jueves, 4 de abril de 2013

Mujeres, estética y diplomacia


 
Hace unos años, luego de completar la encomienda de redactar con urgencia una nota para llenar uno de los espacios correspondientes al cuerpo de política de El Nacional, tuve la nada feliz ocurrencia de preguntarle a mi jefe de entonces, mi amigo Antonio Fernández Nays, sobre qué opinaba de ella. “Puedes mejorarla”, dijo de forma precisa e incuestionable.

 

“Puedes mejorarla”. Nunca se lo dije, pero pasé varios días pensando en las implicaciones y el contenido implícito de aquella respuesta perfecta. Era difícil conseguir una fórmula diplomática más acertada: no estoy colocándole juicios de valor ni adjetivos ofensivos a la nota; ni haciendo uso de la siempre invocada, pero nunca aceptada, palanca de la sinceridad, afirmando con todas sus letras que, en efecto, la nota no me gustó mucho. Simplemente te cedo el espacio interpretativo para colocar la baza exacta de su calidad, y a continuación te exhorto a que sientes las bases de un efectivo desarrollo de sus potencialidades. Puedes mejorarla. Eres bueno, pero la nota no.

 

Es casi imposible ser absolutamente honesto con una mujer que te pida opinión sobre un peinado, el uso de una linaza o el debut de unas mechas sin exponerse a pasar un desagradable mal rato. Disgusto este que, a la postre, va a incluir una severa autocrítica, en clave de reprimenda, por andar ofendiendo la autoestima de los demás. ¿Cómo se la va a ocurrir a uno, que no es precisamente la versión contemporánea de Espartaco Santoni, andar haciéndole sugerencias que cuestionen los gustos de una mujer?

 
Después de las tormentas, la lección debe quedar aprendida: toda mujer tiene una licencia universal para decirle a usted que anda como un mamarracho, que no le gustan sus zapatos, a recomendarle un enjuague o a prescribirle dónde debe cortarse el pelo, pero eso no le da derecho a aventurar comentarios oblicuos que puedan dar lugar a interpretaciones colaterales destinadas a colocar en entredicho sus gustos estéticos. Todas las mujeres son divinas y se visten a la perfección; lo demás no es problema suyo. No diga que no lo sabía: al mundo lo organizaron así.

 
No hago estas consideraciones con el objeto de hacerme pasar por provocador. Todo lo contrario: lo habitual es que, en materia de atuendos, visitas a la peluquería, compra de perfumes o combinación de colores, las mujeres acierten con absoluta solvencia. En ese, como en otros muchos dominios de la intuición, la ventaja que le llevan al género masculino es abismal. De hecho, la mayoría de los hombres que se visten con elegancia lo hacen porque, sin ser necesariamente homosexuales, están dotados de ese instinto misterioso para desglosar telas y colores. Esa aproximación existencial con la estética que define a muchas mujeres. El lado femenino que tenemos todos, se supone, que yo apenas ahora estoy descubriendo, y que, tomando prestada una frase que le leí  una vez a Jorge Sayegh, podría caracterizar afirmando que es lesbiano.

 
No es muy frecuente ver mujeres mal vestidas: si una lo dice de la otra en realidad es porque no la soporta.  El mundo de la moda es lo suficientemente omnipresente y poderoso; casi todas las mujeres de este planeta están dotadas de un sexto sentido similar al de Jean Baptiste Grenoullie, el prodigio de El Perfume, para sacarle el jugo a sus posibilidades estéticas, maximizando ventajas y reduciendo debilidades.

 
Pero seamos honestos: en el ámbito que corresponde al planeta tierra uno ha visto de todo. Uñas de colores intrincados y dibujitos, pollinas sin fortuna, tacones desproporcionados, trajes embutidos y chillones, cholas que imitan mal a las alpargatas; perfumes que huelen a materos. ¿Tiene usted alguna opinión?  No. No insista. No puede. Las perfectas son ellas. No hay poder humano que pueda con la vanidad de una mujer. Haga silencio y disimule mientras unas y otras se lanzan flores y, de cuando en cuando, le recomiendan otra vez una buena barbería.

 
Pero claro que, si usted quiere probar, acá se me ocurre dejarle esa sugerencia: la respuesta de Antonio. ¿Te gusta mi peinado?: Puedes mejorarlo. Inténtelo y por ahí nos cuenta.

viernes, 15 de febrero de 2013

Bienvenido al Todavía


 

Toda la vida me han hecho gracia las maromas retóricas que ejecutan mis tías cuando ilustran el devenir vital de alguna amiga en común: “no niña, si esa es una mujer joven: no debe pasar de los 84 años”.

 

El tiempo pasa, para ellas y para todos, y lo que entendemos por “juventud” comienza a experimentar, primero, una curiosa -y hasta divertida- metamorfosis, y luego, supone uno, una inaceptable imposición de las circunstancias. Somos los mismos; nuestro empaque cerebral está en el mismo sitio, por mucho que la llegada de las canas y las arrugas del rostro nos lo desmientan.

