Hace escasos cinco años Facebook no existía. Hoy, una vez a la semana, termino cediendo a sus narcóticos efectos, a la fecha en un claro entredicho, atendiendo el remoto llamado de una ya atenuada compulsión gregaria, y me meto en sus páginas. La determinante mayoría de las veces para no conseguir nada especialmente relevante. Una y otra vez, la conclusión es la misma: el otrora delicioso garbo cotidiano de Facebook, al menos para mí, ha entrado en crisis.
Si hago una interpretación general y aplico una consideración extensa, tengo que concluir que, con todo, sigue siendo esta una herramienta que tiene todavía su relevancia vital. Una importancia que conserva su pomposo apellido: es estratégica. Gracias a Facebook he podido ubicar afectos perdidos de capítulos de mi vida superados, personajes importantes que había perdido, de los que siempre quise volver a saber, y pergeñar sus fotos, y tenerlos ahí capturados, sin una finalidad específica, y figurarme, incluso sin tener que preguntarles, qué ha sido de sus vidas. Está abstracción virtual es, en muchos casos, el único punto que tenemos en común.
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Allí están, a la mano, muchos de los amigos que no tengo cerca, que viven fuera de Venezuela, ahora que la migración se ha convertido en un hábito cultural de moda. Próximos, vecinos, cada uno de ellos metido en el módulo del país que ha escogido para vivir, habitando conmigo un espacio cultural y afectivo que se ha convertido en una especie de república virtual compartida. Afortunadamente están ahí, y afortunadamente está Facebook para hacerlo posible.
Porque si Twitter es un dominio público, una especie de ágora, una trinchera para escupir taquitos retóricos amontonada en unos cuantos caracteres, también con su irresistible encanto, Facebook sigue siendo, con todo, un espacio personal. Una libreta telefónica sin teléfonos. En mi red de contactos hay una especie de cláusula, seguramente compartida por muchos como política: no abrirle la puerta a desconocidos. Acepto amigos nuevos aplicando el parámetro mínimo universal del derecho: “vista, trato y comunicación”.
Ahí está, pues, Facebook, el mecanismo perfecto en la víspera de unas elecciones, de vez en cuando ofreciendo algún relieve que le devuelva el menguante interés. De todas formas, algunos amigos importantes siguen renuentes a alistarse en la red del reinado de los amigos. De viva voz, me lo han confesado: no soportan portar una membresía en la cual, por definición, todo el mundo tenga que ser “amigo”. El postulado es demasiado gallo.
Mi lista personal amistades disidentes ha conocido, en el tiempo reciente, algunas deserciones importantes, porque la presión social los obliga, pero en muchas ocasiones el efecto es el mismo: ingresan, colocan su foto, se aburren de lo que en ocasiones parece una versión electrónica de un “notiexpress”, reciben de intercambio dos chocolates virtuales que no han pedido, y dejan su cuenta disecada antes los ojos de los demás. A algunos de los afectos más importantes de mi vida los tengo, por diversos motivos, muy lejos de mi red personal. Tendrán todos sus pareceres y matices sobre el impacto político de las comunidades virtuales propalando, como en el mundo árabe, la buena noticia de la libertad.
Me voy a estudiar, quedé de nuevo en estado, noche de panas en casa de Josefina, qué bella esa bebeeeé, que bellas somos, amigui, qué éxito. Eso es Facebook. Un universo en el cual no existe el incordio. Grandes amistades de otros momentos, novias viejas, niñas que se hicieron señoras, mujeres bellas sobre las cuales más nunca se había sabido nada, todos mostrando sus fotos, muertos de la risa, optimistas a todo evento, afortunadamente todos, o casi todos, vivos y dando la pelea.
Gracias a su escasez en audacia y a su inexplicable vocación para la navegación sobre lo obvio, se ha convertido éste, por cierto, en un anticuerpo perfecto para que se atenúen los efectos de las cadenas con reflexiones insustanciales, vigentes a principios de la década anterior en las cuentas personales de la gente. Si algún conocido suyo no resistía las ganas de expresarse llenándole la cuenta Hotmail con poesía apócrifa de un Borges hablando como Pablo Coelho, debe estar tranquilo: para él ya llegó Facebook. El daño igual ya está hecho: las cadenas migraron a los celulares y el correo se le llena de basura con mensajes corporativos y cursos de inglés.
Resultó que, contrariamente a lo que llegamos a pensar muy al principio, en Facebook nadie desentraña matices ni a descubre secretos. Es precisamente al revés: este es el universo de lo ya sabido. Todos aquí, todos juntos, todos al mismo tiempo. El “bing Bang” financiero aplicado al universo de la cultura y la comunicación. Todos felices. Como José Visconti: a sacarla de jonrón. “Nadie es tan feo como aparece en su cédula ni tan buenmozo como sale en Facebook”. No está permitido el veneno y es necesario tener un agudo sentido de la diplomacia. Este el reino de la felicidad. Resultó que, cuando entro a Facebook, estoy presenciando la vida de mis amigos en horario todo público. Disney Channel. La vida en Facebook es A. “Quince años con mi esposito: más felices que Michael Landon”: “felicidades amigui”; “que sean muchos más”; “que belloooosssss”; “el matrimonio es la base de la sociedad”, “qué éxito”.
