martes, 20 de julio de 2010

perder perder

“El fin de una concesión” ¿Cuántos ciudadanos de a pie habían tenido presente que la señal de una televisora formaba parte de una cortesía estatal? Como tal argumento jamás había sido esgrimido, a nadie se le había ocurrido pensar que este pacto elemental entre la sociedad y el estado, vigente en todos lados, era el que hacía posible la existencia de la televisión privada de entretenimiento.

El comienzo de la crisis de Radio Caracas Televisión, en 2007, dio lugar a la segunda etapa del proceso que transita Hugo Chávez para apropiarse del país. Un capítulo bastante más ambicioso y más complejo, que algunos hasta hace poco no creían posible. Ese día, los legos supimos de qué se trataban las concesiones: resultó que a las televisoras, como a otras piezas silvestre de la sociedad, el estado les cede espacios para existir y puede revocarlos si le da la gana. Todo el mundo pensaba que aquello formaba parte de un estado natural de las cosas. Pero de poder, el estado podía. Así lo hizo.

Si luego de tomar Pdvsa, depurar al ejército y, a través del Legislativo, profundizar su control sobre los poderes públicos, el Presidente y sus seguidores pudieron por etapas ir adueñándose del estado, desde entonces desatarían un proceso –irregular y trunco, hay que decirlo- para intentar apropiarse del alma de la sociedad civil. El control de la vida cotidiana, los valores, el espíritu, las prioridades y los gustos del ciudadano promedio.

Irregular y trunco, decíamos. En el camino andado hay bajas importantes –el canal 2, algunas estaciones de radio, con CNB a la cabeza- y se han lastimado sensiblemente otras, como el Ateneo de Caracas, pero la derrota de Referéndum de la Reforma Constitucional, junto a la tenaz resistencia de diversos núcleos de la vida nacional y la presión exterior, le han complicado los objetivos al gobierno.

No es tan sencillo, a fin de cuentas, decretar la sustitución de un país por otro. Pocos son los sectores constituidos y funcionales de la nación que puedan esgrimir el socialismo bolivariano como emblema –si bien son muchos los seguidores del Presidente. La oposición, sus conglomerados políticos, sociales y culturales, siguen detentando en Venezuela el “status quo” social. La opinión pública nacional, probadamente antichavista, sigue casi toda de pie. Sobre sus cimientos nacen todos los días, a pesar de los pasares, nuevas iniciativas, junto a las que ya existen: ferias de libros y mercados de diseño; trabajo académico sostenido; festivales gastronómicos; béisbol rentado; muestras de cine extranjero y festivales de cine nacional; exposiciones en galerías, extensiones y estudios de cuarto nivel y un largo etcétera. En esta materia al gobierno le queda mucho trabajo.

Bien. El país, mal que bien, todavía existe. “El país” por supuesto que incluye a todas las corrientes que forman parte del chavismo y defienden sus valores de buena gana: los frentes de Misiones Sociales; la editorial el Perro y la Rana; el colectivo Tiuna el Fuerte y los grupos culturales presentes en el Foro Social Mundial de Caracas.

Pero el país se empobrece. Si el estado venezolano, si el gobierno bolivariano, interpretando lo que cree un clamor popular, decide, en nombre de la inclusión de las mayorías, no reconocer a la sociedad que existía antes de su llegada, o intentar desplazarla por ser éste burguesa, por no reconocer en Hugo Chávez a un jefe, el resultado es sólo puede ser uno. El país se empobrece.

Es en este rasgo que ilustra la decadencia venezolana de estos años. No se trata sólo de que nos ahoguemos en un conflicto político que no conoce fin. El gobierno está decidido a desconfigurar el rostro de la sociedad que se encontró a su llegada al poder para levantar otra, a su imagen y semejanza. Por mucho que haya funcionado o venga precedida de prestigio. Si no la descuida, si no la abandona a su suerte, desprecia sus orientaciones.