 

En la juventud extrema, la idea que reina sobre la adultez como condición, puede verlo uno ahora, es una auténtica caricatura. Sobre los 19 años, el dictamen no ofrecía duda ninguna: alguien que pisara los cuarenta años estaba condenado a ser irremediablemente un viejo. No había posibilidad de prueba en contrario. Hoy, consumado el arribo, aunque jamás en la vida podría postular la ridiculez de que todo lo “juvenil” me compete, me siento todavía, sin embargo, una persona joven.

 

“Joven”, aunque haya bandas de rock nacional que ya me quedan lejos y proliferen lugares nocturnos que no conozco. Aunque los productores de mi programa de radio, que apenas pasan los 20 años, no supieron jamás de la existencia de un sitio de moda en Caracas hasta antier nomás, como Al Trotte, ni de un grupo como Daiquirí

 

Y aunque la capacidad física no sea la misma; las canas hagan su debut, el cuero cabelludo comience mostrar fisuras similares a la sierra del Imataca y el desagradable vocablo “urólogo” ande merodeando cada diciembre, el terreno de los cuarenta se presenta como un fértil campo en el cual la humanidad le puede dar la bienvenida a la palabra libertad. Después de todo, se me antoja que es en las actuales circunstancias es que podemos hacer el más acabado uso de eso que denominan el libre albedrío. Es rondando los cuarenta años que un individuo comienza a disfrutar de aquello que aspiraba a los 20. Aquello que, por entonces, creía que tenía y que en realidad no tenía.

 

Sobre los cuarenta años le damos la bienvenida a las máculas personales con entera serenidad. Aprendemos a aceptarlas y a vivir con ellas. Todo lo que nos metemos a la boca es sopesado alguna vez con los horarios, pero el disfrute de los placeres escogidos es ya definitivamente libérrimo. De hecho, la expresión “placer culposo” entra en los cuarenta en una severa crisis.

 

El peso del entorno se aligera; los chismes se vuelven intrascendentes; hasta flojera produce sentir envidia de los demás.  Los amigos se mantienen, pero se depende mucho menos de ellos. Discutir y pelear se convierte en un evento mucho más infrecuente: con la gente se pelea en caso de fuerza mayor. El matrimonio se va transformando en una sociedad vital: yo mismo no puedo creer que hoy soy capaz de afirmar que no concibo mi vida si no es casado. El hogar es un auténtico centro de operaciones. Pernoctas playeras en carpas, veladas con minitecas, “gaitazos” en el Poliedro, concursos de baile; viejos conocidos, alguna vez amigos, que se volvieron insoportables, fiestas de disfraces. Uno no se cala lo que no le gusta. El perfil trazado sobre la identidad personal se transforma en un diagrama indeleble. Si alguna vez lo hicimos, jamás lo volveríamos a hacer.

 

La vida no la “tenemos por delante”, es cierto. Yo no puedo afirmar, como Luis Miguel en la balada aquella, que “me sobra juventud”. Soy un joven con apellido: se llama todavía.  Dejaré de serlo en algún momento para quedar empanizado en la madurez. Ya no importa.  

 

Es que ese es el detalle: la vida, las promesas básicas del trayecto vital, esas que nos figuramos en la juventud inicial, ya están aquí. Muchas de ellas, si nos portamos bien, han llegado para quedarse. No hay  cosa más imprudente que tener 19 años.

martes, 22 de enero de 2013

Israel y el derecho divino


 Alonso Moleiro


La comprensión precisa del conflicto judeo-palestino podría resumirse en una sentencia: por muy justificada que sea su causa, ningún pueblo puede pretender echar a andar su historia y levantar un estado sobre las cenizas de otro.

En los centros del liberalismo burgués europeo se ha ido expandiendo con el paso de los años una justificada alergia hacia toda manifestación cultural fundamentada en la exacerbación del nacionalismo, como sabemos una de las enfermedades más conspicuas de la política en este tiempo.

No sería necesario que nos vayamos tan lejos: en el entorno profesional en el cual nos desplazamos resulta sencillo ridiculizar por “patriota” cualquier sesgo de conducta que haga un énfasis excesivo hacia las obligaciones que como ciudadanos debemos a los estados nacionales en los cuales vivimos.

La obsesión edípica hacia “la patria”, esa abstracción antojadiza tan cara a los militares, si alguna vez tuvo plena vigencia durante el auge republicano de finales del siglo XIX y principios del XX, hoy nos luce, con toda razón, rocambolesca, ridícula, excesiva, desbordada de lirismo: un estorbo al albedrío personal como condicionante que ejerce prelación sobre las demandas de participación popular y una de las conquistas máximas de la civilización.

