sábado, 1 de enero de 2011

Un paso antes del camino hacia la nada

(publicado en la revista Climax en octubre de 2010)

32 pescadores estuvieron a punto de morir de hambre y de sed al quedar varados en alta mar regresando de Los Testigos hacia Margarita. Una agonía de más de 72 horas en la cual tuvieron que beber de su propia orina y donde cada ingesta de comida se las tenía que ver a posteriori con el embate de las olas en alta mar



En yates o lanchas de pequeño y mediano calado, un viaje desde Juangriego al archipiélago de Los Testigos se toma de cuatro a seis horas. Los peñeros de los pescadores margariteños, frecuentes visitantes de estos islotes, surcan el recorrido en dos.

Apropiarse de las dimensiones universales del océano, descifrar sus descargas emocionales y sus respingos nerviosos, abrir rutas sobre los índigos dominios insondables, helados y ajenos, de alta mar, ha sido uno de los signos distintivos vitales de cualquier pescador margariteño durante generaciones.
Cumple Margarita, a estos efectos, su condición tutelar de isla mayor en el Caribe venezolano: sus habitantes han dominado por décadas la vida de todo islote o peñasco perteneciente a las Dependencias Federales y frecuentan el trato con puertos en las pequeñas repúblicas vecinas.
Los entornos culturales vinculados al mar no son siempre, aunque lo parezca, una circunstancia endosable de manera automática a todo habitante de una isla. No es el cubano, por ejemplo, un pueblo particularmente navegante, ni el pescado el visitante más frecuente a su mesa.
Los margariteños, sin embargo, se han encargado de desarrollar esa aptitud hasta sus últimas consecuencias. Saltan al agua con o sin brújulas en búsqueda de pescados clasificados por ellos al mayor y el detal, oteando el horizonte, aplicando el conteo manual de minutos, afinando la larga distancia y orientándose por la posición de las estrellas para saber a qué horas salen y dónde se ubican.
Durante los primeros días del mes de septiembre del año en curso, 32 personas, tripulando los peñeros “Juperluis”, “Duberjosé y “Mi Refugio”, partieron al filo del alba desde estos islotes para regresar a casa. Un “procedimiento de rutina” que los traía de vuelta luego de celebrar las fiestas religiosas en honor a la Virgen del Valle en el único villorrio de aquella entidad federal. De manera súbita, el parpadeo cromático de una tormenta eléctrica les nubló todo el horizonte. Cuando los pasajeros vieron a los habitualmente serenos conductores presa de una inédita ansiedad supieron que estaban a punto de perderse. O que estaban perdidos, que viene siendo lo mismo. Disueltos e indefensos en la inmensidad del mar.
La cortina de una tempestad
Se les había atravesado lo que los pescadores llaman una “manguera”: un remolino de viento similar a un tornado que desató una pequeña tormenta y tiñó de plateado todo el entorno, nublando la visibilidad y volviendo el paisaje inescrutable.
Quedaron las tres embarcaciones a la deriva, sin horizonte a la vista: sin saber si al avanzar estaban retrocediendo. El interregno lluvioso duró lo suficiente como para producir el equívoco y luego desaparecer. En la mañana de aquel viernes ya había regresado el sol, y el entorno ofrecía un irónico contrapunto: un mar límpido y sereno, con una claridad radiante, todavía tibia, y ningún elemento de juicio que les permitiera ubicarse en aquella inmensidad. La tormenta, culpable del extravío, había quedado atrás, el día estaba perfecto para irse a la playa, pero aquel contexto, habitualmente tan familiar, había barajado el juego. Les había traicionado.