Este proceso tiene lugar cuando en otros parajes cercanos la dirección es exactamente la opuesta. El florecimiento cultural que tiene lugar hoy, por ejemplo, en la sociedad colombiana, guarda relación con este rasgo. Aun a pesar de la violencia, hay un acuerdo mínimo en torno a una existencia institucional que, de derecha a izquierda, hace impensable que el estado le niegue recursos a la Alcaldía de Bogotá si ésta fuera de la oposición, o al Festival del Malpensante por ese éste burgués y decadente.

Pdvsa –e Intevep-; el Ivic, la Biblioteca Nacional, el Metro de Caracas, Sidor y Venalum; Planta Centro; Edelca; los Museos de Bellas Artes y Arte Contemporáneo; la Cinemateca Nacional, la Feria Internacional del Libro de Caracas, el Teatro Teresa Carreño. Monte Avila Editores y la Biblioteca Ayacucho. Aunque quizás en relativa decadencia en los años 90, estas instituciones estatales tenían una amplia penetración y alguna vez observaron un excelente desempeño. Sobre ellas descansaba un fundado orgullo ciudadano: hasta el elemento más inconforme con la marcha de la democracia representativa era capaz de colocar un pie en torno a ese círculo emocional en el cual desembocaban las convenciones de la venezolanidad.

Hoy, mezquina ante los logros ajenos de otras épocas, renuente a imaginar cualquier solución de continuidad, obsesionada con la ruptura, con la creación de un espacio nacional propio, con la fidelidad personal e ideológica, con la revancha social convertida en proyecto, la gerencia pública del momento desactiva, descontinúa, reconvierte y desprecia. No lo hace sin querer: es a conciencia. Actúa con estrechez e innobleza. Coloca por delante líneas de mando y colores específicos. Impone la obediencia debida y amenaza. Está en revolución. Ni siquiera parece importarle especialmente que hace rato que estas instituciones no sean ni remotamente lo que fueron alguna vez. El gobierno y sus ejecutores parecen solazarse al desplazar al estamento previamente existente, captando nuevos adeptos, consiguiendo trabajo o fomentando soluciones sentimentales inútiles. Todo esto, por cierto, mientras observa una confesada escasez de cuadros capacitados para llevar adelante labores de estado.

Las Universidad Simón Bolívar, Central, Metrpolitana, Católica y de los Andes y el Iesa, sobreviven, además de agredidas de forma selectiva, ahogadas entre toda clase de estrecheces económicas y mezquindades. Siguen siendo espacios con islas de excelencia, pero comienzan a perder el aliento. El gobierno apenas las tolera.
Salvo excepciones aisladas, las televisoras, asustadas con lo sucedido a RCTV, extreman su celo para respirar sin gastar más de lo necesario y sin molestar al gobierno. La pelea que tiene enzarzada Globovisión con Miraflores lo único que ha hecho es acarrearle más dificultades: no puede expandir su señal, ni comparar equipos nuevos, y por lo tanto no puede crecer. Mucho del material que exhiben los canales locales es importado; la producción nacional de la televisión, que la había dado la vuelta al mundo, hoy conoce una sensible merma. Por primera vez en la historia, hoy se está produciendo una sola telenovela venezolana.

Casi todo el tejido de grupos teatrales existe, pero sobrevive por cuenta propia: los subsidios forman parte del pasado remoto. Peregrinan por la ciudad sin sede. El Festival Internacional de Teatro, un modelo hemisférico de promoción cultural en la calle, símbolo del encuentro de clases y la democracia, ha tenido que quedar suspendido indefinidamente: el gobierno decidió negarle, no sólo los recursos, sino la atención.

Las editoriales tienen enormes dificultades para acceder a divisas, importar títulos o sacar al exterior obras de autores venezolanos gracias a los disparates del control de cambios. La Cámara Venezolana del Libro ni siquiera obtiene repuestas de cortesía a sus peticiones por parte del Ministerio de la Cultura. El Festival de Cine de Mérida tiene rato andando por cuenta propia. Las muestras de cine internacional que se exhiben en Caracas son iniciativa de las embajadas de estos países junto a un encomiable aporte de particulares.