Esos cuadrantes genéricos, esa sobredosis de acuerdo, ese remanente de consenso, esa deuda perpetua con la palabra incordio, esa pinta de cartelera de corcho de curso de inglés en Vancouver, hace a Facebook, en contrapartida, un lugar muy peligroso para polemizar. En el Twitter las ideas están condenadas a salir a defenderse solas, afeitadas, compactas, gobernadas por la precesión, sin pelambre subordinada y sin mohines urbanos. Después usted decide si contesta. Facebook pocas veces entiende sobre la legitimidad de las discusiones. Es muy fácil ponerse antipático.
Una inquietud que tenga sus matices, una duda que queremos intentar encaminar, una oración expresada de forma medianamente incompleta, una más de las miles de verdades a medias que masticamos todos los días en compañía del resto de la gente, puesta sobre el tablero para ser considerada sin pasiones, lo conducirá inevitablemente a colocarse en el peor de los mundos posibles: a defenderse de una cosa que usted no ha afirmado. En el reinado virtual del amor hay mucha gente que no encuentra donde desahogar sus ganas de discutir cualquier nimiedad. Como es este un espacio para entenderse, es el universo del malentendido. Intercambios farragosos y agónicos, a veces incluso imposibles de comprender, parados sobre un supuesto que no existe, en los cuales su contertulio pasará a explicarle el significado de un asunto sobre el que usted no se ha pronunciado. Sobre el cual terciará una nueva voz para adulterar, a su vez, todo lo que había quedado dicho.
En fin, ese es el juego, y esas son sus reglas. Las herramientas son así: yo no me puedo cepillar los dientes con una sierra eléctrica y terminar echándole la culpa de lo que me hizo en las encías.
A veces me figuro que dentro de poco aparecerán modalidades más sofisticadas de integrar redes sociales, haciendo mucho mejor lo que ésta intenta: interpretando en toda su dimensión el carácter global de nuestras vidas. Por lo pronto me limito a documentar cómo me ha ido con ésta: el único reducto palpable que tengo, en el cual, con sus excepciones, están desfilando todos mis anillos anecdóticos.
Ese sabor a balance le otorga a Facebook, a veces, unos gramos adicionales de peso específico. Los amigos más cercanos y la gente que apenas conozco de vista. Mis afectos más remotos: Maiquel Capeans, de San Ramón a Chimborazo. La primaria, el bachillerato. La decisiva era de la universidad. Mis viajes juveniles. Mis amigos puertorriqueños. Mi vida laboral en todas sus etapas, con sus tribulaciones actuales. Mis relaciones sentimentales, mi esposa y mi hija. A algunos los veo en el chat y ni siquiera me atrevo a saludarlos. Lo más probable es que ya no tengamos nada más qué decirnos. Puede que sea suficiente con el acto de presencia de sus nombres. Jamás he colgado una foto en Facebook. No ha hecho falta: con las que han puesto los otros hay un trazo grueso, suficientemente descriptivo, de lo que yo soy hoy.
Los veo a todos en mi lista, los nombres que me he cruzado en cada tramo existencial, con sus historias y su variable importancia. Son ellos, sin que lo sepan, colocados en esa secuencia arbitraria, los que están contando por tramos, de forma modular, como lo hizo Cortázar en Rayuela, qué ha sido de mi vida. Un juego de memoria, unas postales con nombre, una suma de cromos. Un absurdo papel de coleccionista.
Facebook podrá fenecer. Las redes sociales si tienen un camino largo por andar. Migraremos a otras redes, seguiremos caminando, nos llegarán los nietos, nos tocará irnos. Esas postales de recuerdo que hoy nos aburren por insustanciales es el pelo que nos va a seguir creciendo: cumpleaños, fotos, efemérides y saluditos. En Internet tendremos fe de vida aún estando ausentes. Esa forma curiosa de adulterar la realidad que a veces denominan la poesía. Nadie pensó en la muerte cuando conoció Facebook. No pensamos en esas cosas.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
miércoles, 19 de octubre de 2011
la televisión "honesta"
(publicado en la columna Placebo, de Urbe Bikini, Octubre de 2011)
Lupita Ferrer, Cecilia Villarreal, Raúl Amundaray, Elluz Peraza, Martín Lantigua, Eduardo Serrano, Gilberto Correa: los personajes de la televisión de antaño lucían imposibles. Formales, distantes, amables, asépticos, perfectos. Despachando autógrafos con noble desprendimiento; saludando desconocidos con una media sonrisa.
No existía para un niño de fines de los años setenta una emboscada más sensacional que toparse con un artista de la televisión. Una figura sonreída, la elipsis exacta de lo ideal, desplazándose entre la audiencia con una fingida humildad y una calculada sensación de dominio. Vista de cerca, además, portadora del hechizo del color: las pantallas eran aún en blanco y negro. Distinguidas e imperturbables, siempre especiales, con una elegancia a prueba de balas.