“Perdido”, en este caso, constituye la peor de las malas noticias. Con la gasolina en cuenta regresiva, es una condición doblemente trágica: quiere decir sin derecho a pedir un teléfono, a detener a un transeúnte para recapitular el nombre de una calle o a llamar a algún familiar para explicar las causas del retardo. Sin recodo en el cual apoyarse. Literalmente suspendidos en la nada.
Jack London y la Virgen del Valle
La deriva de aquel viernes no tardo en hacer sentir sus rigores. Con el correr de los minutos, como todos los tripulantes lo preveían, las horas de la mañana perdieron la cordialidad: comenzó a imponerse la dictadura de un sol abrazador, omnipresente y sin matices de ninguna especie sobre los cogotes de aquellas almas.
Los conductores hacían lo posible por administrar la gasolina con eficiencia, mientras, ya completamente desesperados, buscaban algún perfil ante aquel uniforme paisaje que, si alguna vez fue familiar, hace rato les había desconocido. En ese ínterin, intentando alternar el uso eficiente de la exigua gasolina con los antojos de la corriente, uno de los peñeros, “Mi Refugio”, se había separado por completo de los otros dos. Nadie alcanzó a darse cuenta.
Los tripulantes de los otros dos peñeros llegaron a figurarse que los tripulantes de “Mi Refugio” habían encontrado el camino a casa. Por las dudas, decididos a correr la misma suerte, los respectivos capitanes dispusieron atar las dos embarcaciones restantes. Amarradas ambas para encarar las mismas circunstancias, quedaron a unos dos metros de distancia, corriendo en llave, como un sidecar acuático, mientras alternaban cadenas de rezos con crisis de vómitos. La noche ya se insinuaba. La gasolina se extinguió por completo de forma sucesiva en las tres embarcaciones
No quedaron registrados, a lo largo de este episodio, llantos, ni escenas de histeria, ni crisis de nervios. Según parece, aquellas horas fueron sobrellevadas con una serenidad a prueba de balas y un optimismo casi insensato. Se impuso en todos una especie de convención implícita: los designios de la fe iban a hacer su trabajo. La Virgen no iba a abandonarlos. Para hacerlo, sin embargo, lo primero que la madre de Cristo les pedía, de acuerdo a lo que interpretaban, era que, como en el relato de Jack London, ofrecieran muestras inequívocas de amor a la vida. Volcados por completo a rezar, muchos de ellos se comportaron como si no estuviera pasando nada especialmente grave. Como si, fondeados con un ancla, estuvieran aguardando por unos amigos para culminar alguna faena.
La sensación de orfandad, que se evidenciaba en los rostros de los conductores de las dos embarcaciones, sin embargo, helaba la espina dorsal de la tripulación. No hacía falta que mediaran palabra alguna para saberlo. No había forma de conciliar la serenidad ni el sueño si los encargados de orientar a aquellos pasajeros se mostraban tan irremediablemente perdidos y desesperados como los demás. Así cayó la primera noche.
Comer y beber en alta mar
Unos seis niños formaban parte de la tripulación: dos de siete y nueve años, junto a otro de 11. Dos estaban en trance de dejar la niñez, pero claro que no eran adultos: tenían 13 y 15 años. La apariencia de normalidad que dominó aquellas interminables horas estuvo, además, forzada por la necesidad de no atemorizarlos.
Y en esos términos, estos pescadores, ahora en calidad de náufragos, también con varias señoras mayores a bordo, hicieron, dentro de la tragedia, de tripas corazón ante aquel entorno que estaba a punto de devorarlos. Construyeron un techo de plástico improvisado para defenderse de los excesos de las lluvias y de la inclemencia del sol. Sacaron del fondo de los botes toda el agua de mar que se acumulaba e improvisaron unos catres para intentar dormir. En uno de los dos peñeros, alguien reparó en que, en sus alforjas, provenientes de las fiestas de Los Testigos, quedaba pasta, que podría ser frita, y restos de chivo, que fue salado con el agua del mar. La reserva de las embarcaciones traía consigo una pequeña cocina a gas. La escasísima agua disponible fue reservada para los niños.