El Sistema de Orquestas de Venezuela sobrevive porque está conducido por un habilidoso y sibilino José Antonio Abreu: un florentino gerente público que ha sobrevivido a todos los avatares de la política y que ha logrado una ovación universal gracias a su trabajo sostenido y metódico que ya nadie está en condiciones de regatear. El gobierno sabe que puede usar políticamente esta herramienta, obligada para eso a ser apolítica, y, aunque algunos voceros aislados le critican su escaso compromiso revolucionario, se les otorga dinero y se les permite existir sin problemas.

El contrato está roto o en suspenso. Para existir en paz es necesario ser amigo del gobierno. Al “el estado burgués” hay que demolerlo. Los colegios profesionales, los sindicatos autónomos, los núcleos de promoción cultural. Se limitan a coexistir, entre toda suerte de estrecheces y asedios, y malviven, esperando tiempos mejores. Por supuesto que el tejido existe, que las alcaldías y gobernaciones de la oposición otorgan oxígeno, que los bancos y la empresa privada contribuyen con su aporte; que muchas empresas internacionales que hacen vida acá le siguen tendiendo la mano.

Al gobierno, entre tanto, le ocurre lo que en casi todos los frentes le suele ocurrir: tala y quema anunciando la llegada de la justicia, pero no da con una fórmula sustitutiva estable ni ha consolidado sistemas de valores demasiado sólidos. De pronto parece que se nos olvida que, en manos del chavismo, el Teresa Carreño, Monte Avila Editores o Sidor podrían ser, con mucho, mejores de lo que son ahora. Un aluvión emocional que sigue siendo una promesa. Esa es la realidad del chavismo.
Sus proyectos – conceptualmente válidos en la misma medida en que éstos sean capaces de reconocer al país que se consiguieron al llegar al poder- fomentan una suerte de estado emocional que políticamente es muy efectivo. Aunque el saldo siga constituyendo un enorme veremos. Tves, los fundos zamoranos, El Correo del Orinoco, el programa Fábrica Adentro; la Universidad Bolivariana, Venirauto, Radio Nacional de Venezuela, la Misión Ciencia, Petrocasa, las Librerías del Sur: proyectos que constituyen entredichos, sin dolientes, desconectados todavía, casi todos, del apreciable grupo de compatriotas que ve en Hugo Chávez un emblema. Ejemplos ambulantes de cuan difícil es que retoñe una idea a fuerza de voluntarismo y consignas.

En este ambiente bicéfalo, resistencia versus imposición, parecido por ahora a un perder-perder, discurre la cotidianidad de los venezolanos. Esperando tiempos mejores.

miércoles, 23 de junio de 2010

Gustavo Cerati y el misterio de su último minuto

Apagadas las luces del concierto, transformado el desmayo en algo más serio, confirmada la tragedia, digerida la amarga sensación de estarlo despidiendo, hoy Gustavo Cerati sigue en terapia intensiva. Estaba en Caracas, está en Buenos Aires. No pinta nada bien su futuro; nos seguimos preguntando como quedará al final y nos enteramos de la existencia de aeroambulancias.

Entre un parte médico y el otro se aleja de su figura el foco de la noticia. Su presencia parece reducirse a unas curiosas epístolas cruzadas por el exasperante hermetismo médico, en las cuales se nos dice que nada sucede. Persuadidos los periodistas de que su convalecencia será larga, y, por ahora, parece que no traerá noticias, los pasillos de Fleni, en Buenos Aires, retornaron a la normalidad. Los venezolanos intentamos, entretanto, entre una mueca de la realidad y la otra, continuar como podemos con nuestras vidas.

Luego de estarlo esperando durante meses, a más de un mes de haber ofrecido su concierto, presente su música, viva su estampa en los afiches promocionales, acompañándonos a todos en la cabeza la insólita vitalidad de la noche anterior a la tragedia, el silencio de estos días deja un sedimento amargo. Tiene sabor a secuestro. Los conciertos de Gustavo Cerati en Caracas eran, para quien esto escribe, una cita. El silencio de estos días, ese que, en el fondo de su alma, él y su familia deben estar deseando, se nos aparece como un cruel contrapunto emocional. No sabemos si podrá volver a cantar; ni siquiera si sobrevivirá. Aunque fuese verdad que, en una de esas, pueda recuperarse del todo.