Como nicho natural de toda idea del espectáculo, la televisión era el universo de la perfección. No en balde, el dominio del reinado de nociones como “escena” y “ensayo”. Justo ahí donde encuentra su asiento, sin incordiar, la palabra impostura. La televisión, y el teatro también, son el universo en el cual tiene su residencia la palabra ilusión. La dimensión de la percepción donde no había espacio para las groserías, las impudicias, las miserias humanas o la ausencia de estética. Todos sus integrantes, “estrellas”: acostumbrados a ser mimados por la audiencia
En mi caso, la edad de la inocencia, como en todo transcurso vital, comenzó en el cine, sobre los 13 años, remontado el umbral de la censura B. Yo no puedo negar la pequeña sensación de escándalo que a mi produjo, en las primeras de cambio, aquellos policiales nacionales en los cuales Alicia Plaza enseñaba sus senos o Jean Carlos Simancas imprecaba a su esposa y sus hijos con el típico hablar grueso de un funcionario cualquiera. Similar al celofán que queda roto cuando dejamos atrás a nuestros circunspectos profesores de la primaria, todo el tiempo amonestando nuestro vocabulario soez, para abordar a los informales y desmañados del bachillerato: con frecuencia más groseros que los mismos alumnos.
No podía ser de otra manera. Queda claro que el polifuncional oficio del actor es cualquier cosa menos vaporoso. Tan sofisticado y sórdido como la vida misma. La ruptura del himen y el comienzo de las impurezas conocen su génesis desde el famoso “mucha mierda” que unos se desean a otros antes de saltar a la escena: es el santo y seña que los entendidos en el oficio usan de amuleto antes de enfrentarse al dictámen del público.
La llegada de la década anterior se trajo al remolque todo un siglo. Uno de los matices fundamentales de los espectáculos masivos y la audiencia ha sido, más bien, poco comentado. Los famosos “realitys” consolidaron una tendencia que se ha transformado, de manera irreversible, en el derrotero de la televisión actual. La pantalla ha dejado atrás el señorío y la calidez reinantes hasta los años setenta para sostener con el espectador una relación igualitaria, transparente, más bien mal educada: muy similar a la calle. Mucho más honesta con el público.
Groserías, sexo, mofas al poder político, confesiones, estridencias e indiscreciones domésticas de todo calibre. El día en el que Alicia Machado hizo el amor con un participante de El Gran Hermano ante toda la audiencia española llegó a su punto de condensación el cariz de la pantalla de hoy.
Esta es una tendencia que ya tenía años de vigencia en el mundo desarrollado: lo cierto es que, al multiplicarse las señales de cable y consolidarse las postales fractales de youtube, con sus infidencias por tomas, la televisión “verdadera”, brutalmente honesta, parece haber llegado para quedarse. La han conquistado, probablemente para fortuna de todos, los malos modales.
Lupita Ferrer, Cecilia Villarreal, Raúl Amundaray, Elluz Peraza, Martín Lantigua, Eduardo Serrano, Gilberto Correa: los personajes de la televisión de antaño lucían imposibles. Formales, distantes, amables, asépticos, perfectos. Despachando autógrafos con noble desprendimiento; saludando desconocidos con una media sonrisa.
No existía para un niño de fines de los años setenta una emboscada más sensacional que toparse con un artista de la televisión. Una figura sonreída, la elipsis exacta de lo ideal, desplazándose entre la audiencia con una fingida humildad y una calculada sensación de dominio. Vista de cerca, además, portadora del hechizo del color: las pantallas eran aún en blanco y negro. Distinguidas e imperturbables, siempre especiales, con una elegancia a prueba de balas.
Como nicho natural de toda idea del espectáculo, la televisión era el universo de la perfección. No en balde, el dominio del reinado de nociones como “escena” y “ensayo”. Justo ahí donde encuentra su asiento, sin incordiar, la palabra impostura. La televisión, y el teatro también, son el universo en el cual tiene su residencia la palabra ilusión. La dimensión de la percepción donde no había espacio para las groserías, las impudicias, las miserias humanas o la ausencia de estética. Todos sus integrantes, “estrellas”: acostumbrados a ser mimados por la audiencia
En mi caso, la edad de la inocencia, como en todo transcurso vital, comenzó en el cine, sobre los 13 años, remontado el umbral de la censura B. Yo no puedo negar la pequeña sensación de escándalo que a mi produjo, en las primeras de cambio, aquellos policiales nacionales en los cuales Alicia Plaza enseñaba sus senos o Jean Carlos Simancas imprecaba a su esposa y sus hijos con el típico hablar grueso de un funcionario cualquiera. Similar al celofán que queda roto cuando dejamos atrás a nuestros circunspectos profesores de la primaria, todo el tiempo amonestando nuestro vocabulario soez, para abordar a los informales y desmañados del bachillerato: con frecuencia más groseros que los mismos alumnos.
No podía ser de otra manera. Queda claro que el polifuncional oficio del actor es cualquier cosa menos vaporoso. Tan sofisticado y sórdido como la vida misma. La ruptura del himen y el comienzo de las impurezas conocen su génesis desde el famoso “mucha mierda” que unos se desean a otros antes de saltar a la escena: es el santo y seña que los entendidos en el oficio usan de amuleto antes de enfrentarse al dictámen del público.
La llegada de la década anterior se trajo al remolque todo un siglo. Uno de los matices fundamentales de los espectáculos masivos y la audiencia ha sido, más bien, poco comentado. Los famosos “realitys” consolidaron una tendencia que se ha transformado, de manera irreversible, en el derrotero de la televisión actual. La pantalla ha dejado atrás el señorío y la calidez reinantes hasta los años setenta para sostener con el espectador una relación igualitaria, transparente, más bien mal educada: muy similar a la calle. Mucho más honesta con el público.