Sin embargo, no todos comían, ni bebían ni dormían. La vigilia de la madrugada fue repartida en horas de guardia por los adultos mayores. Dos aletas de tiburones fueron avistadas en las cercanías. Algún chubasco nocturno interrumpió el sueño de la tripulación varada en un fin de semana opaco y sin claro de luna. Algunas mujeres, azotadas por las náuseas, no quisieron volver a comer. Los adultos intentaron saciar su sed con métodos menos ortodoxos. Primero lo intentaron con agua de mar con limón y azúcar. Luego bebieron su propia orina: aquello se acercó bastante a una sensación de alivio. Todos tuvieron que defecar ahí mismo.
Con entera impunidad, el segundo día se disponía a transcurrir sin noticia alguna. Dos embarcaciones grandes, en tiempos sucesivos, fueron divisadas a la distancia. Los tripulantes hicieron toda la bulla posible para ablandar sus corazones solicitando auxilio y un rescate. La alegría que supuso verlas duró el mismo tiempo que su desplazamiento por la retina de los pescadores. Nadie, y ellos lo sabían bien, quiere detenerse en estos tiempos a auxiliar a desconocidos en alta mar. Abundan relatos, en circunstancias y parajes insólitos, de piratería y asaltos.
Dios llego batiendo unas hélices
Aunque algunos alentaban la esperanza de toparse por accidente con alguna prolongación de Araya o Chacopata, intentando interpretar el desarrollo inercial de las corrientes, el pánico y la desesperanza ya minaban el corazón de todos. Todos lo pensaron, nadie lo dijo: un día más en aquellos barcos era sencillamente inconcebible.
Los rezos en cadena continuaban. En voz alta se daban ánimos, confiando todavía en que la sola fe en la existencia y la voluntad inquebrantable de vivir serían recompensadas de alguna forma. Seguros de que en cualquier momento obraría el milagro de la Virgen. Los días tórridos y secos habían sido sucedidos por noches lóbregas e interminables.
Entrada la tarde del domingo, por fin, se apareció la Virgen dejando recados: dos imponentes helicópteros de la armada que tronaron desde lo alto, rompiendo con estridencia el silencio mortificado, peinando el mar con sus hélices. Tenían rato buscándolos, les informaban, la pérdida que tuvieron era ya noticia nacional, sus familiares angustiados ya estaban en contacto con las autoridades y el propio Ministro del Interior y de Justicia encabezaba las investigaciones.
Fue entonces que supieron que el tercer bote, que suponían ya en tierras margariteñas, y en cuyas diligencias posteriores cifraban parte de sus esperanzas de ser buscados, ubicados y rescatados, seguía varado y con paradero desconocido. Poco después, con todos sus tripulantes sanos y salvos, fue avistado en las cercanías de las costas de Trinidad.
Se marcharon los helicópteros con la promesa de traer ayuda. Media hora después hizo su aparición un buque de la armada para recogerlos. Sólo entonces supieron cuán insolados y deshidratados, cuán maltratados, cuán cerca de la muerte habían estado, mientras, apenas cinco minutos antes, se aferraban a la improbable tesis, a la absurda esperanza de que una costa caprichosa de tierra firme detuviera aquella marcha hacia la nada.
Todavía hoy, semanas después, ya en sus casas, pasado el susto, normalizadas sus vidas, recuperado el dominio habitual sobre el mar, muchos de ellos no dejan de pensar cómo fue posible haberse mantenido tan optimistas habiendo estado tan cerca de la muerte.
Una muerte lenta y agónica, en la cual aquellos pájaros inocentes y lejanos que les acompañaban a la distancia, haciendo poesía, habrían asistido a un funeral improvisado pero en calidad de comensales