I
No fue al comienzo, como sí le sucedió a la mayoría, que se apropio de mis gustos por completo la música de Gustavo Cerati. Los primeros discos de Soda Stéreo formaban parte de mi vida en la misma medida en la que acudía a fiestas e iba tejiendo con ellos un testimonio generacional compartido. Desde La Cúpula hasta A un millón de años luz. Una era que pudo englobar muy bien, en mi caso, no tanto De música ligera, como 1990. Los años universales, los de los gustos definitivos. Los años de la Universidad y mis mejores amigos. El límite normal de una excelente banda, excelente entre otras, protagonistas de un movimiento del cual uno se sentía parte: el rock en español.

La forja del Cerati contemporáneo, epicentro del sonido Soda Stéreo que siempre vamos a recordar, el matiz que hizo de él –y de Zeta Bosio, y de Charly Alberti- un músico de culto, el tronco en el cual se afinca el desarrollo de casi toda su obra posterior, terminó de cristalizar, a mi manera de ver, con Dynano. Un disco no tan exitoso y en las primeras de cambio incomprendido, a partir del cual, sin embargo, estos músicos argentinos, pero Cerati en particular, se apropiaron con todas sus letras su condición de vanguardia.

De Dynamo para acá, decía. Guitarras distorsionadas, exigidas al máximo, que le rinden un iniciático guiño a la electrónica acabada. Contextos y texturas sugeridos, portadoras de mensajes con estados emocionales específicos, de la mano de la programación computarizada. Letras que dibujan paisajes submarinos y extraterrenos; melodías de amor que todos los días eran -y son- capaces de sugerir una cosa nueva. Contrapuntos con un rock acabado y licuado. Una música contundente y sin concesiones. Con Dynamo, y con toda su obra posterior al remolque, Gustavo Cerati pasó de ser un brillante artista de rock para convertirse en el auténtico expositor de un malestar generacional.

Sobre esa zanja pudo navegar Sueño Stereo, probablemente el mejor disco de la banda –porque, como los Beatles, Soda Stéreo se disolvió en su mejor momento musical-; y se abrió paso una brillante carrera musical en solitario.

II

Ahí va la tempestad/ ya parece un paisaje habitual/ un árbol color sodio/ la caída de un ángel eléctrico. En los dominios de un universo que nunca dejó de ser comercial, porque no tenía que dejar de serlo, no ha perdido jamás Gustavo Cerati la compostura. Es una decisión propia. No hubo imperativos “malditos” del universo rock que lo forzaran a abandonar su papel. No hay en sus letras estridencias, ni palabras gruesas, ni impertinencias. Casi no hay entornos, preocupaciones “colectivas”, ni realidad. Casi toda su obra navega en los dominios de la seducción como técnica y la pasión como objetivo. El “evasivo alucinógeno” nos invita a escaparnos. Y el milagro consiste en constatar que, casi siempre, la encomienda queda hecha: en progresión infinita, desde una nueva perspectiva, se obtenía una nueva reflexión sobre el hechizo, las mujeres y el amor. Porque poesía hace cualquiera. Pero buena poesía, muy pocos: alguno de estos vocablos que se defienden solos. Resisten un análisis, incluso, transitando sin música.

Y como artista de rock, Cerati ha logrado, en térmicos formales, una muy acabada imagen Glam. No es esta una afirmación caprichosa ni hecha al voleo: parece que estamos en presencia de un músico que cuida los acabados de su atuendo de forma casi compulsiva. Si logramos deslastrar el vocablo de significados conexos, si nos olvidamos de otros ejemplos que enturbien la parábola, si nos atenemos al cabal significado de las cosas, si somos capaces de aproximarnos, objetivamente y sin pasiones, a un análisis formal de su propuesta artística y su puesta en escena, podemos concluirlo: ha sido Gustavo Cerati el metrosexual perfecto. Y su propuesta ha sido tan brillante que, hasta ahora, nadie lo había notado.