Por supuesto: resulta muy sencillo  reírse ante los desmanes retóricos que se construyen en torno al destino de las naciones si ya tenemos una en la cual asentarnos y desarrollar nuestras vidas. Sin moneda nacional, con el desplazamiento interno limitado, con familias divididas; sin el control total de sus recursos naturales; con escuelas, sembradíos y comercios arrasados por la guerra; hacinados y bloqueados económicamente, con la prohibición de salir de su país, salvo con permiso de Israel, con excesiva frecuencia sin trabajo y sin horizontes de ninguna clase, resulta sencillo imaginarse que el pueblo árabe de la palestina histórica, el otro que forma parte de la disputa planteada en aquel pedazo de tierra, suspiraría por un hálito de humor para reírse de aquello que desde este lado del mundo nos luce técnicamente un deporte.

Después de todo, “patriotas” han sido, durante todos los tiempos, aquellos que, no teniendo patria –un marco jurídico en el cual tener una identidad cultural personal y colectiva, con unos derechos y unas obligaciones que nos permitan concretar nuestras aspiraciones materiales, espirituales o intelectuales- luchan por crearse un marco nacional para poder existir como ciudadanos.

La tragedia del proyecto nacional palestino –un pueblo que, como el hebreo, tiene muchos años viviendo en la zona- no es un invento: de hecho, entre ellos tiene un nombre: la nabka. “Catástrofe”, el eclipse de una ciudadanía con derechos y deberes que tuvo lugar a partir de las decisiones de Naciones Unidas en 1949.

II

Con bastante frecuencia hemos escuchado loas, muchas veces justificadas, en torno a la historia fundacional del estado de Israel: ese proyecto nacional levantado con el auspicio de la ONU contra viento y marea por un puñado de emprendedores en el medio del desierto, que vino a restituir la dignidad de uno de los pueblos más acosados del planeta, y de los más prolíficos y talentosos, recién concluido el holocausto nazi.

Soy de los que piensa que en 1949 la humanidad saldó, además, una deuda histórica con el pueblo en el cual nació uno de los faros religiosos del mundo. Si alguna vez hubo en el mundo una causa justa, por la humanidad sentida, con toda seguridad, fue la del hogar nacional judío.

Un país, todo hay que decirlo, que en poco tiempo alcanzó cotas envidiables de desarrollo económico y científico y edificó una sólida democracia parlamentaria en medio de un océano de impresentables satrapías. Que garantiza los derechos del cerca de millón y medio de árabes que dentro de ella residen, ciudadanos israelíes por derecho propio. Ellos tienen, incluso, una representación en el Knesset, el parlamento local.

Los defensores de la causa de Israel en el mundo, y esto incluye a su capítulo venezolano, suelen presentar a ese país como una isla civilizada en la cual el racionalismo democrático occidental se bate contra el oscurantismo musulmán y el extremismo de izquierda, encarnado en este caso en los terroristas palestinos: ese incomprensible legajo de fanáticos que parecen egresados del medioevo, complotados por definición en contra de la libertad, tan susceptibles como crueles; traficantes de toda laya; sádicos, asesinos e irracionales. Las tonterías que con las que alguna frecuencia el universo conservador occidental disimula con hipocresía su asco a la diferencia.

Incluso ahora, en mientras se desarrollaban los bombardeos a Gaza, algunas voces respetadas de la escena nacional no pudieron escapar de la simpleza: Israel puede tener sus historias, pero se trata un inobjetable estado democrático que está llevando adelante una acción tan justificada como necesaria: está castigando a un puñado de terroristas ejerciendo el derecho a la defensa.

III

 Resultó que cuando llegó la hora de hacer realidad el sueño ya existía una apreciable comunidad árabe con décadas y siglos viviendo ahí. Un estorbo del cual era necesario deshacerse, cuando tocó fundar el país, provocando o procurando su marcha con la descomunal diáspora de entonces. Una comunidad a la cual, además, Naciones Unidas le había asignado franjas de territorio que Israel ya consideraba suyas. A fin de cuentas en Cisjordania y otros recovecos de aquella zona remota no viven seres humanos, con familias e hijos, sino un puñado de terroristas opacos y repugnantes que odian el progreso por puro deporte.

No es cierto que en la sociedad que está cobijada bajo la precaria Autoridad Palestina se asientan únicamente terroristas e integristas islámicos.  Esta es una afirmación extremadamente frecuente en este lado del mundo, fomentada de forma interesada por círculos amigos del sionismo en los Estados Unidos –como todo el mundo sabe, padrino y protector de los intereses israelitas en el universo de la diplomacia.