miércoles, 8 de diciembre de 2010

El último dia de John Lennon

John Lennon había pasado varios días trabajando de forma compulsiva en la producción del single de Yoko Ono, Walking on thin ice. El descanso dominical preparó la escena para un lunes que lo tenía de muy buen humor. Un día laboral con sensación de finalidad cotidiana, de esos que iban a abundar ahora que regresaba a la escena musical luego de cinco años de retiro voluntario.
Double Fantasy, el álbum que recién sacaba a las ventas el 18 de noviembre anterior, caminaba hacia el puesto número diez de las ventas. El regreso a los estudios lo había dejado feliz; muy poco después de concluido el trabajo ya estaba de regreso para grabar nuevo material –contentivo del póstumo Milk and Honey- .
Desayunó en el Café la Fortuna, en la cuadra siguiente de su casa, (cerrado cuatro años atrás, está ubicada ahora ahí una Ferretería) y regresó a su casa para atender a la fotógrafo Anne Lebovitz. Con ella se tomaría la futura portada de Rolling Stone que lo tiene desnudo en posición fetal al lado de Ono, además de otras posteriores: la que lo retrata descalzo en un sofá, visible en el antología “The John Lennon Collection”, y la que lo muestra con aspecto de Teddy Boy: chaqueta de cuero y tejanos, botas; el corte de pelo al estilo Elvis que se había hecho el sábado anterior.
Por la tarde recibió a unos periodistas y djs de la emisora RKO de San Francisco. Un Lennon de habitual conciso y socarrón, estuvo especialmente elocuente y encantador. Conversó tendido sobre los años sesenta y su generación; sobre el feminismo y las demandas sociales; sobre las macabras profecías de la cultura de masas que no terminan de cumplirse. “Nunca habrá Apocalipsis. Eso no va a ocurrir”. Sobre los Beatles y Yoko Ono. Sobre la importancia de proyectar el lado positivo de la vida. Sobre el futuro. “Tenemos hecho un disco; ya hay suficiente material para el segundo y canciones para un tercero. Queremos editar al menos un trabajo por año” A las 5 de la tarde partió a los estudios Record Plant para terminar las mezclas de la canción de Ono.
El invierno comenzaba: a esa hora ya oscurecía. Cuando iba a abordar su limosina, Lennon fue abordado por un puñado leal de fanáticos que siempre se acercaba a fotografiarlo. Uno de ellos, llegado de Texas, oriundo de Hawaii, era desconocido para los demás: Mark Chapman. Había estado merodeando el edificio desde el viernes anterior. Le acercó de forma silenciosa un acetato a Lennon; este se lo firmó con toda normalidad. Paul Goresh, un fiel admirador que había hecho amistad con Lennon y que lo había fotografiado incontables veces mientras entraba y salía de su casa, tomó una instantánea de la firma. Goresh y Champan habían tenido una escaramuza verbal el sábado anterior, mientras esperaban ver a Lennon sin éxito. “¿Traía yo el gorro puesto?” preguntó luego de la foto mientras Lennon ya estaba dentro del automóvil. “Nadie en Hawaii se va a creer esto.” Goresh y los otros fans se retiraron del edificio hacia las 8. Champan dijo que prefería esperarlo para verlo regresar.
Lennon, Ono y Jack Douglas trabajaron duro y completaron la encomienda del single pasadas las diez de la noche. Reinaba una auténtica sensación de satisfacción. “Acabas de terminar tu primer número uno”, le dijo John a Yoko. La pareja deliberó un rato si pasaban por algún restaurante a cenar. Lennon dijo que prefería ir a casa: su hijo Sean estaría por acostarse.
A diez para las 11, la limosina ya estaba de vuelta aparcando en la entrada de los portones abiertos del Dakota. Pudieron haber entrado al edificio con el carro, pero, como en muchas otras ocasiones anteriores, bajaron en la calle. Ono descendió primero. Lennon, cargando las cintas de Walking on thin ice, salió por el lado izquierdo del auto y tuvo que caminar más.
Habiendo traspasado la entrada, escuchó un leve susurro. “¿Mister Lennon?”. Este volteó y colocó el foco de su mirada miope en la oscuridad. Ya en posición de combate, a metro y medio de distancia, Champan le disparó cinco tiros: dos entraron por la espalda y salieron por el pecho; uno le tocó el cuello, los otros dos lastimaron su hombro izquierdo.
En los primeros segundos, Ono no se dio cuenta de que su esposo estaba herido: lo veía a contraluz y éste seguía caminando hacia ella. “Me han disparado”, aulló Lennon, antes de caminar desesperado hasta la caseta de vigilancia, en la mitad del pasillo, y desplomarse por completo. Ono no paraba de dar alaridos. Los vigilantes llamaron frenéticos a la policía, que apareció apenas a los cinco minutos. Champan se había quedado de pie frente al edificio. Soltó el revolver y leía The catcher in the rye (el Guardian entre el centeno), el libro que, según confesara después, le inspiró a cometer el crimen. “¿Sabe usted lo que acaba de hacer?” le grito alterado el portero Jay Hastings. “Acabo de matar a John Lennon”, le respondió. Cubierto con una chaqueta, Lennon apenas estaba consciente: intentó hablar y vomitó una substancia carnosa. Otra patrulla llegó inmediatamente. Los funcionarios le quitaron la chaqueta del vigilante y, contra los deseos de Ono, voltearon su cuerpo boca arriba para poder cargarlo. “No ví más que rojo”, declaró después David Moran.
Chapman fue apresado y Lennon llevado a toda velocidad al Roosvelt Hospital. Varios transeúntes pudieron ver como el superastro era cargado hacia la patrulla con la boca sangrante. En el otro automóvil, Ono no paraba decir “No es verdad; díganme que no es cierto”. Con aquella leyenda en sus rodillas, el inspector Anthony Palma, acompañado de Moran, le susurró al oído “¿sabe usted quien es?” Lennon asintió levemente.
En la emergencia del hospital, el jefe de la guardia, Sthepen Lynn, fue notificado: John Lennon acababa de ser tiroteado. Recibió un sujeto sin lentes, despeinado, bañado en sangre, sin pulso y sin respiración. No se lo creía. Su desconcierto fue tal, que le registró la cartera para asegurarse: pudo ver su identificación y los mil dólares que llevaba. Llevaba la misma chaqueta de cuero y el sueter negro que lo retrataba sonreído y lleno de vida cinco horas antes. Trabajaron duro durante 20 minutos intentando resucitarlo con electroshock. La verdad es que, al ingresar, ya había muerto. Eran las 11 y media de la noche.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Sobre Mario Vargas Llosa

