegemonía andina que toda la vida, desde que tuviera memoria, había aplastado la voluntad de la ciudadanía. Iniciada en 1900 con Cipriano Castro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algunas tardes, de regreso del trabajo, seguro de que nadie lo estaba viendo, mientras se quitaba el saco y los zapatos, al viejo Moleiro se le iban las lágrimas. Nada bien estaban las cosas. La Seguridad Nacional había allanado dos veces su casa buscando a su hijo mayor, también llamado Moisés. Como no lo encontraron, terminaron llevándose a su hermano Federico.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¿A quién se le ocurre ponerse a hacer política en este país?”, se decía. Los gobiernos no se tumban tirando papelitos: en Venezuela los dictadores se mueren en su cama. Se lo dijo a moisesito millones de veces: lo único que iba a lograr con esa ociosidad era traerle una desgracia a su familia. Su hijo mayor, enconchado, perseguido por la policía. Federico, el segundo, preso por averiguaciones.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Moisesito” era Moisés Rafael, su hijo mayor. A diferencia de sus hermanos, no tenía ninguna aptitud para la música. No tenía ni nueve años cuando su padre había resuelto no darle más clases. Se concentraría en su hija, Carmencita, en quién descubrió un diamante en bruto en materia de talento. Especie de “oveja sorda” en una familia de artistas, era un sujeto zarpado y atrabiliario, que se devoraba libros enteros y se formó en la calle por cuenta propia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya había caído preso: dos años antes, en 1955, comenzando su militancia en la juventud de Acción Democrática, asistió con algunos de sus amigos al entierro de Andrés Eloy Blanco. Cuando Hely Colombani concluyó su discurso, y los restos del poeta ya estaban en la fosa, se le ocurrió gritar unas consignas en contra de la dictadura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La era de “El General” estaba entonces en su apogeo: había progreso económico, mucho miedo y sobre Venezuela no se movía una hoja sin su permiso. No tenia muy claro Moisés Rafael el tamaño de la barbaridad que acababa de cometer en aquella ceremonia deprimida y asustadiza. No dio mucho más allá de veinte pasos para salir cuando lo interceptaron los omnipresentes espías de la Seguridad Nacional. Estaba preso, y con él sus amigos, por andar gritando cosas en contra de el gobierno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fueron recibidos en la sede de la Seguridad Nacional por una línea de espías que reventaron sus costillas a patadas, y luego colocados provisoriamente en formación. Miguel Silvio Sanz, el jefe de la Brigada Política de la Seguridad Nacional, mano derecha de Pedro Estrada, pasaría revista a los más comprometidos para ser interrogados o trasladados a otros calabozos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varias horas después, sin derecho a ir al baño ni a comer, Sanz preguntó en voz alta “¿quién es Moleiro acá?”. Unos minutos más tarde, pensando que lo iban a matar, estaba éste sentado frente al escritorio del policía. “Le debo un favor a un tío suyo y por eso, por esta vez, lo voy a dejar irse. Eso sí: tenga mucho cuidado con volver a pasar por aquí. Lo vamos a estar vigilando”. No sabía Moleiro que, tiempo atrás, un familiar que simpatizaba con el perezjimenismo le consiguió trabajo a Sanz cuando llegaba a Caracas procedente de Maracaibo. Este inusual gesto de largueza incluyó a José Luis Ruggeri y Rafael José Rodríguez, los dos amigos de San Bernardino enrolados en aquella tremendura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viejo Moleiro fue a buscar a su hijo, acompañado de los padres de los otros muchachos, esperando que aquel susto constituyera un expediente lo suficiente concluyente como para que todo el mundo quedara aleccionado. La conversación posterior incluyó algunas restricciones: todos a estudiar; está prohibido meterse en política y mucho menos andar juntándose con el indeseable Américo. “Ese muchacho vive todo el día con cuatro espías detrás”, le decía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Américo” era Américo Martín, ya por entonces unos de sus amigos más cercanos. Las tardías disposiciones del viejo Moleiro no tuvieron ningún efecto en su hijo. Hace rato que Américo había reclutado a Moisés Rafael en el Liceo Aplicación para la causa de la resistencia. Este a su vez entró a Acción Democrática de la mano de Rómulo Henríquez. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ellos, junto a Héctor Pérez Marcano, Simón Sáez Mérida y otros jóvenes comprometidos de AD y el Partido Comunista, integraron una compacta y exigente logia, endurecida por el cemento de una fortísima amistad personal. Pasaron muchas horas juntos, en la legalidad y luego en la clandestinidad, llevando adelante encomiendas cada vez más arriesgadas, organizando círculos de lectura y devorando clásicos en busca de inspiración. Muy especialmente “Sacha Yegulev” de Leonid Andreyev. La proclama era santo y seña: “cuando el alma de un pueblo sufre, solo los puros de corazón van al sacrificio”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algunos profesores amigos que conocían sus andanzas se animaban a aconsejarles en voz baja que abandonaran aquel despropósito inconducente y se dedicaran a vivir la vida.  En política era mejor no meterse. La vida era para viajar, hacer dinero, buscar la paz interior y la felicidad. Irse de Venezuela. Ver mundo, disfrutar de los pequeños placeres. La gente estaba asustada, pero también estaba contenta: a Caracas le estaba cambiando el rostro, había seguridad, trabajo y empleo. No debían engañarse: este era un pueblo de mierda y habría dictadura para rato. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque no decían nada, estos consejos, bien intencionados después de todo, eran recibidos con mucho malestar. Una crepitante lava de ira, apenas contenida por los modales, subía al rostro de aquellos muchachos, y se desactivaba conforme la tertulia concluía. En Venezuela estaban torturando personas, arrodillando a familias enteras,  poniendo a desfilar a los empleados públicos de forma obligada. Pero el único consejo disponible era que lo mejor era irse de Venezuela a vivir la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquel disparatado y disciplinado grupo de carboneros, harto de escuchar consejitos sobre la importancia de la felicidad, tomo en 1957 dos draconianas decisiones: aquel que pidiera asilo político, se fuera de Venezuela o delatara a algún compañero en caso de caer preso, quedaba expulsado de la juventud de Acción Democrática.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A causa de sus actividades y sus posturas excesivas, en consecuencia, con “los flacos de Derecho”, en la UCV nadie quería juntarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Capturado finalmente cuando regresaba a su casa por aquellos espías que decía el viejo Moleiro que siempre tenía atrás, Américo Martín fue hecho preso no mucho antes de la decisiva huelga estudiantil de 1957.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La conflictividad social estaba aumentando, el régimen comenzaba a sentirse acorralado y la represión se endurecía. Todos los días caían nuevos activistas. La bienvenida a Américo se la dieron “Torrecito”, “Suelaespuma”, Braulio Barreto, el indio Borges, Colmenares, entre otros temidos esbirros presididos por Sanz. Eran los integrantes del posteriormente célebre “gang de la muerte”. Si lograban alguna delación, la información era reportada al exquisito Pedro Estrada, “Don Pedro”, el hombre más poderoso de la Venezuela de los años 50.   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Cuando Moleiro caiga va a dejar las bolas en este mecate”, le dijo un iracundo Sanz al nuevo prisionero Martín. Sanz buscaba su rostro entre las decenas de capturados nuevos, viendo con quien saciar su furia, presionado por sus superiores, que tenían demasiada prisa por desactivar los complots en camino, sediento de venganza ante la deslealtad. Despreciando sus advertencias y su magnanimidad, Moleiro estaba a la fecha terriblemente comprometido y para Sanz el atrevimiento se pagaría caro. Lo estaba esperando con impaciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Raciones de corriente en los dientes y las costillas, cigarrillos apagados en la piel, golpes en los testículos, cachiporras con fondo de hierro: Américo Martín tuvo que pasar, incluso, dos días parado, esposado y descalzo en el filo del ring de un automóvil. Nada de eso le impidió cumplir la encomienda: resistió como un valiente las torturas para no delatar a su amigo.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al viejo Moleiro no le gustaba llorar en público. A esas alturas, sin embargo, el abatimiento era imposible de disimular. Estaba seguro de que a  su hijo lo habían matado y que muy pronto se entrarían. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los últimos días, cuando las “conchas” escaseaban, perseguidos por una desesperada policía política, los dirigentes estudiantiles se colaban debajo de los carros de los automóviles en las residencias privadas para poder dormir algunas horas en la madrugada. Temerosos de que los capturaran con la propaganda de agitación que portaban, se comían los papeles sobrantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tumultuoso enero de 1958  insinuaba que los días en el poder del omnipotente “general” parecían contados. La mañana del 23, confirmada la huida del dictador por La Carlota,  en la casa de la avenida Avila de San Bernardino había alegría, pero también una profunda ansiedad. Comenzaba la tarde y Moisés Rafael no aparecía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quedó interrumpida la angustia de manera súbita cuando se apareció entonces, recibido como un héroe por sus vecinos, ahogado de la emoción y la euforia, entonando desafinadamente el himno nacional, con una bandera en la mano, mal bañado y sin afeitarse, díscolo y gargantúa como siempre fue.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Les traía a todos, especialmente a su padre, una gran noticia: se acabó el miedo. Se acabaron los chácharos, las charreteras, los esbirros, los espías, la censura, la obligación de adular, los desfiles, la humillación. Les traía a todos la noticia de la libertad. El, con sus hermanos y su madre, se abrazaron y lloraron para celebrar el fin de la tiranía. Resultó que con papeles sí se tumban gobiernos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unos cuantos meses después, junto a sus compañeros, aquellos con los cuales nadie quería juntarse, eran recibidos con ovaciones a donde quiera que iban. Vivieron un 1958 enloquecidamente feliz. Ninguno de ellos pasaba de los 23 años. La de ellos es la historia de la Generación del 58. La única que pudo participar en la caída una dictadura sin terminar en el exilio. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viejo Moleiro era un llanero nacido en 1904, acostumbrado a escuchar y relatar con fascinación historias de alzamientos y generales, machetes y duelos personales. Aunque era obvio que jamás había siquiera empuñado un machete, se ofendía majestuosamente si se le insinuaba que provenía de una pacífica familia de intelectuales que no sabía nada de guerras ni de revoluciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasó el resto de su vida muy orgulloso de su hijo, un insurrecto sin oído musical que le había dado una inconcebible lección de civismo y arrojo, y que, luego de haberlo obligado a votar por Rómulo Betancourt en 1959, se estaría reuniendo a conspirar en los años sesenta para discutir la necesidad de superar el orden democrático-burgués, entre otros términos extraños que él no comprendía bien.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-7429144731090577318?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/7429144731090577318/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2012/01/una-historia-del-23-de-enero.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/7429144731090577318'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/7429144731090577318'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2012/01/una-historia-del-23-de-enero.html' title='Una historia del 23 de enero'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-3888317155338353327</id><published>2012-01-19T15:34:00.000-08:00</published><updated>2012-01-19T15:35:35.580-08:00</updated><title type='text'>la frontera ideológica de la television</title><content type='html'>I&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La caja diabólica que manipula conciencias, banaliza el horror, introyecta la estupidez, estimula el consumo y reconcilia a los pobres con su estado de postración. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las reservas hacia la televisión no son exclusivas del universo de la izquierda ortodoxa. Todavía hoy, incluso en los círculos ilustrados conservadores, si un contertulio se encarga de dejar sentado, con toda la sutiliza del caso, que “no ve mucha televisión” queda adornado con el detalle. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cualquiera puede perfumarse de buen gusto y clarividencia si logra establecer una correcta distancia de este epicentro que todavía hoy domina la voluntad emocional de los hogares. Es muy clara la brecha, el vacío anímico entre la televisión y la alta cultura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Crecí bajo en un hogar que siempre le tuvo hondas reservas al mundo de la televisión, y probablemente por eso, al poco andar, me hice de niño un clandestino adicto a sus efectos. Salvo el salvoconducto de los deportes y los noticieros, y en algunas ocasiones los dibujos animados, en la sala de mi casa campeaba una rígida normativa en la cual quedaban vedadas, por ser consideraban subproductos que aletargaban el juicio y fomentaban el cretinismo, las telenovelas, los policiales y los maratónicos sabatinos.                   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esfuerzos inútiles: toda la veda establecida para cercenar los efectos de la televisión por parte de mis padres, impuesta entre la burla socarrona y la rigidez autoritaria, no pudieron impedir que a la larga me convirtiera en un compulsivo consumidor de medianías audiovisuales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos corrientes de pensamiento concurrieron, a mi manera de ver, en la satanización de la televisión como vehículo de comunicación y entretenimiento. Cierta escuela marxista y freudiana de principios del siglo XX, que depositó excesivas esperanzas en las posibilidades de la razón del hombre, expresada luego en autores como Herbert Marcuse, y alguna literatura profética de ciencia ficción, de altísima calidad, mortificada por el destino del mundo del futuro y el triunfo final de los totalitarismos, expresada en autores como George Orwell y Aldous Huxley. La conclusión parece asentada, estática en el imaginario de todos: la televisión sólo produce autómatas idiotizados susceptibles de ser manipulados por el consumo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ambas están ubicadas en los años 30, cuando ya existía el cine y la televisión era apenas un proyecto, aunque su influencia se extendió durante varias décadas. Ambas, especialmente la segunda, pudieron comprobar como, en los albores del mundo audiovisual, en principio a través del cine, el nazifascismo identificó con rapidez el vínculo entre la comunicación de masas y su poder para uniformar criterios y propalar fobias. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El “miedo al futuro”, la conjura entre la tecnología y la maldad humana, la incertidumbre ante lo que no podemos ver, el advenimiento de una profecía en la cual se impongan fuerzas que el hombre no podrá gobernar. Ha sido uno de los pánicos e la especie, una de las obsesiones más recurrentes de la literatura del siglo XX. En Venezuela, Carlos Raúl Hernández ha desarrollado ensayos brillantes sobre el tema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las cargas que podemos inventariar contra la televisión no son, por cierto, patrimonio exclusivo de sus dominios. Se las podemos adjudicar perfectamente a cualquier instrumento de entretenimiento masivo.  En sus cofines por supuesto que se conciben empaques lamentables, se hurga sobre pasiones humanas elementales, se exagera con la vulgaridad y la estupidez;  se abusa sobre la noción del espectáculo ante dramas humanos específicos e intrascendentes. Es este un universo pagado de sí mismo; gobernado por el estereotipo, poblado de gerentes y ejecutivos, que, con sus excepciones, no son muy aptos para las reflexiones de calado hondo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La verdad, sin embargo, es que la postura desdeñosa hacia todos los productos de la cultura de masas, comenzando por la televisión, han impedido a muchos intelectuales percibir sus sutilezas y sacarle provecho a sus múltiples beneficios. Como lo han demostrado con solvencia autores como Umberto Eco, en estos espacios sigue siendo amplísima la materia prima para revelar dramas humanos auténticos, para formularse preguntas de carácter totalizador, para recrear al hombre en torno a su incompletitud, sus dramas domésticos y sus angustias existenciales.  Especialmente ahora, cuando la televisión por cable y el encuentro con Internet están alterando con claridad la relación del espectáculo con la audiencia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Existe una cláusula irrenunciable cuando toca fijar posición ante fenómenos tan complejos y extensos: la palabra depende. Una renuencia declarada a comprar discursos precocidos con recetas curativas estructuradas. Las preocupaciones sobre el impacto de la televisión que subsisten en ciertos espacios del universo intelectual y la izquierda clásica están anclados en la realidad comunicacional del siglo XX.  Un estado de la historia, en muy buena medida, ya completamente superado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El uso soberano de la palabra “depende”, no sólo nos salva de los juicios convertidos en salmos, sino que nos permite cavar para discriminar en la mayor de las obviedades: como en todo entorno pensado para el consumo de cultura, en la televisión hay espacios que son espantosos, y hay otros que son excelentes. Como sucede con los libros, las canciones, los folletines, los comics y los suplementos. Como sucede con Internet. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En todas las reflexiones sobre los daños de la televisión observo mucho celo normativo; muchos límites, mucho miedo a las disposiciones del albedrío personal. Me recuerdan la airada protesta de Manuel Caballero a Fidel Castro cuando éste, en plena Perestroika soviética, prohibiera en La Habana la divulgación de la revista “Novedades” de Moscú: la apertura informativa promovida por Gorbachov traía demasiados elementos perturbadores y subversivos; demasiados aditamentos que le alteraban a las autoridades locales el lienzo forzado del “realismo socialista” levantado a partir de la censura. Caballero acusaba a Castro de prohibir a los cubanos información fundamental que, en cualquier caso, este sí se leía para poder tomar la aventajada decisión de proscribirla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque cualquier juicio crítico sobre la calidad de la televisión en el mundo no se puede sustraer de los contenidos que se emitieron en las naciones de lo que fue la cortina de hierro; de lo que sucede en Cuba o lo que emite Venezolana de Televisión. Una realidad unidimensional, una interpretación monocorde del entorno, una aproximación condicionada, y en consecuencia, extremadamente torpe, al entretenimiento como criterio, y, lo que es peor, como derecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Defensa del ambiente, reciclaje, comprensión de la fauna, tolerancia sexual, viajes, etnias, historia de la cultura, ciencia, estilos de vida. Todos son hoy, también, discursos vigentes de la televisión global. En la valoración sobre la influencia de la televisión, como casi todos los elementos del consumo de cultura, se ha menospreciado con evidente falta de puntería sobre el poder de veto del otro extremo de la ecuación comunicacional: el receptor. Ese que perfectamente puede apagar el aparato, si el contenido le ofende o no le interesa, como también puede cerrar el libro, si aquí ocurriese lo mismo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ha sido la televisión, al mismo tiempo, un aparato que fomenta como ningún otro la información y el conocimiento: los seres humanos de este tiempo histórico están más y mejor informados, más al corriente de lo que se hace a uno y otro extremo del orbe, más conscientes de su presencia sobre la tierra, más pendientes sobre la evolución de la fauna y la defensa del planeta  que nunca antes en la historia en la humanidad. Neozelandeses y filipinos; noruegos y sudafricanos, griegos y hondureños. Conectados a cada uno de los extremos de sus confines gracias a la expansión comunicacional que ha apalancado la televisión como uno de los vectores fundamentales de la globalización.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La metamorfosis que ha experimentado la televisión con la llegada del cable, y su encuentro con Internet el formato youtube, ha creado un hábitat demasiado extenso, demasiado ramificado, demasiado sofisticado y personal. Es un estado de la historia que está consumado y ofrece realidades culturales irreversibles. No tiene sentido negarlas. Se trata de cabalgarlas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchas veces asistí de niño, estimulado por mis padres, a actos culturales en las cuales se relataban historias en la cual se ridiculizaba al extremo el papel de la televisión como elemento distorsionador del buen juicio y la moral ciudadana.  Con el paso de los años leí periódicos, hice míos postulados ajenos, y digerí completos ensayos que enfundaban sus cañones en contra de la televisión como padre de todos los problemas de este mundo. Parecía como si todos estuviéramos aguardando por la llegada del día en la cual ésta desapareciera de nuestras vidas: que un nuevo estado de cosas la sacara de las salas de nuestros hogares o que un comité de sabios se sentara a explicarnos dónde estaría la verdad y la belleza de las cosas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras lo hacía, sin apenas reparar en mi contradicción, no me perdía los enlatados infantiles mexicanos, los seriados de entretenimiento vespertinos y las toneladas métricas de spots publicitarios, jingles y estrambóticos culebrones que también forman parte referencial de mi vida. Ocupan el mismo espacio que las películas de cantinflas, las guarachas de Celia Cruz, las historias de Conny Méndez y las canciones procaces de la infancia y la adolescencia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Inmunizado ya, hecho del virus un anticuerpo, un día decidí que sería yo el facultado a prohibirme, prescribirme o recomendarme programación televisiva. Soy un empedernido e irremediable televidente. Necesito que sus secuencias intrascendentes sean el telón de fondo de la sala de mi casa y ya no me da ninguna pena asumirlo. La uso incluso para que me acompañe sin volumen, mientras escribo o leo.  La adultez no es sólo un asunto cronológico: es una decisión personal. Incluso para establecer el alcance y los limites de los vicios. La televisión, además de una industria, es un formato para consumir cultura, y un instrumento con cláusulas y vedas necesarias, que tiene normas de uso y condicionantes específicos. Algunas de las posturas extremas con sesgo ideológico que hoy subsisten en contra de la televisión me lucen muecas sin contenido, esbozadas por personas empeñadas en forzar credenciales culturales que no son propias. ¿Banaliza la televisión hasta extremos inadmisibles el espectáculo de dramas diminuto? Cierto. También lo hace la que se proclama socialista. Sin disimulos y para sus propios fines.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El que probablemente sea el invento cultural más importante del siglo XX es, cómo no, tremendamente poderoso: por eso se le sataniza y se le teme. Por eso el poder político moderno ha comprendido que la batalla más importante de este momento se libra en sus cuadrantes. Como nunca antes, la política en el mundo toma cuerpo cuando se apropia con solvencia de la comunicación como criterio. Pues bien: dentro de sus cuadrantes, es que el televidente quien debe decidir si ver a CNN o Telesur.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Liberado de monsergas, desplazándome en sus aguas con el remo del zapping, sigo pescando historias y referencias en torno a la televisión.  Dentro de las cuadrículas que componen su terreno de juego hay unas reglas; hay un debate, unos dilemas y unas historias; una discusión subyacente en torno al devenir humano que yo no me quiero perder.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-3888317155338353327?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/3888317155338353327/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2012/01/la-frontera-ideologica-de-la-television.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/3888317155338353327'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/3888317155338353327'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2012/01/la-frontera-ideologica-de-la-television.html' title='la frontera ideológica de la television'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-1540529835239467386</id><published>2011-12-17T05:44:00.001-08:00</published><updated>2011-12-17T05:52:48.359-08:00</updated><title type='text'>“Petroleros suicidas” y la historias que estamos esperando</title><content type='html'>Publicado en el diario Tal Cual, diciembre de 2011&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Haber visto hace algunos meses Petroleros Suicidas, la inteligente obra de teatro de Ibsen Martínez, me dejó una sensación que me permitió extraer dos reflexiones. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera tiene un rasgo que tiene sus aditamentos anecdóticos de carácter personal: haber visto una pieza tan venezolana y al mismo tiempo tan universal, que resistiría un análisis en cualquier otro contexto, en la cual queda expuesta con tanta claridad el lento pero continuo proceso de decadencia de este país. Sentí una sensación muy especial cuando, otra vez, como sucedía antes, me pude sentar en una butaca a consumir un producto cultural hecho acá tan acabado y agudo, dirigido por el unánimemente aclamado Héctor Manrique y representado por un elenco de actores de primer orden. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La voz interpretativa de Ibsen,  muy especialmente en sus obras de teatro y en sus ensayos, lo reconcilia a uno con alguna sensación perdida de orgullo ciudadano fundamentado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La segunda conclusión, consecuencia de la primera, me sirvió para echarle una mirada al quehacer cultural actual en el país. La valiente y descarnada aproximación de Ibsen al desarrollo de los traumáticos episodios vividos en Venezuela en la década recién concluida permite advertir al que quiera verlo que, salvo lo que recoge la ensayística, y alguna otra excepción aislada, el grueso determinante del entramado artístico nacional, su narrativa, su música, sus películas y contenidos televisivos, sus comedias de situación y sus montajes, están asombrosamente de espaldas, ausentes, distantes, renuentes a enfrentar y recrear nuestra atormentada realidad cotidiana con alguna propuesta en particular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vamos a hablar en castellano. No estamos viviendo en absoluto un momento normal. No hemos llegado a vivir las dolorosas historias de Colombia, de Centroamérica, del Caribe y el Cono Sur, pero sí se nos ha ido intercalando en nuestras vidas un corrosivo ligamento autoritario de carácter posmoderno,  peligrosamente extendido en el tiempo, que relajó todas nuestras formas civiles y ambienta una cotidianidad que, en muy buena medida, es casi insoportable. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bien vistos, los años de la década anterior son un corolario acumulado de hipérboles imposibles: un presidente dispuesto a romper cualquier límite existente de la extravagancia, que trabaja duro para tener frente a sí a una sociedad arrodillada; vidas cegadas en la violencia callejera y ruinas consolidadas de la noche a la mañana. Procesos judiciales amañados. El futuro de todos en veremos. Una suerte de terrorismo de estado en dosis administradas. La historia de una nación maniatada, que tiene un pañuelo en la boca que no quiere asumir, súbitamente empobrecida, en la cual buena parte de sus cuadros más calificados está imaginando que el futuro queda en otra parte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El país, entretanto, vive metido en un curioso festín de petardos evasivos, con un público necesitado a toda hora de cambiar de tema. Una secuencia interminable de cánticos al “yo no sé”, que ha hecho de la mimesis una forma de vida. Algunas de sus expresiones más visibles se han especializado en desplazarse con una pericia florentina entre la sociedad y el estado para no incordiar a nadie y robarse el aplauso de todos.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los casos más paladinos defienden  su pacto con el poder político con un argumento que pretende ser un salvoconducto: “yo no soy político”. Una especie de mantra que configura una curiosa forma de evadir responsabilidades ciudadanas para obtener provechos y recursos. Películas, montajes y conciertos concebidos para agradar el oído del poderoso, ejercicios de adulación en regla de tres, con cierto carácter cortesano, que pretenden hacerse pasar por inocentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Personalmente creo que se equivocan y que la historia en algún momento se los va a hacer saber. El hecho artístico queda bastardeado cuando la política y la cultura se divorcian en entornos tan problematizados: las expresiones más completas del devenir humano tienen lugar cuando el hombre se apropia con dignidad de los elementos del entorno. No hay forma más acabada de aproximarse al hecho cultural que una correcta interpretación de la política y no hay concepto que le rinda tributo al arte con mayor dignidad que la palabra libertad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Echemos una mirada al entorno próximo. Cuantas películas, y cuentas historias que recrean pequeñas tragedias y glorias personales, pueden recogerse en el auge y el ocaso del pinochetismo; en el sandinismo nicaraguense; en la Cuba del exilio; en las juntas militares de Argentina y Uruguay, en los múltiples capítulos de la violencia en Colombia. Cabrera Infante; “Adiós Muchachos”, de Ramírez;  los dramas de Norma Aleandro; Isabel Allende; las conmovedoras historias de Héctor Abad Facciolince.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se dirá que la historia que estoy describiendo cursa un proceso que aún no concluye y que buena parte de las expresiones artísticas a las que aludo están infectadas por el virus de la censura impuesta. Proceso éste que tiene sus expresiones concretas en el estancamiento de la mayoría de las expresiones culturales tradicionales en el país.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa es una verdad a medias. Y por lo tanto, se parece mucho a una excusa. Necesitamos perspectiva y ánimo sereno, pero también posiciones, testimonios, coraje cívico, posturas con pretensión de permanencia. Necesitamos olvidarnos de los aplausos y contarnos lo que nos ha sucedido a través de historias individuales. El venezolano promedio no se puede pasar la vida rindiendo tributo exclusivo a la tentación recreativa. El que quiera evadir la taquilla de la censura y asumir las consecuencias de su valor civil todavía puede hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cierto: el hecho creativo es una responsabilidad personalísima. En lo personal, con las excepciones aludidas, yo estoy muy orgulloso de nuestro estamento de intelectuales y artistas. Sus posturas en los momentos decisivos están a la vista de todos. Un ochenta por ciento de ellos militando en la causa de la Constitución: escritores, poetas, músicos y pintores, presentes en el país, enfrentados a la sordidez y al abuso de poder,  consecuentes con la palabra empeñada. Han alzado su voz y han hecho público su compromiso con la libertad cuando ha sido preciso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahí están, sin embargo, esperándolos, las historias de los Semerucos, la violencia del 11 de abril, la lista de Tascón, la muerte de Maritza Ron; los comisarios; los insultos presidenciales, los hackeos de cuentas personales, la diáspora migratoria y los sabotajes orquestados a la UCV. Historias y dramas personales para ser contados a las generaciones que vienen detrás.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-1540529835239467386?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/1540529835239467386/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/12/petroleros-suicidas-y-la-historias-que.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/1540529835239467386'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/1540529835239467386'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/12/petroleros-suicidas-y-la-historias-que.html' title='“Petroleros suicidas” y la historias que estamos esperando'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-4511763412514688176</id><published>2011-11-02T13:55:00.000-07:00</published><updated>2011-11-02T13:57:06.459-07:00</updated><title type='text'>Maldición y elogio de Facebook</title><content type='html'>Hace escasos cinco años Facebook no existía. Hoy, una vez a la semana, termino cediendo a sus narcóticos efectos, a la fecha en un claro entredicho, atendiendo el remoto llamado de una ya atenuada compulsión gregaria, y me meto en sus páginas. La determinante mayoría de las veces para no conseguir nada especialmente relevante. Una y otra vez, la conclusión es la misma: el otrora delicioso garbo cotidiano de Facebook, al menos para mí, ha entrado en crisis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si hago una interpretación general y aplico una consideración extensa, tengo que concluir que, con todo, sigue siendo esta una herramienta que tiene todavía su relevancia vital. Una importancia que conserva su pomposo apellido: es estratégica. Gracias a Facebook he podido ubicar afectos perdidos de capítulos de mi vida superados, personajes importantes que había perdido, de los que siempre quise volver a saber, y pergeñar sus fotos, y tenerlos ahí capturados, sin una finalidad específica, y figurarme, incluso sin tener que preguntarles, qué ha sido de sus vidas. Está abstracción virtual es, en muchos casos, el único punto que tenemos en común.&lt;br /&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí están, a la mano, muchos de los amigos que no tengo cerca, que viven fuera de Venezuela, ahora que la migración se ha convertido en un hábito cultural de moda. Próximos, vecinos, cada uno de ellos metido en el módulo del país que ha escogido para vivir, habitando conmigo un espacio cultural y afectivo que se ha convertido en una especie de república virtual compartida. Afortunadamente están ahí, y afortunadamente está Facebook para hacerlo posible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque si Twitter es un dominio público, una especie de ágora, una trinchera para escupir taquitos retóricos amontonada en unos cuantos caracteres, también con su irresistible encanto, Facebook sigue siendo, con todo, un espacio personal. Una libreta telefónica sin teléfonos. En mi red de contactos hay una especie de cláusula, seguramente compartida por muchos como política: no abrirle la puerta a desconocidos. Acepto amigos nuevos aplicando el parámetro mínimo universal del derecho: “vista, trato y comunicación”.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahí está, pues, Facebook, el mecanismo perfecto en la víspera de unas elecciones, de vez en cuando ofreciendo algún relieve que le devuelva el menguante interés. De todas formas, algunos amigos importantes siguen renuentes a alistarse en la red del reinado de los amigos. De viva voz, me lo han confesado: no soportan portar una membresía en la cual, por definición, todo el mundo tenga que ser “amigo”. El postulado es demasiado gallo.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi lista personal amistades disidentes ha conocido, en el tiempo reciente, algunas deserciones importantes, porque la presión social los obliga, pero en muchas ocasiones el efecto es el mismo: ingresan, colocan su foto, se aburren de lo que en ocasiones parece una versión electrónica de un “notiexpress”, reciben de intercambio dos chocolates virtuales que no han pedido, y dejan su cuenta disecada antes los ojos de los demás. A algunos de los afectos más importantes de mi vida los tengo, por diversos motivos, muy lejos de mi red personal. Tendrán todos sus pareceres y matices sobre el impacto político de las comunidades virtuales propalando, como en el mundo árabe, la buena noticia de la libertad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me voy a estudiar, quedé de nuevo en estado, noche de panas en casa de Josefina, qué bella esa bebeeeé, que bellas somos, amigui, qué éxito. Eso es Facebook. Un universo en el cual no existe el incordio.  Grandes amistades de otros momentos, novias viejas, niñas que se hicieron señoras, mujeres bellas sobre las cuales más nunca se había sabido nada, todos mostrando sus fotos, muertos de la risa, optimistas a todo evento, afortunadamente todos, o casi todos, vivos y dando la pelea. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gracias a su escasez en audacia y a su inexplicable vocación para la navegación sobre lo obvio, se ha convertido éste, por cierto, en un anticuerpo perfecto para que se atenúen los efectos de las cadenas con reflexiones insustanciales, vigentes a principios de la década anterior en las cuentas personales de la gente. Si algún conocido suyo no resistía las ganas de expresarse llenándole la cuenta Hotmail con poesía apócrifa de un Borges hablando como Pablo Coelho, debe estar tranquilo: para él ya llegó Facebook.  El daño igual ya está hecho: las cadenas migraron a los celulares y el correo se le llena de basura con mensajes corporativos y cursos de inglés. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Resultó que, contrariamente a lo que llegamos a pensar muy al principio, en Facebook nadie desentraña matices ni a descubre secretos. Es precisamente al revés: este es el universo de lo ya sabido.  Todos aquí, todos juntos, todos al mismo tiempo. El “bing Bang” financiero aplicado al universo de la cultura y la comunicación. Todos felices. Como José Visconti: a sacarla de jonrón. “Nadie es tan feo como aparece en su cédula ni tan buenmozo como sale en Facebook”.  No está permitido el veneno y es necesario tener un agudo sentido de la diplomacia. Este el reino de la felicidad.  Resultó que, cuando entro a Facebook, estoy presenciando la vida de mis amigos en horario todo público. Disney Channel. La vida en Facebook es A.  “Quince años con mi esposito: más felices que Michael Landon”: “felicidades amigui”; “que sean muchos más”;  “que belloooosssss”; “el matrimonio es la base de la sociedad”, “qué éxito”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esos cuadrantes genéricos, esa sobredosis de acuerdo, ese remanente de consenso, esa deuda perpetua con la palabra incordio,  esa pinta de cartelera de corcho de curso de inglés en Vancouver, hace a Facebook, en contrapartida,  un lugar muy peligroso para polemizar. En el Twitter las ideas están condenadas a salir a defenderse solas, afeitadas, compactas, gobernadas por la precesión, sin pelambre subordinada y sin mohines urbanos. Después usted decide si contesta. Facebook pocas veces entiende sobre la legitimidad de las discusiones. Es muy fácil ponerse antipático.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Una inquietud que tenga sus matices, una duda que queremos intentar encaminar, una oración expresada de forma medianamente incompleta, una más de las miles de verdades a medias que masticamos todos los días en compañía del resto de la gente, puesta sobre el tablero para ser considerada sin pasiones, lo conducirá inevitablemente a colocarse en el peor de los mundos posibles: a defenderse de una cosa que usted no ha afirmado. En el reinado virtual del amor hay mucha gente que no encuentra donde desahogar sus ganas de discutir cualquier nimiedad.  Como es este  un espacio para entenderse, es el universo del malentendido. Intercambios farragosos y agónicos, a veces incluso imposibles de comprender, parados sobre un supuesto que no existe, en los cuales su contertulio pasará a explicarle el significado de un asunto sobre el que usted no se ha pronunciado. Sobre el cual terciará una nueva voz para adulterar, a su vez, todo lo que había quedado dicho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En fin, ese es el juego, y esas son sus reglas. Las herramientas son así: yo no me puedo cepillar los dientes con una sierra eléctrica y terminar echándole la culpa de lo que me hizo en las encías. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces me figuro que dentro de poco aparecerán modalidades más sofisticadas de integrar redes sociales, haciendo mucho mejor lo que ésta intenta: interpretando en toda su dimensión el carácter global de nuestras vidas. Por lo pronto me limito a documentar cómo me ha ido con ésta: el único reducto palpable que tengo, en el cual, con sus excepciones, están desfilando todos mis anillos anecdóticos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese sabor a balance le otorga a Facebook, a veces, unos gramos adicionales de peso específico. Los amigos más cercanos y la gente que apenas conozco de vista. Mis afectos más remotos: Maiquel Capeans, de San Ramón a Chimborazo. La primaria, el bachillerato. La decisiva era de la universidad. Mis viajes juveniles. Mis amigos puertorriqueños. Mi vida laboral en todas sus etapas, con sus tribulaciones actuales. Mis relaciones sentimentales, mi esposa y mi hija. A algunos los veo en el chat y ni siquiera me atrevo a saludarlos. Lo más probable es que ya no tengamos nada más qué decirnos.  Puede que sea suficiente con el acto de presencia de sus nombres.  Jamás he colgado una foto en Facebook. No ha hecho falta: con las que han puesto los otros hay un trazo grueso, suficientemente descriptivo, de lo que yo soy hoy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los veo a todos en mi lista, los nombres que me he cruzado en cada tramo existencial, con sus historias y su variable importancia. Son ellos, sin que lo sepan, colocados en esa secuencia arbitraria, los que están contando por tramos, de forma modular, como lo hizo Cortázar en Rayuela, qué ha sido de mi vida. Un juego de memoria, unas postales con nombre, una suma de cromos. Un absurdo papel de coleccionista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Facebook podrá fenecer. Las redes sociales tienen un largo trecho por recorrer. Migraremos a otras redes, seguiremos caminando, nos llegarán los nietos, nos tocará irnos. Esas postales de recuerdo que hoy nos aburren por insustanciales es el pelo que nos va a seguir creciendo: cumpleaños, fotos, efemérides y saluditos.  En Internet tendremos fe de vida aún estando ausentes. Esa forma curiosa de adulterar la realidad que a veces denominan la poesía. Nadie pensó en la muerte cuando conoció Facebook. No pensamos en esas cosas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-4511763412514688176?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/4511763412514688176/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/11/maldicion-y-elogio-de-facebook_02.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/4511763412514688176'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/4511763412514688176'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/11/maldicion-y-elogio-de-facebook_02.html' title='Maldición y elogio de Facebook'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-659050765810953287</id><published>2011-11-02T13:52:00.000-07:00</published><updated>2011-11-02T13:54:42.197-07:00</updated><title type='text'>Maldicíón y elogio de Facebook</title><content type='html'>Hace escasos cinco años Facebook no existía. Hoy, una vez a la semana, termino cediendo a sus narcóticos efectos, a la fecha en un claro entredicho, atendiendo el remoto llamado de una ya atenuada compulsión gregaria, y me meto en sus páginas. La determinante mayoría de las veces para no conseguir nada especialmente relevante. Una y otra vez, la conclusión es la misma: el otrora delicioso garbo cotidiano de Facebook, al menos para mí, ha entrado en crisis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si hago una interpretación general y aplico una consideración extensa, tengo que concluir que, con todo, sigue siendo esta una herramienta que tiene todavía su relevancia vital. Una importancia que conserva su pomposo apellido: es estratégica. Gracias a Facebook he podido ubicar afectos perdidos de capítulos de mi vida superados, personajes importantes que había perdido, de los que siempre quise volver a saber, y pergeñar sus fotos, y tenerlos ahí capturados, sin una finalidad específica, y figurarme, incluso sin tener que preguntarles, qué ha sido de sus vidas. Está abstracción virtual es, en muchos casos, el único punto que tenemos en común.&lt;br /&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí están, a la mano, muchos de los amigos que no tengo cerca, que viven fuera de Venezuela, ahora que la migración se ha convertido en un hábito cultural de moda. Próximos, vecinos, cada uno de ellos metido en el módulo del país que ha escogido para vivir, habitando conmigo un espacio cultural y afectivo que se ha convertido en una especie de república virtual compartida. Afortunadamente están ahí, y afortunadamente está Facebook para hacerlo posible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque si Twitter es un dominio público, una especie de ágora, una trinchera para escupir taquitos retóricos amontonada en unos cuantos caracteres, también con su irresistible encanto, Facebook sigue siendo, con todo, un espacio personal. Una libreta telefónica sin teléfonos. En mi red de contactos hay una especie de cláusula, seguramente compartida por muchos como política: no abrirle la puerta a desconocidos. Acepto amigos nuevos aplicando el parámetro mínimo universal del derecho: “vista, trato y comunicación”.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahí está, pues, Facebook, el mecanismo perfecto en la víspera de unas elecciones, de vez en cuando ofreciendo algún relieve que le devuelva el menguante interés. De todas formas, algunos amigos importantes siguen renuentes a alistarse en la red del reinado de los amigos. De viva voz, me lo han confesado: no soportan portar una membresía en la cual, por definición, todo el mundo tenga que ser “amigo”. El postulado es demasiado gallo.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi lista personal amistades disidentes ha conocido, en el tiempo reciente, algunas deserciones importantes, porque la presión social los obliga, pero en muchas ocasiones el efecto es el mismo: ingresan, colocan su foto, se aburren de lo que en ocasiones parece una versión electrónica de un “notiexpress”, reciben de intercambio dos chocolates virtuales que no han pedido, y dejan su cuenta disecada antes los ojos de los demás. A algunos de los afectos más importantes de mi vida los tengo, por diversos motivos, muy lejos de mi red personal. Tendrán todos sus pareceres y matices sobre el impacto político de las comunidades virtuales propalando, como en el mundo árabe, la buena noticia de la libertad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me voy a estudiar, quedé de nuevo en estado, noche de panas en casa de Josefina, qué bella esa bebeeeé, que bellas somos, amigui, qué éxito. Eso es Facebook. Un universo en el cual no existe el incordio.  Grandes amistades de otros momentos, novias viejas, niñas que se hicieron señoras, mujeres bellas sobre las cuales más nunca se había sabido nada, todos mostrando sus fotos, muertos de la risa, optimistas a todo evento, afortunadamente todos, o casi todos, vivos y dando la pelea. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gracias a su escasez en audacia y a su inexplicable vocación para la navegación sobre lo obvio, se ha convertido éste, por cierto, en un anticuerpo perfecto para que se atenúen los efectos de las cadenas con reflexiones insustanciales, vigentes a principios de la década anterior en las cuentas personales de la gente. Si algún conocido suyo no resistía las ganas de expresarse llenándole la cuenta Hotmail con poesía apócrifa de un Borges hablando como Pablo Coelho, debe estar tranquilo: para él ya llegó Facebook.  El daño igual ya está hecho: las cadenas migraron a los celulares y el correo se le llena de basura con mensajes corporativos y cursos de inglés. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Resultó que, contrariamente a lo que llegamos a pensar muy al principio, en Facebook nadie desentraña matices ni a descubre secretos. Es precisamente al revés: este es el universo de lo ya sabido.  Todos aquí, todos juntos, todos al mismo tiempo. El “bing Bang” financiero aplicado al universo de la cultura y la comunicación. Todos felices. Como José Visconti: a sacarla de jonrón. “Nadie es tan feo como aparece en su cédula ni tan buenmozo como sale en Facebook”.  No está permitido el veneno y es necesario tener un agudo sentido de la diplomacia. Este el reino de la felicidad.  Resultó que, cuando entro a Facebook, estoy presenciando la vida de mis amigos en horario todo público. Disney Channel. La vida en Facebook es A.  “Quince años con mi esposito: más felices que Michael Landon”: “felicidades amigui”; “que sean muchos más”;  “que belloooosssss”; “el matrimonio es la base de la sociedad”, “qué éxito”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esos cuadrantes genéricos, esa sobredosis de acuerdo, ese remanente de consenso, esa deuda perpetua con la palabra incordio,  esa pinta de cartelera de corcho de curso de inglés en Vancouver, hace a Facebook, en contrapartida,  un lugar muy peligroso para polemizar. En el Twitter las ideas están condenadas a salir a defenderse solas, afeitadas, compactas, gobernadas por la precesión, sin pelambre subordinada y sin mohines urbanos. Después usted decide si contesta. Facebook pocas veces entiende sobre la legitimidad de las discusiones. Es muy fácil ponerse antipático.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Una inquietud que tenga sus matices, una duda que queremos intentar encaminar, una oración expresada de forma medianamente incompleta, una más de las miles de verdades a medias que masticamos todos los días en compañía del resto de la gente, puesta sobre el tablero para ser considerada sin pasiones, lo conducirá inevitablemente a colocarse en el peor de los mundos posibles: a defenderse de una cosa que usted no ha afirmado. En el reinado virtual del amor hay mucha gente que no encuentra donde desahogar sus ganas de discutir cualquier nimiedad.  Como es este  un espacio para entenderse, es el universo del malentendido. Intercambios farragosos y agónicos, a veces incluso imposibles de comprender, parados sobre un supuesto que no existe, en los cuales su contertulio pasará a explicarle el significado de un asunto sobre el que usted no se ha pronunciado. Sobre el cual terciará una nueva voz para adulterar, a su vez, todo lo que había quedado dicho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En fin, ese es el juego, y esas son sus reglas. Las herramientas son así: yo no me puedo cepillar los dientes con una sierra eléctrica y terminar echándole la culpa de lo que me hizo en las encías. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces me figuro que dentro de poco aparecerán modalidades más sofisticadas de integrar redes sociales, haciendo mucho mejor lo que ésta intenta: interpretando en toda su dimensión el carácter global de nuestras vidas. Por lo pronto me limito a documentar cómo me ha ido con ésta: el único reducto palpable que tengo, en el cual, con sus excepciones, están desfilando todos mis anillos anecdóticos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese sabor a balance le otorga a Facebook, a veces, unos gramos adicionales de peso específico. Los amigos más cercanos y la gente que apenas conozco de vista. Mis afectos más remotos: Maiquel Capeans, de San Ramón a Chimborazo. La primaria, el bachillerato. La decisiva era de la universidad. Mis viajes juveniles. Mis amigos puertorriqueños. Mi vida laboral en todas sus etapas, con sus tribulaciones actuales. Mis relaciones sentimentales, mi esposa y mi hija. A algunos los veo en el chat y ni siquiera me atrevo a saludarlos. Lo más probable es que ya no tengamos nada más qué decirnos.  Puede que sea suficiente con el acto de presencia de sus nombres.  Jamás he colgado una foto en Facebook. No ha hecho falta: con las que han puesto los otros hay un trazo grueso, suficientemente descriptivo, de lo que yo soy hoy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los veo a todos en mi lista, los nombres que me he cruzado en cada tramo existencial, con sus historias y su variable importancia. Son ellos, sin que lo sepan, colocados en esa secuencia arbitraria, los que están contando por tramos, de forma modular, como lo hizo Cortázar en Rayuela, qué ha sido de mi vida. Un juego de memoria, unas postales con nombre, una suma de cromos. Un absurdo papel de coleccionista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Facebook podrá fenecer. Las redes sociales si tienen un camino largo por andar. Migraremos a otras redes, seguiremos caminando, nos llegarán los nietos, nos tocará irnos. Esas postales de recuerdo que hoy nos aburren por insustanciales es el pelo que nos va a seguir creciendo: cumpleaños, fotos, efemérides y saluditos.  En Internet tendremos fe de vida aún estando ausentes. Esa forma curiosa de adulterar la realidad que a veces denominan la poesía. Nadie pensó en la muerte cuando conoció Facebook. No pensamos en esas cosas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-659050765810953287?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/659050765810953287/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/11/maldicion-y-elogio-de-facebook.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/659050765810953287'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/659050765810953287'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/11/maldicion-y-elogio-de-facebook.html' title='Maldicíón y elogio de Facebook'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-4335337886497370190</id><published>2011-10-19T11:53:00.000-07:00</published><updated>2011-10-19T11:57:26.059-07:00</updated><title type='text'>la televisión "honesta"</title><content type='html'>(publicado en la columna Placebo, de Urbe Bikini, Octubre de 2011)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lupita Ferrer, Cecilia Villarreal, Raúl Amundaray, Elluz Peraza, Martín Lantigua, Eduardo Serrano, Gilberto Correa: los personajes de la televisión de antaño lucían imposibles. Formales, distantes, amables, asépticos, perfectos. Despachando autógrafos con noble desprendimiento; saludando desconocidos con una media sonrisa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No existía para un niño de fines de los años setenta una emboscada más sensacional que toparse con un artista de la televisión. Una figura sonreída, la elipsis exacta de lo ideal, desplazándose entre la audiencia con una fingida humildad y una calculada sensación de dominio. Vista de cerca, además, portadora del hechizo del color: las pantallas eran aún en blanco y negro. Distinguidas e imperturbables, siempre especiales, con una elegancia a prueba de balas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como nicho natural de toda idea del espectáculo, la televisión era el universo de la perfección. No en balde, el dominio del reinado de nociones como “escena” y “ensayo”. Justo ahí donde encuentra su asiento, sin incordiar, la palabra impostura. La televisión, y el teatro también, son el universo en el cual tiene su residencia la palabra ilusión. La dimensión de la percepción donde no había espacio para las groserías, las impudicias, las miserias humanas o la ausencia de estética. Todos sus integrantes, “estrellas”: acostumbrados a ser mimados por la audiencia&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En mi caso, la edad de la inocencia, como en todo transcurso vital, comenzó en el cine, sobre los 13 años, remontado el umbral de la censura B. Yo no puedo negar la pequeña sensación de escándalo que a mi produjo, en las primeras de cambio, aquellos policiales nacionales en los cuales Alicia Plaza enseñaba sus senos o Jean Carlos Simancas imprecaba a su esposa y sus hijos con el típico hablar grueso de un funcionario cualquiera. Similar al celofán que queda roto cuando dejamos atrás a nuestros circunspectos profesores de la primaria, todo el tiempo amonestando nuestro vocabulario soez, para abordar a los informales y desmañados del bachillerato: con frecuencia más groseros que los mismos alumnos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No podía ser de otra manera. Queda claro que el polifuncional oficio del actor es cualquier cosa menos vaporoso. Tan sofisticado y sórdido como la vida misma. La ruptura del himen y el comienzo de las impurezas conocen su génesis desde el famoso “mucha mierda” que unos se desean a otros antes de saltar a la escena: es el santo y seña que los entendidos en el oficio usan de amuleto antes de enfrentarse al dictámen del público.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La llegada de la década anterior se trajo al remolque todo un siglo. Uno de los matices fundamentales de los espectáculos masivos y la audiencia ha sido, más bien, poco comentado. Los famosos “realitys” consolidaron una tendencia que se ha transformado, de manera irreversible, en el derrotero de la televisión actual. La pantalla ha dejado atrás el señorío y la calidez  reinantes hasta los años setenta para sostener con el espectador una relación igualitaria, transparente, más bien mal educada: muy similar a la calle. Mucho más honesta con el público. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Groserías, sexo, mofas al poder político, confesiones, estridencias e indiscreciones domésticas de todo calibre. El día en el que Alicia Machado hizo el amor con un participante de El Gran Hermano ante toda la audiencia española llegó a su punto de condensación el cariz de la pantalla de hoy.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta es una tendencia que ya tenía años de vigencia en el mundo desarrollado: lo cierto es que, al multiplicarse las señales de cable y consolidarse las postales fractales de youtube, con sus infidencias por tomas,  la televisión “verdadera”, brutalmente honesta, parece haber llegado para quedarse. La han conquistado, probablemente para fortuna de todos, los malos modales.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-4335337886497370190?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/4335337886497370190/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/10/la-television-honesta.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/4335337886497370190'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/4335337886497370190'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/10/la-television-honesta.html' title='la televisión &quot;honesta&quot;'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-5640962751506465303</id><published>2011-10-10T15:53:00.000-07:00</published><updated>2011-10-10T16:00:57.195-07:00</updated><title type='text'>Los discursos de El Zorro</title><content type='html'>Alonso Moleiro&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El seriado de El Zorro grabado en los estudios Disney, eternamente transmitido en la televisión vespertina, debe ser la producción más antigua que tiene disponible la pantalla local. Cuando sus primeros capítulos comenzaron a emitirse, en 1957, en Venezuela todavía gobernaba Marcos Pérez Jiménez. Toda la televisión era, de hecho, un suceso bastante reciente. No había llegado el hombre al espacio; Kennedy apenas acariciaba la idea de ser candidato; John Lennon y Paul McCartney eran dos adolescentes que se estaban conociendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algunos actores que luego se hicieron celebridades, como Richard Anderson (el Oscar Goldman, de “El Hombre Nuclear”); Johnattan Harris (el pérfido doctor Zachary Smith de “Perdidos en el Espacio”), y César Romero, el postrero “Guasón” de Batman, daban entonces sus primeros pasos en la industria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasan y pasan los años y ahí están sus secuencias, convertidas en un loop, sobreviviendo a todas las tardes y los avatares posibles. Ya pasó de padres a hijos, de tíos a sobrinos, y pronto lo hará de abuelos a nietos. Hace mucho que, en materia de longevidad, dejó atrás a otros seriados contemporáneos, como El Llanero Solitario o Rin Tin Tin, hoy casi disueltos en la memoria de los más adultos, e incluso a los posteriores, los que prometían actualidad y futuro: Tierra de Gigantes, Viaje al Fondo del Mar, Viaje a las Estrellas, Kojak, Starsky and Hutch, TJ Hooker o Miami Vice.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Como no deja de ser transmitido en la tele, El Zorro no trae consigo pasivos generacionales al momento de ser invocado. A nadie “se le cae la cédula” por aludirlo. Este vetusto proyecto sigue siendo hoy completamente pertinente en una conversación casual. El acompañante perfecto en la víspera de la cena, cuando el  día se hace tibio y el tráfico encuentra su punto de condensación. Casi siete décadas en la cuales millones de seres humanos, vivos y muertos, han evadido sus tormentos y apuros cotidianos colocando la atención en aquel entrañable seriado de aventuras y nudos argumentales en los cuales el bien, como corresponde, siempre triunfa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una cálida textura lograda con el insuperable doblaje en las escuelas mexicanas, vigente por igual en Belice y Paraguay, en Puerto Rico y Chile y una resolución sensiblemente mejorada con la colorización de 1992. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquellos remotos dominios a caballo y carreta de la California española de mediados del siglo XIX  son recreados para contarnos las andanzas de un superhéroe también encapotado, como otros colegas suyos del universo mediático, pero portador de un historial al cabo más sensata y verosímil. El Zorro no vuela, no dispara rayos, no habla bajo el agua y no puede colocar en reversa el giro de la tierra en un arranque de cólera. Todo lo cual le permite morder una parte del público adult: estamos en presencia de un intrépido que parece tener claro que la inmortalidad no existe. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se trata únicamente de que sea esta una serie de una longevidad insólita y poco comentada. En los estudios Disney, la cadena ABC logró, además, que ninguna otra versión anterior ni posterior de El Zorro tuviera la carga simbólica y la legitimidad que el proyecto en cuestión, que parece haberse ganado para siempre una suerte de “denominación de origen”. No hay otro Zorro que no sea éste, auténticamente hispanófilo y mexicano, el del rasgado del arpa para armonizar las caídas. Ni Alain Delón, ni muchísimo menos Antonio Banderas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un joven apuesto y sonreído, condenado a caerle bien a cualquiera, Guy Williams, caracteriza al “patiquin” Diego de la Vega. Gene Sheldon, actor y además mimo de profesión, interpreta a Bernardo, su mayordomo y ayudante, un aporte específico de esta popular versión, el sordomudo que le sirve de contrapunto a todas las coartadas de El Zorro, palanca perfecta para hacer relativamente creíbles los ardides del superhéroe. Tampoco hay reemplazo posible para el más entrañable de todos los villanos, Henri Calvin, el icónico Sargento García, quien, además, en vida, fue un cantante lírico que pudo interpretar varias tonadas incidentales para la serie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se ha acusado siempre a los seriados americanos de ser portadores de penetrantes metadiscursos con complejos significantes ideológicos en casi todas sus series de entretenimiento, encubiertos detrás de una aparente proposición recreativa y sin intenciones ulteriores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Toda la vida hemos escuchado cierta cantaleta de protesta desde las telarañas de algunas cavernas de la izquierda clásica: relatos atractivos y personajes a través de los cuales El Pentágono monta laboratorios para propalar sus valores, fomentar odios y drenas sus miedos. Ridiculizar a sus adversarios y fundamentar, con ejemplos cotidianos, las bondades de su estilo de vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Capitán America, Superman, Tarzán, Mickey y el Llanero Solitario. Aunque la discursiva de la poderosísima industria del entretenimiento estadounidense es bastante menos inocente de lo que pretende, pienso que el postulado anterior es una verdad a medias. Un análisis que corresponde, sobre todo, a los confines históricos de la Guerra Fría.  Algunas de las posturas que traen consigo sus historias (el enorme componente racista de Tarzán; el epicentro patriotero del Capitán América) han ido caducando conforme ésta y otras sociedades ha ido mudando pieles y orientando sus intereses a otros objetivos. Los creativos de la cultura de masas de este momento no son, ni en un millón de años, los mismos de la mitad del siglo XX.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estados Unidos, como todo occidente, ha surcado el siglo XX sometido a traumáticos procesos de aprendizaje, especialmente a partir de los años 60. Para empezar, habría que dejar sentado que uno de los objetivos fundamentales para la mofa de los creativos de Hollywood ya no se ubican en el extrarradio, ni en sus minorías nacionales: residen en la propia sociedad Wasp. Homero Simpson o Al Bundy, el de Casado y con Hijos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En su tránsito por las pantallas y el cine, sobreponiendose por cuenta propia a todos los cambios políticos posibles, sin embargo, la proposición de fondo de El Zorro, anclada en la discusiva de la mitad de la década anterior, ha podido transcurrir sin ser objeto de grandes señalamientos. Casi podríamos decir que ha transitado décadas enteras relatando una historia con un margen importante de impunidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comencemos por el entorno: la vida de Diego de la Vega y Don Alejandro, su padre, transcurre en la California española y su periferia. Un espacio geográfico que comprende, en el caso de la serie, además de la actual baja California mexicana, los extremos de las poblaciones de Monterrey y Los Angeles, pero que, en un sentido más general, todo el ámbito hispánico que perteneció a México y que hoy está en los Estados Unidos. Los estados de Nevada, Colorado, Arizona, Nuevo México y Texas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahí vive Don Diego, un aparentemente inofensivo propietario respetado por su posición económica y su abolengo, y habita El Zorro, su otro yo, un intrépido espadachín que se divierte citándose con el riesgo. En su peregrinaje, enderezando entuertos, El Zorro es la vía libre para hacer justicia en un entorno en el cual la justicia no existe. Pero no es la justicia americana: es la justicia española. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estamos en un momento en el cual estos dominios pertenecen a España. Asiento de un poder político corrompido e hipócrita, que oprime y humilla a sus ciudadanos, en el cual queda la escena servida para que un misterioso sujeto enmascarado se convierta la expresión cabal del sentimiento popular. El Zorro es un subversivo, el enemigo público número uno de aquel sistema de la opresión. Monasterios, García, Del Paso, Reyes, Méndez: las deleznables autoridades de la historia de El Zorro tiene nombres en castellano. Se trata, además, de villanos especialmente torpes e improvisados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin hablar de política, sin gastar pólvora excesiva con elaboraciones sobre el contexto, sin hacer demasiadas alusiones a conflictos del extrarradio, sin nombrar una sola vez a los Estados Unidos, El Zorro sirve de pórtico para justificar por mampuesto el brutal despojo que los Estados Unidos hicieron a México del territorio en cuestión en algún momento del siglo XIX.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Estas tierras estarán mejor, pensarán algunas conciencias para poder dormir en paz, en manos americanas. En las decentes, honestas y eternamente justicieras manos estadonidenses.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-5640962751506465303?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/5640962751506465303/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/10/los-discursos-de-el-zorro.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/5640962751506465303'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/5640962751506465303'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/10/los-discursos-de-el-zorro.html' title='Los discursos de El Zorro'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-8596677985113599308</id><published>2011-09-13T08:34:00.000-07:00</published><updated>2011-09-13T08:37:22.771-07:00</updated><title type='text'>Twitter, facebook</title><content type='html'>No deja de ser una ironía: cuando hicieron su aparición las redes sociales, muchas personas –y esto incluye a muchas personas sensatas- recibieron con un evidente desdén la novedad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada nuevo bajo el sol, se pensaba: una fórmula algo más expedita para forjar ligues y amoríos automáticos a larga distancia. Espacios insustanciales, para exhibirse y socializar en torno a futilidades; galerías comunicacionales para las vanidades y el ego, que partieron de la discutible premisa de que el resto de la humanidad podía tener interés en las apreciaciones personales que un mortal presentado al detal estampara en unos cuantos caracteres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muletilla sermoneadora en torno a las inconveniencias de “el ego”, por cierto, no deja de tener su costado beato: parece proponer que, como criaturas de dios, los hombres debieran ser celosos custodios de su bajo perfilm y que detrás de esta decision personal subyace escondida una misteriosa -y nunca explicada- virtud. El entorno no deben ser desentrañado formulando sofismas ni haciéndose preguntas: para eso están las verdades reveladas. Nadie puede tener derecho a estar todo lo informado que le provoque, dejando sentado, además, el talante de sus opiniones personales ante los demás, sin rendirle un inconveniente y censurable tributo a su propio ego.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mojigaterías retardatarias en torno a las cuales es menester responder con la frase de Fernando Savater en su Invitación a la Etica: “el ego es la palanca que permite al hombre apostar por su propia infinitud”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pues bien: se equivocaron los promotores de ésta actitud hastiada y superior. Poco importa, a éstas alturas, si el problema de twitter es que se trata de una galería de egos. Y si es tal cosa, en castellano clásico, habrá que agregar que mala leche.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Puede que no sean éstas fórmulas definitivas, porque más adelante seguramente aparecerán modelos más sofisticados, pero lo cierto es que, en este estado de la historia, tanto twitter como facebook, así, noveleras y banales, como lucían a primera vista, han alterado para siempre la dinámica de interrelación del hombre en sociedad y han producido una mutación que luce irreversible en el ejercicio cotidiano de la vida civil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre todo si reparamos en que, luego del declive de las utopías, la política, gracias a las comunicaciones, es una propiedad que, hoy más que nunca, está disuelta en las calles. Una granda fragmentaria cuyas esquirlas han tocado casi todos los ejercicios del devenir humano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las redes sociales han sido el paso más certero para articular una forma de comunicacional masiva verdaderamente democrática y casi absolutamente horizontal.  Su matiz más importante es su naturaleza multidireccional: en éste reducto termina la dictadura el emisor. La tutela del aparato televisivo y el titular de prensa prescribiendo criterios sobre usuarios indefensos. Al quedar modificada la naturaleza del hecho comunicacional, quedan alterados también, de forma colateral, su naturaleza política y su concepción de poder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En situaciones apremiantes, como sucedió en Egipto, ha evidenciado una naturaleza revolucionaria y potencialmente telúrica, y ésta propiedad no hará sino crecer conforme su uso continúe expandiéndose.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La comunicación es cultura; la política su aproximación más fiable; el poder político su desiderátum natural. Cuando todo ciudadano está comunicado y ejerce de forma soberana su fuero personal puede plantarle con solvencia cara a la modernidad. En un severo entredicho quedan los prejuicios, las consignas prefabricadas, los fetiches ideológicos. Todas las estupideces reñidas con la transparencia informativa y el progreso que se enmascaran bajo la engañifa de la tradición. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Constituyen las redes, además, el mentís más acabado a la jerigonza marxista, aún residual en estos predios, que insiste en postular que la comunicación de masas y las opiniones de las mayorías están y estarán irremediablemente gobernadas por corporaciones económicas que minan sus voluntades e imponen sus intereses de forma unidireccional sobre los demás, y que pretender la interactividad entre el emisor y el receptor en las comunicaciones del futuro es una ingenuidad.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Queda por completo rebasada, pues, esa incompleta aproximación inicial que tiene a las redes sociales como vectores exclusivos para conquistar amoríos o promover fruslerías en cadena. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es este, como la televisión y la prensa, un instrumento, que como tal tiene sus condiciones y sus límites. No va a conocer su ocaso porque “pase de moda”, como creen algunos, o porque la gente se fastidie de usarlo cotidianamente: ha quedado demostrado con los hechos que basta que se produzca una noticia de impacto o alguien tenga un interés especial en dar a conocer una información para que cada quien le encuentre, otra vez, un nuevo significado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-8596677985113599308?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/8596677985113599308/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/09/twitter-facebook.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/8596677985113599308'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/8596677985113599308'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/09/twitter-facebook.html' title='Twitter, facebook'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-4488542627561035059</id><published>2011-08-27T17:55:00.000-07:00</published><updated>2011-08-27T17:56:56.533-07:00</updated><title type='text'>Flechazos silvestres (y arbitrarios) sobre el hábito de leer.