Groserías, sexo, mofas al poder político, confesiones, estridencias e indiscreciones domésticas de todo calibre. El día en el que Alicia Machado hizo el amor con un participante de El Gran Hermano ante toda la audiencia española llegó a su punto de condensación el cariz de la pantalla de hoy.
Esta es una tendencia que ya tenía años de vigencia en el mundo desarrollado: lo cierto es que, al multiplicarse las señales de cable y consolidarse las postales fractales de youtube, con sus infidencias por tomas, la televisión “verdadera”, brutalmente honesta, parece haber llegado para quedarse. La han conquistado, probablemente para fortuna de todos, los malos modales.
lunes, 10 de octubre de 2011
Los discursos de El Zorro
Alonso Moleiro
El seriado de El Zorro grabado en los estudios Disney, eternamente transmitido en la televisión vespertina, debe ser la producción más antigua que tiene disponible la pantalla local. Cuando sus primeros capítulos comenzaron a emitirse, en 1957, en Venezuela todavía gobernaba Marcos Pérez Jiménez. Toda la televisión era, de hecho, un suceso bastante reciente. No había llegado el hombre al espacio; Kennedy apenas acariciaba la idea de ser candidato; John Lennon y Paul McCartney eran dos adolescentes que se estaban conociendo.
Algunos actores que luego se hicieron celebridades, como Richard Anderson (el Oscar Goldman, de “El Hombre Nuclear”); Johnattan Harris (el pérfido doctor Zachary Smith de “Perdidos en el Espacio”), y César Romero, el postrero “Guasón” de Batman, daban entonces sus primeros pasos en la industria.
Pasan y pasan los años y ahí están sus secuencias, convertidas en un loop, sobreviviendo a todas las tardes y los avatares posibles. Ya pasó de padres a hijos, de tíos a sobrinos, y pronto lo hará de abuelos a nietos. Hace mucho que, en materia de longevidad, dejó atrás a otros seriados contemporáneos, como El Llanero Solitario o Rin Tin Tin, hoy casi disueltos en la memoria de los más adultos, e incluso a los posteriores, los que prometían actualidad y futuro: Tierra de Gigantes, Viaje al Fondo del Mar, Viaje a las Estrellas, Kojak, Starsky and Hutch, TJ Hooker o Miami Vice.
Como no deja de ser transmitido en la tele, El Zorro no trae consigo pasivos generacionales al momento de ser invocado. A nadie “se le cae la cédula” por aludirlo. Este vetusto proyecto sigue siendo hoy completamente pertinente en una conversación casual. El acompañante perfecto en la víspera de la cena, cuando el día se hace tibio y el tráfico encuentra su punto de condensación. Casi siete décadas en la cuales millones de seres humanos, vivos y muertos, han evadido sus tormentos y apuros cotidianos colocando la atención en aquel entrañable seriado de aventuras y nudos argumentales en los cuales el bien, como corresponde, siempre triunfa.
Una cálida textura lograda con el insuperable doblaje en las escuelas mexicanas, vigente por igual en Belice y Paraguay, en Puerto Rico y Chile y una resolución sensiblemente mejorada con la colorización de 1992.
Aquellos remotos dominios a caballo y carreta de la California española de mediados del siglo XIX son recreados para contarnos las andanzas de un superhéroe también encapotado, como otros colegas suyos del universo mediático, pero portador de un historial al cabo más sensata y verosímil. El Zorro no vuela, no dispara rayos, no habla bajo el agua y no puede colocar en reversa el giro de la tierra en un arranque de cólera. Todo lo cual le permite morder una parte del público adult: estamos en presencia de un intrépido que parece tener claro que la inmortalidad no existe.
No se trata únicamente de que sea esta una serie de una longevidad insólita y poco comentada. En los estudios Disney, la cadena ABC logró, además, que ninguna otra versión anterior ni posterior de El Zorro tuviera la carga simbólica y la legitimidad que el proyecto en cuestión, que parece haberse ganado para siempre una suerte de “denominación de origen”. No hay otro Zorro que no sea éste, auténticamente hispanófilo y mexicano, el del rasgado del arpa para armonizar las caídas. Ni Alain Delón, ni muchísimo menos Antonio Banderas.
Un joven apuesto y sonreído, condenado a caerle bien a cualquiera, Guy Williams, caracteriza al “patiquin” Diego de la Vega. Gene Sheldon, actor y además mimo de profesión, interpreta a Bernardo, su mayordomo y ayudante, un aporte específico de esta popular versión, el sordomudo que le sirve de contrapunto a todas las coartadas de El Zorro, palanca perfecta para hacer relativamente creíbles los ardides del superhéroe. Tampoco hay reemplazo posible para el más entrañable de todos los villanos, Henri Calvin, el icónico Sargento García, quien, además, en vida, fue un cantante lírico que pudo interpretar varias tonadas incidentales para la serie.
II
Se ha acusado siempre a los seriados americanos de ser portadores de penetrantes metadiscursos con complejos significantes ideológicos en casi todas sus series de entretenimiento, encubiertos detrás de una aparente proposición recreativa y sin intenciones ulteriores.