En la sociedad palestina coexisten tendencias encontradas y visiones claramente discrepantes de lo que debe ser el estado con el cual sueñan (y al cual tienen, también, perfecto derecho).  Así como hay promotores del islamismo chií, aliados con el Hezbollah del Líbano, amigos de Irán, expresados en Hamas y otras organizaciones realengas, existen activistas e intelectuales liberales y democráticos, organizaciones obreras, ligas profesionales y grupos ciudadanos, justificadamente ofendidos ante las terribles simplificaciones que diariamente se elaboran sobre el islamismo en los medios de comunicación occidentales. Se expresan en partidos políticos en Cisjordania y tienen múltiples correlatos civiles.  Son partidarios resueltos de acordar con Israel un marco digno para la coexistencia en un contexto en el cual prive el respeto mutuo y la no agresión.

El más conocido de ellos probablemente es Eduard Said, brillante polemista y compacto intelectual que vio pasar sus días sin poder concretar la aspiración de tener una nación propia, ridiculizado por la derecha ortodoxa judía, y que con su pluma presentó una convincente pelea para desmontar el chantaje propagandístico del lobby judío que ejerce el control de los medios de comunicación en los Estados Unidos –y que, en consecuencia, domina a placer las emociones de la opinión pública internacional: este según el cual el emprendedor e inobjetablemente democrático estado Israel se juega su futuro ante la barbarie fanática, y que con sus procedimientos militares se está limitando exclusivamente a defender a sus ciudadanos. No será posible comprender en toda su dimensión la complejidad del contencioso árabe israelí sin la lectura de dos de Said: “Nuevas crónicas palestinas” y “Cubriendo el islam”

Porque, en resumidas cuentas, si el extremismo islamista ha podido expandirse con rapidez, especialmente en la franja de Gaza, es porque, confinados en un espacio de tierra que ocupa apenas un tercio de lo que comprende la peninsula de Macanao, viven apiñadas más de un millón de personas, sometidos a  un asfixiante asedio comercial, policial y militar. El integrismo es también, por eso, tristemente, una promesa de redención nacional.


IV

Tampoco es aceptable pretender que indignarse al contemplar  los excesos militares de Israel –a fin de cuentas, un poderoso estado que enfila sus baterías ante una comunidad notoriamente más pobre y más débil- forme parte de una conflagración antisemita, amiga del terrorismo o cómplice de inconfensables intereses enemigos de la libertad.
(Bien visto, el término es banal por donde se le mire: los árabes también pertenecen el tronco linguístico semita)

No pueden los defensores de Israel invocar el debate civilizado, defender el racionalismo occidental, exigir distancia del fanatismo antidemocrático, recordarnos a Golda Meier, espantarse ante las milicias palestinas de cara cubierta, y, al mismo tiempo, proponerle al resto de la humanidad, por mampuesto, que la solución que tienen los palestinos que ahí vivían bastantes décadas atrás de 1949 es emigrar todos a Jordania. Poco más o menos eso fue lo que le dijo Slobodan Milosevic a los albaneses del Kosovo.

No se sostiene, en términos éticos, la famosa Ley del Retorno: esa que, bajo el amparo de occidente, ha permitido a muchos judíos de todo el mundo cumplir con el justificado deseo de fijar su residencia en Israel mientras, por el otro lado, impide a cuatro millones de palestinos regresar a lo que eran sus hogares y los de sus abuelos.

No deja de ser una ironía: en Venezuela existen muchos activistas y analistas que, justificadamente escandalizados, denuncian los excesos del gobierno de Hugo Chávez en el cumplimiento de sus deberes democráticos ante los sistemas hemisféricos. Todos los llamados de Naciones Unidas para que Israel cumpla la legalidad internacional y respete el fuero político de los asentamientos palestinos ocupados en 1967 han sido olímpicamente ignorados por una nación que tiene de padrino al país más poderoso de la tierra. “Forajidos”, por supuesto, siempre serán Sudán, Siria, Somalia. Los países “feos”; los enemigos de occidente. A nadie se le ha ocurrido pensar cuanto de “forajido”, por ejemplo, puede tener un sujeto como Avigdor Liberman, el actual canciller de Israel.

Por lo demás, la discusión sobre el proceder del estado judío, sus estrategias militares, sus bombardeos selectivos, el control militar sobre los territorios palestinos ocupados, las vedas en el uso de su mar territorial, los muros de hormigón y check points entre sus ciudades, los secuestros y torturas de sus activistas, el cañoneo de sus residencias y la demolición de sus escuelas, la toma de los espacios políticos que le corresponden, tienen lugar en el seno de la propia sociedad israelí, que tiene una democracia en la cual, afortunadamente, estas discusiones están permitidas.

El panorama político hebreo tiene importantes sectores ultraortodoxos y conservadores, –el más importante de ellos, el bloque Likud, está en este momento en el poder-, pero en ella también subsisten organizaciones progresistas laicas, pacifistas, vinculadas el universo profesional y obrero, críticas del estado actual, irritada con las interpretaciones unilaterales y violentas del actual gobierno judío. Amos Oz, probablemente el escritor israelí más respetado en el mundo, por ejemplo, es uno de ellos. También, en el extrarradio, Mario Vargas Llosa  –amigo personal de Shimón Peres, entre otros políticos locales; devenido en uno de los críticos más contundentes de Israel en esta hora.