</title><content type='html'>(publicado en el portal prodavinci.com)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alonso Moleiro&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un libro no se escoge pensando en un tema. Para leer buenos libros es fundamental orientarse con lo que ofrezcan los autores. Nunca, o casi nunca, será al revés. Aquellas personas que, interpeladas, aseguran leer “de todo un poco”; o se apoyan de referencias generales como “los libros de viajes y aventuras”, o  “las biografías”, normalmente no son lectores. Un lector de manuales o de internet no es un lector. Es Vargas Llosa el que nos muestra a Piura en “La Casa Verde”. Nunca llegaremos hasta ahí preguntando a un librero sobre “un libro bonito de aventuras en el Perú”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los libros no son discos. No todo libro que se pone de moda es necesariamente bueno. En materia de libros, pienso, no deberíamos estar pendientes únicamente de leernos la última novedad del mercado. La narrativa moderna, aún si está estructurada en torno a temas antiguos, es en general mucho más afín a nuestra manera de comprender la realidad. Sus alcances, sin embargo, tienen límites, y presentan además algunos espejismos. Un buen lector tiene que aprender a no ver un poco más allá de su tiempo. Es importante estar al día con autores emergentes, dramas contemporáneos o nuevas tendencias narrativas, pero las verdaderas horas de vuelo de un buen lector la otorgan la lectura de clásicos. Dumas, Víctor Hugo, Flaubert, Cervantes y Balzac. Gigantescos espacios narrativos, traducidos con formas verbales y secuencias en desuso, con planos temporales de una extensión que hoy nos luce inaudita, en los cuales ya están inscritos en la memoria de la especie los grandes dilemas de la humanidad. En materia de libros, la palanca de cambios tiene una sincronía dual: es hacia adelante, pero también es hacia atrás. Los libros de hoy nos colocan en órbita: los de ayer, nos dan músculo para el dragado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los premios y sus bemoles. Los autores siempre se quejan, con mucha razón, de la dictadura de la audiencia en torno al ejercicio de la escritura. En el mercadotécnico mundo de hoy parece que una obra no tiene derecho a respirar en paz si no está premiada; si no es popular o no tiene las bendiciones de la crítica. Es un malestar cultural que se extiende, incluso, a aquellos que, escribiendo, no son autores, o todavía no lo son. En el carnaval contemporáneo parece que hemos olvidado que el derecho a expresarse es universal; que una gran obra no tiene porque ser popular para ser grande, entre otras cosas porque, siendo populares, muchísimas no lo son. Que hay grandes autores, como Jorge Luis Borges, que no fueron premiados merecidamente, y que algunas de las grandes obras de la humanidad, como las más importantes de Karl Marx, apenas vendieron docenas de libros al ver la luz.  Nada de esto nos impide afirmar que, para un lector de hoy, en el descubrimiento y la escogencia de nuevos autores, puede contar muchísimo el respaldo de los premios. Detrás de uno o varios premios está sellada la recomendación de un jurado, integrado normalmente por editores, y sobre todo por otros escritores. La existencia de un criterio relativamente unánime en torno a la calidad de una obra nos tiene que servir de referencia y nos habla de un experimento con pocas posibilidades de fracaso. Leer un libro malo es tan trágico como salirnos en la mitad de una película. Lo mismo queda dicho para las traducciones: cualquier libro que remonte la barrera de su propio idioma para ser leído en otros circuitos culturales es susceptible de ser recorrido desprovisto de prejuicios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leer es un placer, pero no siempre lo es. El hábito de la lectura es apreciado por casi todo el mundo, con sobradas razones, como un espacio para el descanso, la evasión y la recreación intelectual. Este es un parámetro universalmente aceptado, y es el más popular entre la gente, pero por supuesto que no es el único. Como en todo proceso de aprendizaje, pienso que quien tenga en la cabeza aspiraciones intelectuales estructuradas no puede tener a la lectura como un ejercicio exclusivamente placentero. Hay cotas de lectoría que demandan un esfuerzo interpretativo añadido, un tributo adicional a la relectura, un momento de disciplinado dolor y fragua al cual se le verán sus réditos en la medida en que se hagan habituales la persistencia y la continuidad. Leer es un hábito que se hace, y que, como otros hábitos, y como otras virtudes, puede perderse si lo descuidamos. Se puede leer despacio, pero hay que leer mucho y todo el tiempo. Con cierta frecuencia, el recorrido de un libro difícil encuentra su recompensa al momento de voltear la última página: cuando ya estamos seguros de haber leído, en medio de un pulso complejo y hasta agónico, una obra maestra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leer es releer. El placer de la lectura es una carrera contra el tiempo. Hay en este mundo muchas, demasiadas obras fundamentales esperando por nosotros, y, al mismo tiempo, mucho material fútil que cada dos por tres se nos atraviesa con una oferta engañosa, una recomendación equivocada que nos pone a perder tiempo y nos desvía de nuestro objetivo. Además de lo que queda por leer, todo lector tiene que saber regresar a lo leído. Es la mejor manera de consolidar una memoria afectiva, una valoración cabal, un conocimiento estructurado sobre el significado de lo que leemos. Leer un libro es un acto de intimidad y una decisión premeditada.  No es mentira que, con el paso del tiempo, lo leído se olvida. La relectura nos rescata el irresistible encanto de los matices, uno de los grandes placeres de cualquier ejercicio intelectual. Los grandes libros que hemos leído en nuestra vida, como las grandes películas y las grandes canciones, son espacios que siempre habremos de volver a visitar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El conocimiento histórico es “el conocimiento”. La narrativa, con sus historias fascinantes y el embrujo de la omnisciencia, nos transporta, en calidad de testigos, a contextos y tiempos históricos remotos y maravillosos, reales o imaginarios. No hace el favor de sacarnos de la realidad que vivimos. Un recorrido acertado sobre sus coordenadas nos ofrecerá, además de toda suerte de referentes y ofrendas a nuestra capacidad de imaginar y reflexionar, a través de sus personajes,  una aproximación elíptica sobre situaciones antiguas o recientes de las que queremos formar parte porque nos produce una enorme curiosidad. La aproximación a los ensayos y libros históricos, en cambio, dota a nuestros conocimientos de estructura y los organiza en torno a ciclos temporales, protagonistas y fechas. El ensayo nos ayuda a comprender procesos. Un buen ensayo sostiene una conversación con el lector. Agudiza su capacidad de análisis; lo seduce para llevarlo a derroteros que liberen a la lectoría de la “dictadura” recreativa. Lo que por ahí suelen llamar “cultura” tiene, además de lo andado por la narrativa, una aproximación formal estructurada en torno al conocimiento histórico. Los libros de ensayo e historia le colocan vértebras a nuestra formación cultural. Sus huesos son el asiento del nervio y la carne creativa de la ficción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La filosofía y su pariente bastardo, la autoayuda. La filosofía, dijo Montaigne, sirve “para aprender a morir”. Quiso decir con esto el padre del ensayo que su existencia no es tan etérea ni tan floral como a veces se imagina el vulgo. El sentido de la existencia, la relación con dios, la finitud de la especie, el destino del hombre entre sus semejantes, el progreso y la felicidad en la tierra, las herramientas para comprender la cotidianidad y vivir mejor. Toda la mercadotecnia creada en torno a “la calidad de vida” y el “buen vivir” parece no haber reparado en que algunos de sus puntos constitutivos tienen unos 25 siglos de existencia. Resultó que, filosofía y autoayuda, espacios de conocimiento que son casi antitéticos, existentes en los dos extremos del tablero del consumo cultural, son parientes lejanos. Las dos ofrecen herramientas para comprender la vida en la tierra y mejorar en su desempeño. Si aceptamos como bueno este razonamiento, podemos concluir, sin ánimo de ofender a nadie, que la autoayuda es la filosofía vendida a precios de remate por inventario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Poesía? Borges.  Para quien no quiera leer poesía, pero todavía no la comprenda, una recomendación expedita: Jorge Luis Borges. Pienso que no ha existido en la historia de las letras un autor que diga tantas cosas al mismo tiempo con esa economía del lenguaje. En sus sonetos y en sus breves relatos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leer es el antídoto contra los lugares comunes. ¿Quiere evitar lugares comunes, frases prefabricadas, metáforas baratas, símiles manoseados, exclamaciones de memoria y palabras de urgencia? Es muy sencillo: lea. El mundo de las ideas y el arte ha activado hace mucho tiempo una dinámica rupturista y un anticuerpo infalible en contra de los estereotipos, las palabras repetidas y las convenciones que perdieron contenido. A esa búsqueda, con miles de expresiones en las artes aplicadas y las letras, le podemos adjudicar, en términos grueso, el apelativo de vanguardia. El buen decir es universal; todo puede quedar siempre mejor dicho o enunciado de nuevo. Quien alude, una y otra vez, a la existencia  “del vital líquido”, y la muletilla no le incomoda ni le hace cuestionarse nada, es porque no se ha visto compelido a buscar otro camino semántico para referirse al agua. Dentro del placer intelectual de la lectura se activa con frecuencia un motor de búsqueda automático para fortalecer las neuronas con nuevos vocablos, nuevos significados, nuevas metáforas y nuevos giros verbales. Así como la ropa, las licencias expresivas se gastan con el uso: hay que salir a buscar otras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si usted no se ha leído un libro, no le de pena decirlo.   La carrera de la lectura, como todo verdadero proceso de aprendizaje, no se acaba nunca. Esta materia del devenir humano, como muchas otras, es infinita. Ni el más abrasivo e insaciable de los lectores podría afirmar con honestidad que se lo ha leído todo. Lo sensato aquí es comenzar reconociendo nuestras carencias, hijas de nuestra condición humana y nuestra finitud. Así las cosas, mientras el hábito de la lectura no se detenga, mientras el brazo de un lector esté caliente, no tenga vergüenza en reconocer la existencia de un libro o un actor que no haya leído o desconozca por completo. Citar libros no pergeñados y hablar de obras que desconocemos constituye una de las faltas a la verdad más comunes, uno de los salvoconductos más socorridos de la cotidianidad.  Esta consideración se extiende hacia quienes se leen la parte de atrás de los libros para hacerse pasar por lectores, la cosa más parecida a salir a la calle con la bragueta abierta. Esfuerzos inútiles, por demás: mentirosos y lomolibristas pueden ser identificados en segundos por cualquier ojo medianamente agudo. En la edad adulta ninguno de estos artificios es necesario.  Queda dicho: quien sea un lector medianamente habitual y encuentre su puesto en el mundo de las letras no tiene porqué preocuparse: si no tiene nada que decir del libro que le están recomendando, pídaselo prestado, y coloque sobre la conversación, en cambio, otro, el que a usted sí conoce.  Lea lo que le provoque y cuando quiera. Con no dejar de hacerlo es suficiente.&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-4488542627561035059?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/4488542627561035059/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/08/flechazos-silvestres-y-arbitrarios.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/4488542627561035059'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/4488542627561035059'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/08/flechazos-silvestres-y-arbitrarios.html' title='Flechazos silvestres (y arbitrarios) sobre el hábito de leer.'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-2997784624404713705</id><published>2011-07-29T20:27:00.000-07:00</published><updated>2011-07-29T20:29:20.052-07:00</updated><title type='text'>Disparos fallidos (y patrominoniales) de una industria</title><content type='html'>(publicado en Urbe Bikini en junio)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estudios dibujados, conversaciones insustanciales, sets con entrevistas, programas deportivos y enlatados colombianos. Salvo excepciones menores, ese es el panorama de la televisión nacional de hoy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se consolidó, casi sin que nos diéramos cuenta, hace poco menos de dos años, conforme le dieron a Radio Caracas Televisión la estocada por el cable e hizo su aparición aquel monumento a la nada llamado Tves. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La existencia de una industria televisiva vigorosa, capaz de reinventarse, con músculo para el ensayo y el error, como la que alguna vez tuvimos y algún día volveremos a tener, susceptible de ser criticada sin que le tengamos lástima, guarda relación directa, pienso, con un rasgo que encierra su propia paradoja: la abundancia de programas malos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se me antoja que la obtención de un kilometraje específico para obtener velocidad crucero en materia de calidad y frecuencia tiene relación con esta variable probabilística. Es una ecuación que puede ser extensiva al cine: está difícil que alguna nación alcance la madurez necesaria para optar a un premio como el Oscar si sus autores y su estamento técnico no han agotado antes suficientes cartuchos fallidos. La lectura gruesa puede hacer parecer esta disertación como una simpleza, pero, apostando la exquisitez de los matices en la extrapolación a la hora de interpretar, yo me arriesgo. Es un tema estadístico; las expresiones de calidad constituyen una muestra. Por cada cuatro o cinco películas infames, hará su aparición una excelente. Y el país que produzca cuatro o cinco seriados o películas anuales, difícilmente producirá algo de relevancia con excesiva frecuencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Usando esta coordenada como patrón –y esto lo digo sin el menor sesgo de ironía- podemos afirmar que, en términos históricos, la televisión venezolana ha hecho la tarea. Junto a sus contrapuntos de alto vuelo, que existen, la televisión venezolana ha logrado enhebrar algunas enternecedoras barbaridades, postales perdidas de nuestro abolengo, estampas disueltas en el aire del pop nacional. De carácter patrimonial. Descriptivas de nuestro perfil cultural.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Olimpia Maldonado y Napoleón Deffit con un sit com de fines de los años setenta: Los Pérez García. El humor Criollo de Perucho Conde y Veneranda: dos vendedores de empanadas que comentaban la actualidad política de entonces. Una secuencia de gags que constituían toda una canallada humorística llamada La Chistera, el más conspicuo antecedente de Bienvenidos. Gavimán: un superhéroe mapleto que imitaba al Chapulín Colorado: Emilio Lovera, Américo Navarro y otros. Trampolín a la Fama, con Pedro Montes: el verdadero precursor del American Idol. Amílcar Rivero de niño: Angelito, Panchito y Arturo y Juanito y El. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pocos lo recuerdan ahora: luego de pelearse con Gómez Bolaños, Carlos Villagrán se vino a Venezuela a hacer unos seriados con secuencias humorísticas de factura parecida, que jamás nadie logró comprender. El Niño de Papel, Federrico y Kiko Botones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La lista es extensa: La Inimaginable Imaginación; la Pandilla de los Siete; los últimos suspiros de Cuéntame ese Chiste. Telecómico, El Show de López, Morisquetas. Las peripecias de de una legión de extranjeros viviendo en Caracas, llamada Pensión OEA. Guillermo González y las hermanas Termini en Crecer con Papá. Residencias 33: todas las telenovelas habitando el mismo edificio en discutible clave de humor. Luego de pelearse con Joselo, Menéndez Bardón realizó con RCTV varios intentos de humor cotidiano. “Mami” era protagonizada por Carmen Julia Alvarez, Mary Carmen Regueiro e Imperio Zanmmattaro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un kilometraje rodado, que habla de una experticia: un derecho a equivocarse legítimamente adquirido, trabajado con el paso de los años, a partir del cual se fue gestando una identidad que no tiene sentido desconocer. La enumeración hecha, si lo vemos bien, le rinde tributo al carácter industrial de la televisión: seriados de alto y bajo calibre que han ido adobando la vida de generaciones y le dan sentido al criterio de la cultura de masas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-2997784624404713705?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/2997784624404713705/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/07/disparos-fallidos-y-patrominoniales-de.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/2997784624404713705'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/2997784624404713705'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/07/disparos-fallidos-y-patrominoniales-de.html' title='Disparos fallidos (y patrominoniales) de una industria'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-5784744525994135960</id><published>2011-07-18T08:53:00.000-07:00</published><updated>2011-07-18T08:54:49.367-07:00</updated><title type='text'>Ciudadanos sin ciudades</title><content type='html'>(publicado en el portal prodavinci.com)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alonso Moleiro&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Exposiciones y fotografías, almanaques y guías, poemas y textos inspirados. Pensar en Venezuela es pensar en su naturaleza. Esa que creemos irrepetible y premiada por los dioses. La celebrada síntesis de las Américas: las mejores playas; montañas heladas; cascadas de vértigo, desiertos lunares; selvas asombrosas. El misterio de los tepuyes. El intricado delta. Las leyendas del llano. La glosa promedio de cualquier cronista inspirado. Si vamos a hablar de Caracas, suspiramos por el Avila. Si nos acordamos de Maracaibo, le cantaremos al lago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y está bien, podemos convenir que Venezuela tiene indudables encantos naturales. Habrá que ponerle algún reparo, sin embargo, a la pretensión de postularlos como únicos. Unicos son más o menos todos. ¿Existirá alguna nación que no sienta que en sus confines están todas las maravillas naturales disponibles?  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tenemos que llegar hasta Brasil. Casi cualquier país tiene razones fundadas para afirmar que es hermosa y derecho a suponer que esa belleza es única. Ecuador, por ejemplo, tiene unos Andes nevados con picos más altos que los nuestros; administra con decoro el porcentaje de la Amazonía que le corresponde y tiene en sus costas maravillas casi indiscutibles: difícil colocarle cotas comparables de exotismo a las Islas Galápagos. Puerto Rico está muy orgulloso del bosque tropical El Yunque; del sistema de Cavernas de Camuy y de sus bahías fosforescentes. Honduras atesora parte de la herencia del legado maya, tiene en las Islas Cisne una maravilla natural que se le aproxima a Los Roques y posee varios sistemas biodiversos selváticos interesantes, como el parque la Tigra. Colombia tiene dos cadenas portentosas montañosas, más grandes que las nuestras; salida a dos océanos y su ración de Amazonía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese es el sortilegio del turismo. Más o menos en todos lados hay playas espectaculares, y montañas que quitan el aliento, y valles y cañones con vistas impresionantes, y artesanía digna de ser comprada, y un señor pintoresco que echa unos cuentos graciosos. En todos lados existen, los naipes con cierta frecuencia se repiten, y cada uno de ellos nunca dejará de parecernos – porque a su manera lo son- únicos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La huella no vista&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La verdad es que, como venezolanos, pocas veces hemos reparado en que las maravillas naturales que nos ponen a suspirar no constituyen, en modo alguno, un mérito que tenga algo de particular.  Estamos felices, sin duda, de que estén ahí y nos pertenezcan. En cualquier caso podríamos congratularnos por mantenerlos limpios y conservarlos, cosa que tampoco hacemos con especial empeño.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero nada tiene de especial, si lo vemos bien, que nos cubramos con la bandera nacional ante unos atractivos que, después de todo,  tienen ahí ya unos cuantos siglos. No hemos dispuesto absolutamente nada sobre su diseño y atractivo: sencillamente estructuramos una nación en torno a su existencia.  Se trate de Playa Medina, del Salto Angel o del Pico Espejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, en contrapartida, mientras reverenciamos nuestras montañas y selvas, mientras más le cantamos a los ríos, mientras más bendecidos nos sentimos por las propiedades curativas de algunas aguas termales, mientras llevamos de la mano, orondos, al turismo internacional a que sepa de los Médanos de Coro, menos nos interesan nuestras ciudades. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es demasiado lo que se les fotografía, ni lo que se les canta; no es excesivo lo que reflexionamos en torno a ellas. Rara vez nos planteamos nudos argumentales, polémicas apasionadas o preocupaciones trascendentes en torno al estado que presentan.  No hurgamos en sus secretos; ni elaboramos circuitos turísticos en torno a ellas. No conocemos los detalles menudos de los edificios y monumentos que nos acompañan cotidianamente. A veces ni siquiera se conocen demasiado unas con otras. Ni siquiera el público ilustrado,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La que probablemente sea la nación latinoamericana con la densidad de población urbana más alta de la subregión, no sabe demasiadas cosas en torno a la existencia del Teatro Cajigal, ni de la Catedral de Ciudad Bolívar, ni de la Casa de las Ventanas de Hierro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es decir: el espacio que podría calibrar nuestra interpretación del entorno; la definición por excelencia del paisaje cultural –y de la palabra cultura-; la médula de cualquier concepto relativo a la cívica; lo que alguien denominó “la mas comprehensiva de las obras del hombre”, lo más venezolano que en realidad tenemos, puesto que esta sí que es una hechura nuestra, las ciudades de nuestro país, transcurren por nuestras vidas más como un trámite que como un encuentro feliz, válidas mientras sea necesario detenerse a echar gasolina, pertinentes en la misma medida en que por allá tengamos una tía a la cual  visitar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hablemos, aunque sea mal&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De momento casi todas las ciudades importantes del país pierden aceleradamente sus aires provincianos para irse “caraqueñizando”: grandes centros comerciales con opciones gastronómicas japonesas y catas de vino. Una modernidad disparatada y mal comprendida, que tiene arrinconada a las manzanas patrimoniales. Caos vehicular y delincuencia; anarquía y malos servicios. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi todas escasamente planificadas, renuentes, como Caracas, a ser recogidas a pie. Maracaibo, Barquisimeto, San Cristóbal, Mérida y Puerto la Cruz conservan algunas especificidades y encantos. Ciudad Bolívar y Coro, como Cumaná y Barcelona, con su legado histórico y su arquitectura, podrían ser dos envidiadas joyas del trópico antillano. Todas, particularmente estas dos últimas, presentan un descuido especialmente pronunciado: su atractivo es testimonial y el orgullo que podrían generar es apenas una hipótesis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se podrá afirmar que cualquier pretensión por hacer de los rincones de nuestras ciudades objetos de culto puede constituir, no sólo una quimera, sino una ociosidad: poco se obtendrá al fomentar una navegación sobre ciudades que, en cualquier caso, tienen límites muy concretos que no tiene sentido desconocer. A fin de cuentas es esta una sociedad joven, desplegada en una nación de mediano calado e historia reciente, que apenas en los años treinta del siglo pasado pudo dar pasos firmes para salir de la vida rural y la barbarie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Puede que algunos encuentren discutibles estas reflexiones. Pienso, por el contrario, que  no hay demasiado que objetar a este razonamiento. Como cualquier otra persona con algunas horas de vuelo en materia de viajes, podría reconocer sin problemas que ninguna ciudad venezolana es especialmente sobresaliente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta circunstancia, sin embargo, no forma parte de una fatalidad inevitable. Hace mucho que en esta materia podríamos tener ya pantalones largos como país. Venezuela puede y debe diagnosticar descarnadamente la calidad y cantidad de su paisaje cultural.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los espacios donde transcurren nuestras vidas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sostengo que el estado de nuestras ciudades guarda una relación directa, no sólo con un desapego hacia las normas urbanas y un desconocimiento craso de las tradiciones y la historia, sino además con la ausencia de una masa crítica que se formule dilemas en torno a ellas y trace sobre sus cuadrículas un diagnóstico exigente. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sociedad podría hacer mucho más en esta materia canalizando sus demandas ante el estado. No podrá mejorar nuestro entorno urbano si ni siquiera sabemos el peso específico de su valía, independientemente de sus cotas de modestia; si apenas ahora nos organizamos como sociedad para discriminar la existencia de un bien cultural. Para evitar que sea barrido por una conjura de empresarios analfabetas expertos en construir planicies para estacionamientos.  Aludo a una interpretación que sobrepasa por completo las cuadriculas fundacionales, las plazas Bolívar y los edificios de gobierno. &lt;br /&gt;El problema está en nuestras narices, pero es más profundo: me estoy refiriendo a las barriadas residenciales, a las zonas recreativas, a las avenidas cotidianas que le sirven de contexto a nuestra vida ordinaria.  Ni siquiera estamos hablando mal de las ciudades venezolanas –cosa estaríamos perfectamente en capacidad de hacer- , no sea que alguien se nos ofenda: sencillamente las ignoramos por completo. Embelesados viendo lagunas y arrodillándonos ante montañas sagradas como única forma posible de concebir a este país.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los cuarteles militares de Maracay –o la torre Sindoni-, el Obelisco de Barquisimeto –o el Monumento al Sol de Cruz Diez-, el entorno portuario de la Plaza Baralt en Maracaibo –o el obelisco de la Plaza la República-; las barriadas del norte de Valencia, la Plaza de Agua de Puerto Ordaz –o la Plaza del Hierro-, el Palacio Arzobispal -o el Parque Glorias Patrias-, de Mérida, la Marina de Lechería, en Puerto La Cruz; el Paseo Orinoco de Ciudad Bolívar, el sector Barrio Obrero de San Cristóbal,  Puede que no sean comparables con los entornos sevillanos o las ensenadas de Oporto. Bien: ahí está la textura de la nación. La verdadera textura de este país.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¿Desierto, selva nieve y volcán?”. Basta. Basta de rendirle pleitesía evasiva, con carácter de exclusividad, a los encantos de la naturaleza. Por disparatado que suene, propongo que, por una vez en la vida, nos olvidemos de la Isla de Coche y nos ocupemos de los edificios de San Bernardino. Ha llegado la hora de sopesar, conocer, diagnosticar, criticar, reparar y trabajar en torno a lo más venezolano que, como venezolanos, tenemos: nuestros plazas y pueblos, nuestros monumentos y ciudades. Los pasillos y corredores en donde discurre nuestra vida cotidiana.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-5784744525994135960?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/5784744525994135960/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/07/ciudadanos-sin-ciudades.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/5784744525994135960'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/5784744525994135960'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/07/ciudadanos-sin-ciudades.html' title='Ciudadanos sin ciudades'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-95196397037988482</id><published>2011-07-03T06:32:00.000-07:00</published><updated>2011-07-03T06:34:03.843-07:00</updated><title type='text'>La historia de un relato que no se escribió jamás</title><content type='html'>Se enfrentó al reto de plantarle cara a las hectáreas vacías de una hoja en blanco, intimidado, al borde de la nada. Entre él y aquel glaciar disecado de límites precisos había un manojo de criterios, un glosario irregular de imágenes con aspiraciones de estructura, precariamente organizados en un esquema preliminar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esas ideas, que pujaban ansiosas por salir, cabalgarían sobre letras, esa particular forma de ponerle limites a la realidad del papel. Las letras eran un misterioso código perdido en la noche de  los tiempos, a su manera, también como los números, una clave en secuencia, sobre el cual descansan las verdades reveladas desde el comienzo de la historia. Todo era cuestión de colocarlas en el orden correcto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como unidad básica de la clave informativa, las letras eran los maestros de ceremonia de la escenografía que le quería plantear a los ojos del lector. Agrupadas formaban palabras: batallones de letras que, vistas de forma  modular, generaban frases y luego ideas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada una de ellas tenía una cualidad sinérgica, que debía estar dotada de la fluidez necesaria para respetar con  solvencia las exigencias del libreto: la gracia para regalarle a las gradas una filigrana improvisada, una gambeta que  otorgara brillo a las reflexiones, entendida como figura literaria. Debían estar asistidas, además, de la maestría de la brevedad; el sentido métrico, casi musical, de los signos de puntuación, que acarician el discurso; el tono de infidencia del dialogo, la textura hiperreal de la descripción, la divertida transgresión de las onomatopeyas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensó también que, además de la letra como unidad molecular de su discurso, el relato que se disponía a empezar debía tener precisión, esa indescriptible cualidad que otorga el sentido de la secuencia, que es a un relato lo que al cuerpo humano es la hemodinamia: la tensión arterial, la sangre y la savia en el cuerpo humano y la literatura, los elementos colocados en su puesto para sugerir con pertinencia un planteamiento, idear un nudo, hechizar a los ojos  ajenos con la omnisciencia, desordenar los átomos temporales de una historia, perdidos en alguna parte y vueltos a ordenar, y sugerir un desenlace.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Los relatos, se decía, mientras mas cortos mejores. Un relato debe tener la eficacia de una canción: debe ser una unidad emotiva susceptible de ser vuelta a leer, limpio y sin fisuras, como una gota de agua. Su estructura debe estar  embutida en sus entrañas con precisión de un relojero. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus cuentos tenían que estar algo más que bien escritos. Porque, a diferencia de lo que piensan algunos periodistas, escribir bien no es escribir. Una idea bien escrita no queda  necesariamente escrita: sencillamente es la foto tamaño carnet de la realidad. Para que una idea no sea olvidada tiene que estar asistida de un espíritu subversivo que permita vulnerar la realidad. Un acto de audacia con fuerte anclaje en las emociones. Algunos lo denominan arte.   &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Con el cuerpo en máxima tensión, no dejaba de tener en cuenta la distancia inesquivable entre lo que puede ser y lo que es. Cuantas personas como él afrontaran el mismo dilema al intentar decir lo que piensan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus letras y sus ideas no saldrían a hacer camping ante un entorno beatifico con talante comprensivo. Les esperaba un encuentro violento, un choque con el entorno en el cual había escasas posibilidades de sobrevivencia. Con frecuencia los relatos que viven en nuestras cabezas se almidonan, envejecen con implacable rapidez. Las mejores ideas hay que apurarlas en hacerlas salir, porque se endurecen como el pan.&lt;br /&gt;Algunas tienen fotofobia: se eclipsan cuando ven la llegada de la luz. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su corpus de intenciones, como tantos otros, podía concluir barrido sin misericordia&lt;br /&gt;por las circunstancias. Flotaba sobre su cabeza el destino casi seguro de sus preciados razonamientos y sus historias: los comentarios poco entusiastas, bañados en el almíbar de diplomacia, de amigos y gente cercana; las saetas sardónicas y envenenadas, con seguridad hechas a sus espaldas, de algunos envidiosos que conoce de vista; la cordial indiferencia de las editoriales, la lectura apurada y el comentario de compromiso; las urgencias de la burocracia, el  demonio burlón de la critica, la maldición del aplauso y el fantasma de posteridad, que impide a los demás de gozar del derecho elemental de expresarse  razonablemente y con libertad. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Ya podía ver el final de sus relatos, - al fin y al cabo atados a una estructura de valores y afectos que el consideraba sagrada- , ultrajados por el juicio soez del carnaval de la calle, trajinados en fiestas, escarnecidos por el arlequín del ridículo, intimidados por la obediencia obligada a los premios, por la maldición del éxito, condenados al olvido por las mentes mas simples. La caída y mesa limpia en el casino del demonio de la suerte, a la  espera del próximo usuario que quisiera jugar en la ruleta el delirio de ese fármaco del ego que denominan la fama. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidió entonces detenerse. No iba a exponer su obra al juicio temerario y descarnado de la jauría de la humanidad. Sus relatos no merecían un destino semejante antes de nacer. Sus relatos vegetaban suspendidos con plácida tranquilidad en los laberintos de su cabeza y  él sabía que eran lo bastante buenos. Eso bastaba. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensó que, sobre la faz de la tierra, en las cabezas de muchos, había centenares, miles de ideas, de alquimias, de escenarios posibles, de realidades construidas y por construir, de símbolos y sensaciones, de verdades y  transgresiones que nadie conocía. Algunas no serian conocidas jamás, y no por ello dejarían de existir. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su ejercito de letras, su brigada de palabras, la clave genética que hacia posible sus razonamientos, la combustión que daba estructura a sus ideas, gestada en alguna parte, anotada  en la memoria de la especie, como una huella digital, nacida para ser única e irrepetible, como el de todos los hijos de dios, pasaría a engrosar la lista, jamás revelada, alguna vez divulgada, de aquellos que, teniendo algo que decir, decidió guardar silencio.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-95196397037988482?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/95196397037988482/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/07/la-historia-de-un-relato-que-no-se_03.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/95196397037988482'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/95196397037988482'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/07/la-historia-de-un-relato-que-no-se_03.html' title='La historia de un relato que no se escribió jamás'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-4956716839794241894</id><published>2011-07-01T11:35:00.000-07:00</published><updated>2011-07-01T11:37:19.018-07:00</updated><title type='text'>La historia de un relato que no se escribió jamás</title><content type='html'>Se enfrentó al reto de plantarle cara a las hectáreas vacías de una hoja en blanco, intimidado, al borde de la nada. Entre él y aquel glaciar disecado de límites precisos había un manojo de criterios, un glosario irregular de imágenes con aspiraciones de estructura, precariamente organizados en un esquema preliminar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esas ideas, que pujaban ansiosas por salir, cabalgarían sobre letras, esa particular forma de ponerle limites a la realidad del papel. Las letras eran un misterioso código perdido en la noche de  los tiempos, a su manera, también como los números, una clave en secuencia, sobre el cual descansan las verdades reveladas desde el comienzo de la historia. Todo era cuestión de colocarlas en el orden correcto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como unidad básica de la clave informativa, las letras eran los maestros de ceremonia de la escenografía que le quería plantear a los ojos del lector. Agrupadas formaban palabras: batallones de letras que, vistas de forma  modular, generaban frases y luego ideas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada una de ellas tenía una cualidad sinérgica, que debía estar dotada de la fluidez necesaria para respetar con  solvencia las exigencias del libreto: la gracia para regalarle a las gradas una filigrana improvisada, una gambeta que  otorgara brillo a las reflexiones, entendida como figura literaria. Debían estar asistidas, además, de la maestría de la brevedad; el sentido métrico, casi musical, de los signos de puntuación, que acarician el discurso; el tono de infidencia del dialogo, la textura hiperreal de la descripción, la divertida transgresión de las onomatopeyas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensó también que, además de la letra como unidad molecular de su discurso, el relato que se disponía a empezar debía tener precisión, esa indescriptible cualidad que otorga el sentido de la secuencia, que es a un relato lo que al cuerpo humano es la hemodinamia: la tensión arterial, la sangre y la savia en el cuerpo humano y la literatura, los elementos colocados en su puesto para sugerir con pertinencia un planteamiento, idear un nudo, hechizar a los ojos  ajenos con la omnisciencia, desordenar los átomos temporales de una historia, perdidos en alguna parte y vueltos a ordenar, y sugerir un desenlace.