Toda la vida hemos escuchado cierta cantaleta de protesta desde las telarañas de algunas cavernas de la izquierda clásica: relatos atractivos y personajes a través de los cuales El Pentágono monta laboratorios para propalar sus valores, fomentar odios y drenas sus miedos. Ridiculizar a sus adversarios y fundamentar, con ejemplos cotidianos, las bondades de su estilo de vida.
El Capitán America, Superman, Tarzán, Mickey y el Llanero Solitario. Aunque la discursiva de la poderosísima industria del entretenimiento estadounidense es bastante menos inocente de lo que pretende, pienso que el postulado anterior es una verdad a medias. Un análisis que corresponde, sobre todo, a los confines históricos de la Guerra Fría. Algunas de las posturas que traen consigo sus historias (el enorme componente racista de Tarzán; el epicentro patriotero del Capitán América) han ido caducando conforme ésta y otras sociedades ha ido mudando pieles y orientando sus intereses a otros objetivos. Los creativos de la cultura de masas de este momento no son, ni en un millón de años, los mismos de la mitad del siglo XX.
Estados Unidos, como todo occidente, ha surcado el siglo XX sometido a traumáticos procesos de aprendizaje, especialmente a partir de los años 60. Para empezar, habría que dejar sentado que uno de los objetivos fundamentales para la mofa de los creativos de Hollywood ya no se ubican en el extrarradio, ni en sus minorías nacionales: residen en la propia sociedad Wasp. Homero Simpson o Al Bundy, el de Casado y con Hijos.
III
En su tránsito por las pantallas y el cine, sobreponiendose por cuenta propia a todos los cambios políticos posibles, sin embargo, la proposición de fondo de El Zorro, anclada en la discusiva de la mitad de la década anterior, ha podido transcurrir sin ser objeto de grandes señalamientos. Casi podríamos decir que ha transitado décadas enteras relatando una historia con un margen importante de impunidad.
Comencemos por el entorno: la vida de Diego de la Vega y Don Alejandro, su padre, transcurre en la California española y su periferia. Un espacio geográfico que comprende, en el caso de la serie, además de la actual baja California mexicana, los extremos de las poblaciones de Monterrey y Los Angeles, pero que, en un sentido más general, todo el ámbito hispánico que perteneció a México y que hoy está en los Estados Unidos. Los estados de Nevada, Colorado, Arizona, Nuevo México y Texas.
Ahí vive Don Diego, un aparentemente inofensivo propietario respetado por su posición económica y su abolengo, y habita El Zorro, su otro yo, un intrépido espadachín que se divierte citándose con el riesgo. En su peregrinaje, enderezando entuertos, El Zorro es la vía libre para hacer justicia en un entorno en el cual la justicia no existe. Pero no es la justicia americana: es la justicia española.
Estamos en un momento en el cual estos dominios pertenecen a España. Asiento de un poder político corrompido e hipócrita, que oprime y humilla a sus ciudadanos, en el cual queda la escena servida para que un misterioso sujeto enmascarado se convierta la expresión cabal del sentimiento popular. El Zorro es un subversivo, el enemigo público número uno de aquel sistema de la opresión. Monasterios, García, Del Paso, Reyes, Méndez: las deleznables autoridades de la historia de El Zorro tiene nombres en castellano. Se trata, además, de villanos especialmente torpes e improvisados.
Sin hablar de política, sin gastar pólvora excesiva con elaboraciones sobre el contexto, sin hacer demasiadas alusiones a conflictos del extrarradio, sin nombrar una sola vez a los Estados Unidos, El Zorro sirve de pórtico para justificar por mampuesto el brutal despojo que los Estados Unidos hicieron a México del territorio en cuestión en algún momento del siglo XIX.
Estas tierras estarán mejor, pensarán algunas conciencias para poder dormir en paz, en manos americanas. En las decentes, honestas y eternamente justicieras manos estadonidenses.
El seriado de El Zorro grabado en los estudios Disney, eternamente transmitido en la televisión vespertina, debe ser la producción más antigua que tiene disponible la pantalla local. Cuando sus primeros capítulos comenzaron a emitirse, en 1957, en Venezuela todavía gobernaba Marcos Pérez Jiménez. Toda la televisión era, de hecho, un suceso bastante reciente. No había llegado el hombre al espacio; Kennedy apenas acariciaba la idea de ser candidato; John Lennon y Paul McCartney eran dos adolescentes que se estaban conociendo.
Algunos actores que luego se hicieron celebridades, como Richard Anderson (el Oscar Goldman, de “El Hombre Nuclear”); Johnattan Harris (el pérfido doctor Zachary Smith de “Perdidos en el Espacio”), y César Romero, el postrero “Guasón” de Batman, daban entonces sus primeros pasos en la industria.
Pasan y pasan los años y ahí están sus secuencias, convertidas en un loop, sobreviviendo a todas las tardes y los avatares posibles. Ya pasó de padres a hijos, de tíos a sobrinos, y pronto lo hará de abuelos a nietos. Hace mucho que, en materia de longevidad, dejó atrás a otros seriados contemporáneos, como El Llanero Solitario o Rin Tin Tin, hoy casi disueltos en la memoria de los más adultos, e incluso a los posteriores, los que prometían actualidad y futuro: Tierra de Gigantes, Viaje al Fondo del Mar, Viaje a las Estrellas, Kojak, Starsky and Hutch, TJ Hooker o Miami Vice.