Lo que más le admiro a Mario Vargas Llosa es que se atreve a equivocarse. No opina el ahora Nóbel peruano prevalido de su prestigio como escritor ni desde el Olimpo de su bien ganada respetabilidad. No esconde lo que le molesta, no teme ser refutado, no le importa despeinarse, no elude la comprensión de ningún tema. No pide salvoconductos para asumir el riesgo –trocado en responsabilidad- de mojarse: desenvaina su espada cuando lo considera necesario, siempre dispuesto a correr el riesgo de que su investidura salga salpicada en el combate.

Tampoco busca, por suerte, la guarida de ciertos intelectuales y héroes de masas de ésta hora, habitualmente vinculados a la industria del entretenimiento. Estos que sistemáticamente dejan pasar circunstancias enojosas, pendientes únicamente de ser mimados por el público para hacer realidad la imposible encomienda de que todo el mundo los quiera mucho.

Personajes a los que, paradójicamente -por tratarse de personas leídas-, “les fastidia la política”, que le tienen pánico a los incordios, para quienes la cultura constituye una suerte de arreglo floral y los entornos problemáticos que viven otros son sencillamente un estorbo. Demasiado pendientes del aplauso inmediato.

Pienso que el de Vargas Llosa es un atributo consecuencia directa de una exigente ética persona, resultado de un robusto ejercicio intelectual con anclaje en todos sus extremos. Si algo no hace Vargas Llosa es callarse. La aproximación a la comprensión del devenir humano en los términos que, personalmente, estimo correctos: la política como plataforma más fiable al hecho cultural. La ruptura con el fuero doméstico; el interés en el hecho público; la convicción de que es necesario formar parte de la solución, la fe inquebrantable en el futuro de la espacie humana a partir de la apropiación armónica de los elementos de la naturaleza. En su puesto, y articulados a la perfección, la concordancia entre lo que se dice, lo que se piensa y lo que se hace.