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Los relatos, se decía, mientras mas cortos mejores. Un relato debe tener la eficacia de una canción: debe ser una unidad emotiva susceptible de ser vuelta a leer, limpio y sin fisuras, como una gota de agua. Su estructura debe estar  embutida en sus entrañas con precisión de un relojero. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus cuentos tenían que estar algo más que bien escritos. Porque, a diferencia de lo que piensan algunos periodistas, escribir bien no es escribir. Una idea bien escrita no queda  necesariamente escrita: sencillamente es la foto tamaño carnet de la realidad. Para que una idea no sea olvidada tiene que estar asistida de un espíritu subversivo que permita vulnerar la realidad. Un acto de audacia con fuerte anclaje en las emociones. Algunos lo denominan arte.   &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Con el cuerpo en máxima tensión, no dejaba de tener en cuenta la distancia inesquivable entre lo que puede ser y lo que es. Cuantas personas como él afrontaran el mismo dilema al intentar decir lo que piensan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus letras y sus ideas no saldrían a hacer camping ante un entorno beatifico con talante &lt;br /&gt;comprensivo. Les esperaba un encuentro violento, un choque con el entorno en el cual había escasas posibilidades de sobrevivencia. Con frecuencia los relatos que viven en nuestras cabezas se almidonan, envejecen con implacable rapidez. Las mejores ideas hay que apurarlas en hacerlas salir, porque se endurecen como el pan.&lt;br /&gt;Algunas tienen fotofobia: se eclipsan cuando ven la llegada de la luz. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su corpus de intenciones, como tantos otros, podía concluir barrido sin misericordia&lt;br /&gt;por las circunstancias. Flotaba sobre su cabeza el destino casi seguro de sus preciados razonamientos y sus historias: los comentarios poco entusiastas, bañados en el almíbar de diplomacia, de amigos y gente cercana; las saetas sardónicas y envenenadas, con seguridad hechas a sus espaldas, de algunos envidiosos que conoce de vista; la cordial indiferencia de las editoriales, la lectura apurada y el comentario de compromiso; las urgencias de la burocracia, el  demonio burlón de la critica, la maldición del aplauso y el fantasma de posteridad, que impide a los demás de gozar del derecho elemental de expresarse  razonablemente y con libertad. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Ya podía ver el final de sus relatos, - al fin y al cabo atados a una estructura de valores y afectos que el consideraba sagrada- , ultrajados por el juicio soez del carnaval de la calle, trajinados en fiestas, escarnecidos por el arlequín del ridículo, intimidados por la obediencia obligada a los premios, por la maldición del éxito, condenados al olvido por las mentes mas simples. La caída y mesa limpia en el casino del demonio de la suerte, a la  espera del próximo usuario que quisiera jugar en la ruleta el delirio de ese fármaco del ego que denominan la fama. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidió entonces detenerse. No iba a exponer su obra al juicio temerario y descarnado de la jauría de la humanidad. Sus relatos no merecían un destino semejante antes de nacer. Sus relatos vegetaban suspendidos con plácida tranquilidad en los laberintos de su cabeza y  él sabía que eran lo bastante buenos. Eso bastaba. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensó que, sobre la faz de la tierra, en las cabezas de muchos, había centenares, miles de ideas, de alquimias, de escenarios posibles, de realidades construidas y por construir, de símbolos y sensaciones, de verdades y  transgresiones que nadie conocía. Algunas no serian conocidas jamás, y no por ello dejarían de existir. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su ejercito de letras, su brigada de palabras, la clave genética que hacia posible sus razonamientos, la combustión que daba estructura a sus ideas, gestada en alguna parte, anotada  en la memoria de la especie, como una huella digital, nacida para ser única e irrepetible, como el de todos los hijos de dios, pasaría a engrosar la lista, jamás revelada, alguna vez divulgada, de aquellos que, teniendo algo que decir, decidió guardar silencio.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-4956716839794241894?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/4956716839794241894/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/07/la-historia-de-un-relato-que-no-se.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/4956716839794241894'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/4956716839794241894'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/07/la-historia-de-un-relato-que-no-se.html' title='La historia de un relato que no se escribió jamás'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-785583144305711651</id><published>2011-06-16T15:19:00.000-07:00</published><updated>2011-06-16T15:22:11.916-07:00</updated><title type='text'>Retrato hablado de un pichirre contemporáneo</title><content type='html'>Un pichirre no es aquel que no gaste la plata. Entre la espesura de la cotidianidad, disuelto entre tantas otras variables informativas que ofrece el entorno, podemos distinguir la existencia de un pichirre cuando constatamos que le duele el dinero. No es lo mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pichirre, por el contrario, contraviniendo en secreto una opinión muy extendida que sobre él se ha tenido por siglos, puede ser, incluso, un tipo derrochador.  Se sabe gastar sus reales como es debido. Lo que pasa es que las condiciones las pone él: cómo, cuándo y dónde. Quedó dicho: sus reales. El pichirre se gasta el dinero en sus términos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para hacerlo, normalmente todo pichirre promedio tiene un objetivo estratégico que supera con holgura las bagatelas del entorno de sus amigos y los compromisos sociales inevitables. Como no puede, o no quiere, revelar su secreto, normalmente se excusa con modalidades prefabricadas ante el peligro del dispendio. Hay una universal: “esta pelando”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los pichirres, por lo tanto, son personas bastante reservadas. No son, necesariamente, malas personas. Un pichirre hace concesiones, cede parcelas afectivas, se preocupa por los demás y le presta toda la atención requerida a sus afectos y amistades. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Persiste, sin embargo, en un rincón de su espíritu, una actitud atrincherada, una especie de coraza, un dominio inexpugnable, una especie de placenta emocional, en la cual no entra prácticamente nadie. Ahí, en ese oasis tibio, y sin la presencia de extraños con los cuales tener que compartir los reales que le pertenecen, se ubican sus secretos, pero sobre todo, sus planes estratégicos: esos en los cuales sí se va a gastar el dinero. Es cierto: el pichirre “está pelando”. Para salir, no hay plata. O no hay mucha. Pero la plata existe: los fines serán otros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La literatura universal ha descrito con acierto los perfiles más antipáticos de la avaricia clásica: sujetos miserables y solitarios; que le pueden regatear bienes incluso a sus hijos, trabajan exclusivamente para su causa y no sienten obligaciones morales con nada ni nadie. A este respecto, Honoré de Balzac pudo hilar muy fino en Eugenia Grandet&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los tiempos han cambiado. El pichirre contemporáneo rara vez perderá el decoro y no será pillado en falta reprochable cuando toca salir peinado en la foto en materia de obligaciones morales o desembolso de recursos. Los pichirres de hoy cuidan su prestigio: jamás se negarán a pagar o a argumentar frente a los demás que no tienen dinero cuando tienen que consumir. Sobre todo si ya hubo acuerdo en torno al lugar en el cual se comerá o beberá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para que no haya equívocos, dilemas de esa naturaleza se resuelven colocando sobre la llegada de la cuenta una atención casi militar. El dictamen de una cuenta, hecho el quirúrgico desglose correspondiente de lo que se ha comido y bebido, jamás podrá ser interpretado de forma laxa por cualquier pichirre depurado. Aquí la amabilidad tropical desaparece: los números son los números. Lo que diga la cuenta tendrá las características de un mandamiento divino: es lo que diga la cuenta y ni un centavo más.   Porque la sensatez del pichirre respecto al dinero y las eventualidades del futuro alcanza en estos casos niveles obsesivos. Jamás sucederá es que un pichirre coloque dinero de más. Ni por confusión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al pichirre le duelen los reales. Puede sacar a un amigo de apuros, cederlos, prestarlos, arrendarlos, pero invariablemente los cobra. Distinguimos la existencia de un pichirre clásico cuando no tiene el menor empacho en tener una pelea por dinero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se ha dicho que un pichirre puede quedar calibrado porque, llegado el momento del pago, no desenfunda el dinero a tiempo. “No saca temprano”. A decir verdad, es un denominador común que tiene una continuidad de varias décadas. Clásicos o modernos, persiste un rictus, una renuencia aprendida, un leve disgusto, un pasivo emocional, una lentitud que guarda relación con una dolencia, macerada por siglos en infinidad de eventos contables anteriores, que describen el comportamiento de todo pichirre a la hora de pagar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El pichirre estira su humanidad y mete dolorosamente el brazo para hurgar algo de dinero en el bolsillo o la cartera. Su cuerpo girará ligeramente como un péndulo, de izquierda a derecha, en busca de los centavos que lo hagan honrar su compromiso. Si tiene suerte, el lapso será suficiente para que otros, que no tienen dolencias de ese tipo y sí saben sacar la tarjeta en el lapso aceptado, se decidan a invitarlo. El mascullará unas “gracias”, con discreto silencio, no demasiado interesado de que se note que el nudo planteado se ha decantado a su favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La observancia, digamos que clínica, a los mandatos de la cuenta trae algunas ventajas adicionales. Nadie tiene por qué ser victima de esos niveles desproporcionados de austeridad, que en todo caso son personales, piensa todo pichirre socialmente responsable. Está pensando en sus planes estratégicos –un crucero, un carro, un juego de corbatas o una lavadora. Ser pichirre con los demás a estas alturas no le queda bien. Se dispondrá, entonces, a inmolarse en pos de su propia causa: será pichirre consigo mismo. Es su vida ¿Quién se lo puede objetar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cuenta irá pasando de manos, van y vienen billetes de 20. Los insumos se cotejan con el mesonero, vuelan las preguntas sobre cheques conformables, tarjetas de débito y números de clave. En el rincón de la mesa, celoso custodio de su bajo perfil en estos trances, llegado el momento de aporte, tendrá en sus manos un argumento inobjetable: se ha consumido sólo dos cervezas en las cinco horas que duró la velada. Por él no se preocupen. Procederá a pagarlas y se retirará discretamente.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-785583144305711651?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/785583144305711651/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/06/retrato-hablado-de-un-pichirre.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/785583144305711651'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/785583144305711651'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/06/retrato-hablado-de-un-pichirre.html' title='Retrato hablado de un pichirre contemporáneo'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-6067862433181130616</id><published>2011-05-07T13:25:00.000-07:00</published><updated>2011-05-07T13:27:37.287-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='culturosos'/><title type='text'>política para culturosos</title><content type='html'>(ensayito publicado en el portal prodavinci.com)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ha sido la política, desde que comencé a hacer periodismo, - y antes, y después-  la fuente que la mayoría de los licenciados en edad de merecer deseaba evitar. No siempre un egresado universitario que busca trabajo está en condiciones de tomar decisiones sobre aquello que no quiere hacer, pero lo cierto es que, entre mis compañeros de generación, el hecho público nacional siempre fue visto como un aburrido reducto de pugnas y zancadillas, en el cual se cuecen toda suerte de chismes intrascendentes, y donde, proclamando las consignas más elevadas, se urdían las más sórdidas conspiraciones y actos de corrupción más deleznables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No era aquel un rechazo siempre expreso, pero era obvio que para aquella generación, mi generación, que asistía al comienzo del ocaso de su primer ensayo democrático, y que galvanizó su conciencia universal en la eclectitud de la posmodernidad, la sola palabra política era un estigma. Una sospecha, salvo prueba en contrario, de interés con fines inconfesables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tales apreciaciones, por supuesto, se extendían hacia los políticos: personajes opacos y sin formación, promotores de discursos aprendidos de memoria, a los cuales nada se les podía creer, responsables únicos, con sus triquiñuelas y maniobras, de los males de la ciudadanía. Sujetos, además, chapuceros e incultos, capaces de cambiar de discurso como se cambia de sombrero, irremediables perseguidores de votos y prebendas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Puede que antes de 1990 las cosas fueran distintas, pero lo cierto es que, con sus excepciones, los profesionales recién egresados que ingresaban a los periódicos procuraban desempeñarse en cualquier otra área del universo informativo que estuviera disponible. Había, a estos efectos, muchas opciones. Farándula y cultura de masas;  economía, negocios y estrategia; deportes; sociedad e información genérica. Con todas era posible perfumarse de buen gusto social y credibilidad profesional. Todo, menos “la ladilla” de enrolarse en la cobertura de la doméstica política local.  En mi entorno cercano, el desplazamiento discurría hacia la cultura como un desiderátum natural.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;De forma ambigua, algo acomplejado por las circunstancias, participé en el asco a la política como un sarampión generacional. La política era una pava; no había pecado más condenable que pretender “politizar” un tema. Politizar un tema era conspirar contra su estética, adulterarlo, colocarle a sus cuadrantes imperativos indeseables. &lt;br /&gt;De eso se ocupaba la gente fastidiosa y con sospechosas intenciones ulteriores.  El  campo político era estéril, sin ningún brillo “pop”, perfecto para personas sin swing y sin estilo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los debates universitarios, los ciclos de cine, los encuentros estudiantiles, los conciertos musicales. Lo “cool” era desplazarse alternativo, desentendido, escéptico, vinculado a los mass media, yendo al cine, intercalando fiestas, citando poesía. No hubo en aquellos años cascarones vacíos de acabado más completo que los centros de estudiantes: los reductos de la política icónicos en la educación superior, alguna vez, como se sabe, hervidero del compromiso militante y las ideas en ebullición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En mi caso, tal pretensión se extendió durante los primeros años de vida laboral: Letra G, el dominical de El Globo; Radio Capital, y Letras, el periódico universitario. Todavía hacia 1997 abrigaba la esperanza de poder hacer periodismo sin tener que toparme con el dilema de enfrentarme a la política como fuente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La situación descrita por supuesto que no fue obra de la casualidad, ni es un artificio  producto de un esnobismo generacional.  Desde los años setenta se fue produciendo en occidente, conforme se apagaba el utopismo de la década anterior, un lento desplazamiento en torno a los intereses de las élites y una nueva metabolización de los valores de la vanguardia. Una modificación en la percepción de los objetivos del poder y un progresiva decadencia de las ideas y los partidos con visiones totalizantes de la sociedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue este un proceso que conoció una brusca precipitación con la caída del Muro de Berlín y el fin del comunismo. La llegada de la posmodernidad se encadenó con la expansión de las comunicaciones y la digitalización de las sociedades. La palabra política perdió significado y peso especifico. Nacían nuevos oficios;  la información, como la comunicación, no ha hecho sino expandirse, la comprensión de la realidad adquirió otras herramientas. Hay nuevas maneras de influir en el tejido social, de potenciar talentos y de hacer realidades las aspiraciones personales.  Piénsese por un momento que carreras universitarias como Trabajo Social, Sociología, Diseño Gráfico, Telecomunicaciones, Administración Empresarial o Comunicación Social, por sólo nombrar algunas, eran muy escasas, cuando no inexistentes, aún bien entrado el siglo XX. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La contemporaneidad redimensionó por completo, como nunca antes, la relación de los hombres con el entorno. En un momento como éste, Yoanni Sánchez, sin ser exactamente un político profesional, desde un blog que la hecho universal y una cuenta personal por Twiter, hace tanto, o más, por su causa, que cualquier formación partidista cubana del exilio. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahí está Facebook, y está Tuiter: este ámbito virtual revolucionario, subversivo y con propiedades efervescentes, en el cual se polemiza y se conversa, y donde una idea libertaria puede mutar en entornos fértiles para hacer realidad milagros como el de Egipto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se fortalecieron los grupos de presión: espacios para desarrollar el compromiso colectivo y la responsabilidad ciudadana sin perder la autonomía y la libertad de conciencia: el “single issue”, del que hablaba Anthony Giddens, hace posible que cualquier persona desarrolle sus inquietudes cívicas y se organice para hacer posible sus aspiraciones en torno a temas específicos, sin tener que ocupar cargos públicos y sin ejercer el poder. Organizaciones como GreenPeace, Amnistía Internacional, Sos Racismo, o, en Venezuela, Cofavic y Provea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se potenciaron nuevos espacios para asumir posiciones en el entorno con un motor de navegación propio. El célebre “fin de los grandes discursos” que trajo la ultima parte del siglo XX, vigente aún en el mundo en el mundo de hoy, abolió por completo la figura del compromiso. La “ética indolora de los nuevos tiempos democráticos”, invocada por Gilles Lipovetsky: el ciudadano relativamente desentendido, comprometido apenas en un listado de criterios mínimos, centrado ante todo en sí mismo, que rige en los tiempos de hoy.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la vida moderna, las corporaciones y su espíritu organizacional, sobre todo en los años noventa, colonizaron las maneras de organizarse en sociedad, le disputaron a la esfera pública su influencia en la ciudadanía y modificaron viejos paradigmas: ya no hay direcciones nacionales ni secretariados, sino “misión, visión y valores”.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejó de ser necesario, como lo fue alguna vez, estudiar derecho e inscribirse en un partido para lograr pertinencia social o apalancar aspiraciones personales. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se trata de un denominador común, pero el asco a la política como concepto y como oficio encuentra en el terreno de la cultura un interesante y paradójico matiz. Ha sido este un comportamiento verificable, en mi caso, en el tipo de reporteros que ingresaban a la fuente, casi todos renuentes a su comprensión y con un respingo de desdén ante el tema, pero claro que la desavenencia tiene raíces extensas, larguísima tradición y expresiones muy concretas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque lo cierto es que se expresa en sus periodistas, los periodistas de cultura, pero ellos, como sucede con todos, lo único que hacen es ser espejos refractarios del espacio noticioso que éste comprende. El mundo cultural – y el científico, y el artístico, y el deportivo, pero sobre todo el cultural- suele apalancar buena parte de sus necesidades  trabando con el universo político  -pero sobre todo con el poder político- una relación que, aunque necesitada, ha estado terriblemente problematizada en virtud de la tutela que éste criterio ha ejercido sobre el desarrollo de aquel en los autoritarismos y dictaduras. Incluso de el subsidio condicionado que se ofrecen en algunas democracias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pintores, escultores, curadores, directores teatrales y actores, poetas, bailarines, decoradores, cineastas y críticos de cine. Una afirmación en coro, pretendidamente inocente: “yo no soy político”. A mí con esa gente no me junten.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jamás ha dejado de ser una constante dejar sentado un deseo, tácito o expreso, de lejanía: que no les contaminen el trance, que no les “politicen” el contexto, que no estorben sus procesos creativos cambiándoles el tema, que no enanicen sus encuentros con la creación y el devenir humano con la palabra política: con sus vericuetos, sus problemas, sus indeseables consecuencias al remolque. Esas diatribas despeinadas y ausentes de modales, todas portadoras de dilemas sin solución, de cargas indeseables que vienen a traer terceros: el anticlimax de un individuo que está buscando un legítimo encuentro con las musas. “No politicen la cultura!” han afirmado en el pasado gestores del ramo que no saben nada ni de una cosa ni de la otra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El acto creativo, se argumentará, precisa del albedrío individual. Es una fuga, una decisión legitima: evadirse para encontrar en el encuentro con el arte la liberación personal que potencia la magia de la creación. Desprenderse.  Habitar, por cuenta propia, terrenos fértiles en universos paralelos. Eso que se le atribuye a T.S Elliot refiriéndose a sí mismo: “soy parte de esa humanidad que no soporta demasiada realidad”. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo cierto es que, a pesar de los desdenes vaporosos y las posturas de moda, no hay plataforma de acceso más fiable al universo de la cultura que un criterio depurado sobre el significado de la política. Si entendemos por cultura  la apropiación del hombre sobre los elementos de la naturaleza; la prolongación de sus anhelos y la interpretación del entorno a partir de sus propias necesidades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La renuencia al servicio militar, la ecología hecha una causa, las posturas de vegetarianos y veganos, fenómenos como el nacionalismo y la xenofobia, el visado forzado a los países del tercer mundo, el costo de la seguridad social, el fenómeno retro, las ligas en defensa de los derechos humanos, el integrismo musulmán, todo el debate de la globalización, la sobrepoblación de ciudades, el precio de la comida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eso es cultura, y es política, de acuerdo a como la entiende Savater: el hombre interactuando con sus  semejantes, procurando hacer realidad sus aspiraciones, creándose problemas para vivir mejor, cuestionando y reinventando las instituciones que ha diseñado para perpetuar sus ideas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cultura y la política encuentra un nudo inextrincable en una palabra clave: el contexto, un filamento que está incrustado en ambas nociones. Cualquier ciudadano que salga de su casa y rompa su fuero domestico entra en contacto con la idea de civismo: el criterio donde se encuentran, se funden y se hacen fuertes la política y la cultura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Un ejercicio cultural tan rutinario y doméstico como viajar, por ejemplo, tiene, hasta para el más desprevenido de los turistas desinteresados en la política, un tropel de información sobre el entorno. Casi todos sus contenidos, aunque él no lo sepa, serán políticos: qué idioma se habla en el país visitado; cuales son sus ciudades; quién su presidente; cuál su religión y cuáles sus problemas y cuáles sus costumbres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ecuación se puede replicar a todas las actividades del devenir humano: pintura, arquitectura y bellas artes; literatura; gastronomía y moda; música popular e incluso académica. Los artistas están facultados a secuestrarse, si lo desean, en torno a su universo personal y sus prioridades individuales; la vida de los partidos políticos, sus pugnas y zancadillas puede que no nos interese del todo, pero lo cierto es que, con una enorme frecuencia, es el problemático entorno, sus nudos y sus acuciantes interrogantes, los dilemas del hombre organizado en sociedad, el que envía el combustible necesario para darle vida a las corrientes artísticas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese es el vector que ha inspirado a las reflexiones sobre la soledad en los nodos urbanos en La Nausea y El Lobo Estepario; a la obra de Orwell; a lienzos como Guernica; a la Generación del 98; al Himno a Alegría de Beethoven; a los mejores largometrajes del nuevo cine alemán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La palabra política y su significado lato ha perdido un notable peso específico en la vida de todos, pero buena parte de sus valores intrínsecos y de sus contenidos se han expandido como una granada fragmentaria dentro del tejido social gracias a la masificación de las comunicaciones de masas del mundo de hoy. Sus esquirlas han inundado la cotidianidad de todos, y le confieren, como nunca, un valor añadido al mundo de la cultura y las ideas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ha llegado la hora de que ajustemos el foco: a la palabra política le debemos el mismo respeto que a la palabra cultura. Sin ella no será posible el reinado y el progreso de los seres humanos sobre la tierra. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La aplastante mayoría de las aprehensiones a la palabra política tienen lugar cuando le atribuimos a la política los excesos y extravíos del poder político. Son concepciones asociadas, que pisan un terreno que le es afín, pero claro que no es lo mismo. La política esencial siempre tendrá un vínculo con el poder, pero la política es una propiedad disuelta en las calles.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ejercicio del poder, la conformación de gobiernos, la creación de partidos, la política hecha una técnica, tal como la concibió Maquiavelo: ese es punto en el cual las reflexiones deslumbrantes de la teoría y los sueños más hermosos le ceden el escenario a las maniobras y las zancadillas. La política como una palanca para ejercer el dominio sobre los hombres. Tiene el asunto, ciertamente, un costado grotesco. Constituye una especie de fatalidad a la que habrá que atenerse mientras queramos organizarnos en sociedades y el ser humano continúe evidenciando sus imperfecciones. Habrá que tomar prestada aquella frase de Borges: “me molesta que haya gobiernos, aunque en éstos días parece necesario”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La sordideces de los gobiernos y sus cargos, la vanidad ante el disfrute sensual del poder, la codicia y la corrupción, no son, por lo demás, privativas exclusivas de los gobiernos o falencias atribuibles sólo a la función pública: son fácilmente apreciables en todos los ámbitos de la vida, incluyendo los ámbitos privados, esos que cierta propaganda sibilina nos vende como eternamente responsables y sacrosantos. Los gobiernos suelen ser electos y tienen que rendir cuentas sobre lo que hacen: en las empresas la democracia no existe  Manda el dueño; sus intereses son muy específicos, su capacidad para presionar muy amplia y su vocación autocrítica muy discutible.&lt;br /&gt;Las taras descritas incluyen también el ámbito cultural y el doméstico. Trapisondas, maniobras, adulancias y dobleces; intereses particulares convertidos en imposición. En pos de un cargo, en pos de un sueldo, en pos de un papel. En pos de un enemigo. Los males universales de la humanidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin políticos y sin partidos no hay racionalidad social posible. Sin política, la cultura, sus exquisiteces y sus melindres comenzarían a resquebrajarse. Un mundo sin política es un mundo sin aspiraciones, y un mundo sin aspiraciones es un mundo sin conflictos. Las sociedades sin conflictos viven en dictaduras.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-6067862433181130616?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/6067862433181130616/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/05/politica-para-culturosos.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/6067862433181130616'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/6067862433181130616'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/05/politica-para-culturosos.html' title='política para culturosos'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-5627865531124657886</id><published>2011-04-23T10:59:00.000-07:00</published><updated>2011-04-23T11:00:22.019-07:00</updated><title type='text'>Posturas e imposturas del mundo 2.0</title><content type='html'>1)&lt;br /&gt;Tocadiscos, fax y teletipos, beta y vhs, buscapersonas: antes, a su manera, la gente también quiso ser 2.0. Formar parte de la historia, perfumarse de prestigio social ante el entorno, facilitarse los procesos, sentirse halagado con esa sensación de eternidad y de control absoluto que produce la tecnología.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mediados de los años setenta, las juventudes caraqueñas de clase media organizaban fiestas privadas llamadas “picotadas”: secuencias musicales con lo último del disco; saraos extendidos empeñados en colocar el radar un poco más allá del caribe; despelotes legítimos en el cual un disc jockey bautizaba a la concurrencia con los ramalazos de novedades de las carteleras anglosajonas. Ni siquiera habían nacido las minitecas.                                                     &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacia los años noventa, lo frecuente era ver a jóvenes en trance de egresados lanzar, en medio de cafetín atestado, un “¡dile que llame el beeper!”. Frases que se querían hacerse pasar por casuales, despedidas ante el improvisado auditorio con aire de importancia y dominio, con las cuales el usuario de turno se encargaba de informar al desprevenido entorno próximo su conexión con la modernidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2)&lt;br /&gt;El marxismo y el universo de la izquierda clásica, incluso ahora, sigue pontificando vacuidades en torno a los perjuicios de “el consumismo” y la fulana promoción de “necesidades falsas” del capitalismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie ha terminado de explicarnos qué tiene de artificial usar el roaming para la larga distancia, porqué constituye una impostura tener acceso a Internet en un teléfono, poder disponer de dinero en el exterior gracias al uso de un cajero automático o tener la posibilidad de ver películas en la casa, pero así son las cosas. Hoy todos los ministros del gobierno tienen blackberrys que hasta hace cuatro años consideraban consumistas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Progresistas” estos, qué ironías, peleados con la palabra progreso: obsesionados únicamente con “retornar a las raíces”, con una confesada grima a la modernidad, especialistas en contemplar el futuro con la nuca. Con una conexión muy precaria con la innovación y la tecnología, la cual admiten de mala gana, cuando no hay remedio: cuando les invade el entorno y sus beneficios les seducen simplificándoles el día. No les gustan las empresas americanas: entonces escogen a las chinas, que hacen exactamente lo mismo pero dicen que son comunistas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3)&lt;br /&gt;Nos ponemos coquetos con la idea del futuro, pero está claro que no todos los inventos que hemos conocido han llegado para quedarse. Son incontables los alaridos tecno científicos que, prometiendo la llegada de la aurora, generaron un gran interés para luego de pocos años quedar reducidos al papel de enternecedores cachivaches. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los inventos que, en contrapartida, sí lo hicieron, fueron las que produjeron cambios estructurales: los que, además de su portafolio de novedades, su promesa de confort y su espejismo de eternidad, modificaron los hábitos de las masas y generaron patrones culturales específicos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se quedó la radio, medio de comunicación que hizo su debut comercial en el mundo desarrollado hacia 1920, y se quedó la televisión, el  rey de los medios masivos del siglo XX, y el mas polémico de todos, que comenzó a invadir los mercados hacia 1950. En algún momento se pensó que éste acabaría con aquella: se equivocaron. Para los dos hubo espacio. En 1932 ya en los Estados Unidos vendían automóviles con radios incorporados. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los fonógrafos, que necesitaban discos de setenta y seis revoluciones, aparecieron en los años 30. Se fueron con relativa rapidez, pero dejaron herencia: la secuencia de aparatos que nos permiten escuchar música escogida en la casa: tocadiscos, equipos de sonidos, minicomponentes y discos compactos. Sucedió lo mismo con el radio de transistores, quizás el entrañable pionero del ipod, primer aparato portátil de uso masivo. A finales de los años cincuenta ya eran relativamente comunes. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los años sesenta llegó el video-tape, y entonces comenzó a dejarse registro grabado del material televisivo. Cuando, a finales de los años setenta, se hizo popular el Betamax, y una película podía ser vista, congelada y retrocedida en la casa en un televisor Sony Trinitron, todo el mundo pensó que ya no sería posible ir más allá. Como siempre, si se pudo: vino el VHS, y luego el DVD. Ahora es la propia televisión satelital la que le permite al interesado alquilar películas disponibles y tenerlas detenidas mientras hace unas cotufas el tiempo que le provoque.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante los noventa la World Wide Web y el hipertexto potenciaron de forma inimaginada todos lo cultivado hasta entonces en la red. Se consolidó la globalización como un estado de la historia y el mundo se interconectó irreversiblemente.  En materia de comunicaciones, Internet está produciendo lo que probablemente sea el punto de inflexión más importante en materia de difusión de la cultura desde la invención de la imprenta. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un fenómeno que abandono su puesto en la secuencia de novedades que coloquialmente denominados “inventos”, para tutelar, e incluso condicionar, la existencia de sus predecesores. Comenzando por el hasta entonces más importante de todos: la televisión. No sólo se han digitalizado los formatos tradicionales comerciales: todo el consumo de la cultura espera su turno para ser pasado por la violenta cepillada fractal del ciberespacio: los videos de youtube y los canales por internet; los buscadores de yahoo y Google, las descargas musicales; la banda de radio digital.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4)&lt;br /&gt;En cambio, otros artilugios muy populares, alguna vez tenidos por indispensables, ya están extintos o en vías de extinguirse. Parecían eternos, o en cualquier caso prometían más longevidad. Cuando yo tenía doce años me lucia absolutamente deslumbrante comprobar que las agujas de algunos minicomponentes podían activarse con control remoto. Los minicomponentes eran aparatos diminutos, casi siempre de factura japonesa, versión sofisticada y potente del denominado “tres en uno”: la radio, el brazo del disco y los cartuchos del cassette.  Eso que todavía llamamos “el repro”: la exposición integrada, muchas veces portátil, del cassette y la radio; la posibilidad de ejecutar grabaciones “de cassette a casette”. Toda una quincalla de nombres pretenciosos que hoy nos hacen sonreír.