Particularmente descriptiva es, a este respecto, la postura de Gideon Levy, por años reportero del influyente rotativo Haaretz. Desafiando las posturas más intransigentes de sus compatriotas, soportando amenazas de calibre diverso, y exhibiendo una enorme dosis de coraje cívico, Levy no sólo ha publicado estremecedores trabajos en los cuales se da cuenta de las familias mutiladas, los hogares destruidos y los duros rigores del bloqueo que practica su país a la Franja de Gaza, sino que, incluso, ha asistido a foros europeos para condenar la situación con todas sus letras.

V

No considero al estado de Israel, como sí muchos de sus enemigos, una impostura del capitalismo internacional ni un artificio fabricado para prolongar los intereses de los Estados Unidos en el Medio Oriente. Es difícil cuestionar la legitimidad de origen de un proyecto nacional concebido para darle cobijo a los miembros de una de núcleos culturales más antiguos del planeta. Que ha podido construir, además, en muy poco tiempo, una inteligente interpretación de las tradiciones que fundamentan su credo junto a las ventajas de un estado parlamentario moderno.

Tampoco tiene sentido desconocer el memorial de agravios y hogares enlutados que los ciudadanos de Israel coleccionan en su conflicto, primero con la OLP y luego con las organizaciones palestinas de data posterior a la segunda Intifada. Las dolorosas cicatrices de un contencioso que, visto en todo su contexto, parece administrar el grueso de las tensiones de la política internacional moderna. Lo autobuses que han volado por los aires asesinando a ciudadanos inocentes en Tel Aviv y Haifa; los obuses disparados desde Gaza en contra de sus ciudades o la espeluznante matanza de los atletas de la delegación Olímpica de Munich en 1972. Tampoco he querido ofender a los integrantes de la comunidad hebrea venezolana, con varios venezolanos notables entre sus filas, integrantes conspicuos de la cosmópolis nacional de la cual siempre he estado tan orgulloso.

Pero en resumidas cuentas, ya que hablamos de democracia, ya que nos importa la civilización, ya que creemos en los parlamentos, las soluciones racionales, los partidos políticos y las soluciones negociadas. Ya presumimos respetar la diferencia. Ya que, en resumidas cuentas, las naciones están integradas por seres humanos y nos espanta la barbarie irracional, va siendo hora de que la comunidad judía del mundo comprenda que, así como Hamas, Israel no le puede imponer su voluntad a millones de personas inocentes invocando las disposiciones del derecho divino. Que el derecho de los palestinos a tener un estado es, hoy, una causa tan justificada como el que hizo a los judíos soñar con el propio en los años de Teodoro Herzl. Que los asentamientos progresivos en Cisjordania no están justificados, y mucho menos los crímenes a inocentes perpetrados en la Franja de Gaza.

Para eso fue que Naciones Unidas concibió, en 1949, la creación de dos estados. Dos estados con ciudadanos que convivan en paz bajo la mirada comprensiva de Dios. Un Dios que, de acuerdo a lo que tengo entendido, tutela la vida y el destino de todos los seres humanos.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Manifiesto del machismo democrático


La historia del hombre, lo dijo alguien, es la historia de la lucha de clases. En el escenario nacional del hogar, la pugna de las tendencias que lo integran es la misma que, por siglos, ha dominado la pasión en la calle.

La defensa de intereses sectoriales; el acceso a las comodidades y los recursos; las prerrogativas y los derechos adquiridos. El derecho a expresarse. El respeto a la diferencia. La distribución de obligaciones.  Las “conquistas sagradas”, de carácter progresivo e imprescriptible. Burgueses y proletarios. Celtas y normandos. Romanos y cartagineses. Croatas y serbios. Nativos y colonos. Comunistas y capitalistas. Machos y hembras. Quedó dicho: la historia del hombre es la historia de la lucha de clases.

El machismo ortodoxo en su versión totalitaria, lo proclamamos, amén de su desprestigio, es una corriente que ha sido derrotada y completamente superada por la historia.  Caminan a conocer el fin de sus días los sistemas organizativos de inspiración comunal, mando centralizado y partido único. Le vamos dando al adiós definitivo a los liderazgos vitalicios: el “máximo líder”, padre responsable, que todo lo que hacía, incluyendo lo malo, era por nuestro propio bien, se preocupaba por la salud de su pueblo y administraba la justicia. La centralización de las decisiones, el presidencialismo de la casa.

Ahora el “amor eterno” es una realidad condicionada. La posibilidad de la secesión es una posibilidad latente. Cada cuatro o cinco años, las parejas legitiman el sistema con la convocatoria a nuevas elecciones.