Todo lo cual, además, ha hecho de Vargas Llosa, a más del escritor sobresaliente que todo el mundo conoce, un brillante reportero. Entre sus muchos atributos, es éste un costado más bien poco comentado de su perfil público. Se filtra de manera a veces evidente en sus obras: para muchos, la Fiesta del Chivo, acaso su mejor novela, es, ante todo, un gran reportaje de investigación.

Y aunque podría hacerlo, no se aproxima a la realidad este escritor únicamente desde hoteles parisinos ni desde los nada arriesgado dominios de barriadas como Soho o Lavapies. Como sabemos, son éstos los espacios favoritos de ciertos sectores progresistas de caviar, algunos de ellos periodistas, irónicamente los críticos más fieros de las posturas del ahora Premio Nobel. Portador involuntario de una insaciable curiosidad, ha hecho Vargas Llosa lo necesario par trasladarse a la Franja de Gaza, a Bosnia a Sudáfrica, para enterarse de primera mano sobre lo que en estos parajes sucede y ofrecer unas impecables crónicas de dominios perturbados y llenos de tormento, en los cuales se jugaron y se juegan algunos de los dilemas de la humanidad en ésta hora.

En lo obtenido a partir de estas indagaciones, no ha tenido Vargas Llosa remilgos en elaborar contundentes alegatos en contra del proceder de algunos estados con los cuales tiene amistad, como sucede con Israel. Ha sido gracias al testimonio de una pluma que está libre de cualquier sospecha que buena parte de la opinión pública universal, acostumbrada a las reflexiones binarias y las simplezas, ha podido comprender en su total dimensión las atrocidades cometidas por el estado judío en Gaza y Cisjordania invocando la lucha contra el terrorismo. No ha sido obstáculo su declarada amistad con el sionismo ni su relación personal con algunos primeros ministros hebreos para colocarse en la delicada misión de decir la verdad y denunciar lo punible. Los reportajes de la Franja de Gaza, junto a los de la Guerra en Bosnia, han sido de los más completos y deslumbrantes que me he leído en toda mi vida.

Se le acusa a Vargas Llosa se “ser de derecha”. Pues desde donde se ubique, aunque sea a la derecha, ha sentenciado con una claridad superior a la de cualquiera no sólo a los Castro y a los Ortega, sino a Pieter Botha y al Augusto Pinochet. Al Pinochet que sí aplauden a escondidas ciertas frivolidades empresariales. No podemos decir lo mismo de algunas vocerías que están a su izquierda: retratistas que se derriten ante hombres fuertes incapaces de llamar a las cosas por su nombre para seguirle rindiendo tributo a los delirios de la adolescencia.

Muchas veces me ha irritado Vargas Llosa. También yo he sido uno de sus críticos. Con una frecuencia apreciable no estoy de acuerdo, o no estoy del todo de acuerdo, con lo que dice. Sus colofones no dejan de parecerme reiterativos, a veces me parece que su apasionamiento lo lleva a cometer torpezas graves. Su neoliberalismo parece irremediable y su convicción en la obra terapéutica de los mercados ha sido contestada una y otra vez por los efectos de la realidad.

Nada de esto me impide afirmar, sin embargo, que estamos en presencia, no sólo de un gran novelista, sino de uno de los intelectuales más completos de la contemporaneidad.

Un comportamiento público que constituye una semblanza a la comprensión de la libertad. Como el mismo lo diría: de los desafíos de escoger en la vida la cultura de la libertad.

jueves, 18 de noviembre de 2010

El Cine Nacional y su Hora Cero

También yo creo que la Hora Cero es una muy buena película. La encomienda de sus actores es cumplida de manera brillante; los detalles técnicos son sobresalientes; algunas secuencias en la calle –especialmente la primera persecución- tiene una factura que, en mi modesto criterio, están ejecutada con maestría.

Son sobrepasadas cotas previas del cine nacional. Felizmente, queda confirmada una clara tendencia al crecimiento de historias y propuestas.

Entre sus actores, el elenco que encarna a la banda de malandros que perpetra el secuestro debe llevarse todos los aplausos del proyecto. Caminaron de la mano de un guión cruzado de giros hilarantes, que discurren con mucha solvencia en medio de la tragedia. Es un film emocionante, con un guión que se hizo creíble y logró salir relativamente airoso de los nudos que le planteó al público.