El único metrosexual que conozco que, gracias a no haber izado banderas, por no andar forzando definiciones, por no estar contando tonterías, ni pontificando sobre lo que nadie le he preguntado, ha hecho de su imagen personal un producto tan compacto como el de sus propias canciones.

Ahí esta Gustavo Cerati. Es coqueto, es delicado, quizás hasta narciso, y nadie habla de eso. A nadie le importa.

III
Esperé con ansiedad a Cerati en Ahí Vamos, en noviembre de 2006, en el Sambil, acá en Caracas, como lo estaba haciendo con Fuerza Natural. De ambos salí razonablemente satisfecho, levemente decepcionado, quizás. Consciente, sin embargo, de que lo alguna vez vivido con su música ya no lo iba a repetir. Aquella es, para mi, su entrega mas floja, un regreso deslavado a Soda Stéreo; el último, sin ser el acabose, es definitivamente un disco muy superior. No logré obtener de ninguno de los dos la enorme carga emocional de la segunda presentación de su Bocanada Tour, aquel inolvidable 3 de junio de 2000.

No olvido cuando en un punto del recital, recogió a sus músicos y le dijo a la audiencia con sorna y complicidad “tengo la banda aquí dentro”, mostrándonos su caja de sonidos electrónicos. No todo el mundo lo estaba esperando. No se me va de la cabeza su comienzo, con Rio Babel; sus confesiones emocionales personales con Lisa; no he vuelto a encontrar un momento tan sublime y tan especial como cuando un postrado Teresa Carreño quedó invadido de electrónica sin letra de su “Y si el humo está en foco”. No salía de mi asombro ante aquella nueva apuesta: era otro matiz, una nueva invitación a sus seguidores para remontar la cuesta, para navegar con audacia, para olvidar las raíces de Soda y atrevernos a imaginar un verdadero sonido contemporáneo.

No había visto tantas emociones en un escenario con el tamaño justo, a un artista acostumbrado a la adulación pública objetivamente emocionado, despidiendo aquella noche con Vuelta por el Universo. No se me olvida aquella voz masculina que hizo reír a todo el Teatro, incluyendo al propio Gustavo con el desparpajado e irónico “Cerati te amo!!”

Es el resumen hecho música de un momento de mi vida, similar al de Siempre es hoy, el disco que vino después, aquel rock hecho electrónica que le sirve de marco a mi cabeza para navegar por cada uno de los rincones de Barcelona, la ciudad donde vivía en aquel momento

IV

No termino de entender porqué la tragedia personal de Gustavo Cerati, sus partes médicos, los Twist de sus fans, está prácticamente instalada en mi casa. Hace rato que, para muchos, para casi todos, llego el momento de cambiar de tema y ocuparse de otra cosa. Por mucho que lo estén lamentando. Eventos trágicos se suceden todos los días; muy mal deben estar las cosas para quien no tenga cuero para sobrellevarlo creando un espacio que le de entrada a otros temas de interés. Otros músicos enormemente admirados se fueron siendo ya un adulto; George Harrison, por ejemplo, se lo llevó un cáncer sin dejarnos el consuelo de haberlo visto en vivo.

Y aquí ando yo, pensando como hubieran sido esos días que nunca le llegaron, esos que iban a pasar, como pasaron los otros, sin que necesariamente les estuviese esperando. El calendario futuro, que se le quedó frío, como una fiesta a la que no llegó nadie. Las fechas de su futuro inmediato, parecidas a las nuestras: nosotros las damos por descontadas, a el le quedaron proscritas. Las fechas que lo traicionaron.