Prescribió el tiempo en el cual el macho proveedor financiaba las actividades de su cónyuge, establecía vedas y condicionantes para que ésta trabajara y tutelara con apelaciones su vestimenta. Ha caducado el período histórico en el cual éste, como sujeto político, esperaba paciente el momento de ser servido para almorzar; no se sintiera si quiera compelido a mover un dedo para poner orden en el espacio geográfico del hogar y administrara a su real entender los premios y castigos de su mujer e hijos.         

El absolutismo masculino fracasó. La figura todopoderosa y estoica de los machistas históricos, como Jorge Negrete y Emiliano Zapata, si alguna vez inspiradoras y legítimas, descansan hoy en un mausoleo público, a la vista de todos, víctima de la diversidad y el libre juego de ideas. Adiós al “mi amor, prepárame un cafecito”; “no me esperes, llego tarde”. Adiós al “Machismo Real”.  La utopía machista ha muerto.
           

II

Alentados con los vientos de cambio vigentes en este tiempo federal y descentralizado, los machistas de esta hora asumimos el reto de postular el nacimiento de una nueva corriente de pensamiento: el machismo democrático. La Perestroika del discurso lividinal.

Alejados de forma categórica de toda forma de totalitarismo, los machistas modernos salimos a la calle a debatir nuestras tesis, defender nuestros postulados, obtener la voluntad del electorado y aceptar sin complejos los retos del sofisticado sistema de negociación y acuerdos que trae consigo el exigente parlamentarismo del hogar moderno. En las grandes democracias, como se sabe, los delegados en el parlamento han sido escogidos para discutir y disentir, pero es su sagrado deber trabajar para acordar.

Nuestro objetivo, dicho sea esto sin ambages, es el mismo: la toma y el ejercicio del poder en una sociedad de iguales. Creemos en la alternancia, la rendición de cuentas y los mandatos revocables. Comprendemos que el amor no puede estar totalmente estatizado: hay cuotas importantes del afecto que le pertenecen al sector privado. Han cambiado los métodos. El machismo democrático, o postmachsimo, distanciado, como ha quedado dicho, de la imposición y el unilateralismo, de la homofobia, la discriminación y otras taras del comportamiento social, coloca sus cartas sobre la mesa para disputarse la repartición de obligaciones en el ejercicio del gobierno frente a quien ha sido nuestro adversario histórico, hoy, sin embargo, y sin duda ninguna, complemento indispensable para mantener vigente el sistema democrático de una casa: el sindicato femenino.

Los excesos del pasado no nos impiden poner sobre la mesa nuestros postulados. Colocar condiciones, poner limitantes, exigir derechos y emitir opiniones legítimas con entera libertad.

Respetuosos indeclinables de las libertades públicas y las legítimas aspiraciones de otras corrientes, los neomachistas exigimos, ante todo, respeto. El neomachismo está integrado por un corpus de ideas de innegable raigambre histórica e indudable pertinencia social. Declaramos entonces que no nos da ninguna pena asumirnos como tales. Es cierto: nos encanta extraer comida fría de la nevera; nos aterran las crisis de llanto; nos atormentan las peluquerías y nos exaspera salir a comprar. Suspiramos por la Radio Rochela, recordamos con afecto a Iris Chacón, nos fascina ir al estadio, comer perros, beber cerveza y acostarnos tarde. ¿Las mujeres son feministas? Pues nosotros somos machistas. No hay, en esta postura, mácula, vergüenza, pecado capital o hecho punible que se nos pueda enrostrar.

Creemos es necesario obrar con respeto por la diferencia y estamos dispuestos a acordar ahí donde sea necesario. Tenemos nuestras opiniones, sobre el llanto como mecanismo de negociación y presión; sobre las habilidades al volante de nuestras socias; sobre el tiempo legítimo de duración de una compra; sobre la capacidad de mantener encriptado un secreto. Condenamos con sincera repugnancia la violencia doméstica, la patanería, la actitud recostada, las agresiones, la falta de decoro y la actitud irresponsable de otros tiempos. No imponemos leyes: tenemos opiniones.


El machismo moderno es, entonces, un nuevo y amplio cauce como concepto político. Irrumpe en el escenario nacional para hacer suyas las aspiraciones de muchos hombres incomprendidos, postrados ante el regresivo escenario de hoy, en el cual tenemos que soportar toda suerte de observaciones ofensivas sobre nuestra panza,  nuestros cortes de pelo y nuestros atuendos, siendo, al mismo tiempo, forzados por las convenciones vigentes a alabar pinturas de uñas con color discutible, cholitas sin demasiada fortuna y arreglos de peluquería de urgencia forzada.