Como no deja de ser transmitido en la tele, El Zorro no trae consigo pasivos generacionales al momento de ser invocado. A nadie “se le cae la cédula” por aludirlo. Este vetusto proyecto sigue siendo hoy completamente pertinente en una conversación casual. El acompañante perfecto en la víspera de la cena, cuando el día se hace tibio y el tráfico encuentra su punto de condensación. Casi siete décadas en la cuales millones de seres humanos, vivos y muertos, han evadido sus tormentos y apuros cotidianos colocando la atención en aquel entrañable seriado de aventuras y nudos argumentales en los cuales el bien, como corresponde, siempre triunfa.
Una cálida textura lograda con el insuperable doblaje en las escuelas mexicanas, vigente por igual en Belice y Paraguay, en Puerto Rico y Chile y una resolución sensiblemente mejorada con la colorización de 1992.
Aquellos remotos dominios a caballo y carreta de la California española de mediados del siglo XIX son recreados para contarnos las andanzas de un superhéroe también encapotado, como otros colegas suyos del universo mediático, pero portador de un historial al cabo más sensata y verosímil. El Zorro no vuela, no dispara rayos, no habla bajo el agua y no puede colocar en reversa el giro de la tierra en un arranque de cólera. Todo lo cual le permite morder una parte del público adult: estamos en presencia de un intrépido que parece tener claro que la inmortalidad no existe.
No se trata únicamente de que sea esta una serie de una longevidad insólita y poco comentada. En los estudios Disney, la cadena ABC logró, además, que ninguna otra versión anterior ni posterior de El Zorro tuviera la carga simbólica y la legitimidad que el proyecto en cuestión, que parece haberse ganado para siempre una suerte de “denominación de origen”. No hay otro Zorro que no sea éste, auténticamente hispanófilo y mexicano, el del rasgado del arpa para armonizar las caídas. Ni Alain Delón, ni muchísimo menos Antonio Banderas.
Un joven apuesto y sonreído, condenado a caerle bien a cualquiera, Guy Williams, caracteriza al “patiquin” Diego de la Vega. Gene Sheldon, actor y además mimo de profesión, interpreta a Bernardo, su mayordomo y ayudante, un aporte específico de esta popular versión, el sordomudo que le sirve de contrapunto a todas las coartadas de El Zorro, palanca perfecta para hacer relativamente creíbles los ardides del superhéroe. Tampoco hay reemplazo posible para el más entrañable de todos los villanos, Henri Calvin, el icónico Sargento García, quien, además, en vida, fue un cantante lírico que pudo interpretar varias tonadas incidentales para la serie.
II
Se ha acusado siempre a los seriados americanos de ser portadores de penetrantes metadiscursos con complejos significantes ideológicos en casi todas sus series de entretenimiento, encubiertos detrás de una aparente proposición recreativa y sin intenciones ulteriores.
Toda la vida hemos escuchado cierta cantaleta de protesta desde las telarañas de algunas cavernas de la izquierda clásica: relatos atractivos y personajes a través de los cuales El Pentágono monta laboratorios para propalar sus valores, fomentar odios y drenas sus miedos. Ridiculizar a sus adversarios y fundamentar, con ejemplos cotidianos, las bondades de su estilo de vida.
El Capitán America, Superman, Tarzán, Mickey y el Llanero Solitario. Aunque la discursiva de la poderosísima industria del entretenimiento estadounidense es bastante menos inocente de lo que pretende, pienso que el postulado anterior es una verdad a medias. Un análisis que corresponde, sobre todo, a los confines históricos de la Guerra Fría. Algunas de las posturas que traen consigo sus historias (el enorme componente racista de Tarzán; el epicentro patriotero del Capitán América) han ido caducando conforme ésta y otras sociedades ha ido mudando pieles y orientando sus intereses a otros objetivos. Los creativos de la cultura de masas de este momento no son, ni en un millón de años, los mismos de la mitad del siglo XX.
Estados Unidos, como todo occidente, ha surcado el siglo XX sometido a traumáticos procesos de aprendizaje, especialmente a partir de los años 60. Para empezar, habría que dejar sentado que uno de los objetivos fundamentales para la mofa de los creativos de Hollywood ya no se ubican en el extrarradio, ni en sus minorías nacionales: residen en la propia sociedad Wasp. Homero Simpson o Al Bundy, el de Casado y con Hijos.
III
En su tránsito por las pantallas y el cine, sobreponiendose por cuenta propia a todos los cambios políticos posibles, sin embargo, la proposición de fondo de El Zorro, anclada en la discusiva de la mitad de la década anterior, ha podido transcurrir sin ser objeto de grandes señalamientos. Casi podríamos decir que ha transitado décadas enteras relatando una historia con un margen importante de impunidad.
Comencemos por el entorno: la vida de Diego de la Vega y Don Alejandro, su padre, transcurre en la California española y su periferia. Un espacio geográfico que comprende, en el caso de la serie, además de la actual baja California mexicana, los extremos de las poblaciones de Monterrey y Los Angeles, pero que, en un sentido más general, todo el ámbito hispánico que perteneció a México y que hoy está en los Estados Unidos. Los estados de Nevada, Colorado, Arizona, Nuevo México y Texas.