Me lo imagino regresando a su casa, hablando con sus hijos, comentando su gira y arreglando las cosas para aquella operación en el hombro que tanto tiempo estuvo evadiendo. Me lo figuro, pues, como me he figurado a John Lennon y otros ausentes, antes de que el minuto siguiente cambiara de ruta, todavía en enero de 1981, hablando de su gira y del material de su próximo disco. Cuando el presente era, como lo es para todos, una realidad incontrovertible. Sin que los hados de la desgracia hubiesen tenido tiempo de fecundar nada en ellos: cotidianos, cálidos, con espacio para el sarcasmo, dueños absolutos de las circunstancias.
Desconectarme del tema hoy me luce terriblemente irresponsable. En lugar de abandonar a Gustavo Cerati condenado al silencio en esa espantosa cama de Fleni, lo invito a que me acompañe a Gracia, en Barcelona, a escuchar otra vez sus discos.

martes, 8 de junio de 2010

Tiempo de periódicos

Periódicos

Desde que tengo 20 años, no hago sino leer periódicos. Me mancho de tinta, escucho la percusión del paso de sus páginas, calibro logotipos, tipografías, la textura y el olor de cada hoja. Política, sociales, deportes, farándula. Cuerpos a, b, c y d. Me aprendo términos, examino fuentes, pergeño columnas, busco y rebusco tendencias. Obsesionado por “la cosa”: esa maña medio incomprensible por saber por dónde va, y cómo es que está, la cosa.
Entré a estudiar Comunicación Social sin saber muy bien qué hacía, coqueteando los bordes de una idea parecida a la palabra política. Juzgando –acertadamente- demasiado espeso e inconducente un tránsito por Filosofía o Historia.
Para decirlo breve, fue un accidente vocacional que tuvo un final feliz. Entrado el séptimo semestre, sin embargo, ni siquiera tenía claro que alguna vez en la vida iba a terminar ejerciendo el tratamiento de la información como oficio. Es ahora que me vengo a dar cuenta de que he sido, por definición, un periodista desde que salí de la adolescencia. Un sujeto obsesionado por la información que drena con datos inútiles –y entre más inútiles, mejor- su casi catastrófico déficit de atención.
Leo la prensa, lo pienso ahora, compelido por un hábito adquirido a partir de una directriz que no escogí y que me impusieron mis padres: esta monserga “en torno al país”. Lo digo con total franqueza: me hubiera gustado estar un poco menos informado y, al respecto, ser algo más irresponsable. Una compulsión inconsciente que consiste en constatar –casi siempre en vano- que los demás están bien para poder a aspirar a la paz interior sin ninguna clase de culpas. Esta pasión por la política inicialmente incubada, en la universidad pasmada, hoy definitivamente mutada: en lugar de ser un actor y generador, soy un consumidor compulsivo, reportero y a ratos comentarista público de noticias.
La prensa ha atormentado mis días desde que este país decidió irse al carajo, allá por 1992. Entre el 4 de febrero y el 27 de noviembre de este año, siendo un estudiante de periodismo, pensé que iba a enloquecer persiguiendo el rastro informativo que me iba a permitir develar el próximo golpe. Aquella infeliz asonada que, con candidez, aspiraba que no se diera. El golpe que irremediablemente terminó de llegar.
A partir de ese momento, con alegre ingenuidad, desconsolado, con mediano optimismo, furioso, y encontrando, al mismo tiempo, espacios para el placer, he sido un reincidente lector de prensa de la mano de un país que, invariablemente, lo único que hace es equivocarse.
El advenimiento de Caldera; la crisis financiera; las bombas en el CCT; las hazañas de Andrés Galarraga; las espantosas historias del hampa; Irene Sáez y Luis Alfaro Ucero; la desconsoladora ristra de los casos de corrupción; las encuestas, Hugo Chávez. Todo el tormentoso chorizo que ha comprendido esta auténtica pérdida de tiempo y oportunidades que ha comprendido la quinta república.
Toda la vida, articulada con una nota tras otra. Consumir las noticias y verlas pasar, ya frías, para verlas a la salida encarar un trámite final con la palabra historia. Desde que estaba en bachillerato, desde que me gradué, ya graduado, ejerciendo el oficio, siempre esperando por este país, yo lo que he hecho es revisar la prensa. No hay manera de sacarme de encima este hábito que, a estas alturas, se ha vuelto una maldita mala costumbre.
Un rasgo que, como el alcoholismo, parece que no se cura, y que con la llegada de internet se ha agravado especialmente: si antes se trataba e ir al quiosco, comprar el vespertino El Mundo o de revisar los avances informativos de la televisión para arañar algún elemento adicional, ahora se trata de un problema que reside en el dedo índice: el clic al botón “actualizar”.