Todos se enriquecen y nadie pierde en el pluralismo político. En el disenso está la diferencia. El potsmachismo está de regreso para hacer justicia y defender sus postulados por la vía democrática. No proclama la supremacía: invoca el debate

Consciente con los deberes orientadores para con su militancia, habiendo tomado nota del enorme vacío ideológico de estos años, al corriente de la importancia de sentar un precedente que oriente nuestro plan de acción y le otorgue un norte a los ciudadanos angustiados y confundidos, aturdidos por los baby showers; las instrucciones telefónicas; los regaños culinarios o las terapias y los spas, los machistas democráticos hacemos público nuestro cuerpo doctrinario. Un pliego de peticiones que, a diferencia de otros eventos del pasado, no es conflictivo: es de carácter conciliatorio.


En días laborales, después de las diez de la noche sólo se admitirán preguntas de selección simple. El tránsito al descanso de un hombre agotado luego de haber cumplido sus obligaciones del día no podrá bajo ninguna circunstancia ser interrumpido con inquietudes de carácter estructural, desarrollos argumentados o dilemas existenciales de compleja resolución. Inquirir, desde la sala,  “¿Llevaste el carro al mecánico?” puede quedar respondido con un leco que traiga envuelto el monosílabo “si”. Luego de cumplidos los horarios estipulados, por lo tanto, comentarios o preguntas como “no me gustó lo que me dijiste el miércoles de la semana pasada” o “¿qué vamos a hacer con este país?” quedan expresamente prohibidas.

Todo hombre tiene derecho a escoger en qué ayuda en la casa. El machismo de esta hora declara que ayudar en el hogar no forma parte de una consigna para engañar incautos, obtener publicidad o granjearse simpatías artificiales en el electorado: es parte de un compromiso de carácter indeclinable. Los hombres de esta hora, sin embargo, en aras del decoro y el honor,  invocando el derecho universal a no ser expuestos al ridículo, nos reservamos el derecho a escoger cual será el escenario y las condiciones de la fragua. Ningún hombre podrá ser forzado a exponerse a la humillación de tomar punto y dedal; planchas cuellos o forzar guisos si no están dadas las condiciones aptitudinales necesarias. Las exhibiciones de fuerza bruta desprovistas de pericia, los barridos voluntariosos y las puestas de mesa también deberán ser tomadas en cuenta el momento de sumar créditos emocionales.

Ningún hombre verá interrumpido su juego de pelota por motivo fútil. Ver un jugo de pelota, cualquiera sea el calibre de la pelota, es, para cualquier hombre, casado o soltero, una actividad sagrada. Ver escamoteado su desarrollo con preguntas como “¿te conté lo de mi Tía Jacinta?” acompañado de un “contigo no se puede hablar” constituyen un irrespeto y un agravio inaceptable. No hay nada más que agregar: durante un juego de pelota se conversará exclusivamente lo necesario. Se harán excepciones en los cortes comerciales.

Los domingos en la mañana se respetan. El domingo, Día del Señor, fue pensado para el descanso y la contemplación. Hagamos una paráfrasis de lo asentado por Jesús: el domingo se hizo para el hombre, no el hombre para el domingo. Todo el mundo es libre de madrugar un domingo para subir a El Avila persiguiendo a Lilian Tintori o salir a pasear al parque Zuata detrás de Valentina Quintero. Ese día, consumida la parábola de la jornada laboral, sin embargo, los hombres regularmente preferimos hacer aquello que nos ha sido imposible hacer durante el resto de la semana: descansar. Revisar la prensa sin apuros, leer a Lorenzo y Pepita, seguir con el libro de rigor y escrutar el techo en sana paz.  El deber de toda esposa responsable consiste en permitirnos reponer fluidos y cargar energías sin hacer mención a capítulos complejos o polémicos. Durante toda la mañana quedará expresamente prohibida mención alguna a diligencias atrasadas –obtención de licencias, gestiones de sacos de cemento en Los Valles del Tuy, visitas a fisioterapeutas o llamadas a mecánicos: todas, incluyendo la puesta en orden del apartamento, serán atendidas en horarios de oficina.  Sólo podrán despertarnos nuestros hijos: una vez cumplidos los ocho años la veda los incluye a ellos.

Las peleas con crisis de llanto no deberán sobrepasar una frecuencia bimensual. Cierta literatura vinculada al machismo clásico había dejado sentado en algunas de sus obras fundamentales que “no hay mujer que no resuelva un entuerto llorando”. Las corrientes revisionistas del machismo democrático han ido matizando con los años esta postura terminante y excesiva. En los confines ideológicos del Machismo Real el llanto era tenido como síntoma de una crisis terminal y símbolo de una derrota sin atenuantes: se lloraba, y con discreción, en los velorios. Con el tiempo lo hemos ido entendiendo: las mujeres, al llorar, no necesariamente están en crisis: resulta que a veces están “drenando”. El machismo democrático debe comprender la importancia que para ellas tiene la circulación de líquido emocional en sus tuberías sentimentales, todo con el objeto de prevenir males mayores de carácter ulterior. Nada más peligroso que producir sedimentos anímicos y coagulaciones inconvenientes de carácter retroactivo en las emociones femeninas   Cierto liberalismo extremo femenino, lo sabemos, acude al recurso del llanto con la misma frecuencia con la cual  estornuda. Sensaciones reprimidas y tormentas con gritos que truecan a los pocos minutos en una insólita serenidad de ojos hinchados y mocos en trance de sedimento: “¿Ponemos un rato las comiquitas?” puede ser perfectamente capaz de afirmar una mujer que diez minutos antes estaba inmersa en una tormenta dantesca. El machismo moderno ha sido compelido a ponerle, entonces, condiciones al drenaje. La frecuencia de las tormentas que acá queda asentada tiene, sin embargo, carácter negociable.