Ahí vive Don Diego, un aparentemente inofensivo propietario respetado por su posición económica y su abolengo, y habita El Zorro, su otro yo, un intrépido espadachín que se divierte citándose con el riesgo. En su peregrinaje, enderezando entuertos, El Zorro es la vía libre para hacer justicia en un entorno en el cual la justicia no existe. Pero no es la justicia americana: es la justicia española.
Estamos en un momento en el cual estos dominios pertenecen a España. Asiento de un poder político corrompido e hipócrita, que oprime y humilla a sus ciudadanos, en el cual queda la escena servida para que un misterioso sujeto enmascarado se convierta la expresión cabal del sentimiento popular. El Zorro es un subversivo, el enemigo público número uno de aquel sistema de la opresión. Monasterios, García, Del Paso, Reyes, Méndez: las deleznables autoridades de la historia de El Zorro tiene nombres en castellano. Se trata, además, de villanos especialmente torpes e improvisados.
Sin hablar de política, sin gastar pólvora excesiva con elaboraciones sobre el contexto, sin hacer demasiadas alusiones a conflictos del extrarradio, sin nombrar una sola vez a los Estados Unidos, El Zorro sirve de pórtico para justificar por mampuesto el brutal despojo que los Estados Unidos hicieron a México del territorio en cuestión en algún momento del siglo XIX.
Estas tierras estarán mejor, pensarán algunas conciencias para poder dormir en paz, en manos americanas. En las decentes, honestas y eternamente justicieras manos estadonidenses.
martes, 13 de septiembre de 2011
Twitter, facebook
No deja de ser una ironía: cuando hicieron su aparición las redes sociales, muchas personas –y esto incluye a muchas personas sensatas- recibieron con un evidente desdén la novedad.
Nada nuevo bajo el sol, se pensaba: una fórmula algo más expedita para forjar ligues y amoríos automáticos a larga distancia. Espacios insustanciales, para exhibirse y socializar en torno a futilidades; galerías comunicacionales para las vanidades y el ego, que partieron de la discutible premisa de que el resto de la humanidad podía tener interés en las apreciaciones personales que un mortal presentado al detal estampara en unos cuantos caracteres.
La muletilla sermoneadora en torno a las inconveniencias de “el ego”, por cierto, no deja de tener su costado beato: parece proponer que, como criaturas de dios, los hombres debieran ser celosos custodios de su bajo perfilm y que detrás de esta decision personal subyace escondida una misteriosa -y nunca explicada- virtud. El entorno no deben ser desentrañado formulando sofismas ni haciéndose preguntas: para eso están las verdades reveladas. Nadie puede tener derecho a estar todo lo informado que le provoque, dejando sentado, además, el talante de sus opiniones personales ante los demás, sin rendirle un inconveniente y censurable tributo a su propio ego.
Mojigaterías retardatarias en torno a las cuales es menester responder con la frase de Fernando Savater en su Invitación a la Etica: “el ego es la palanca que permite al hombre apostar por su propia infinitud”.
Pues bien: se equivocaron los promotores de ésta actitud hastiada y superior. Poco importa, a éstas alturas, si el problema de twitter es que se trata de una galería de egos. Y si es tal cosa, en castellano clásico, habrá que agregar que mala leche.
Puede que no sean éstas fórmulas definitivas, porque más adelante seguramente aparecerán modelos más sofisticados, pero lo cierto es que, en este estado de la historia, tanto twitter como facebook, así, noveleras y banales, como lucían a primera vista, han alterado para siempre la dinámica de interrelación del hombre en sociedad y han producido una mutación que luce irreversible en el ejercicio cotidiano de la vida civil.
Sobre todo si reparamos en que, luego del declive de las utopías, la política, gracias a las comunicaciones, es una propiedad que, hoy más que nunca, está disuelta en las calles. Una granda fragmentaria cuyas esquirlas han tocado casi todos los ejercicios del devenir humano.
Las redes sociales han sido el paso más certero para articular una forma de comunicacional masiva verdaderamente democrática y casi absolutamente horizontal. Su matiz más importante es su naturaleza multidireccional: en éste reducto termina la dictadura el emisor. La tutela del aparato televisivo y el titular de prensa prescribiendo criterios sobre usuarios indefensos. Al quedar modificada la naturaleza del hecho comunicacional, quedan alterados también, de forma colateral, su naturaleza política y su concepción de poder.
En situaciones apremiantes, como sucedió en Egipto, ha evidenciado una naturaleza revolucionaria y potencialmente telúrica, y ésta propiedad no hará sino crecer conforme su uso continúe expandiéndose.
La comunicación es cultura; la política su aproximación más fiable; el poder político su desiderátum natural. Cuando todo ciudadano está comunicado y ejerce de forma soberana su fuero personal puede plantarle con solvencia cara a la modernidad. En un severo entredicho quedan los prejuicios, las consignas prefabricadas, los fetiches ideológicos. Todas las estupideces reñidas con la transparencia informativa y el progreso que se enmascaran bajo la engañifa de la tradición.