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Largo acompañante de interminables momentos de felicidad, durante años el único garante del consumo musical fuera del hogar en momentos de desplazamiento: el cassette se fue comenzando el año 2000 sin que nadie lo llorara, dando por finalizado un reinado de, al menos, tres décadas entre la gente. Su salida de las vidas de todos, mucho menos anunciada que la de los acetatos, fue bastante más brusca y definitiva: al fin y al cabo los discos de pasta subsisten en un mercado muy específico y siguen siendo demandados en algunos circuitos sofisticados de coleccionistas y curiosos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A ambos los sustituyó otro gigante hoy en un severo entredicho: el compact disc. Cuando la lectura láser de discos terminó de conquistar definitivamente el mercado, hacia 1992, se pensó que este sería un formato que podía durar muchas décadas. Cruzando la esquina de la segunda, tiene su vida en veremos: en muy buena medida sobreviviendo en los dominios de la piratería; está disponible todavía, aunque cada vez menos, en los formatos comerciales clásicos, ya más parecido a un objeto histórico que a un adminículo con pertinencia social.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se fue también el fax, otro símbolo de los años 90, tan popular que su uso parió un espantoso neologismo alguna vez muy corriente:“faxear”; como se fueron los buscapersonas, devorados por los celulares y el teletexto; y las máquinas de escribir eléctricas; como se irá todo lo que no se pueda someter a los mandatos del nuevo capataz de la tecnología, el ciberespacio&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5)&lt;br /&gt;Todo lo cual nos permite arribar a lo que quizás sea la nuez de toda esta disertación: ipads, nuevos videojuegos seriados, libretas electrónicas, teléfonos inalámbricos. Cada nueva entrega de la tecnología expande las posibilidades de informarnos, entroniza sucesos culturales perdurables, le dobla la apuesta al germen de la censura, fomenta un intercambio en el cual todos se enriquecen y nadie pierde. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Constituye una simpleza bastante lamentable postular que sus adecuaciones son “plásticas” y que las necesidades que se derivan de su uso son un artificio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En lo tocante al ejercicio de la comunicación, la tecnología lleva una endiablada marcha a la cual es importante no perderle la pista, al menos en la lectura gruesa. Mucho más trascendente, sin embargo, es mantener actualizado un sistema de ideas estructurado en torno a sus significados. Los inventos se le pueden acercar y escurrir de las manos a cualquier “fashion victim”: no hará absolutamente nada útil con ellos si no entiende nada de cultura de masas; si no calibra su verdadero impacto; si no establece correlato en la teoría; si no puede aportar una letra sobre el contexto. Si sus ideas no tienen peso especifico ni valor agregado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tecnología hace mucho adecuando, recreando y refrescando las posibilidades de interacción entre los seres humanos. Para que lo labrado tenga impacto es importante sostener los artefactos en ideas estructuradas. Todo lo demás son pamplinas. Un tecnófilo 2.0 que viva de la comunicación social, y se resigne a marchar exclusivamente  en pos de la próxima novedad, tendrá una vida profesional similar al esplendor y la duración de un betamax.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-5627865531124657886?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/5627865531124657886/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/04/posturas-e-imposturas-del-mundo-20.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/5627865531124657886'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/5627865531124657886'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/04/posturas-e-imposturas-del-mundo-20.html' title='Posturas e imposturas del mundo 2.0'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-6270587402726793922</id><published>2011-04-12T08:54:00.001-07:00</published><updated>2011-04-12T08:55:48.723-07:00</updated><title type='text'>Los lejanos años 90</title><content type='html'>(texto publicado en Tal Cual por el mes de enero)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre una tribulación y la otra, sorprende constatar cuan lejos nos van quedando los años 90. Los años de los discos compactos, el rock en español, la salsa erótica y el furor de la música electrónica. Los años de  la estridencia pública, el desconocimiento a la política y el periodismo de denuncia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marchar hacia el centro de Caracas era, entonces, un asunto de rutina. Era tan sencillo, que una vez un grupo de estudiantes revoltosos quebró todos los vidrios del Palacio Federal Legislativo, cruzando el edificio de grafittis y dando lugar a una fotografía inolvidable del Diario de Caracas. La leyenda de su foto hablaba de “los vidrios rotos del poder”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada jueves, los encapuchados tomaban las entradas de la UCV para quemar autobuses e incendiar escombros. Aquello era un acto folclórico, un ballet armonizado con la policía que formaba parte del paisaje. Cualquier excusa era válida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gente creía en las posturas de José Vicente Rangel y su entonces muy popular programa de denuncias. Rangel, Peña y Napoleón Bravo eran los próceres de la antipolítica; los gurúes mediáticos que denunciaban lo punible y enjuiciaban el comportamiento público de los demás. Podían escucharse al unísono los televisores en las zonas de la clase media cuando, domingo a domingo, Rangel exclamaba, como si estuviera en una misa, que “el país se va por el despeñadero”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Andaba por ahí Hugo Chávez con liquiliqui, todavía engolando la voz, todavía sin el acento cubano que lo pone a exclamar “¿eh?” al final de cada frase, hablando de “la casa de los sueños azules” y  “el horizonte azul que está detrás de la tormenta”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escribía su columna Por Ahora en El Nuevo País, de Rafael Poleo, de quien entonces era muy amigo, y frecuentaba las oficinas del diario La Razón buscándole fiesta a cualquier reportero desocupado. No había nacido, siquiera, la palabra Oligarquía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fueron años increíblemente permisivos. Cualquiera se sentía capaz, por ejemplo, de pedirle la renuncia al presidente de entonces, Rafael Caldera, o de afirmar deportivamente que el narcotráfico financiaba las campañas electorales del bipartidisimo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los políticos eran silvados cuando aparecían en público; la gente no iba a votar; nos escandalizábamos porque cada fin de semana llegaban a morir en Caracas 10 o 15 personas. Los “balseros del aire”, el tibio éxodo profesional de entonces, nos parecía el pináculo de una crisis sin precedentes. Cada dos por tres aparecía un rumor nuevo sobre la muerte de Rafael Caldera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hugo Chávez era especialmente beligerante: declaraba a los medios internacionales que en Venezuela estaba planteado “un escenario de guerra civil”; anunciaba la marcha de hasta tres golpes militares al mismo tiempo y no ocultaba sus malquerencias con el general Rubén Rojas Pérez. Nuestra clase media, tan cogida a lazo como ha sido siempre, se prestaba entusiasta a cualquier maniobrilla de pasillo. Una vez, en 1996, cuando fue acusado de estar tramando alguna conspiración, declaró con toda tranquilidad “ojalá no tengamos que usar nunca los aviones y tanques que tenemos en las Fuerzas Armadas”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así, sus partidarios de entonces, promovían entusiastas cacerolazos en contra de Carlos Andrés Pérez. El objetivo era aquella “dictadura disfrazada de democracia” que dejaba a sus ciudadanos maldecirla con toda tranquilidad, en la cual estaba de moda aquella guachafita adolescente y banal que hablaba de los “políticos paralíticos”; que no promovió jamás ninguna ley en contra del ejercicio del periodismo y que dejaba que la Radio Rochela se burlara de sus entrañas para que desahogáramos todos nuestras penas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un sistema cojitranco, cómplice, corrompido, ineficiente para resolver los problemas nacionales. Necesitado de un revolcón  institucional que jamás llegó a materializarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero un régimen político que, al lado de esta suma de miserias y marramucias seudo legales que vivimos hoy, luce como una convención de juristas en Ginebra.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-6270587402726793922?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/6270587402726793922/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/04/los-lejanos-anos-90.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/6270587402726793922'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/6270587402726793922'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/04/los-lejanos-anos-90.html' title='Los lejanos años 90'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-4702521729449637933</id><published>2011-03-15T11:13:00.001-07:00</published><updated>2011-03-15T11:22:25.074-07:00</updated><title type='text'>Irnos del país o quedarnos en Venezuela</title><content type='html'>(texto públicado el domingo 13 de marzo en el diario Tal Cual con ligeras modificaciones)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De forma accidental, y no sin algo de sorpresa, he podido constatar como, en algunos reductos específicos en los cuales uno se desplaza por accidente, quienes toman la decisión de irse del país son todavía juzgados como un atajo de tránsfugas, oportunistas que dejan sin el menor cargo de conciencia el rancho ardiendo para ejercer la felicidad sin mortificaciones de ninguna especie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Digo que “todavía”, y agrego que “no sin algo de sorpresa”,  porque, en mi caso, la discusión sobre la decisión personal de emigrar del país  -que es todo síntoma generacional- tiene ya una duración que sobrepasa los quince años. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tiempo suficiente para irlo depurando y haberlo zanjado completamente, conforme se arriba definitivamente a la adultez en el juicio, conforme comienzan a irse, graneadas, personas muy queridas, conforme el deterioro nacional se torna omnipresente, y, finalmente, conforme se termina de probar el suculento plato de esa abstracción que denominan “el extranjero”: aquella “posteridad contemporánea” aludida con mordacidad por Ibsen Martínez. La deliciosa conjura que adereza la cotidianidad con impensados matices cuando nos toca salir de viaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Puedo confesar sin problemas que hace poco más de una década tenía una apreciación parecida, así de terminante y atrabiliaria, sobre quienes anunciaban su salida de Venezuela. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una intolerancia que tenía una carga ideológica, interpretada erróneamente como la renuncia a un deber moral superior: todo el mundo corría a buscar a sus antepasados ucranianos y a proclamar, con el objeto de obtener el respectivo pasaporte, el eterno apego a sus entrañables –y desconocidos- bisabuelos en Catanzaro para poder salvarse de este desastre que hace rato perdió el charm. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El juicio se fue matizando y alcanzó su dimensión definitiva no mucho después. En las grandes ciudades del extranjero aprendí que la emigración es un fenómeno universal y masivo; que los inmigrantes del mundo moderno son, probablemente sin que lo sepan, mutaciones ambulantes de los entornos culturales que les preceden. Que ése es el hechizo de la palabra cosmópolis: uno de los grandes logros del progresismo en los tiempos que corren. ¿Qué sería de Barcelona o París, por ejemplo, sin sus barriadas árabes?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que si hay un haber cuantificable en la vida es aprender a dejar atrás los llamados adoloridos del nacionalismo estrecho, condenados a ser parroquiales, y, peor aún, conservadores y mojigatos, para vivir, en toda su dimensión, eso que Anthony Giddens denominó “la fidelidad múltiple”: esa maravillosa colección de querencias y afectos en entornos culturales complementarios, que perfectamente, también, pueden tener su epicentro en el lugar que registre nuestra partida de nacimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero sobre todo, que el ejercicio y la defensa de la libertad personal va a superar su prueba más exigente cuando el test se lo hacemos a los demás. Exigirle a los otros respeto al albedrío personal es muy sencillo: mucho más cuesta arriba es aprender a respetar los ajenos. Ahí el vocablo libertad muta a uno mucho más exigente, el de la tolerancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y en última instancia: que el que se va es porque le da la gana. Quien toma ese tipo de decisiones no rebana tantos razonamientos precocidos: suele hacerlo bajo la influencia de una sensación terminante, que baja violento y neto, como cualquier portal de internet.&lt;br /&gt;Poco o nada le dirán las consideraciones hechas por terceros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bien. Zanjado el dilema de las siempre respetables opciones individuales, pienso que puede tener sentido destinar unas reflexiones a un subregistro muy específico de personas que, antes que ciudadanos, sólo se sienten usuarios: aquellos que, con un hastío que tiene un escalón detrás del asco, viven pontificando que, nomás les sea posible, partirán como un cohete de “esta mierda de país”, del cual, irremediablemente poco o nada extrañarán después de la fuga.  Razonamiento que irá acompañado de una eterna muletilla: “aquí no hay calidad de vida” –como si el único imperativo de estar vivo consistiera en andar subiendo escaleras en Sears.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo me atrevería a proponerle a estas personas una aproximación un poco menos recreativa de los dilemas cotidianos y las decisiones de vida. Sostengo que la consecución de la felicidad, objetivo final que, como mortales, todos compartimos, precisa de una aproximación algo menos desentendida, algo menos amiga de las fórmulas indoloras que esa que, en ocasiones, queda patente en trances tan delicados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La felicidad es un objetivo que cobra sentido doble si nos decidimos a encararla como adultos: forzados a enfrentar circunstancias que no nos son del todo agradables y atendiendo obligaciones que sobrepasan nuestro fuero individual. La verdadera felicidad siempre tiene un costo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sabemos que estas consideraciones no están formuladas en un momento normal. Venezuela está ante una coyuntura especialmente dramática: disponemos de poco más de año y medio para que este país termine de recobrar la pertinencia o para que su sentido acabado como entidad jurídica entre en un gravísimo suspenso que puede durar, incluso, décadas. Con él se iría todo el entorno que ha comprendido nuestras vidas: nuestro pasado laboral, nuestros sitios de recreación, nuestras amistades, los espacios en los cuales crecimos en familia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son menos de dos años: es un plazo razonable y específico para comprometernos a formar parte de la solución. Para informarnos, para organizarnos, para participar y defender lo que nos pertenece. Para asumir algún tipo de responsabilidad que sobrepase los mandatos de nuestro confort. No hablo desde un ámbito salvacionista: circunscribo lo que dicho a la universal perspectiva ciudadana. Si algo le terminó de hacer la cama a Fidel Castro fue el apurado tránsito de todos sus mandos profesionales en el puerto de Camarioca en 1962. A lo mejor todavía había tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No estoy formulando una proclama patriotera, ni le pido a nadie que inicie sesiones de llanto cada vez que escuche el Alma Llanera. Parece que no hay manera de meterle la nariz a este tema sin que alguien termine acordándose de Carlos Baute. La inexplicable psicología del venezolano de clase media, siempre hechizada con cualquier fruslería del extrarradio, se maravillaría si este razonamiento lo hiciera Rosa Montero ante una hipotética España en llamas. Formulado desde Venezuela el argumento es despachado como si le perteneciera a Lila Morillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Queremos admirar el mundo, conocer nuevas culturas, maravillarnos con las delicias del entorno próximo o remoto? ¿Queremos vivir en otro país? Excelente. Aquí mismo, en nuestras narices, tenemos una emergencia: vamos a intentar primero ver cómo podemos conjurar esta amenaza, porque el juego está cerquita, para seguir aspirando a ejercer la felicidad con un pasaporte en la mano. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;He dicho que todo el mundo es libre de pensar y decir lo que quiera en este tipo de temas. Eso es exactamente es lo que yo acabo de hacer.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-4702521729449637933?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/4702521729449637933/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/03/irnos-del-pais-o-quedarnos-en-venezuela.html#comment-form' title='14 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/4702521729449637933'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/4702521729449637933'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/03/irnos-del-pais-o-quedarnos-en-venezuela.html' title='Irnos del país o quedarnos en Venezuela'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>14</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-6391859995053858929</id><published>2011-03-05T18:40:00.001-08:00</published><updated>2011-03-05T18:40:46.522-08:00</updated><title type='text'>Homenaje al mesonero</title><content type='html'>Rápido, preciso, discreto, formal, se cuadra frente a la mesa, como siempre, listo para recibir órdenes: el mesonero, ese sí, es el pueblo uniformado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Areperas, matrimonios, cócteles, restaurantes y fiestas de quince años lo encontrarán con una sobria camisa blanca e infaltable pantalón negro, zapatos bien lustrados; un saco, cuando la ocasión lo solicita, y un versallesco corbatín, un lazo en el cuello que habla por su persona, que pretende ser de gala, un certificado de elegancia que nadie ha pedido, pero que él necesita, como el vals, como los sombreros y los frac, como los mayordomos, como las campanas para la servidumbre, como el orden de los tenedores y la llegada de las comidas, como casi todas las pamplinas que comprenden la etiqueta, un uso que pertenece  a otro momento, traído de otra parte para honrar un acuerdo previo que es necesario mantener vigente, casi siempre de discutible significado, un ejercicio de obediencia pactado que hemos de denominar, para entendernos, las convenciones.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;En el trabajo de un mesonero concurren buena parte de las destrezas del ejercicio cívico de todos los días. En su irreductible cortesía y decencia, el mesonero es a veces un actor, el conductor de una ceremonia de imperiosa teatralidad, especializado en darle un cumplimiento cabal a los mandatos de la urbanidad: poner a catar vinos a los transeúntes para hacerlos sentir conocedores y relatar los detalles de un menú que él no ha cocinado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los mesoneros deben estar investidos de un talento diplomático muy especial, una capacidad para negociar en situaciones desventajosas, para mostrar un desacuerdo sonreído, para sugerir sin incordiar, para dejar sentado cual plato es el que se debe probar y cual es el que se debe evitar sin tener que sin demasiado explícito, sin llegar &lt;br /&gt;a los extremos de soltar ante desconocidos en tono de confidencia, como sí podría hacerlo cualquiera, porque así es que lo entenderían bien, "señora, aquí entre nos, no pruebe esa ensalada que es una redomada mierda". &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Es, ante todo, un buen político. El mesonero es la exposición hecha persona de lo que debe ser un "factor de intermediación social": ahí está, recibiendo demandas, cada dos por tres la gente tiene un nuevo pedido, qué pasó con mi sopa; no me llene usted la cerveza, yo no soy mocho;  las polentas se sirven por el lado izquierdo, ¿o es que no lo sabía?, ¿de cual mercado es la cebolla de éste bistec?  estos espárragos están incorrectos,  yo los raviolis me los como sin queso, y él, canalizando exigencias, calmando a la concurrencia, con el sombrero en una mano, el conejo en la otra, las luces auscultándolo, la cortina detrás, se disculpa ante el publico, ya sale la sopa, señora, cálmense, el asunto de los espárragos es francamente lamentable; las cebollas son de quinta crespo, por acá tengo el queso, si quiere se lo sirve, sino se lo sirvo yo, estamos para servirle, acá tengo un aperitivo, mientras esperan, mil perdones a todos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La capacidad para gestar acuerdos negociados, llevada al extremo, queda apalancada cuando se ve precisado a acudir al centro de operaciones, a la cocina, a usar la única facultad que tiene para descargar la presión apurando a sus compañeros: "Epa, que hubo: ¿qué pasó con la sopa de la mesa quince?"&lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;A distancia, esos tipos parecen miembros del sindicato de un misterioso circo armenio, haciendo malabares como artistas, cargando cuatro platos a la vez, sirviendo tragos, como quien desenfunda con velocidad una pistola, poniendo a chillar esas máquinas de café, desplazándose con precisión y silencio, oyendo conversaciones que no le interesan y  que aumentan de volumen y se diluyen conforme se acerca o se aleja de la mesa,  anotando pedidos en una misteriosa clave taquigráfica, haciendo ejercicios aritméticos con pasmosa velocidad.  &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Los mesoneros son los eternos actores de reparto de los momentos especiales de nuestras vidas. Tienen que dar la cara por un plato que no cocinaron y por un local que no les pertenece.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo de ellos es repartir albóndigas y canapés de grupo en grupo, de mesa en mesa, de todos lados saldrán solicitudes compulsivas. Nadie sabe sus nombres. Serán llamados, en el mas neutro de los casos,  "amigo"; "campeón", le dirán los mayores; "panita", las nuevas generaciones; uno que otro, si lleva tiempo visitando el lugar, pronunciará su nombre para impresionar a sus acompañantes: "mira Luis Alberto, quiero que me apartes el privado de la otra vez y te traes el servicio de whisky", y el sonreirá adusto, premiado por la confianza que tiene la molestia de tomarse gente tan importante.&lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;La fiesta está que arde, todo el mundo baila a paso frenético. El mesonero, disfrazado de elegancia en un espacio ajeno, se gana la comida viendo a los otros divertirse a distancia. Hay que repartir el whisky, hay que freír esos tequeños antes de que se haga tarde. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siempre habrá que lidiar con las miserias de la gente. Todo el mundo quiere presumir de valiente ante un mesonero. Su trabajo es una buena noticia en tanto no se sienta. Nadie aplaude, nadie felicita, ningún auditorio se pondrá de acuerdo para ovacionar la trajinada labor de un camarero, salvo cuando se le cae la vajilla. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ahí están, pues, atados de manos por la necesidad, soportando en silencio a todo tipo de gente: borrachos,  malhumorados y acomplejados; galanes destemplados, que quieren presumir de graciosos a sus costillas; señoras que castigan su dignidad en nombre de "las normas y el buen servicio"; badulaques que presumen de  arrebatados e inflexibles porque saben que jamás podrá defenderse como quisiera. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se acaba la fiesta, cerraron el local, es hora de recoger los manteles. A distancia, se oyen las últimas risas ahogadas de la noche. Se acabo la prestancia y la distinción: el mesonero se quita sus atuendos formales y vuelve al mundo de civil. Nadie sabe, nadie pregunta, a nadie le importa, para dónde va, dónde vive, cual autobús toma, cómo llegará a su casa este ilustre ciudadano, todo honradez y paciencia, incapaz de organizar una huelga, condenado a que, en las discusiones de trabajo, la razón siempre la tengan otros, especializado en servir a los demás para ganarse la vida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegará a su casa, besará a su mujer, pasará revista a sus muchachos, dormidos, afortunadamente, y caerá rendido para soñar otra vez con esa extraña confabulación de gente elegante y fastidiosa, esa turba insoportable que le pide, una y otra vez, algo que le angustia mucho, una encomienda perdida tiempo atrás, cuya existencia apenas sospecha pero de la cual no trae memoria.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-6391859995053858929?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/6391859995053858929/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/03/homenaje-al-mesonero.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/6391859995053858929'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/6391859995053858929'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/03/homenaje-al-mesonero.html' title='Homenaje al mesonero'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-1326944168571568952</id><published>2011-03-05T17:49:00.001-08:00</published><updated>2011-03-05T17:54:45.063-08:00</updated><title type='text'>Homanaje al mesonero</title><content type='html'>Rápido, preciso, discreto, formal, se cuadra frente a la mesa, como siempre, listo para recibir órdenes: el mesonero, ese sí, es el pueblo uniformado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Areperas, matrimonios, cócteles, restaurantes y fiestas de quince años lo encontrarán con una sobria camisa blanca e infaltable pantalón negro, zapatos bien lustrados; un saco, cuando la ocasión lo solicita, y un versallesco corbatín, un lazo en el cuello que habla por su persona, que pretende ser de gala, un certificado de elegancia que nadie ha pedido, pero que él necesita, como el vals, como los sombreros y los frac, como los mayordomos, como las campanas para la servidumbre, como el orden de los tenedores y la llegada de las comidas, como casi todas las pamplinas que comprenden la etiqueta, un uso que pertenece  a otro momento, traído de otra parte para honrar un acuerdo previo que es necesario mantener vigente, casi siempre de discutible significado, un ejercicio de obediencia pactado que hemos de denominar, para entendernos, las convenciones.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;En el trabajo de un mesonero concurren buena parte de las destrezas del ejercicio cívico de todos los días. En su irreductible cortesía y decencia, el mesonero es a veces un actor, el conductor de una ceremonia de imperiosa teatralidad, especializado en darle un cumplimiento cabal a los mandatos de la urbanidad: poner a catar vinos a los transeúntes para hacerlos sentir conocedores y relatar los detalles de un menú que él no ha cocinado. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los mesoneros deben estar investidos de un talento diplomático muy especial, una capacidad para negociar en situaciones desventajosas, para mostrar un desacuerdo sonreído, para sugerir sin incordiar, para dejar sentado cual plato es el que se debe probar y cual es el que se debe evitar sin tener que sin demasiado explícito, sin llegar a los extremos de soltar ante desconocidos en tono de confidencia, como sí podría hacerlo cualquiera, porque así es que lo entenderían bien, "señora, aquí entre nos, no pruebe esa ensalada que es una redomada mierda". &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Es, ante todo, un buen político. El mesonero es la exposición hecha persona de lo que debe ser un "factor de intermediación social": ahí está, recibiendo demandas, cada dos por tres la gente tiene un nuevo pedido, qué pasó con mi sopa; no me llene usted la cerveza, yo no soy mocho;  las polentas se sirven por el lado izquierdo, ¿o es que no lo sabía?, ¿de cual mercado es la cebolla de éste bistec?  estos espárragos están incorrectos,  yo los raviolis me los como sin queso, y él, canalizando exigencias, calmando a la concurrencia, con el sombrero en una mano, el conejo en la otra, las luces auscultándolo, la cortina detrás, se disculpa ante el publico, ya sale la sopa, señora, cálmense, el asunto de los espárragos es francamente lamentable; las cebollas son de quinta crespo, por acá tengo el queso, si quiere se lo sirve, sino se lo sirvo yo, estamos para servirle, acá tengo un aperitivo, mientras esperan, mil perdones a todos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La capacidad para gestar acuerdos negociados, llevada al extremo, queda apalancada cuando se ve precisado a acudir al centro de operaciones, a la cocina, a usar la única facultad que tiene para descargar la presión apurando a sus compañeros: "Epa, que hubo, nojoda: ¿qué carajo pasó con la sopa de la mesa quince?"&lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;A distancia, esos tipos parecen miembros del sindicato de un misterioso circo armenio, haciendo malabares como artistas, cargando cuatro platos a la vez, sirviendo tragos, como quien desenfunda con velocidad una pistola, poniendo a chillar esas máquinas de café, desplazándose con precisión y silencio, oyendo conversaciones que no le interesan y  que aumentan de volumen y se diluyen conforme se acerca o se aleja de la mesa,  anotando pedidos en una misteriosa clave taquigráfica, haciendo ejercicios aritméticos con pasmosa velocidad.  &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Los mesoneros son los eternos actores de reparto de los momentos especiales de nuestras vidas. Tienen que dar la cara por un plato que no cocinaron y por un local que no les pertenece.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo de ellos es repartir albóndigas y canapés de grupo en grupo, de mesa en mesa, de todos lados saldrán solicitudes compulsivas. Nadie sabe sus nombres. Serán llamados, en el mas neutro de los casos,  "amigo"; "campeón", le dirán los mayores; "panita", las nuevas generaciones. Uno que otro, si lleva tiempo visitando el lugar, pronunciará su nombre para impresionar a sus acompañantes: "mira Luis Alberto, quiero que me apartes el privado de la otra vez y te traes el servicio de whisky", y el sonreirá adusto, premiado por la confianza que tiene la molestia de tomarse gente tan importante.&lt;br /&gt;  &lt;br /&gt;La fiesta está que arde, todo el mundo baila a paso frenético. El mesonero, disfrazado de elegancia en un espacio ajeno, se gana la comida viendo a los otros divertirse a distancia. Hay que repartir el whisky, hay que freír esos tequeños antes de que se haga tarde. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siempre habrá que lidiar con las miserias de la gente en este mundo miserable. Todo el mundo quiere presumir de valiente ante un mesonero. Su trabajo es una buena noticia en tanto no se sienta. Nadie aplaude, nadie felicita, ningún auditorio se pondrá de acuerdo para ovacionar la trajinada labor de un camarero, salvo cuando se le cae la vajilla. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ahí están, pues, atados de manos por la necesidad, soportando en silencio a todo tipo de gente: borrachos,  malhumorados y acomplejados; galanes destemplados, que quieren presumir de graciosos a sus costillas; señoras que castigan su dignidad en nombre de "las normas y el buen servicio"; badulaques que presumen de  arrebatados e inflexibles porque saben que están discutiendo con una persona que necesita su trabajo y jamás podrá defenderse como quisiera. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se acaba la fiesta, cerraron el local, es hora de recoger los manteles. A distancia, se oyen las últimas risas ahogadas de la noche. Se acabo la prestancia y la distinción: el mesonero se quita sus atuendos formales y vuelve al mundo de civil. Nadie sabe, nadie pregunta, a nadie le importa, para dónde va, dónde vive, cual autobús toma, cómo llegará a su casa este ilustre ciudadano, todo honradez y paciencia, perteneciente a un gremio que jamás ha organizado una huelga, condenado a que, en las discusiones de trabajo, la razón siempre la tengan otros, especializado en servir a los demás para ganarse la vida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegará a su casa, besará a su mujer, pasará revista a sus muchachos, dormidos, afortunadamente, y caerá rendido para soñar otra vez con esa extraña confabulación de gente elegante y fastidiosa, esa turba insoportable que le pide, una y otra vez, algo que le angustia mucho, una encomienda perdida tiempo atrás, cuya existencia apenas sospecha pero de la cual no trae memoria.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-1326944168571568952?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/1326944168571568952/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/03/homanaje-al-mesonero.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/1326944168571568952'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/1326944168571568952'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/03/homanaje-al-mesonero.html' title='Homanaje al mesonero'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-7638555757724881081</id><published>2011-02-12T10:55:00.000-08:00</published><updated>2011-02-12T10:58:50.476-08:00</updated><title type='text'>Oda al asco</title><content type='html'>En los árboles, en las plazas, en las azoteas, en las ventanas, en las casas, en los techos de las casas, en los edificios, en las callejuelas, en las avenidas, en las fuentes, en las zonas ricas,  en las zonas pobres, en Caracas, en Bogotá, en Madrid, en Barcelona, en Sevilla, en Londres, en Bristol, en Amsterdam, en Hamburgo, Budapest, Lubliana, Zagreb y Duvorvnik, en Buenos Aires, Montevideo, Lima, en Río, México, La Habana, San Juan, en Berlín y en Nueva York, con invierno o con verano, con lluvia o con sol,  en todos los continentes, en las islas, penínsulas, cabos y bahías, en las playas y en los ríos, en los cafés, en  los chiringuitos, volando alto, volando bajito, detrás de la suela de todos los clientes, debajo de las mesas y las sillas, arremolinadas, unas con otras, siempre en pos de la próxima miga, imposibles de saciar, payaseándole a los turistas, en procura de un viejito bolsa que las alimente -todos los días sale uno a la calle, pensaran ellas-,  alborotadas, orgiásticas, dionisiacas, follándose indiscriminadamente unas con otras, emitiendo ese horrible ruido toráxico de ahorcado sin ultima voluntad, lisiadas algunas, cojas las otras, enfermas, casi todas, adobadas con una piojamenta invisible, rascándose a toda hora, lavando sus miserias sin decoro ni método en cualquier charca mal nacida, nómadas de vida incierta, se persiguen, se atormentan, no tienen idea de lo que es el límite, no quieren saber nada de la noción de medida, nunca son indiferentes, esa sarna emplumada y grotesca, semblanza innoble de la condición humana, elemento hipócrita, que pretende engañarnos con su pinta de señora ofendida saliendo del mercado, la paloma, la verdadera plaga universal de esta hora, autentico roedor alado, zamuro santurrón embotellado en empaque comercial, carroñera disfrazada y sin ética, verdadero lobo con piel de oveja, nos ha embaucado a todos con su falsa nobleza, con sus cancioncitas y su propaganda cursi, que si el copetico azul, la vieja falacia de que es mensajera, la fabula aquella, jamás demostrada, de que es portadora de la paz, farsantes, alardeando una inexistente prestancia; con ratas y cucarachas uno al menos sabe a que atenerse, actrices infalibes, están mimetizadas, envenenando en silencio al genero humano, recostándose de la compasión de los incautos, a salvo de una merecida profilaxis, de la mala prensa, uno se pregunta por qué no paran, por qué nos persiguen, qué es lo que quieren, a dónde pretenden llegar metidas en todo, volándole a las campanas, asustándose con los ruidos de la ciudad, fisgoneándole a los transeúntes, preguntándole secretos a las ruedas de los carros, por qué meten el pico en todos los rincones, porque siempre vienen por mas, aleteando en forma repugnante y obsesiva, al final para nada, para terminar arrolladas, con sus miserias al aire, con sus vísceras abiertas, las patas tiesas, las plumas meciéndose al viento, mostrándole a la concurrencia indiferente lo que termina por sucederle a aquel que quiere estar en todas partes a la vez.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-7638555757724881081?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/7638555757724881081/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/02/oda-al-asco.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/7638555757724881081'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/7638555757724881081'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/02/oda-al-asco.html' title='Oda al asco'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-2055494753702202382</id><published>2011-01-24T15:47:00.000-08:00</published><updated>2011-01-24T16:40:10.057-08:00</updated><title type='text'>Cápsulas sobre Caracas</title><content type='html'>- Si no estuviera tan peligrosa, si el caos no fuera tan acentuado, si el tráfico no nos amargara tantas tardes, yo podría afirmar que Caracas es una linda ciudad. El Avila es una caja de resonancia cromática; con toda responsabilidad puedo afirmar que jamás he visto en ninguna parte días tan perfectos como los que se pueden retratar en estos confines en enero. Su entorno vegetal es un privilegio: la avenida Los Jabillos o la principal de Sebucán presentan una arquitectura natural de luces y sombras. Algunas visuales de sus colinas y vías expresas siguen siendo postales. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Si estoy irritado puedo pasar largo rato quejándome del país, pero hago silencio cuando la tertulia se aproxima a entrar a despotricar sobre Caracas.  Soy caraqueño, y aquí sigue instalada la oficina desde donde veo al resto de la humanidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Tiene Caracas muchas autopistas, que se despliegan sobre su espalda como serpentinas, avenidas muy estrechas, y una arquitectura con un predominio de la línea recta. Antes estaba orgulloso de ese entramado vial millonario que se ha venido eclipsando conforme se impone la superpoblación de automóviles. Con los años, de boca de algunos arquitectos, he ido aprendiendo que ninguna ciudad sana debería permitir que las vías expresas inunden sus entrañas de esa forma.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- A diferencia del resto de las ciudades que he visitado en mi vida, en Caracas, salvo en contadas iglesias y en el Panteón Nacional, está ausente el barroco. No hay, como si en Lima, La Habana, Buenos Aires o Montevideo, estructuras cupulares clásicas ni edificios monumentales antiguos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Es cierto: arrendajos, azulejos, tórtolas y tordos; guacharacas, guacamayas y loros de todo calibre siguen surcando a placer los cielos de una ciudad que vive en techicolor. Despiertan a la gente, se comen las frutas de los árboles, dejan su huella en automóviles inocentes.  Puede uno verlo en las tardes, buscando posada en las hojas de los árboles, intercalando  graznidos mientras comienza a ponerse el sol. Es esta ciudad un insospechado emporio de pájaros; en ella encuentran muchas aves un hábitat perfecto para llevar una vida feliz. Son los humanos que les acompañamos, en cambio, los que no la pasamos tan bien. En la tierra los vemos pasar, desde Chuao, La Carlota o Bello Monte, rumbo a la montaña,  inocentes y felices, mientras reparamos en que, abajo, las señales de tránsito y los carteles que indican la nomenclatura de las urbanizaciones están cruzados por orificios de balas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Parque Central, El Teatro Teresa Carreño, la Plaza Francia de Altamira, las Torres de El Silencio, la Torre La Previsora. Todos los símbolos de ésta ciudad son contemporáneos. Era muy poco Caracas, también a diferencia de estas ciudades, antes de los años 20. Cuando estoy fuera del país, y pienso en Caracas, sin embargo, me viene a la memoria una edificación que, ni es muy citada, ni es apreciada por los arquitectos: la Torre Pirámide Invertida del CCT. Encuentro en este sobrio edificio de oficinas con ciertas pretensiones universales un símbolo perfecto de la ciudad cotidiana en la cual vivo. Todos, comenzando por el último, tienen el rasgo que estoy describiendo: la tutela de la línea recta en su aspecto. La ausencia total de arabescos, garabatos, estatuas o arcos de medio punto que son tan comunes en otros confines. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- El minarete de la exótica mezquita de Quebrada Honda, la segunda en tamaño en toda Sudamérica, desconocida en sus entrañas por literalmente toda la ciudad, ofrece un grato contrapunto visual de Caracas. Ante todo, Caracas tiene buen lejos, y aquí hay un ejemplo perfecto para ilustrarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; - Si Parque Central, el Metro, el polígono cultural de Bellas Artes y Sabana Grande dejaron de ser lo que fueron, es imposible no tomar nota de la actual decadencia de Caracas. Sabana Grande ha salido de la ruina y presenta un aspecto aceptable, pero el lustre de otrora le queda lejos. La ruina de Parque Central, y de todos los museos que la circundan al remolque, simbolizan hoy el estancamiento de esta ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Algunos de los edificios más feos que he visto en toda mi vida también encuentran asiento en Caracas. San Martín y San Juan; Los Ruices y La California; El Valle y El Paraíso; la avenida Baralt y algunas cotas de la avenida Fuerzas Armadas. Moles desproporcionadas, planificadas por algún arquitecto ebrio, remedos lamentables de la modernidad, apuestas funcionales sin la menor consideración con la estética. Panales de personas que acumulan todos los problemas posibles. En algunos de sus costados, parece Caracas la réplica tercermundista de Blade Runner: un retrato futurista donde todo salió mal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- El Abra Solar de Alejandro Otero; la fisicromía de Carlos Cruz Diez en la Plaza Venezuela; las obras de Soto en la Torre Seniat, El Cubo Negro, la Plaza Brión y el distribuidor de Santa Cecilia. Las deliciosas intervenciones al entorno que tienen lugar en la Ciudad Universitaria. Ha sido Caracas la orgullosa sede de una notable generación de artistas contemporáneos. Fue ese el perfil que la distinguió durante mucho tiempo: el hilo conductor en la concepción y el decoro de sus espacios públicos. La gran mayoría de los caraqueños ni conoce, ni les interesa, ni valora el legado de estos venezolanos universales&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Aunque no resistirían jamás una comparación con sus pares de Buenos Aires, México, Río o Lima, para no hablar de Madrid, debo que confesar que tengo una especial debilidad por el modesto casco histórico de Caracas. Ni siquiera podemos hablar acá de una arquitectura “colonial”: hasta 1870, está ciudad seguía cruzada por las ruinas del terremoto de 1812. Encuentro especialmente encantadores el neogótico en miniatura del Palacio de las Academias; el Palacio Federal Legislativo, con sus salones y sus dos alas; La Vicepresidencia de la República, la Iglesia de Santa Capilla, el Correo de Carmelitas y el edificio Principal, en la esquina del mismo nombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- La arquitectura de Caracas correspondiente a los años 40, 50 y 60 tiene en Caracas episodios muy afortunados. La que fue levantada de los setenta en adelante, sobre todo en sus zonas residenciales, es, en cambio, bastante mediocre. En la primera están inscritas zonas de Santa Mónica, Valle Abajo, Maripérez, El Bosque, Los Palos Grandes, Propatria, Puente Hierro y Quinta Crespo.  En la segunda están El Cafetal, El Marqués, Montalbán y Caricuao.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- El caótico y empobrecido nudo urbano de la Hoyada, en pleno centro de la ciudad, plantea los dilemas y los desafíos más dramáticos de la Caracas del futuro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Siempre tuve a Caracas como una estrecha ciudad dominada por imponentes rascacielos. Es una impresión que descansaba en la perecepción de la longitud de algunos edificios del centro, muy especialmente el del Minci y el del Banco de Venezuela, y, sobre todo, por el predominio de las torres de Parque Central, todavía la estructura de concreto armado más alta de Sudamérica. Con tales construcciones, esta ciudad imita los ejercicios de poderío gerencial de algunos emblemas norteamericanos. Alardes de pretensión urbana que, hoy por hoy, lucen más que discutibles. Regresando de Buenos Aires o Madrid, sin embargo, he vuelto la mirada hacia una estructura más bien chata y apelmazada. La segunda parte de la avenida Francisco de Miranda, en las alturas de la estación Chacao, a la altura del Centro Perú, es, a estos efectos, particularmente mediocre y prescindible. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Amenazado: no hay otra palabra para describir la sensación que puede sentir cualquier transeúnte inocente si las circunstancias lo emboscan en las cercas alambradas de la Florida, en las mansiones sin fachada de Los Chorros, en las perturbadoras insinuaciones de El Llanito, en la fortificación alambrada en torno a Terrazas del Avila, en la periferia de El Silencio, en algunos bares desgarbados de la avenida Casanova. La hostilidad de Caracas es objetiva, y se expresa, no sólo en la ausencia de hemodinamia de sus corredores viales y la dictadura anarquizada de sus motorizados, en el día, sino en la perturbadora soledad nocturna de sus urbanizaciones. Caracas puede ser a veces hermosa, pero también es sucia, agresiva y sin modales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Hay en Caracas algunos reductos europeizados, hijos de la vibrante inmigración de los años 40 y 50, encantadores y más bien poco comentados entre sus conciudadanos como áreas de interés. Bello Monte, Las Acacias, La Carlota, Los Chaguaramos, Chacao, Las Delicias, Valle Abajo, y hasta el hoy arisco San Bernardino. Con sus restaurantes y churrerías, El Hatillo porta una aureola muy similar, pero tiene otra historia. Con sus altas y sus bajas, son oasis en los cuales se consiguen rincones interesantes y la vida parece ir a otra velocidad. La Candelaria es, sin duda, un nido español tradicional, y sus tascas conservan sus encantos, pero su morfología es demasiado mestiza para lucir exactamente europea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Se come bien en Caracas, dicen lo que de esto saben. Pero no también como antes, agregan otros tantos. Es ésta una ciudad cosmopolita, mucho más que otras en su entorno próximo, quién lo duda, pero los rigores de la política y la economía le han hecho perder en mucho la variedad y el encanto. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Más allá de los lugares comunes, hay en Caracas algunos edificios de arquitectura moderna sofisticados, sobresalientes y dueños de un atractivo que a mi me parece universal. Parque Cristal, Atlantique, el Cubo Negro, la Torre Corp Banca, la torre Coinasa, el Centro Iasa, el Centro San Ignacio. El Centro Galipán. Algunos ejemplares de El Rosal. Se sirven de las bondades del clima; nos regalan sombras naturales, son espacios sofisticados y llenos de un desenfado elegante muy propio de esta ciudad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Difícil encontrar un reducto más caraqueño que Las Mercedes, tradicional laguna donde los ciudadanos de todas las clases concurren a distraerse en las noches. Ecléctica, desordenada y ruidosa. Una urbanización que se fagocita y se reconstruye a si misma de forma endiablada tramando edificaciones con nuevos restaurantes y bares. Manzanas en las cuales no hay espacio para las fechas ni la memoria. Ultimamente ha recobrado cierta coherencia con la remozada -y criticada- plaza Alfredo Sadel. Decía William Niño que la colina que domina Las Mercedes, presidida por el Hotel Tamanaco, es probablemente la más bella de toda la ciudad. Puedo suscribir esa apreciación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Es imposible no ofrecer una panorámica de Caracas sin incluir a su otra mitad, la que vive en improvisadas barriadas autoconstruidas, con servicios públicos intermitentes y un intricado acceso a sus viviendas. La deuda social que no se salda. El eterno bofetón que nos recibe y nos despide camino al aeropuerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- En fin. El sentido común me impide culminar de forma edulcorada estas líneas improvisadas del lugar donde vivo. En Caracas está escrita toda mi vida; por supuesto que ella me habla más que cualquier otra ciudad.  Podría Caracas ser linda en otras circunstancias. Pero las circunstancias no son otras, son éstas. Y si yo tuviera ruedas fuera una bicicleta.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-2055494753702202382?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/2055494753702202382/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/01/capsulas-sobre-caracas.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/2055494753702202382'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/2055494753702202382'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/01/capsulas-sobre-caracas.html' title='Cápsulas sobre Caracas'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-4869911881954086132</id><published>2011-01-01T10:17:00.000-08:00</published><updated>2011-01-01T10:18:56.950-08:00</updated><title type='text'>Un paso antes del camino hacia la nada</title><content type='html'>(publicado en la revista Climax en octubre de 2010)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;32 pescadores estuvieron a punto de morir de hambre y de sed al quedar varados en alta mar regresando de Los Testigos hacia Margarita. Una agonía de más de 72 horas en la cual tuvieron que beber de su propia orina y donde cada ingesta de comida se las tenía que ver a posteriori con el embate de las olas en alta mar&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En yates o lanchas de pequeño y mediano calado, un viaje desde Juangriego al archipiélago de Los Testigos se toma de cuatro a seis horas. Los peñeros de los pescadores margariteños, frecuentes visitantes de estos islotes, surcan el recorrido en dos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apropiarse de las dimensiones universales del océano, descifrar sus descargas emocionales y sus respingos nerviosos, abrir rutas sobre los índigos dominios insondables, helados y ajenos, de alta mar, ha sido uno de los signos distintivos vitales de cualquier pescador margariteño durante generaciones.&lt;br /&gt;Cumple Margarita, a estos efectos, su condición tutelar de isla mayor en el Caribe venezolano: sus habitantes han dominado por décadas la vida de todo islote o peñasco perteneciente a las Dependencias Federales y frecuentan el trato con puertos en las pequeñas repúblicas vecinas. &lt;br /&gt;Los entornos culturales vinculados al mar no son siempre, aunque lo parezca, una circunstancia endosable de manera automática a todo habitante de una isla. No es el cubano, por ejemplo, un pueblo particularmente navegante, ni el pescado el visitante más frecuente a su mesa. &lt;br /&gt;Los margariteños, sin embargo, se han encargado de desarrollar esa aptitud hasta sus últimas consecuencias. Saltan al agua con o sin brújulas en búsqueda de pescados clasificados por ellos al mayor y el detal, oteando el horizonte, aplicando el conteo manual de minutos, afinando la larga distancia y orientándose por la posición de las estrellas para saber a qué horas salen y dónde se ubican.&lt;br /&gt;Durante los primeros días del mes de septiembre del año en curso, 32 personas, tripulando los peñeros “Juperluis”, “Duberjosé y “Mi Refugio”, partieron al filo del alba desde estos islotes para regresar a casa. Un “procedimiento de rutina” que los traía de vuelta luego de celebrar las fiestas religiosas en honor a la Virgen del Valle en el único villorrio de aquella entidad federal. De manera súbita, el parpadeo cromático de una tormenta eléctrica les nubló todo el horizonte. Cuando los pasajeros vieron a los habitualmente serenos conductores presa de una inédita ansiedad supieron que estaban a punto de perderse. O que estaban perdidos, que viene siendo lo mismo. Disueltos e indefensos en la inmensidad del mar.&lt;br /&gt;La cortina de una tempestad&lt;br /&gt;Se les había atravesado lo que los pescadores llaman una “manguera”: un remolino de viento similar a un tornado que desató una pequeña tormenta y tiñó de plateado todo el entorno, nublando la visibilidad y volviendo el paisaje inescrutable.&lt;br /&gt;Quedaron las tres embarcaciones a la deriva, sin horizonte a la vista: sin saber si al avanzar estaban retrocediendo. El interregno lluvioso duró lo suficiente como para producir el equívoco y luego desaparecer. En la mañana de aquel viernes ya había regresado el sol, y el entorno ofrecía un irónico contrapunto: un mar límpido y sereno, con una claridad radiante, todavía tibia, y ningún elemento de juicio que les permitiera ubicarse en aquella inmensidad. La tormenta, culpable del extravío, había quedado atrás, el día estaba perfecto para irse a la playa, pero aquel contexto, habitualmente tan familiar, había barajado el juego. Les había traicionado.&lt;br /&gt;“Perdido”, en este caso, constituye la peor de las malas noticias. Con la gasolina en cuenta regresiva, es una condición doblemente trágica: quiere decir sin derecho a pedir un teléfono, a detener a un transeúnte para recapitular el nombre de una calle o a llamar a algún familiar para explicar las causas del retardo. Sin recodo en el cual apoyarse. Literalmente suspendidos en la nada.&lt;br /&gt;Jack London y la Virgen del Valle&lt;br /&gt;La deriva de aquel viernes no tardo en hacer sentir sus rigores. Con el correr de los minutos, como todos los tripulantes lo preveían, las horas de la mañana perdieron la cordialidad: comenzó a imponerse la dictadura de un sol abrazador, omnipresente y sin matices de ninguna especie sobre los cogotes de aquellas almas. &lt;br /&gt;Los conductores hacían lo posible por administrar la gasolina con eficiencia, mientras, ya completamente desesperados, buscaban algún perfil ante aquel uniforme paisaje que, si alguna vez fue familiar, hace rato les había desconocido. En ese ínterin, intentando alternar el uso eficiente de la exigua gasolina con los antojos de la corriente, uno de los peñeros, “Mi Refugio”, se había separado por completo de los otros dos. Nadie alcanzó a darse cuenta.&lt;br /&gt;Los tripulantes de los otros dos peñeros llegaron a figurarse que los tripulantes de “Mi Refugio” habían encontrado el camino a casa. Por las dudas, decididos a correr la misma suerte, los respectivos capitanes dispusieron atar las dos embarcaciones restantes. Amarradas ambas para encarar las mismas circunstancias, quedaron a unos dos metros de distancia, corriendo en llave, como un sidecar acuático, mientras alternaban cadenas de rezos con crisis de vómitos. La noche ya se insinuaba. La gasolina se extinguió por completo de forma sucesiva en las tres embarcaciones&lt;br /&gt;No quedaron registrados, a lo largo de este episodio, llantos, ni escenas de histeria, ni crisis de nervios. Según parece, aquellas horas fueron sobrellevadas con una serenidad a prueba de balas y un optimismo casi insensato. Se impuso en todos una especie de convención implícita: los designios de la fe iban a hacer su trabajo. La Virgen no iba a abandonarlos. Para hacerlo, sin embargo, lo primero que la madre de Cristo les pedía, de acuerdo a lo que interpretaban, era que, como en el relato de Jack London, ofrecieran muestras inequívocas de amor a la vida. Volcados por completo a rezar, muchos de ellos se comportaron como si no estuviera pasando nada especialmente grave. Como si, fondeados con un ancla, estuvieran aguardando por unos amigos para culminar alguna faena. &lt;br /&gt;La sensación de orfandad, que se evidenciaba en los rostros de los conductores de las dos embarcaciones, sin embargo, helaba la espina dorsal de la tripulación. No hacía falta que mediaran palabra alguna para saberlo. No había forma de conciliar la serenidad ni el sueño si los encargados de orientar a aquellos pasajeros se mostraban tan irremediablemente perdidos y desesperados como los demás. Así cayó la primera noche.&lt;br /&gt;Comer y beber en alta mar&lt;br /&gt;Unos seis niños formaban parte de la tripulación: dos de siete y nueve años, junto a otro de 11. Dos estaban en trance de dejar la niñez, pero claro que no eran adultos: tenían 13 y 15 años. La apariencia de normalidad que dominó aquellas interminables horas estuvo, además, forzada por la necesidad de no atemorizarlos.&lt;br /&gt;Y en esos términos, estos pescadores, ahora en calidad de náufragos, también con varias señoras mayores a bordo, hicieron, dentro de la tragedia, de tripas corazón ante aquel entorno que estaba a punto de devorarlos. Construyeron un techo de plástico improvisado para defenderse de los excesos de las lluvias y de la inclemencia del sol. Sacaron del fondo de los botes toda el agua de mar que se acumulaba e improvisaron unos catres para intentar dormir. En uno de los dos peñeros, alguien reparó en que, en sus alforjas, provenientes de las fiestas de Los Testigos, quedaba pasta, que podría ser frita, y restos de chivo, que fue salado con el agua del mar. La reserva de las embarcaciones traía consigo una pequeña cocina a gas. La escasísima agua disponible fue reservada para los niños.&lt;br /&gt;Sin embargo, no todos comían, ni bebían ni dormían. La vigilia de la madrugada fue repartida en horas de guardia por los adultos mayores. Dos aletas de tiburones fueron avistadas en las cercanías. Algún chubasco nocturno interrumpió el sueño de la tripulación varada en un fin de semana opaco y sin claro de luna. Algunas mujeres, azotadas por las náuseas, no quisieron volver a comer. Los adultos intentaron saciar su sed con métodos menos ortodoxos. Primero lo intentaron con agua de mar con limón y azúcar. Luego bebieron su propia orina: aquello se acercó bastante a una sensación de alivio. Todos tuvieron que defecar ahí mismo.&lt;br /&gt;Con entera impunidad, el segundo día se disponía a transcurrir sin noticia alguna. Dos embarcaciones grandes, en tiempos sucesivos, fueron divisadas a la distancia. Los tripulantes hicieron toda la bulla posible para ablandar sus corazones solicitando auxilio y un rescate. La alegría que supuso verlas duró el mismo tiempo que su desplazamiento por la retina de los pescadores. Nadie, y ellos lo sabían bien, quiere detenerse en estos tiempos a auxiliar a desconocidos en alta mar. Abundan relatos, en circunstancias y parajes insólitos, de piratería y asaltos.&lt;br /&gt;Dios llego batiendo unas hélices&lt;br /&gt;Aunque algunos alentaban la esperanza de toparse por accidente con alguna prolongación de Araya o Chacopata, intentando interpretar el desarrollo inercial de las corrientes, el pánico y la desesperanza ya minaban el corazón de todos. Todos lo pensaron, nadie lo dijo: un día más en aquellos barcos era sencillamente inconcebible.&lt;br /&gt;Los rezos en cadena continuaban. En voz alta se daban ánimos, confiando todavía en que la sola fe en la existencia y la voluntad inquebrantable de vivir serían recompensadas de alguna forma. Seguros de que en cualquier momento obraría el milagro de la Virgen. Los días tórridos y secos habían sido sucedidos por noches lóbregas e interminables. &lt;br /&gt;Entrada la tarde del domingo, por fin, se apareció la Virgen dejando recados: dos imponentes helicópteros de la armada que tronaron desde lo alto, rompiendo con estridencia el silencio mortificado, peinando el mar con sus hélices. Tenían rato buscándolos, les informaban, la pérdida que tuvieron era ya noticia nacional, sus familiares angustiados ya estaban en contacto con las autoridades y el propio Ministro del Interior y de Justicia encabezaba las investigaciones.&lt;br /&gt;Fue entonces que supieron que el tercer bote, que suponían ya en tierras margariteñas, y en cuyas diligencias posteriores cifraban parte de sus esperanzas de ser buscados, ubicados y rescatados, seguía varado y con paradero desconocido. Poco después, con todos sus tripulantes sanos y salvos, fue avistado en las cercanías de las costas de Trinidad.&lt;br /&gt;Se marcharon los helicópteros con la promesa de traer ayuda. Media hora después hizo su aparición un buque de la armada para recogerlos. Sólo entonces supieron cuán insolados y deshidratados, cuán maltratados, cuán cerca de la muerte habían estado, mientras, apenas cinco minutos antes, se aferraban a la improbable tesis, a la absurda esperanza de que una costa caprichosa de tierra firme detuviera aquella marcha hacia la nada. &lt;br /&gt;Todavía hoy, semanas después, ya en sus casas, pasado el susto, normalizadas sus vidas, recuperado el dominio habitual sobre el mar, muchos de ellos no dejan de pensar cómo fue posible haberse mantenido tan optimistas habiendo estado tan cerca de la muerte. &lt;br /&gt;Una muerte lenta y agónica, en la cual aquellos pájaros inocentes y lejanos que les acompañaban a la distancia, haciendo poesía, habrían asistido a un funeral improvisado pero en calidad de comensales&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-4869911881954086132?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/4869911881954086132/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/01/un-paso-antes-del-camino-hacia-la-nada.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/4869911881954086132'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/4869911881954086132'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2011/01/un-paso-antes-del-camino-hacia-la-nada.html' title='Un paso antes del camino hacia la nada'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-4366135693386931485</id><published>2010-12-08T07:35:00.000-08:00</published><updated>2010-12-08T07:40:54.208-08:00</updated><title type='text'>El último dia de John Lennon</title><content type='html'>John Lennon había pasado varios días trabajando de forma compulsiva en la producción del single de Yoko Ono, Walking on thin ice. El descanso dominical preparó la escena para un lunes que lo tenía de muy buen humor. Un día laboral con sensación de finalidad cotidiana, de esos que iban a abundar ahora que regresaba a la escena musical luego de cinco años de retiro voluntario.&lt;br /&gt;Double Fantasy, el álbum que recién sacaba a las ventas el 18 de noviembre anterior, caminaba hacia el puesto número diez de las ventas. El regreso a los estudios lo había dejado feliz; muy poco después de concluido el trabajo ya estaba de regreso para grabar nuevo material –contentivo del póstumo Milk and Honey- .&lt;br /&gt;Desayunó en el Café la Fortuna, en la cuadra siguiente de su casa, (cerrado cuatro años atrás, está ubicada ahora ahí una Ferretería) y regresó a su casa para atender a la fotógrafo Anne Lebovitz. Con ella se tomaría la futura portada de Rolling Stone que lo tiene desnudo en posición fetal al lado de Ono, además de otras posteriores: la que lo retrata descalzo en un sofá, visible en el antología “The John Lennon Collection”, y la que lo muestra con aspecto de Teddy Boy: chaqueta de cuero y tejanos, botas; el corte de pelo al estilo Elvis que se había hecho el sábado anterior.&lt;br /&gt;Por la tarde recibió a unos periodistas y djs de la emisora RKO de San Francisco. Un Lennon de habitual conciso y socarrón, estuvo especialmente elocuente y encantador. Conversó tendido sobre los años sesenta y su generación; sobre el feminismo y las demandas sociales; sobre las macabras profecías de la cultura de masas que no terminan de cumplirse. “Nunca habrá Apocalipsis. Eso no va a ocurrir”.  Sobre los Beatles y Yoko Ono. Sobre la importancia de proyectar el lado positivo de la vida. Sobre el futuro. “Tenemos hecho un disco; ya hay suficiente material para el segundo y canciones para un tercero. Queremos editar al menos un trabajo por año” A las 5 de la tarde partió a los estudios Record Plant para terminar las mezclas de la canción de Ono. &lt;br /&gt;El invierno comenzaba: a esa hora ya oscurecía. Cuando iba a abordar su limosina, Lennon fue abordado por un puñado leal de fanáticos que siempre se acercaba a fotografiarlo. Uno de ellos, llegado de Texas, oriundo de Hawaii, era desconocido para los demás: Mark Chapman. Había estado merodeando el edificio desde el viernes anterior. Le acercó de forma silenciosa un acetato a Lennon; este se lo firmó con toda normalidad. Paul Goresh, un fiel admirador que había hecho amistad con Lennon y que lo había fotografiado incontables veces mientras entraba y salía de su casa, tomó una instantánea de la firma. Goresh y Champan habían tenido una escaramuza verbal el sábado anterior, mientras esperaban ver a Lennon sin éxito. “¿Traía yo el gorro puesto?” preguntó luego de la foto mientras Lennon ya estaba dentro del automóvil. “Nadie en Hawaii se va a creer esto.” Goresh y los otros fans se retiraron del edificio hacia las 8. Champan dijo que prefería esperarlo para verlo regresar. &lt;br /&gt;Lennon, Ono y Jack Douglas trabajaron duro y completaron la encomienda del single pasadas las diez de la noche. Reinaba una auténtica sensación de satisfacción. “Acabas de terminar tu primer número uno”, le dijo John a Yoko. La pareja deliberó un rato si pasaban por algún restaurante a cenar. Lennon dijo que prefería ir a casa: su hijo Sean estaría por acostarse.&lt;br /&gt;A diez para las 11, la limosina ya estaba de vuelta aparcando en la entrada de los portones abiertos del Dakota. Pudieron haber entrado al edificio con el carro, pero, como en muchas otras ocasiones anteriores, bajaron en la calle. Ono descendió primero. Lennon, cargando las cintas de Walking on thin ice, salió por el lado izquierdo del auto y tuvo que caminar más. &lt;br /&gt;Habiendo traspasado la entrada, escuchó un leve susurro. “¿Mister Lennon?”. Este volteó y colocó el foco de su mirada miope en la oscuridad.  Ya en posición de combate, a metro y medio de distancia, Champan le disparó cinco tiros: dos entraron por la espalda y salieron por el pecho; uno le tocó el cuello, los otros dos lastimaron su hombro izquierdo.&lt;br /&gt; En los primeros segundos, Ono no se dio cuenta de que su esposo estaba herido: lo veía a contraluz y éste seguía caminando hacia ella. “Me han disparado”, aulló Lennon, antes de caminar desesperado hasta la caseta de vigilancia, en la mitad del pasillo, y desplomarse por completo. Ono no paraba de dar alaridos. Los vigilantes llamaron frenéticos a la policía, que apareció apenas a los cinco minutos. Champan se había quedado de pie frente al edificio. Soltó el revolver y leía The catcher in the rye (el Guardian entre el centeno), el libro que, según confesara después, le inspiró a cometer el crimen. “¿Sabe usted lo que acaba de hacer?” le grito alterado el portero Jay Hastings. “Acabo de matar a John Lennon”, le respondió.  Cubierto con una chaqueta, Lennon apenas estaba consciente: intentó hablar y vomitó una substancia carnosa. Otra patrulla llegó inmediatamente. Los funcionarios le quitaron la chaqueta del vigilante y, contra los deseos de Ono, voltearon su cuerpo boca arriba para poder cargarlo. “No ví más que rojo”, declaró después David Moran.  &lt;br /&gt;Chapman fue apresado y Lennon llevado a toda velocidad al Roosvelt Hospital. Varios transeúntes pudieron ver como el superastro era cargado hacia la patrulla con la boca sangrante. En el otro automóvil, Ono no paraba decir “No es verdad; díganme que no es cierto”. Con aquella leyenda en sus rodillas, el inspector Anthony Palma, acompañado de Moran,  le susurró al oído “¿sabe usted quien es?” Lennon asintió levemente. &lt;br /&gt;En la emergencia del hospital, el jefe de la guardia, Sthepen Lynn, fue notificado: John Lennon acababa de ser tiroteado. Recibió un sujeto sin lentes, despeinado, bañado en sangre, sin pulso y sin respiración. No se lo creía. Su desconcierto fue tal, que le registró la cartera para asegurarse: pudo ver su identificación y los mil dólares que llevaba. Llevaba la misma chaqueta de cuero y el sueter negro que lo retrataba sonreído y lleno de vida cinco horas antes. Trabajaron duro durante 20 minutos intentando resucitarlo con electroshock. La verdad es que, al ingresar, ya había muerto. Eran las 11 y media de la noche.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-4366135693386931485?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/4366135693386931485/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/12/el-ultimo-dia-de-john-lennon.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/4366135693386931485'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/4366135693386931485'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/12/el-ultimo-dia-de-john-lennon.html' title='El último dia de John Lennon'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-19241362052995702</id><published>2010-12-02T15:56:00.001-08:00</published><updated>2010-12-02T16:05:16.197-08:00</updated><title type='text'>Sobre Mario Vargas Llosa</title><content type='html'>Lo que más le admiro a Mario Vargas Llosa es que se atreve a equivocarse. No opina el ahora Nóbel peruano prevalido de su prestigio como escritor ni desde el Olimpo de su bien ganada respetabilidad. No esconde lo que le molesta, no teme ser refutado, no le importa despeinarse, no elude la comprensión de ningún tema. No pide salvoconductos para asumir el riesgo –trocado en responsabilidad- de mojarse: desenvaina su espada cuando lo considera necesario, siempre dispuesto a correr el riesgo de que su investidura salga salpicada en el combate.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tampoco busca, por suerte, la guarida de ciertos intelectuales y héroes de masas de ésta hora, habitualmente vinculados a la industria del entretenimiento. Estos que sistemáticamente dejan pasar circunstancias enojosas, pendientes únicamente de ser mimados por el público para hacer realidad la imposible encomienda de que todo el mundo los quiera mucho. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Personajes a los que, paradójicamente -por tratarse de personas leídas-, “les fastidia la política”, que le tienen pánico a los incordios, para quienes la cultura constituye una suerte de arreglo floral y los entornos problemáticos que viven otros son sencillamente un estorbo. Demasiado pendientes del aplauso inmediato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pienso que el de Vargas Llosa es un atributo consecuencia directa de una exigente ética persona, resultado de un robusto ejercicio intelectual con anclaje en todos sus extremos. Si algo no hace Vargas Llosa es callarse. La aproximación a la comprensión del devenir humano en los términos que, personalmente, estimo correctos: la política como plataforma más fiable al hecho cultural. La ruptura con el fuero doméstico; el interés en el hecho público; la convicción de que es necesario formar parte de la solución, la fe inquebrantable en el futuro de la espacie humana a partir de la apropiación armónica de los elementos de la naturaleza. En su puesto, y articulados a la perfección, la concordancia entre lo que se dice, lo que se piensa y lo que se hace.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo lo cual, además, ha hecho de Vargas Llosa, a más del escritor sobresaliente que todo el mundo conoce, un brillante reportero. Entre sus muchos atributos, es éste un costado más bien poco comentado de su perfil público. Se filtra de manera a veces evidente en sus obras: para muchos, la Fiesta del Chivo, acaso su mejor novela, es, ante todo, un gran reportaje de investigación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y aunque podría hacerlo, no se aproxima a la realidad este escritor únicamente desde hoteles parisinos ni desde los nada arriesgado dominios de barriadas como Soho o Lavapies. Como sabemos, son éstos los espacios favoritos de ciertos sectores progresistas de caviar, algunos de ellos periodistas, irónicamente los críticos más fieros de las posturas del ahora Premio Nobel. Portador involuntario de una insaciable curiosidad, ha hecho Vargas Llosa lo necesario par trasladarse a la Franja de Gaza, a Bosnia a Sudáfrica, para enterarse de primera mano sobre lo que en estos parajes sucede y ofrecer unas impecables crónicas de dominios perturbados y llenos de tormento, en los cuales se jugaron y se juegan algunos de los dilemas de la humanidad en ésta hora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En lo obtenido a partir de estas indagaciones, no ha tenido Vargas Llosa remilgos en elaborar contundentes alegatos en contra del proceder de algunos estados con los cuales tiene amistad, como sucede con Israel.  Ha sido gracias al testimonio de una pluma que está libre de cualquier sospecha que buena parte de la opinión pública universal, acostumbrada a las reflexiones binarias y las simplezas, ha podido comprender en su total dimensión las atrocidades cometidas por el estado judío en Gaza y Cisjordania invocando la lucha contra el terrorismo. No ha sido obstáculo su declarada amistad con el sionismo ni su relación personal con algunos primeros ministros hebreos para colocarse en la delicada misión de decir la verdad y denunciar lo punible. Los reportajes de la Franja de Gaza, junto a los de la Guerra en Bosnia, han sido de los más completos y deslumbrantes que me he leído en toda mi vida. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se le acusa a Vargas Llosa se “ser de derecha”. Pues desde donde se ubique, aunque sea a la derecha,  ha sentenciado con una claridad superior a la de cualquiera no sólo a los Castro y a los Ortega, sino a Pieter Botha y al Augusto Pinochet. Al Pinochet que sí aplauden a escondidas ciertas frivolidades empresariales. No podemos decir lo mismo de algunas vocerías que están a su izquierda: retratistas que se derriten ante hombres fuertes incapaces de llamar a las cosas por su nombre para seguirle rindiendo tributo a los delirios de la adolescencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchas veces me ha irritado Vargas Llosa. También yo he sido uno de sus críticos. Con una frecuencia apreciable no estoy de acuerdo, o no estoy del todo de acuerdo, con lo que dice.  Sus colofones no dejan de parecerme reiterativos, a veces me parece que su apasionamiento lo lleva a cometer torpezas graves. Su neoliberalismo parece irremediable y su convicción en la obra terapéutica de los mercados ha sido contestada una y otra vez por los efectos de la realidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nada de esto me impide afirmar, sin embargo, que estamos en presencia, no sólo de un gran novelista, sino de uno de los intelectuales más completos de la contemporaneidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un comportamiento público que constituye una semblanza a la comprensión de la libertad. Como el mismo lo diría: de los desafíos de escoger en la vida la cultura de la libertad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-19241362052995702?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/19241362052995702/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/12/sobre-mario-vargas-llosa.