Comer en el cuarto es un hábito como cualquier otro. Almuerzos y cenas constituyen con mucha frecuencia actividades rutinarias, inherentes a la misma condición humana; trámites administrativos vinculados a la salud misma, por aquello de que quien no come se muere. Los momentos festivos y las ocasiones especiales, como ha quedado dicho, están reservados para circunstancias especiales. No toda ingesta calórica tiene que dar lugar a ceremonias con mantel y velas. No siempre será necesario "poner" la mesa. Comer no es, necesariamente, una ceremonia: una ceremonia es un entierro. Comer y ver televisión es una actividad que a todo hombre normal le produce una enorme felicidad: deberá ser respetada si se ejerce de manera ocasional y oportuna. Hábito este, además, que no es excluyente: toda mujer que así lo desee nos puede acompañar.  Nadie debe pasar por alto un detalle: por algo el mercadeo moderno envía las pizzas cortadas en trozos: separarlos es un derecho personal.  La conquista del cuarto a la hora de la comida de forma razonable y negociada será un punto de honor para el machismo democrático.

Todo hombre tiene derecho a comer cosas frías de la nevera sin ser estigmatizado. Nadie guarda en la nevera cosas que no sean comestibles. Tuercas, martillos y cables eléctricos están ubicados en los gabinetes altos de la cocina. Si las cosas están en la nevera es porque nadie se va a envenenar al comerlas. Si es viernes, si media el whisky, si se llega tarde, si el hambre aprieta y al sujeto del análisis, valga decir, al hombre en cuestión, no le importa, comer fiambres de cualquier calibre en proporciones moderadas –albóndigas, tortas de arroz, encurtidos, pedazos de queso o berenjeas silvestres que provienen del mediodía-  constituye un hábito que deberá ser respetado. Siempre y cuando no ensucie y se deje intacta suficiente comida para los demás.

Ningún hombre está moralmente obligado a ir a una piñata de alguien que no conozca. Decoración de interiores, colores apropiados, gelatinas, la comiquita de moda. Envolver pedazos de torta en papel aluminio “para que le mandes un poquito a tu mamá”. El asunto no se nos da igual. Podemos hacerlo: de poder, se puede, pero nunca será lo mismo. Los hombres asienten, colaboran, cargan, arriman, empujan, vigilan a los niños con miradas panorámicas, reportan y obedecen. Se beben las cervezas con los amigos y se comen aquellos entrañables perros calientes que, en los años de la soltería, eran ingeridos por las noches. Las piñatas para los hombres son como los cepillos de dientes: entre más personales más apropiadas. No hay escenario más desolador que asistir a una piñata ajena, sin referentes previos, perdido en un mar de tías desconocidas que pellizcan argumentos para conversar.

Comprar rápido: un gesto que siempre se agradece. No existe sobre la tierra una mujer que, en trance de escoger un vestido, no pida opinión a un tercero. El tercero, normalmente, será usted: procederá a continuación, a decidir exactamente lo opuesto a lo dictaminado. Las compras femeninas, sobre todo si son de ropa, pueden constituir un tortuoso ejercicio compuesto por prelaciones incomprensibles, reflexiones subordinadas, preguntas de socráticas que no tienen respuesta, secuencias de espejos, dudas existenciales de carácter cromático e inútiles regateos de precios. No hay espacio más hostil, más invasivo, más promiscuo, más parecido a una ergástula que un probador de Zara. Todo hombre responsable está en la obligación de tener una idea razonablemente clara de lo que quiere comprar, escogerlo y salir de aquel aparatoso entorno tan pronto como pueda. Las compras en el hogar, de la mano del hombre, deben ser como la información: veraz, precisa y oportuna.


Cumplidas las tareas asignadas, todo esposo responsable se merece un refuerzo positivo. Se la atribuya a la Pasionaria haber afirmado, en plena guerra civil, aquello de que “el cumplimiento del deber no se aplaude”. Los machistas democráticos jamás le hemos dado demasiado crédito a esa frase antipática, amargada y carente de sex appeal. Todo hombre que pase coleto, friegue, cargue, baje, suba y arregle trabaja para ser recompensado con una frase de reconocimiento, una palabra de estímulo, una expresión amorosa o un oportuna sobada de cogote.