Constituyen las redes, además, el mentís más acabado a la jerigonza marxista, aún residual en estos predios, que insiste en postular que la comunicación de masas y las opiniones de las mayorías están y estarán irremediablemente gobernadas por corporaciones económicas que minan sus voluntades e imponen sus intereses de forma unidireccional sobre los demás, y que pretender la interactividad entre el emisor y el receptor en las comunicaciones del futuro es una ingenuidad.
Queda por completo rebasada, pues, esa incompleta aproximación inicial que tiene a las redes sociales como vectores exclusivos para conquistar amoríos o promover fruslerías en cadena.
Es este, como la televisión y la prensa, un instrumento, que como tal tiene sus condiciones y sus límites. No va a conocer su ocaso porque “pase de moda”, como creen algunos, o porque la gente se fastidie de usarlo cotidianamente: ha quedado demostrado con los hechos que basta que se produzca una noticia de impacto o alguien tenga un interés especial en dar a conocer una información para que cada quien le encuentre, otra vez, un nuevo significado.
Nada nuevo bajo el sol, se pensaba: una fórmula algo más expedita para forjar ligues y amoríos automáticos a larga distancia. Espacios insustanciales, para exhibirse y socializar en torno a futilidades; galerías comunicacionales para las vanidades y el ego, que partieron de la discutible premisa de que el resto de la humanidad podía tener interés en las apreciaciones personales que un mortal presentado al detal estampara en unos cuantos caracteres.
La muletilla sermoneadora en torno a las inconveniencias de “el ego”, por cierto, no deja de tener su costado beato: parece proponer que, como criaturas de dios, los hombres debieran ser celosos custodios de su bajo perfilm y que detrás de esta decision personal subyace escondida una misteriosa -y nunca explicada- virtud. El entorno no deben ser desentrañado formulando sofismas ni haciéndose preguntas: para eso están las verdades reveladas. Nadie puede tener derecho a estar todo lo informado que le provoque, dejando sentado, además, el talante de sus opiniones personales ante los demás, sin rendirle un inconveniente y censurable tributo a su propio ego.
Mojigaterías retardatarias en torno a las cuales es menester responder con la frase de Fernando Savater en su Invitación a la Etica: “el ego es la palanca que permite al hombre apostar por su propia infinitud”.
Pues bien: se equivocaron los promotores de ésta actitud hastiada y superior. Poco importa, a éstas alturas, si el problema de twitter es que se trata de una galería de egos. Y si es tal cosa, en castellano clásico, habrá que agregar que mala leche.
Puede que no sean éstas fórmulas definitivas, porque más adelante seguramente aparecerán modelos más sofisticados, pero lo cierto es que, en este estado de la historia, tanto twitter como facebook, así, noveleras y banales, como lucían a primera vista, han alterado para siempre la dinámica de interrelación del hombre en sociedad y han producido una mutación que luce irreversible en el ejercicio cotidiano de la vida civil.
Sobre todo si reparamos en que, luego del declive de las utopías, la política, gracias a las comunicaciones, es una propiedad que, hoy más que nunca, está disuelta en las calles. Una granda fragmentaria cuyas esquirlas han tocado casi todos los ejercicios del devenir humano.
Las redes sociales han sido el paso más certero para articular una forma de comunicacional masiva verdaderamente democrática y casi absolutamente horizontal. Su matiz más importante es su naturaleza multidireccional: en éste reducto termina la dictadura el emisor. La tutela del aparato televisivo y el titular de prensa prescribiendo criterios sobre usuarios indefensos. Al quedar modificada la naturaleza del hecho comunicacional, quedan alterados también, de forma colateral, su naturaleza política y su concepción de poder.
En situaciones apremiantes, como sucedió en Egipto, ha evidenciado una naturaleza revolucionaria y potencialmente telúrica, y ésta propiedad no hará sino crecer conforme su uso continúe expandiéndose.
La comunicación es cultura; la política su aproximación más fiable; el poder político su desiderátum natural. Cuando todo ciudadano está comunicado y ejerce de forma soberana su fuero personal puede plantarle con solvencia cara a la modernidad. En un severo entredicho quedan los prejuicios, las consignas prefabricadas, los fetiches ideológicos. Todas las estupideces reñidas con la transparencia informativa y el progreso que se enmascaran bajo la engañifa de la tradición.
Constituyen las redes, además, el mentís más acabado a la jerigonza marxista, aún residual en estos predios, que insiste en postular que la comunicación de masas y las opiniones de las mayorías están y estarán irremediablemente gobernadas por corporaciones económicas que minan sus voluntades e imponen sus intereses de forma unidireccional sobre los demás, y que pretender la interactividad entre el emisor y el receptor en las comunicaciones del futuro es una ingenuidad.
Queda por completo rebasada, pues, esa incompleta aproximación inicial que tiene a las redes sociales como vectores exclusivos para conquistar amoríos o promover fruslerías en cadena.
Es este, como la televisión y la prensa, un instrumento, que como tal tiene sus condiciones y sus límites. No va a conocer su ocaso porque “pase de moda”, como creen algunos, o porque la gente se fastidie de usarlo cotidianamente: ha quedado demostrado con los hechos que basta que se produzca una noticia de impacto o alguien tenga un interés especial en dar a conocer una información para que cada quien le encuentre, otra vez, un nuevo significado.
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