Recrea La Hora Cero a dos sucesos que efectivamente tuvieron lugar en la Venezuela de los años 90. La huelga general de los médicos de finales de 1996 y la toma de rehenes del Urológico San Román, unos meses antes. Dos episodios infelices, que recrean la decadencia de la Venezuela contemporánea y el lento colapso de eso que ahora llamamos la IV república.

Yo no puedo dejar de advertir, sin embargo, cómo de un tiempo a esta parte, a los directores del cine nacional –y eso incluye al de está película- se les nota el apuro por retratarse peinados frente al lente del gobierno. Observo demasiado celo en obtener 20 en conducta en esa boleta que expide el Ministerio de la Cultura.

Recapitulemos: un escuadrón de policías extorsionados por un político sin escrúpulos, capaz de mandar a matar al hijo que concibió con una doméstica a la que desprecia como si fuera un animal, todo con el objeto de que su esposa no se entere de sus andanzas. Una banda de malandros que termina conformando un elenco de justicieros y provocan una poblada frenética; unos médicos clasistas, ocupados únicamente de sus honorarios. Unos periodistas prostituidos, capaces de entregar su dignidad por una noticia, con una presentadora de televisión amarillista que cambia de postura conforme recibe órdenes de los poderes fácticos.

Demasiadas caricaturas, demasiadas simplificaciones ofensivas al mismo tiempo. Parecen éstas reflexiones de Farruco Sesto. Un atajo de simplezas y ardides folletinescos disueltos en un film que, - repito, porque no lo dudo- tiene indiscutibles meritos formales.

Se argumentara que se trata ésta de una obra de ficción. No lo es: no sólo son los sucesos que inspiran la historia hechos comprobadamente ciertos, sino que son múltiples las insinuaciones y guiños que le hacen las instituciones, cuerpos policiales y canales de televisión a la realidad. Comenzando por la toma que relata las notas de prensa del comienzo.

El ejemplo de La Hora Cero no es aislado. Todo lo contrario: es sintomático. No es la primera vez que uno va al cine de forma desprevenida, feliz ante la buenas nuevas que, de un tiempo a esta parte, viene ofreciendo el cine nacional, para toparse, encapsulados y disueltos en una historia convincente, éstos ardides recalentados de encapuchado sin oficio.

El régimen anterior cometió toda suerte de tropelías, eso nadie lo discute. Es una realidad con pruebas tangibles: no tendríamos en un ministerio de la Cultura a un sujeto como Sesto de no haber tenido la infeliz sucesión de gobiernos del tiempo reciente. Una cosa es consecuencia de la otra.

Pero el régimen anterior, al menos, estaba dispuesto a examinar sus miserias y las del país sin imponerle a nadie cánticos alegóricos como condición previa. Todo lo contrario: la guanábana aprobaba en el viejo Congreso Nacional recursos para financiarle las reflexiones a Román Chalbaud y a Rodolfo Santana. Dicterios descarnados, con frecuencia muy ciertos, que llegaban a la ofensa personal. Yo me pregunto si un gobierno como éste, que le encanta posar de libertario, sería posible presentar en cartelera una versión a la inversa de, por ejemplo, un panfleto tan ausente de disimulos como Amaneció de Golpe.

¿Qué tal una película sobre la lista Tascón; sobre la obediencia debida en la administración pública; sobre los matones que amedrentan a la ciudadanía con camisas rojas en las calles; sobre el caso de Guido Antonini Wilson? ¿Que tal una comedia sobre los limites de la adulancia? Claro: no habría dinero y no habría proyecto. El dueño de los guantes, el bate y la pelota recogería sus pertrechos; no habría juego para nadie

El atajo que toma La Hora Cero está confeccionado una forma bastante peculiar y eplíptica de cuadrarse con las circunstancias. Repito: no es la primera vez. Reflexiones subliminales y metamensajes pensados para gente desprevenida