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/19241362052995702'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/19241362052995702'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/12/sobre-mario-vargas-llosa.html' title='Sobre Mario Vargas Llosa'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-809408473896267020</id><published>2010-11-18T16:33:00.000-08:00</published><updated>2010-11-18T16:41:01.394-08:00</updated><title type='text'>El Cine Nacional y su Hora Cero</title><content type='html'>También yo creo que la Hora Cero es una muy buena película. La encomienda de sus actores es cumplida de manera brillante; los detalles técnicos son sobresalientes; algunas secuencias en la calle –especialmente la primera persecución- tiene una factura que, en mi modesto criterio, están ejecutada con maestría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son sobrepasadas cotas previas del cine nacional. Felizmente, queda confirmada una clara tendencia al crecimiento de historias y propuestas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre sus actores, el elenco que encarna a la banda de malandros que perpetra el secuestro debe llevarse todos los aplausos del proyecto. Caminaron de la mano de un guión cruzado de giros hilarantes, que discurren con mucha solvencia en medio de la tragedia. Es un film emocionante, con un guión que se hizo creíble y logró salir relativamente airoso de los nudos que le planteó al público.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recrea La Hora Cero a dos sucesos que efectivamente tuvieron lugar en la Venezuela de los años 90. La huelga general de los médicos de finales de 1996 y la toma de rehenes del Urológico San Román, unos meses antes. Dos episodios infelices, que recrean la decadencia de la Venezuela contemporánea y el lento colapso de eso que ahora llamamos  la IV república.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no puedo dejar de advertir, sin embargo, cómo de un tiempo a esta parte, a los directores del cine nacional –y eso incluye al de está película- se les nota el apuro por retratarse peinados frente al lente del gobierno. Observo demasiado celo en obtener 20 en conducta en esa boleta que expide el Ministerio de la Cultura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recapitulemos: un escuadrón de policías extorsionados por un político sin escrúpulos, capaz de mandar a matar al hijo que concibió con una doméstica a la que desprecia como si fuera un animal, todo con el objeto de que su esposa no se entere de sus andanzas. Una banda de malandros que termina conformando un elenco de justicieros y provocan una poblada frenética; unos médicos clasistas, ocupados únicamente de sus honorarios. Unos periodistas prostituidos, capaces de entregar su dignidad por una noticia, con una presentadora de televisión amarillista que cambia de postura conforme recibe órdenes de los poderes fácticos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Demasiadas caricaturas, demasiadas simplificaciones ofensivas al mismo tiempo. Parecen éstas reflexiones de Farruco Sesto. Un atajo de simplezas y ardides folletinescos disueltos en un film que, - repito, porque no lo dudo- tiene indiscutibles meritos formales. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se argumentara que se trata ésta de una obra de ficción. No lo es: no sólo son los sucesos que inspiran la historia hechos comprobadamente ciertos, sino que son múltiples las insinuaciones y guiños que le hacen las instituciones, cuerpos policiales y canales de televisión a la realidad. Comenzando por la toma que relata las notas de prensa del comienzo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ejemplo de La Hora Cero no es aislado. Todo lo contrario: es sintomático. No es la primera vez que uno va al cine de forma desprevenida, feliz ante la buenas nuevas que, de un tiempo a esta parte, viene ofreciendo el cine nacional, para toparse, encapsulados y disueltos en una historia convincente, éstos ardides recalentados de encapuchado sin oficio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El régimen anterior cometió toda suerte de tropelías, eso nadie lo discute. Es una realidad con pruebas tangibles: no tendríamos en un ministerio de la Cultura a un sujeto como Sesto de no haber tenido la infeliz sucesión de gobiernos del tiempo reciente. Una cosa es consecuencia de la otra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el régimen anterior, al menos, estaba dispuesto a examinar sus miserias y las del país sin imponerle a nadie cánticos alegóricos como condición previa. Todo lo contrario: la guanábana aprobaba en el viejo Congreso Nacional recursos para financiarle las reflexiones a Román Chalbaud y a Rodolfo Santana. Dicterios descarnados, con frecuencia muy ciertos, que llegaban a la ofensa personal. Yo me pregunto si un gobierno como éste, que le encanta posar de libertario, sería posible presentar en cartelera una versión a la inversa de, por ejemplo, un panfleto tan ausente de disimulos como Amaneció de Golpe.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué tal una película sobre la lista Tascón; sobre la obediencia debida en la administración pública; sobre los matones que amedrentan a la ciudadanía con camisas rojas en las calles; sobre el caso de Guido Antonini Wilson?  ¿Que tal una comedia sobre los limites de la adulancia? Claro: no habría dinero y no habría proyecto. El dueño de los guantes, el bate y la pelota recogería sus pertrechos; no habría juego para nadie&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El atajo que toma La Hora Cero está confeccionado una forma bastante peculiar y eplíptica de cuadrarse con las circunstancias. Repito: no es la primera vez. Reflexiones subliminales y metamensajes pensados para gente desprevenida&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-809408473896267020?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/809408473896267020/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/11/el-cine-nacional-y-su-hora-cero.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/809408473896267020'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/809408473896267020'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/11/el-cine-nacional-y-su-hora-cero.html' title='El Cine Nacional y su Hora Cero'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-6225894513784545913</id><published>2010-09-29T16:00:00.000-07:00</published><updated>2010-09-29T17:23:17.778-07:00</updated><title type='text'>Gustavo Cerati un minuto antes del colapso</title><content type='html'>Hora y media fue el espacio comprendido entre el fin de su último concierto y la crisis que tiene a Gustavo Cerati en un doloroso limbo vital.  Es el lunes 17 de mayo cuando su estado se agrava de forma severa. El músico llegó a tener plena conciencia de sus dolencias y eso lo condujo a una grave alteración emocional.  La gira fue intensa y el trabajo excesivo, pero no hubo rumbas previas en la ciudad.  La estancia en Caracas de Gustavo Cerati todavía tenía puntos ciegos &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Alonso Moleiro&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Una navegación a través del entorno humano y emocional que circundó el trágico episodio del colapso de Gustavo Cerati en Caracas permite extraer una conclusión: el astro argentino no sólo llegó a tener plena conciencia de la gravedad de su problema, sino que vio aproximarse con claridad las puertas del vacío en el cual hoy subsiste suspendido.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;El día decisivo para comprender el desenlace de este trance no fue el sábado 15 de mayo, día de la crisis, sino el domingo 16, fecha del ingreso. Es a partir de entonces que el planteamiento inicial de su dolencia conoció, en cosa de horas, una siniestra –pero más o menos habitual en estos casos- metamorfosis. El rostro definitivo de sus consecuencias iba a ser apreciado el lunes.  Su ingreso al Centro Médico Docente La Trinidad se produjo en medio de una comprensible ansiedad adobada con sorpresa, pero ninguno de los protagonistas de este episodio pudo figurarse ni remotamente que las consecuencias iban a ser tan devastadoras. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Parece cierta la hipótesis de que aquel día el músico despertó relativamente estabilizado, incluso de buen humor, con ánimos suficientes para bañarse, comerse las arepas que ha reseñado la prensa y caminar con ayuda por el entorno de la habitación.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;De la tarde a la noche del lunes, sin embargo, tuvo lugar un evento inesperado y aún desconocido para el público grueso. Luego de un interregno en el cual pudo dormir, Gustavo Cerati comprobó que no podía escribir y que tenía completamente inutilizada su pierna izquierda. Las insinuaciones mecánicas que se le habían asomado a partir de la noche del sábado ya habían conocido un desenlace inapelable. Le sobrevino a continuación una terrible crisis emocional: tuvo que ser contenido en masa por los músicos de la banda y sus amigos para que no saliera de la cama.             &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;El desajuste puede haber constituido el pórtico del agravamiento de su situación: bordeando la hora de la cena, una rubia médico de guardia constató con alarma que sus signos vitales estaban bordeando la subsistencia. Cerati fue trasladado de emergencia espacio que ha pasado a convertirse en una residencia fija: la sala de terapia intensiva.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;“El mejor concierto de toda la gira Fuerza Natural” le declaró Richard Coleman, uno de los miembros del séquito, al rotativo argentino Clarín hace muy poco. Una velada húmeda y relativamente fresca en la Universidad Simón Bolívar, en la cual la audiencia se encontró a un Gustavo Cerati especialmente simpático y elocuente, lo suficientemente animado para ofrecerle al público, por ejemplo, una versión de “A merced” nunca antes tocada en vivo.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Había arribado Cerati a Caracas el viernes 14 procedente de Bogotá. Un largo tour de vuelos continuos, mucho trabajo y excesos en fiestas que habían sido desaconsejados por sus médicos personales: fumador irremediable de cigarrillos en cadena, Cerati ya había sufrido cuatro años atrás de una trombosis en la vena de una de sus piernas que le dejó unas cuantas semanas sin caminar. La recuperación llegó rápido, había dejado de fumar, pero quedó el susto: un “cagazo tremendo”, como le había confesado a un periodista austral.&lt;br /&gt;Algunas versiones de prensa –que incluyen reportajes hechos en el Cono Sur- han reseñado que, llegado a Caracas, Cerati había visitado algunos lugares nocturnos hasta altísimas horas de la noche, y atribuyen lo acaecido en estas juergas como el paso previo a la crisis.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Se ha hablado en particular de Moulin Rouge, en Sabana Grande –uno de los espacios que más tarde cierra en Caracas- como el escenario en el cual él y sus músicos calentaron motores como paso previo al concierto. Marcos Santos, uno de los propietarios del local, desmiente por completo lo que considera un mal entendido. “Ese día estuvimos hasta bien tarde en local y nadie supo nade de Cerati”, explica. “Ese chisme se extendió porque en una página web se hizo un montaje con su foto en unos de los sillones del local. La verdad es que todo formó parte de una broma.”  &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Confirma la información Víctor Méndez, dj que amenizó la velada del “after party” en el camerino durante en el concierto de 2006, en el Sambil, y que iba a hacer lo mismo en la Universidad Simón Bolívar. “Si salió a rumbear el viernes nadie supo nada”, afirma. “Yo no sé si hizo algo privado, tan privado que ni nosotros lo supimos, o se reunió con su gente en la suite que ocupaba en el hotel. Estoy totalmente seguro de que el viernes él no salió a ninguna parte”.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; II&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Sin embargo, el aspecto de Cerati al día siguiente era el de, como mínimo, un evidente trasnocho. Independientemente de que sea cierto que no salió a la calle de juerga. Se presentó, como estaba pautado, pasada la hora del almuerzo a la USB, en la zona del concierto. Tenía pendiente concluir el “meet and greed”: encuentro organizado por Evenpro con el artista junto a los ganadores de un concurso de twitter a partir del cual se tomarían fotos y se repartirían autógrafos. Luego efectuarían la correspondiente prueba de sonido.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;La periodista Herminia Fernández fue una de las afortunadas participantes del “meet and greed”. Ella recuerda que Cerati se presentó con el desaliño propio de un pop star: franela gris y jeans deslavados; lentes oscuros y unos zapatos de goma que ni siquiera tenían las trenzas amarradas. “Fue muy simpático desde el principio”, recuerda. “Nos invitó a cordializar a todos. ‘rompamos el hieló’ fue lo que dijo”. El músico cumplió pacientemente con el trámite: fotos con los ganadores y obsequios; firmas autografiadas, conversiones algo torpes con fanáticos que no conocía y hasta un poema, con llanto incluido, de una de las participantes.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Pudo Fernández quedarse a contemplar la prueba de sonido, un auténtico privilegio que hizo imborrable aquella experiencia. Andrea Benavides, de Evenpro, rememora: “Lucía muy relajado. Tocó casi todo el repertorio de Fuerza Natural mientras bromeaba con la audiencia. Varias veces, porque no le llegaba, pidió que le acercaran una cerveza Polar. ‘Es que no hay una Polar en este país?’, se preguntaba”&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;La prueba concluyó sobre las cinco de la tarde. Volverían al hotel para arreglarse. Todo estaba listo para ofrecerle a la audiencia de Caracas aquel memorable último concierto. “En la firma de autógrafos, Cerati nos comentó que no se sentía bien”, dice Fernández. “Con eso se disculpó para terminar la conversación. Dijo que estaba resfriado”.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; III&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; “Esta noche tenemos fiesta y será con Leandro Fresco”, prometía Cerati en medio de una ovación cuando se aproximaba el fin del recital. El tecladista de la banda, organizador de otros alter party memorables durante el paso de los argentinos por Caracas, tenía arreglado con su amigo, el locutor y dj venezolano David Rondón, una fiesta de despedida que tendría lugar en Atlantique. Aquel fue, en rigor, el único encuentro nocturno pensado en Caracas para el tour Fuerza Natural. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt; “El día del concierto y la fiesta, voy al hotel Meliá a verme con Leandro, saludar, llevarle las invitaciones y buscar los pases de backstage”, recuerda Rondón. ”Estuvimos un rato hablando y quedamos en vernos en allá para irnos todos a la fiesta.”. Prosigue: “cuando llegamos a backstage después del concierto los chicos estaban cenando. Como tenía que irme a la fiesta le dije a Leandro que me avisarán al llegar para el acceso de la banda. Justo después, Leandro me escribió que había pasado algo terrible y que se iban a la clínica. Nos fuimos a la fiesta muy tristes, con el "secreto" en las manos. A la hora todo el mundo escribiéndome y haciendo especulaciones. Horrible. Leandro, tan buen amigo que es, horas después fue todo preocupado a la fiesta, queriendo cumplir con su trabajo, pero desbastado por lo de Gustavo.”&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; Recapitulemos: completada la despedida y el bis, Cerati y los miembros de su banda entraron felices y satisfechos al camerino. Luego de la cena tendría lugar una pequeña velada para celebrar el último concierto de la gira. La banda se tomaría una última foto. Luego, los que desearan partirían a la rumba de Atlantique.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Parece cierta la hipótesis de que a Cerati le irritó la entrada descontrolada e inconsulta de público que, con una pulsera a manera de pase, entró al camerino para conocer al astro para tomarse fotos. El dj Victor Méndez dice: “Normalmente entra publico escogido al camerino. Pero es gente selecta, que se sabrá dar su puesto y podrá comportarse como corresponde ante un astro como Cerati. Si un montón de gente te invade y te aborda sin que te pregunten nada, claro que te tienes que molestar.”&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;En unas declaraciones muy recientes a Clarin, el argentino Richard Coleman lo recuerda así. “Habíamos tenido un show excelente. Después, nos fuimos a camerinos, nos cambiamos, cenamos y recibimos visitas. Todo en el transcurso de una hora y media. Como era el último show de esa etapa de la gira, nos sacamos una foto con el equipo. Gustavo estaba con cara de cansado. Después, él volvió al camerino y se quedó solo. Al rato, tuvo una isquemia. Perdió el control sobre la mano y el brazo, y fue socorrido por alguien del equipo.(…) En los pasillos, encontré un movimiento muy raro. Adrián Taverna me miró con una cara de que algo malo había pasado. Llegaron los paramédicos y le controlaron la presión… La camilla se lo llevó consciente, y crucé miradas con él.” Tomo un tiempo disolver por completo la atmósfera de celebración que aún imperaba. “Me siento mal. Me quiero ir a la mierda”, había dicho Cerati luego de la foto de familia. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;El Centro Médico Docente la Trinidad era la unidad médica con prestigio más cercana. Víctor Méndez recuerda que no hubo que esperar nada entre la crisis y la salida: la ambulancia estaba ahí. Su presencia es obligante en el caso de un astro de su talla, aún si no estuviera pasando nada. También él lo vio pasar justo a su lado en una camilla.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;El ex Dermis Tatú y actual Bacalao Man, Sebastián Araujo, había escuchado en diagonal que Cerati estaba en una clínica en Caracas. Como muchos por entonces, pensó que se trataría de alguna indisposición pasajera: la “fuerte subida de presión” a la que hacían referencia los partes oficiales.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Aunque es amigo personal de varios de los miembros del entorno musical de Cerati, muy especialmente del baterista, Fernando Samalea, había permanecido, por esta vez, alejado de los pormenores del show.  Es Héctor Castillo, su compañero en Dermis Tatú, hoy aquilatado productor musical internacional muy cercano a Cerati, quién lo llama para confirmarle la gravedad de la situación.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;“Yo me activo a partir del miércoles 19. Todos los miembros de la banda se quedaron varados en Caracas. Me ocupé de orientarlos y atenderlos. Héctor me pidió que atendiera sobre todo a Anita Alvarez de Toledo, la corista, por la que Cerati sentía un especial afecto”. &lt;br /&gt;Toda la banda estaba en la clínica aquel martes: a la crisis le siguió la famosa operación de emergencia que puso a sus fans en vilo y colocó al astro en el suspenso actual. Devastados, ninguno quiso declararle a la prensa. Goteados entre esa semana y la siguiente, comenzaron a abandonar el país. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;El martes 18 llegan a Caracas la madre de Cerati y su hermana. Araujo cuido de Anita Alvarez, a quien tuvo en su casa en Los Palos Grandes casi un mes completo –el tiempo en el cual estuvo Cerati hospitalizado acá- y el resto de los músicos. Atendió personalmente a la madre y la hermana de Cerati, quienes, ya en la ciudad, asumieron el control de las decisiones del paciente. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Fueron horas de largas conversaciones, recuerdos, incertidumbre y drenajes de angustia. Araujo recuerda que a la hermana y la madre de Cerati estaban atormentadas con el tráfico y la distancia que mediaba entre el hotel y la clínica. “Fueron muy amables, educadas y agradecidas. Anita estaba destruida, pero disfrutó mucho más la ciudad. Salimos bastante y conversamos muchísimo. Se fue con ganas de regresar.”&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Una aeroambulancia cruzó un mes después el cielo de Caracas a Buenos Aires y se los llevó a todos con su nuevo tormento. El centro Fleni es, desde entonces, una residencia. El drama de Gustavo Cerati ya le pertenecía a todo el hemisferio&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-6225894513784545913?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/6225894513784545913/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/09/gustavo-cerati-un-minuto-antes-del.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/6225894513784545913'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/6225894513784545913'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/09/gustavo-cerati-un-minuto-antes-del.html' title='Gustavo Cerati un minuto antes del colapso'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-4673141219078720236</id><published>2010-09-03T13:27:00.000-07:00</published><updated>2010-09-03T13:28:25.403-07:00</updated><title type='text'>cine nacional: buenas noticias en tiempos de decadencia</title><content type='html'>I&lt;br /&gt;Al cine nacional, como al fútbol nacional, me aburrí de defenderlo luego de pasarme toda la adolescencia ejerciendo una militante y panglossiana, una más o menos inexplicable defensa de su calidad y sus verdaderas posibilidades de crecimiento.&lt;br /&gt;Que estábamos a punto; que reflejaban nuestra realidad; que era todo un mérito que criticaran al sistema; que eran producciones reivindicativas y de izquierda, que le decían verdades un público inscrito en el contexto de la sociedad saudita que entonces estaba de fiesta. Que por ahí venía el gran premio que iba a consolidar la sucesión de esfuerzos que estaban en inventario.&lt;br /&gt;Los años dejaron tras de si altibajos importantes en producción y calidad que fueron sedimentando un sentimiento parecido a la decepción. Hablamos de la última parte del “boom” que había nacido en los años 70. Ejercicios intelectuales empalagosos, a veces incomprensibles; historias crudas con logros formales apenas parciales; situaciones de comedia estrepitosas; “denuncias” sociales cruzadas por toda suerte de lugares comunes y debilidades técnicas, pensadas para jurados de premios distantes, siempre pescados en su inocencia.&lt;br /&gt;Decepción que fue conduciendo las cosas, no al desamor, sino al matizado entorno del desentendimiento. Se acabaron, dejada la ingenuidad de los años adolescentes, las posiciones incondicionales: seria avisado por la crítica el día que valiera la pena pagar por cuenta propia una película venezolana. Ya de adulto, en pleno uso soberano del sentido común, me distancié de cualquier aproximación “comprometida” al cine venezolano como causa. &lt;br /&gt;Entre otras cosas porque ya era hora de que lo hecho en Venezuela aprendiera a defenderse sólo. Comenzaba a ponerse fastidiosa la factura local hecha deber y convertida en una causa. Ya no iría al cine a ver películas hechas acá “porque hay que apoyarlas”; “porque fue hecha con mucho cariño y poco presupuesto”, y, en resumidas cuentas, porque su mérito estriba exclusivamente en que eran de aquí.&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;Años, décadas enteras, fueron pasando en ese vaivén. Policiales interesantes, como Homicidio Culposo, El Atentado o Más allá del Silencio; comedias simpáticas, como Adiós Miami; denuncias de corrupción como El Escándalo.&lt;br /&gt;Ya en los noventa, la oleada del denominado “nuevo” cine venezolano con sus promesas y sus realidades – directores emergentes esperanzadores, como Lamata, Oscar Lucién Atahualpa Lichy, Azpúrua, Leonardo Henríquez.  Río Negro, Jericó y Disparen a Matar. Algunos premios internacionales alentadores en el ámbito hemisférico.&lt;br /&gt;Dos causas concurrieron, al menos en mi caso, para que la creciente sensación de que la promesa no iba a materializarse jamás fuera tomando cuerpo: la lenta decadencia de Román Chalbaud como tótem entre los realizadores venezolanos, y la enorme, a ratos interminable, tardanza que tenían los estrenos en hacer aparición. Hubo momentos en  los que la ausencia de producciones nacionales era sencillamente escandalosa: un estreno bianual entre tres o cuatro películas prescindibles. Todo en un lustro de cinco años.&lt;br /&gt;Y luego de ver películas argentinas, brasileras y mexicanas tomando por asalto la barrera anglosajona, conquistando una sorprendente secuencia de premios universales y reventando la taquilla, algunas de ellas tomando de la mano la estatuilla de un Oscar, lo cosechado en Venezuela pasó a lucir inapelablemente modesto. En una entrevista concedida al realizador mexicano Irriñatu, éste le reconoció con toda tranquilidad a la reportera de turno que no podía opinar sobre lo hecho en el país porque nada conocía de la cinematografía local.&lt;br /&gt;Una curiosa afirmación que, vista con cuidado, es especialmente afrentosa, aún cuando sea involuntaria: las realizaciones de los países latinoamericanos se cruzan con frecuencia las caras en una larga serie de festivales latinoamericanos y europeos. Al menos de vista, debían conocerse.&lt;br /&gt;Bien que mal, viendo hacia atrás, tampoco se trata de que no existan relieves en el cine venezolano: el premio de Cannes de Fina Torres; los lauros obtenidos por Chalbaud en festivales españoles y franceses; el Coral de Lamata en La Habana y los galardones de Elia Schneider y su esposo Novoa a mediados de los noventa hablan de una cinematografía que tampoco merece ser juzgada como inexistente. Podemos agregar ahora el Biarritz de Mariana Rondón&lt;br /&gt;A partir del desdeñoso juicio de Irriñatu, recuerdo haber convenido en  una conversación informal y accidental con Luis Alberto Lamata en el diagnóstico: el cine nacional tiene un promedio de facturación relativamente aceptable en la región, con varias buenas películas y todavía ninguna sobresaliente. &lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;Toda la vida me han parecido lamentables y pobrísimos los argumentos que desprecian a las películas venezolanas “porque dicen muchas groserías” o porque en sus secuencias desfilan putas o mujeres desnudas. &lt;br /&gt;No se trata sólo porque groserías dicen todas, y todos las decimos todos los días, sino porque es esta una apreciación que parece ignorar por completo el mandato de una creación artística: hacer una semblanza honesta de la realidad “interviniendo” el entorno que nos circunda con una historia de personas con nombres y apellidos. Argumentos mojigatos medio incomprensibles, que parecen tocados por la dictadura de los doblajes mexicanos de la televisión. Quejarse de una película porque tenga groserías equivale a ofenderse con el cubismo porque no le rinde tributo fiel a las simetrías del rostro.&lt;br /&gt;Podría reconocer que los temas del cine nacional son con frecuencia atormentados y sórdidos, obsesionados con la transgresión de la ley. Incluso antes de que el país entrara en la crisis actual. Es decir, en lo personal echo en falta el desarrollo de temas urbanos, de comedias compactas, de dramas inteligentes centradas en casos particulares. Que no siempre tengan que estarle rindiendo un tributo culpable a nuestro contexto y nuestros males sociales.&lt;br /&gt;Todo lo cual no me impide afirmar que encuentro igualmente ridículo y pedante es aproximarse a las producciones nacionales con sorna porque no traen consigo los atractivos del cine de género. Frivolidades reflexivas  adobadas con el perfumado espíritu de las series televisivas. Una audiencia que no quiere mirar a los lados ni asumir las realidades del país en el cual vive.&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pues bien: he aquí que, como el fútbol, el cine venezolano comienza a dar señales alentadoras ahora, cuando dejé de prestarle atención militante. Una camada de nuevos realizadores, temas alternativos, una cantidad ya apreciable de entregas anuales y solvencia técnica. Apuestas a la comedia que caen de pie; experimentos sobradamente taquilleros y de calidad formal inobjetable, distribuidos en el mundo y reconocidos por el público, como el Secuestro Express de Jakubowicz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Junto a Taita Boves y Habana Eva, el nuevo emblema se llama Hermano, de Marcel Rasquin. Ha logrado, no sólo obtener menciones unánimes en premios tan aquilatados como Moscú y Los Angeles, –parece que ahora va por el de Montreal- sino que lo que pocas, acaso ninguna, producción local había hecho suyo: domeñar los espíritus más cáusticos, tener a la crítica local en el bolsillo, obtener una secuencia de elogios que no deja de asombrar, y, por último, aproximarse a la tragedia social de nuestras barriadas sin malos ni buenos,  sin las torrenciales chorradas emocionales demagógicas que se han vuelto tan lamentables y comunes en este tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me lo dijo mi amigo Juan Carlos Páez con macerado optimismo: podría ser ésta la versión local de Ciudad de Dios. Comienza a dar la sensación de que algo muy grande podría ocurrir con este proyecto, punta de lanza de lo que parece un nuevo movimiento, en este contexto decadente.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-4673141219078720236?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/4673141219078720236/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/09/cine-nacional-buenas-noticias-en.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/4673141219078720236'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/4673141219078720236'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/09/cine-nacional-buenas-noticias-en.html' title='cine nacional: buenas noticias en tiempos de decadencia'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-3508534918686072922</id><published>2010-07-20T09:31:00.000-07:00</published><updated>2010-07-20T09:33:59.774-07:00</updated><title type='text'>perder perder</title><content type='html'>“El fin de una concesión” ¿Cuántos ciudadanos de a pie habían tenido presente que la señal de una televisora formaba parte de una cortesía estatal?  Como tal argumento jamás había sido esgrimido, a nadie se le había ocurrido pensar que este pacto elemental entre la sociedad y el estado, vigente en todos lados, era el que hacía posible la existencia de  la televisión privada de entretenimiento. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El comienzo de la crisis de Radio Caracas Televisión, en 2007, dio lugar a la segunda etapa del proceso que transita Hugo Chávez para apropiarse del país. Un capítulo bastante más ambicioso y más complejo, que algunos hasta hace poco no creían posible.  Ese día, los legos supimos de qué se trataban las concesiones: resultó que a las televisoras, como a otras piezas silvestre de la sociedad, el estado les cede espacios para existir y puede revocarlos si le da la gana. Todo el mundo pensaba que aquello formaba parte de un estado natural de las cosas. Pero de poder, el estado podía. Así lo hizo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si luego de tomar Pdvsa, depurar al ejército y, a través del Legislativo, profundizar su control sobre los poderes públicos, el Presidente y sus seguidores pudieron por etapas ir adueñándose del estado, desde entonces desatarían un proceso –irregular y trunco, hay que decirlo-  para intentar apropiarse del alma de la sociedad civil. El control de  la vida cotidiana, los valores, el espíritu, las prioridades y los gustos del ciudadano promedio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Irregular y trunco, decíamos. En el camino andado hay bajas importantes –el canal 2, algunas estaciones de radio, con CNB a la cabeza- y se han lastimado sensiblemente otras, como el Ateneo de Caracas, pero la derrota de Referéndum de la Reforma Constitucional, junto a la tenaz resistencia de diversos núcleos de la vida nacional y la presión exterior, le han complicado los objetivos al gobierno. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es tan sencillo, a fin de cuentas, decretar la sustitución de un país por otro. Pocos son los sectores constituidos y funcionales de la nación que puedan esgrimir el socialismo bolivariano como emblema –si bien son muchos los seguidores del Presidente. La oposición, sus conglomerados políticos, sociales y culturales, siguen detentando en Venezuela el “status quo” social.  La opinión pública nacional, probadamente antichavista, sigue casi toda de pie.  Sobre sus cimientos nacen todos los días, a pesar de los pasares, nuevas iniciativas, junto a las que ya existen: ferias de libros y mercados de diseño;  trabajo académico sostenido; festivales gastronómicos; béisbol rentado; muestras de cine extranjero y festivales de cine nacional; exposiciones en galerías, extensiones y estudios de cuarto nivel y un largo etcétera.  En esta materia al gobierno le queda mucho trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bien. El país, mal que bien, todavía existe. “El país” por supuesto que incluye a todas las corrientes que forman parte del chavismo y defienden sus valores de buena gana: los frentes de Misiones Sociales; la editorial el Perro y la Rana; el colectivo Tiuna el Fuerte y los grupos culturales presentes en el Foro Social Mundial de Caracas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el país se empobrece. Si el estado venezolano, si el gobierno bolivariano, interpretando lo que cree un clamor popular, decide, en nombre de la inclusión de las mayorías, no reconocer a la sociedad que existía antes de su llegada, o intentar desplazarla por ser éste burguesa, por no reconocer en Hugo Chávez a un jefe, el resultado es sólo puede ser uno. El país se empobrece. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es en este rasgo que ilustra la decadencia venezolana de estos años.  No se trata sólo de que nos ahoguemos en un conflicto político que no conoce fin. El gobierno está decidido a desconfigurar el rostro de la sociedad que se encontró a su llegada al poder para levantar otra, a su imagen y semejanza. Por mucho que haya funcionado o venga precedida de prestigio. Si no la descuida, si no la abandona a su suerte, desprecia sus orientaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este proceso tiene lugar cuando en otros parajes cercanos la dirección es exactamente la opuesta. El florecimiento cultural que tiene lugar hoy, por ejemplo, en la sociedad colombiana, guarda relación con este rasgo. Aun a pesar de la violencia, hay un acuerdo mínimo en torno a una existencia institucional que, de derecha a izquierda, hace impensable que el estado le niegue recursos a la Alcaldía de Bogotá si ésta fuera de la oposición, o al Festival del Malpensante por ese éste burgués y decadente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pdvsa –e Intevep-; el Ivic, la Biblioteca Nacional, el Metro de Caracas, Sidor y Venalum; Planta Centro; Edelca; los Museos de Bellas Artes y Arte Contemporáneo; la Cinemateca Nacional, la Feria Internacional del Libro de Caracas, el Teatro Teresa Carreño. Monte Avila Editores y la Biblioteca Ayacucho. Aunque quizás en relativa decadencia en los años 90, estas instituciones estatales tenían una amplia penetración y alguna vez observaron un excelente desempeño. Sobre ellas descansaba un fundado orgullo ciudadano: hasta el elemento más inconforme con la marcha de la democracia representativa era capaz de colocar un pie en torno a ese círculo emocional en el cual desembocaban las convenciones de la venezolanidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy, mezquina ante los logros ajenos de otras épocas, renuente a imaginar cualquier solución de continuidad, obsesionada con la ruptura, con la creación de un espacio nacional propio, con la fidelidad personal e ideológica, con la revancha social convertida en proyecto, la gerencia pública del momento desactiva, descontinúa, reconvierte y desprecia. No lo hace sin querer: es a conciencia.  Actúa con estrechez e innobleza. Coloca por delante líneas de mando y colores específicos. Impone la obediencia debida y amenaza.  Está en revolución. Ni siquiera parece importarle especialmente que hace rato que estas instituciones no sean ni remotamente lo que fueron alguna vez. El gobierno y sus ejecutores parecen solazarse al desplazar al estamento previamente existente, captando nuevos adeptos, consiguiendo trabajo o fomentando soluciones sentimentales inútiles.  Todo esto, por cierto, mientras observa una confesada escasez de cuadros capacitados para llevar adelante labores de estado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las Universidad Simón Bolívar, Central, Metrpolitana, Católica y de los Andes y el Iesa, sobreviven, además de agredidas de forma selectiva, ahogadas entre toda clase de estrecheces económicas y mezquindades.  Siguen siendo espacios con islas de excelencia, pero comienzan a perder el aliento. El gobierno apenas las tolera. &lt;br /&gt;Salvo excepciones aisladas, las televisoras, asustadas con lo sucedido a RCTV, extreman su celo para respirar sin gastar más de lo necesario y sin molestar al gobierno. La pelea que tiene enzarzada Globovisión con Miraflores lo único que ha hecho es acarrearle más dificultades: no puede expandir su señal, ni comparar equipos nuevos, y por lo tanto no puede crecer. Mucho del material que exhiben los canales locales es importado; la producción nacional de la televisión, que la había dado la vuelta al mundo, hoy conoce una sensible merma. Por primera vez en la historia, hoy se está produciendo una sola telenovela venezolana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi todo el tejido de grupos teatrales existe, pero sobrevive por cuenta propia: los subsidios forman parte del pasado remoto. Peregrinan por la ciudad sin sede. El Festival Internacional de Teatro, un modelo hemisférico de promoción cultural en la calle, símbolo del encuentro de clases y la democracia, ha tenido que quedar suspendido indefinidamente: el gobierno decidió negarle, no sólo los recursos, sino la atención. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las editoriales tienen enormes dificultades para acceder a divisas, importar títulos o sacar al exterior obras de autores venezolanos gracias a los disparates del control de cambios. La Cámara Venezolana del Libro ni siquiera obtiene repuestas de cortesía a sus peticiones por parte del Ministerio de la Cultura. El Festival de Cine de Mérida tiene rato andando por cuenta propia. Las muestras de cine internacional que se exhiben en Caracas son iniciativa de las embajadas de estos países junto a un encomiable aporte de particulares. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Sistema de Orquestas de Venezuela sobrevive porque está conducido por un habilidoso y sibilino José Antonio Abreu: un florentino gerente público que ha sobrevivido a todos los avatares de la política y que ha logrado una ovación universal gracias a su trabajo sostenido y metódico que ya nadie está en condiciones de regatear. El gobierno sabe que puede usar políticamente esta herramienta, obligada para eso a ser apolítica, y, aunque algunos voceros aislados le critican su escaso compromiso revolucionario, se les otorga dinero y se les permite existir sin problemas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El contrato está roto o en suspenso. Para existir en paz es necesario ser amigo del gobierno. Al “el estado burgués” hay que demolerlo.  Los colegios profesionales, los sindicatos autónomos, los núcleos de promoción cultural. Se limitan a coexistir, entre toda suerte de estrecheces y asedios, y malviven, esperando tiempos mejores. Por supuesto que el tejido existe, que las alcaldías y gobernaciones de la oposición otorgan oxígeno, que los bancos y la empresa privada contribuyen con su aporte; que muchas empresas internacionales que hacen vida acá le siguen tendiendo la mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al gobierno, entre tanto, le ocurre lo que en casi todos los frentes le suele ocurrir: tala  y quema anunciando la llegada de la justicia, pero no da con una fórmula sustitutiva estable ni ha consolidado sistemas de valores demasiado sólidos. De pronto parece que se nos olvida que, en manos del chavismo, el Teresa Carreño, Monte Avila Editores o Sidor podrían ser, con mucho, mejores de lo que son ahora. Un aluvión emocional que sigue siendo una promesa. Esa es la realidad del chavismo.&lt;br /&gt;Sus proyectos – conceptualmente válidos en la misma medida en que éstos sean capaces de reconocer al país que se consiguieron al llegar al poder-   fomentan una suerte de estado emocional que políticamente es muy efectivo. Aunque el saldo siga constituyendo un enorme veremos. Tves, los fundos zamoranos, El Correo del Orinoco, el programa Fábrica Adentro; la Universidad Bolivariana, Venirauto, Radio Nacional de Venezuela, la Misión Ciencia, Petrocasa, las Librerías del Sur: proyectos que constituyen entredichos, sin dolientes, desconectados todavía, casi todos, del apreciable grupo de compatriotas que ve en Hugo Chávez un emblema. Ejemplos ambulantes de cuan difícil es que retoñe una idea a fuerza de voluntarismo y consignas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En este ambiente bicéfalo, resistencia versus imposición, parecido por ahora a un perder-perder, discurre la cotidianidad de los venezolanos. Esperando tiempos mejores.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-3508534918686072922?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/3508534918686072922/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/07/perder-perder.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/3508534918686072922'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/3508534918686072922'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/07/perder-perder.html' title='perder perder'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-1324309340395956312</id><published>2010-06-23T13:12:00.000-07:00</published><updated>2010-06-23T13:14:55.586-07:00</updated><title type='text'>Gustavo Cerati y el misterio de su último minuto</title><content type='html'>Apagadas las luces del concierto, transformado el desmayo en algo más serio, confirmada la tragedia, digerida la amarga sensación de estarlo despidiendo, hoy Gustavo Cerati sigue en terapia intensiva. Estaba en Caracas, está en Buenos Aires. No pinta nada bien su futuro; nos seguimos preguntando como quedará al final y nos enteramos de la existencia de aeroambulancias.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Entre un parte médico y el otro se aleja de su figura el foco de la noticia. Su presencia parece reducirse a unas curiosas epístolas cruzadas por el exasperante hermetismo médico, en las cuales se nos dice que nada sucede. Persuadidos los periodistas de que su convalecencia será larga, y, por ahora, parece que no traerá noticias, los pasillos de Fleni, en Buenos Aires, retornaron a la normalidad. Los venezolanos intentamos, entretanto, entre una mueca de la realidad y la otra, continuar como podemos con nuestras vidas. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego de estarlo esperando durante meses, a más de un mes de haber ofrecido su concierto, presente su música, viva su estampa en los afiches promocionales, acompañándonos a todos en la cabeza la insólita vitalidad de la noche anterior a la tragedia, el silencio de estos días deja un sedimento amargo. Tiene sabor a secuestro. Los conciertos de Gustavo Cerati en Caracas eran, para quien esto escribe, una cita.  El silencio de estos días, ese que, en el fondo de su alma, él y su familia deben estar deseando, se nos aparece como un cruel contrapunto emocional. No sabemos si podrá volver a cantar; ni siquiera si sobrevivirá. Aunque fuese verdad que, en una de esas, pueda recuperarse del todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I &lt;br /&gt;No fue al comienzo, como sí le sucedió a la mayoría, que se apropio de mis gustos por completo la música de Gustavo Cerati. Los primeros discos de Soda Stéreo formaban parte de mi vida en la misma medida en la que acudía a fiestas e iba tejiendo con ellos un testimonio generacional compartido. Desde La Cúpula hasta A un millón de años luz. Una era que pudo englobar muy bien, en mi caso, no tanto De música ligera, como 1990. Los años universales, los de los gustos definitivos. Los años de la Universidad y mis mejores amigos. El límite normal de una excelente banda, excelente entre otras, protagonistas de un movimiento del cual uno se sentía parte: el rock en español.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La forja del Cerati contemporáneo, epicentro del sonido Soda Stéreo que siempre vamos a recordar, el matiz que hizo de él –y de Zeta Bosio, y de Charly Alberti- un músico de culto, el tronco en el cual se afinca el desarrollo de casi toda su obra posterior, terminó de cristalizar, a mi manera de ver, con Dynano. Un disco no tan exitoso y en las primeras de cambio incomprendido, a partir del cual, sin embargo, estos músicos argentinos, pero Cerati en particular, se apropiaron con todas sus letras su condición de vanguardia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De Dynamo para acá, decía. Guitarras distorsionadas, exigidas al máximo, que le rinden un iniciático guiño a la electrónica acabada. Contextos y texturas sugeridos, portadoras de mensajes con estados emocionales específicos, de la mano de la programación computarizada. Letras que dibujan paisajes submarinos y extraterrenos; melodías de amor que todos los días eran -y son- capaces de sugerir una cosa nueva. Contrapuntos con un rock acabado y licuado. Una música contundente y sin concesiones. Con Dynamo, y con toda su obra posterior al remolque, Gustavo Cerati pasó de ser un brillante artista de rock para convertirse en el auténtico expositor de un malestar generacional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre esa zanja pudo navegar Sueño Stereo, probablemente el mejor disco de la banda –porque, como los Beatles, Soda Stéreo se disolvió en su mejor momento musical-; y se abrió paso una brillante carrera musical en solitario. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahí va la tempestad/ ya parece un paisaje habitual/ un árbol color sodio/ la caída de un ángel eléctrico. En los dominios de un universo que nunca dejó de ser comercial, porque no tenía que dejar de serlo, no ha perdido jamás Gustavo Cerati la compostura. Es una decisión propia. No hubo imperativos “malditos” del universo rock que lo forzaran a abandonar su papel.  No hay en sus letras estridencias, ni palabras gruesas, ni impertinencias. Casi no hay entornos, preocupaciones “colectivas”, ni realidad. Casi toda su obra navega en los dominios de la seducción como técnica y la pasión como objetivo. El “evasivo alucinógeno” nos invita a escaparnos. Y el milagro consiste en constatar que, casi siempre, la encomienda queda hecha: en progresión infinita, desde una nueva perspectiva, se obtenía una nueva reflexión sobre el hechizo, las mujeres y el amor. Porque poesía hace cualquiera. Pero buena poesía, muy pocos: alguno de estos vocablos que se defienden solos. Resisten un análisis, incluso, transitando sin música.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Y como artista de rock, Cerati ha logrado, en térmicos formales, una muy acabada imagen Glam. No es esta una afirmación caprichosa ni hecha al voleo: parece que estamos en presencia de un músico que cuida los acabados de su atuendo de forma casi compulsiva.  Si logramos deslastrar el vocablo de significados conexos, si nos olvidamos de otros ejemplos que enturbien la parábola, si nos atenemos al cabal significado de las cosas, si somos capaces de aproximarnos, objetivamente y sin pasiones, a un análisis formal de su propuesta artística y su puesta en escena, podemos concluirlo: ha sido Gustavo Cerati el metrosexual perfecto. Y su propuesta ha sido tan brillante que, hasta ahora, nadie lo había notado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El único metrosexual que conozco que, gracias a no haber izado banderas, por no andar forzando definiciones, por no estar contando tonterías, ni pontificando sobre lo que nadie le he preguntado, ha hecho de su imagen personal un producto tan compacto como el de sus propias canciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Ahí esta Gustavo Cerati. Es coqueto, es delicado, quizás hasta narciso, y nadie habla de eso. A nadie le importa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; III&lt;br /&gt;Esperé con ansiedad a Cerati en Ahí Vamos, en noviembre de 2006, en el Sambil, acá en Caracas, como lo estaba haciendo con Fuerza Natural. De ambos salí razonablemente satisfecho, levemente decepcionado, quizás. Consciente, sin embargo, de que lo alguna vez vivido con su música ya no lo iba a repetir. Aquella es, para mi, su entrega mas floja, un regreso deslavado a Soda Stéreo; el último, sin ser el acabose, es definitivamente un disco muy superior.  No logré obtener de ninguno de los dos la enorme carga emocional de la segunda presentación de su Bocanada Tour, aquel inolvidable 3 de junio de 2000.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; No olvido cuando en un punto del recital, recogió a sus músicos y le dijo a la audiencia con sorna y complicidad “tengo la banda aquí dentro”, mostrándonos su caja de sonidos electrónicos. No todo el mundo lo estaba esperando. No se me va de la cabeza su comienzo, con Rio Babel; sus confesiones emocionales personales con Lisa; no he vuelto a encontrar un momento tan sublime y tan especial como cuando un postrado Teresa Carreño quedó invadido de electrónica sin letra de su “Y si el humo está en foco”. No salía de mi asombro ante aquella nueva apuesta: era otro matiz, una nueva invitación a sus seguidores para remontar la cuesta, para navegar con audacia, para olvidar las raíces de Soda y atrevernos a imaginar un verdadero sonido contemporáneo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No había visto tantas emociones en un escenario con el tamaño justo, a un artista acostumbrado a la adulación pública objetivamente emocionado, despidiendo aquella noche con Vuelta por el Universo. No se me olvida aquella voz masculina que hizo reír a todo el Teatro, incluyendo al propio Gustavo con el desparpajado e irónico “Cerati te amo!!”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es el resumen hecho música de un momento de mi vida, similar al de Siempre es hoy, el disco que vino después, aquel rock hecho electrónica que le sirve de marco a mi cabeza para navegar por cada uno de los rincones de Barcelona, la ciudad donde vivía en aquel momento&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No termino de entender porqué la tragedia personal de Gustavo Cerati, sus partes médicos, los Twist de sus fans, está prácticamente instalada en mi casa. Hace rato que, para muchos, para casi todos, llego el momento de cambiar de tema y ocuparse de otra cosa. Por mucho que lo estén lamentando. Eventos trágicos se suceden todos los días; muy mal deben estar las cosas para quien no tenga cuero para sobrellevarlo creando un espacio que le de entrada a otros temas de interés. Otros músicos enormemente admirados se fueron siendo ya un adulto; George Harrison, por ejemplo, se lo llevó un cáncer sin dejarnos el consuelo de haberlo visto en vivo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y aquí ando yo, pensando como hubieran sido esos días que nunca le llegaron, esos que iban a pasar, como pasaron los otros, sin que necesariamente les estuviese esperando. El calendario futuro, que se le quedó frío, como una fiesta a la que no llegó nadie. Las fechas de su futuro inmediato, parecidas a las nuestras: nosotros las damos por descontadas, a el le quedaron proscritas. Las fechas que lo traicionaron. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me lo imagino regresando a su casa, hablando con sus hijos, comentando su gira y arreglando las cosas para aquella operación en el hombro que tanto tiempo estuvo evadiendo. Me lo figuro, pues, como me he figurado a John Lennon y otros ausentes, antes de que el minuto siguiente cambiara de ruta, todavía en enero de 1981, hablando de su gira y del material de su próximo disco. Cuando el presente era, como lo es para todos, una realidad incontrovertible. Sin que los hados de la desgracia hubiesen tenido tiempo de fecundar nada en ellos: cotidianos, cálidos, con espacio para el sarcasmo, dueños absolutos de las circunstancias.  &lt;br /&gt;Desconectarme del tema hoy me luce terriblemente irresponsable. En lugar de abandonar a Gustavo Cerati condenado al silencio en esa espantosa cama de Fleni, lo invito a que me acompañe a Gracia, en Barcelona, a escuchar otra vez sus discos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-1324309340395956312?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/1324309340395956312/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/06/gustavo-cerati-y-el-misterio-de-su.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/1324309340395956312'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/1324309340395956312'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/06/gustavo-cerati-y-el-misterio-de-su.html' title='Gustavo Cerati y el misterio de su último minuto'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-743478153259378988</id><published>2010-06-08T13:36:00.000-07:00</published><updated>2010-06-08T13:43:29.779-07:00</updated><title type='text'>Tiempo de periódicos</title><content type='html'>Periódicos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde que tengo 20 años, no hago sino leer periódicos. Me mancho de tinta, escucho la percusión del paso de sus páginas, calibro logotipos, tipografías, la textura y el olor de cada hoja.  Política, sociales, deportes, farándula. Cuerpos a, b, c y d. Me aprendo términos, examino fuentes, pergeño columnas, busco y rebusco tendencias. Obsesionado por “la cosa”: esa maña medio incomprensible por saber por dónde va, y cómo es que está, la cosa. &lt;br /&gt;Entré a estudiar Comunicación Social sin saber muy bien qué hacía, coqueteando los bordes de una idea parecida a la palabra política. Juzgando –acertadamente- demasiado espeso e inconducente un tránsito por Filosofía o Historia. &lt;br /&gt;Para decirlo breve, fue un accidente vocacional que tuvo un final feliz. Entrado el séptimo semestre, sin embargo, ni siquiera tenía claro que alguna vez en la vida iba a terminar ejerciendo el tratamiento de la información como oficio. Es ahora que me vengo a dar cuenta de que he sido, por definición, un periodista desde que salí de la adolescencia. Un sujeto obsesionado por la información que drena con datos inútiles –y entre más inútiles, mejor- su casi catastrófico déficit de atención.&lt;br /&gt;        Leo la prensa, lo pienso ahora, compelido por un hábito adquirido a partir de una directriz que no escogí y que me impusieron mis padres: esta monserga “en torno al país”. Lo digo con total franqueza: me hubiera gustado estar un poco menos informado y, al respecto, ser algo más irresponsable. Una compulsión inconsciente que consiste en constatar –casi siempre en vano-  que los demás están bien para poder a aspirar a la paz interior sin ninguna clase de culpas.  Esta pasión por la política inicialmente incubada, en la universidad pasmada, hoy definitivamente mutada: en lugar de ser un actor y generador, soy un consumidor compulsivo, reportero y a ratos comentarista público de noticias.&lt;br /&gt;       La prensa ha atormentado mis días desde que este país decidió irse al carajo, allá por 1992. Entre el 4 de febrero y el 27 de noviembre de este año, siendo un estudiante de periodismo, pensé que iba a enloquecer persiguiendo el rastro informativo que me iba a permitir develar el próximo golpe. Aquella infeliz asonada que, con candidez, aspiraba que no se diera. El golpe que irremediablemente terminó de llegar.&lt;br /&gt;       A partir de ese momento, con alegre ingenuidad, desconsolado, con mediano optimismo, furioso, y encontrando, al mismo tiempo, espacios para el placer, he sido un reincidente lector de prensa de la mano de un país que, invariablemente, lo único que hace es equivocarse.&lt;br /&gt;       El advenimiento de Caldera; la crisis financiera; las bombas en el CCT; las hazañas de Andrés Galarraga; las espantosas historias del hampa; Irene Sáez y Luis Alfaro Ucero; la desconsoladora ristra de los casos de corrupción; las encuestas, Hugo Chávez. Todo el tormentoso chorizo que ha comprendido esta auténtica pérdida de tiempo y oportunidades que ha comprendido la quinta república.&lt;br /&gt;       Toda la vida, articulada con una nota tras otra. Consumir las noticias y verlas pasar, ya frías, para verlas a la salida encarar un trámite final con la palabra historia. Desde que estaba en bachillerato, desde que me gradué, ya graduado, ejerciendo el oficio, siempre esperando por este país, yo lo que he hecho es revisar la prensa. No hay manera de sacarme de encima este hábito que, a estas alturas, se ha vuelto una maldita mala costumbre.&lt;br /&gt;        Un rasgo que, como el alcoholismo, parece que no se cura, y que con la llegada de internet se ha agravado especialmente: si antes se trataba e ir al quiosco, comprar el vespertino El Mundo o de revisar los avances informativos de la televisión para arañar algún elemento adicional, ahora se trata de un problema que reside en el dedo índice: el clic al botón “actualizar”.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Siete veces siete&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La semana informativa en Venezuela tiene unas frecuencias muy precisas. Hace mucho que los venezolanos no consumimos las noticias  por placer, por pasión o producto de una decisión personal. Y entre más consumimos noticias, más las detestamos. Pero al mismo tiempo no cambiamos de tema. No paramos de hablar de otra cosa. &lt;br /&gt;       &lt;br /&gt;Con sus ocurrencias, sus arrebatos, sus larguísimas alocuciones, con las muchas provocaciones y estupideces que dice, Hugo Chávez ha vuelto en Venezuela la información un asunto intravenoso. Una especia de droga. Y como un correlato perverso, como insólita ironía, entre más información genera, más se molesta, en lo personal, con lo que se dice a partir de lo que él informa.&lt;br /&gt;       &lt;br /&gt;La prensa amanece caliente los lunes, llena de punzantes insinuaciones, de aciagos pronósticos,  eco de algún elemento amenazante, de alguna advertencia que ha emanado el propio presidente en su inefable programa de televisión. El tamaño de la marea informativa de cada semana, que de un tiempo a esta parte tiene altitud promedio, va a depender de manera directa de lo que pase en Aló Presidente.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De martes a jueves,  el entorno nacional se pone turbio: termina de ver lugar el macabro registro de la urbana violencia de los fines de semana, que, para efectos contables, precisa del día martes para terminar de contabilizar los de lunes; coleccionamos otra evidencia del deterioro de algún servicio público y se pueblan las horas de cadenas, “pases” directos desde Miraflores, declaraciones ministeriales y rumores. Los dimes y diretes del pulso que mantiene la revolución con el resto del país. El tráfico informativo se mantiene especialmente pesado los días miércoles. Nunca fueron los miércoles tan miércoles, tan atravesados, tan obligatorios, tan arrítmicos, tan parecidos a un trámite, tan equidistantes de los lunes, tan lejanos a los viernes,  como en este infortunado período histórico.&lt;br /&gt;       &lt;br /&gt;Y de pronto, hacia el viernes, las tensiones se desanudan. La noche del jueves produce una mutación en el comportamiento urbano que de pronto parece que salpica a los hombres que fabrican noticias. Los del gobierno y los de la oposición.  La información entra en una especia de tregua.  Si no se desactiva, el ánimo de tormento, en manos de todos, al menos cede. Caminamos desprevenidos hacia la zona de fiestas, emprendemos la nocturnidad buscando novedades, rincones en La Castellana, en Las Mercedes, pactos para intentar olvidar. Sin tener necesariamente clara la sensación de que, si la suerte nos traiciona o jugamos posición adelantada, del aliviadero de los viernes pasaremos al horroroso registro de los lunes. Emprendemos entonces un precario recorrido para reconciliarnos de manera artificial con la realidad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos levantamos entonces los sábados, a comprar un periódico habitual y sospechosamente inofensivo: regularmente flaco, con informaciones más parecidas a balances que a informaciones; con curiosidades y noticias de emprendimiento; con más espacio para consumir deportes y con el siempre certero análisis de Fausto Masó de contrapunto. Perfecto para los sábados.&lt;br /&gt;      &lt;br /&gt;Y si ese el perfil del sábado, el del domingo parece tener el propósito deliberado de proporcionarnos, incluso, una dosis, ya exótica, pero todavía existente, de placer. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entrevistas extensas con expertos; crónicas y artículos de opinión que parecen acompañarnos nuestro pesar, que intentan, con éxito, darle proyección al descontento, diluir el ansia de un desenlace inmediato, poner en perspectiva, con cierta esperanza en alguna solución de continuidad, las tensiones que nos toca vivir. Ciertos guiños al humor; reportajes internacionales con extensión, y a continuación, sin disimulo alguno, material para volar: turismo, gastronomía, moda, novedades y tendencias urbanas. Todo mezclado en la salsa de alguna buena noticia que sobre por ahí. Porque, después de todo, seguimos vivos. &lt;br /&gt;       &lt;br /&gt;Cuando la conclusión se asienta; cuando el derecho a distraernos campea por sus legítimos fueros; cuando caminamos, de la mano de algún libro, por otro dominio temático; cuando recordamos, a la salida de un cine, que los problemas forman parte de la vida, que convivir con las malas noticias es un oficio que hay que aprender a dominar, probado ya en generaciones anteriores; cuando estamos descuidados, la realidad nos secuestra de nuevo.&lt;br /&gt;          &lt;br /&gt;Alguna fuga informativa; alguna amenaza; alguna insinuación de violencia; algún hijo bastardo de la palabra venganza; alguna historia de la cual no nos gusta hablar; alguna palabra espantosa que podríamos pagar para no tener que oír jamás. Es domingo en la noche. Habrá que esperar conformación: si, como dijo alguien, leer es releer, pues informarse es confirmar. Ya no queda nada por hacer.&lt;br /&gt;           &lt;br /&gt;Estaremos de nuevo en la semana siguiente, sentado en el estudio de radio, leyendo la indigesta suma de noticias que, alternadas, con sus contrapuntos, con sus pequeños momentos de tregua, como un cólico nefrítico, cada día nos ponen a prueba. Buscando en los rincones del papel dónde es que está ese país fantástico que están enrumbado a la máxima felicidad posible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La manivela ha dado la vuelta. Es lunes de nuevo.  Y ahora ha llegado el Twitter.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-743478153259378988?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/743478153259378988/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/06/periodicos.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/743478153259378988'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/743478153259378988'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/06/periodicos.html' title='Tiempo de periódicos'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-5611041414088477771</id><published>2010-05-08T17:52:00.000-07:00</published><updated>2010-05-22T15:52:22.581-07:00</updated><title type='text'>Se habla warao</title><content type='html'>Monolitos agrestes, sensiblemente rectangulares, zurcidos en sus costados por aves y monos. Pequeños macizos de verde, todos exactamente iguales.  En rigor, sedimentos de tierra sobre cuya piel el río grabó una estampa.  Más de quince metros de profundidad navegables. Cuando la lluvia escasea, hasta mayo, el agua salada arrincona a la dulce, penetra sus faldas y se incrusta en sus laberintos.  Los tres mil caños del Delta del Orinoco forman una relación de espejos fractales en los cuales cualquier podría perderse irremediablemente hasta morir. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Este pedazo de selva, a donde viene a morir un río, este limbo salobre, gigante estación vegetal que le sirve de antesala a las fauces del Atlántico, este particular mar de callejuelas, donde no hay delfines, sino toninas, y donde casi ha desaparecido el Manatí, es el territorio de los waraos. Etnia aborigen de hábitos nómadas, que ha centrado todo su ingenio para subsistir y reproducirse anegada entre unas vías expresas cuyo asfalto es el agua. “Dominar la técnica que permite dominar la naturaleza”. El objetivo fundamental de los waraos consiste en eso: seguir vivos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde Monagas hasta Delta Amacuro, cada tantos palmos de kilómetros de tierra, cualquier lancha podrá avistarlos: secuencias de casas aisladas que parecen vecindarios. No son agrupamientos casuales. No es la palabra “vecino” la que acá puede emplearse con propiedad. Se trata de una unidad monolítica con organización interna, funciones designadas y propiedades para desplazarse. Por acá la denominan “comunidad” warao. En cristiano: se trata de clanes de seres humanos.  Varias familias que se juntan en palafitos contiguos con caminerías comunes y, de cara a lo que suceda, han decidido actuar en equipo.  “Celulas” culturales, adheridas con el cemento de la solidaridad automática, organizadas y con autoridad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casas trabajadas por ellos con la madera, que pueden estar terminadas a los dos meses. Si la obtención del alimento se complica, si se ha expandido alguna plaga, o si el cacique decide que las circunstancias lo aconsejan, los waraos recogen sus corotos y se mudan para establecerse en otro lugar. Pero atención: nadie está autorizado a habitar los espacios abandonados. Quien ocupe unos palafitos que ha dejado una comunidad warao debe saber que está cometiendo una terrible transgresión y que deberá responder por eso. Todas las comunidades circunvecinas estarán al corriente de que aquella morada abandonada tiene dueño: de hecho, en cualquier momento los mudados pueden decidir regresarse. Unas diez familias en promedio ocupan estos palafitos, milenarios y precarios, con aspecto transitorio y de muelle, surcados por una perspectiva visual de chinchorros, de aspecto muy desordenado, sin puertas ni paredes. Pensados para el duro clima de la zona. El techo es un tejido de doble revestimiento hecho a mano con temiche.  Bien hechos, afirman ellos, soportan perfectamente la entrada de la lluvia. Suelen tener dos meses de vida útil. Serán entonces sustituidos en un nuevo proceso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; II&lt;br /&gt;Vivir para seguir vivos. Ofrendarse para darle continuidad a esta lucha contra el eterno complot de las circunstancias. Ese es el proceso, que, con el deleite de un artista, han desarrollado los waraos hasta hoy.  Los waraos cazan, pescan, siembran y recogen frutas. Cuando pueden, si las ventas de sus artesanías son aceptables, se allanan las diligencias yendo al abasto. Con asombrosa pericia trabajan la hoja del moriche: de sus filamentos, macerados luego de un delicado proceso de cocción, obtienen la materia prima para hacer sus artesanías: chinchorros, mapires, bolsos y objetos similares de asombrosa factura, muy apreciados por los turistas. De lo trabajado en la tierra los waraos obtienen ocumo chino, plátano, caña, yuca amarga. Antes habrán talado y quemado el espacio para crear las condiciones de la siembra.  Prueban con frecuencia con el gusano de moriche, porque “hay que variar un poco la comida”. Con chopos, con  sofisticadas trampas y con flechas, cazan dantos, venados, lapas y acures.  Lo que sobre es convenientemente salado y guardado. Los waraos acompañan las comidas con el casabe o con domplinas, una especie de pan de trigo, en ambos casos hechos por ellos mismos.   &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;El resto de las actividades del warao encuentra su espacio justo en detrás, en la otra banda: el agua, el universo natural de esta etnia. Sobre ella viven, colgando los pies; se bañan, se asean y recrean; se transportan –en curiaras clásicas, hechas por ellos, o en “balajus” con patente guyanesa- para hacer diligencias, encomiendas y para visitar comunidades amigas; para cazar y pescar. Estos recovecos que el criollo encuentra indescifrables entre caño y caño, son para ellos un hábitat fundacional. El día que estuve de visita en la comunidad de guina morena, dos familias improvisaban una cena con el menú del día: dos acures cazados en la tarde que serían servidos con ocumo chino.&lt;br /&gt; III&lt;br /&gt; En esas tierras, cazando, pescando, sembrando, durmiendo y muriendo, los waraos tienen más de seis mil años. Muchísimo antes que el idioma castellano insinuara siquiera la nariz por estos lares; cuando a nadie, ni remotamente, se le podía ocurrir pensar qué querría decir una cosa llamada Venezuela. Años, décadas y siglos en los cuales la alocada mutación del mundo les ha dejado algún recado aislado, como la electricidad, la televisión o los motores para lanchas.&lt;br /&gt; Si bien en Tucupita predomina el bilinguismo y muchos individuos pujan por asimilarse a occidente para dejar atrás sus compromisos ancestrales, un grupo apreciable de los integrantes de esta patria disuelta en el agua, la segunda etnia aborigen más importante del país, constituida por unas 30 mil personas, le sigue rindiendo tributo exclusivo a su universo.  En el periplo realizado no vi una sola mujer o niño que supiera hablar castellano, salvo para referirse a montos y hablar de precios. Y los adultos varones, muchos de ellos, se expresan con dificultad. &lt;br /&gt; En estas circunstancias, el idioma ilustra con mucha claridad las escalas y las prioridades. Una mujer que sólo hable warao tiene que saber que estará alternando apenas con un puñado de gente. Este monolinguismo habla del tamaño de las cosas: que muchos de estos venezolanos sólo conversan, opinan e intercambian entre ellos; que de esa franja cultural solo colocarán un pie afuera para vender su trabajo y hablar de dinero; y que poco, por no decir nada, les interesa lo que sucede, no digamos en Caracas, no digamos en Miraflores: lo que sucede en Maturín. El warao es una lengua de transmisión oral, y, aunque parezca extraño, tiene variantes dialectales.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-5611041414088477771?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/5611041414088477771/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/05/se-habla-warao.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/5611041414088477771'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/5611041414088477771'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/05/se-habla-warao.html' title='Se habla warao'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3909390235023874568.post-6538476995954072641</id><published>2010-05-08T17:46:00.000-07:00</published><updated>2010-05-22T17:24:57.765-07:00</updated><title type='text'>waraos, dos</title><content type='html'>Diminuta, descalza, el pelo desgreñado, y una particular mirada extraviada, entre trágica y risueña. Parece un personaje de Juan Rulfo.  La señora Rosa, que necesita traductor, manifiesta con toda normalidad que  “no sabe” qué edad tiene. Fuma un tabaco envuelto en guina –contentivo de mentol y currucay-  para invocar y domeñar al espíritu de la selva: ese que, de tanto en tanto, se ensaña con los waraos, sobre todo con los niños. Es una técnica que aprendió de su padre. De cuerpo entero, presentada así, con la mayor naturalidad, la señora Rosa es la médico de la comunidad Yabinoko.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Niñas de trece años ya están suelen estar en trance de dar a luz por primera vez en cualquier comunidad warao. Habitualmente quedan en estado en sus encuentros sociales y fiestas: los más populares, los que tienen lugar en la semana que va del 24 de diciembre al primero de enero. Cada pareja warao puede tener entre doce y trece hijos. No son capaces de explicar cómo es posible pensar en tener tantas bocas qué mantener en circunstancias tan esquivas, pero al caso es lo mismo: de esos doce, a adultos llegarán cuatro. La mortalidad infantil en esta zona, muy superior a la media nacional, es tan frecuente que en estas comunidades los bebés tendrán nombre luego de cumplir el año. Nadie se toma la molestia de hacerlo antes.  Sobre ellos se ceban diarreas, malnutrición, cólera y toda suerte de infecciones. Es “el espíritu de la selva” del cual hablaba Rosa.&lt;br /&gt; “Catire” –que de rubio no tiene nada- ,  es guía de un campamento turístico cercano a la comunidad de Boca de Tigre. A él, como a casi todos sus compañeros, se le han muerto tres hijos. Vivos tiene otros cuatro. No luce especialmente perturbado o marcado con la circunstancia. “Se lloran mucho y les hacemos una ceremonia de despedida. Pero llega un momento en que te acostumbras al dolor”.    Las alarmas médicas, nos relata, tienen en esta etnia dos anillos: en primera instancia los atiende la curandera de la comunidad, valga decir, alguien parecido a la señora  Rosa.  Si el enfermo no mejora y las alarmas se disparan, asisten a la medicatura más cercana. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Los hábitos occidentales han ido abriendo en estas comunidades una lenta y progresiva incisión. Los códigos de conducta de marca “étnica”, que a la distancia consideramos fascinantes,  pueden ser rápidamente trocados si con ellos se obtiene confort. En estas comunidades se caza y se pesca, pero, si el dinero sobra, se prefiere ir al abasto. Las misiones evangélicas han penetrado con asombrosa rapidez. Se compran motores, se buscan antenas para la televisión por cable y se sueña con casas de zinc y cemento. No les importa ninguna consideración sobre los rigores del clima.   Muchos de ellos, sobre todos los hombres, visten franelas con motivos electorales o misiones sociales del gobierno. Argenis Zambrano, miembro del Frente Francisco de Miranda en la zona, cuenta que, hoy en día, el dirigente de un consejo comunal o un activista político que tenga influencia sobre lo que suceda en un poblado grande –y que, por tanto, sea un garante de recursos y comida- tiene más influencia entre su gente que un cacique convencional.&lt;br /&gt;Nunca supe si fueron los micrófonos o los pertrechos radiales; si estaban impresionados con la presencia de Valentina o si era puro y redomado interés, pero lo cierto es que, tras una y otra sonrisa impregnada de candidez,  bordada entre una exposición y la otra en un castellano torpe, pensé en la limpieza de alma que aún acompaña a la gente que vive lejos de las grandes ciudades. El hombre, recordé, es el lobo del hombre. Porque si la ingenuidad no era de ellos entonces el ingenuo era yo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3909390235023874568-6538476995954072641?l=alonsomoleiro.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/feeds/6538476995954072641/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/05/waraos-1.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/6538476995954072641'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3909390235023874568/posts/default/6538476995954072641'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://alonsomoleiro.blogspot.com/2010/05/waraos-1.html' title='waraos, dos'/><author><name>Alonso Moleiro</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07641134218598379581</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