Siete veces siete

La semana informativa en Venezuela tiene unas frecuencias muy precisas. Hace mucho que los venezolanos no consumimos las noticias por placer, por pasión o producto de una decisión personal. Y entre más consumimos noticias, más las detestamos. Pero al mismo tiempo no cambiamos de tema. No paramos de hablar de otra cosa.

Con sus ocurrencias, sus arrebatos, sus larguísimas alocuciones, con las muchas provocaciones y estupideces que dice, Hugo Chávez ha vuelto en Venezuela la información un asunto intravenoso. Una especia de droga. Y como un correlato perverso, como insólita ironía, entre más información genera, más se molesta, en lo personal, con lo que se dice a partir de lo que él informa.

La prensa amanece caliente los lunes, llena de punzantes insinuaciones, de aciagos pronósticos, eco de algún elemento amenazante, de alguna advertencia que ha emanado el propio presidente en su inefable programa de televisión. El tamaño de la marea informativa de cada semana, que de un tiempo a esta parte tiene altitud promedio, va a depender de manera directa de lo que pase en Aló Presidente.

De martes a jueves, el entorno nacional se pone turbio: termina de ver lugar el macabro registro de la urbana violencia de los fines de semana, que, para efectos contables, precisa del día martes para terminar de contabilizar los de lunes; coleccionamos otra evidencia del deterioro de algún servicio público y se pueblan las horas de cadenas, “pases” directos desde Miraflores, declaraciones ministeriales y rumores. Los dimes y diretes del pulso que mantiene la revolución con el resto del país. El tráfico informativo se mantiene especialmente pesado los días miércoles. Nunca fueron los miércoles tan miércoles, tan atravesados, tan obligatorios, tan arrítmicos, tan parecidos a un trámite, tan equidistantes de los lunes, tan lejanos a los viernes, como en este infortunado período histórico.

Y de pronto, hacia el viernes, las tensiones se desanudan. La noche del jueves produce una mutación en el comportamiento urbano que de pronto parece que salpica a los hombres que fabrican noticias. Los del gobierno y los de la oposición. La información entra en una especia de tregua. Si no se desactiva, el ánimo de tormento, en manos de todos, al menos cede. Caminamos desprevenidos hacia la zona de fiestas, emprendemos la nocturnidad buscando novedades, rincones en La Castellana, en Las Mercedes, pactos para intentar olvidar. Sin tener necesariamente clara la sensación de que, si la suerte nos traiciona o jugamos posición adelantada, del aliviadero de los viernes pasaremos al horroroso registro de los lunes. Emprendemos entonces un precario recorrido para reconciliarnos de manera artificial con la realidad.

Nos levantamos entonces los sábados, a comprar un periódico habitual y sospechosamente inofensivo: regularmente flaco, con informaciones más parecidas a balances que a informaciones; con curiosidades y noticias de emprendimiento; con más espacio para consumir deportes y con el siempre certero análisis de Fausto Masó de contrapunto. Perfecto para los sábados.

Y si ese el perfil del sábado, el del domingo parece tener el propósito deliberado de proporcionarnos, incluso, una dosis, ya exótica, pero todavía existente, de placer.

Entrevistas extensas con expertos; crónicas y artículos de opinión que parecen acompañarnos nuestro pesar, que intentan, con éxito, darle proyección al descontento, diluir el ansia de un desenlace inmediato, poner en perspectiva, con cierta esperanza en alguna solución de continuidad, las tensiones que nos toca vivir. Ciertos guiños al humor; reportajes internacionales con extensión, y a continuación, sin disimulo alguno, material para volar: turismo, gastronomía, moda, novedades y tendencias urbanas. Todo mezclado en la salsa de alguna buena noticia que sobre por ahí. Porque, después de todo, seguimos vivos.

Cuando la conclusión se asienta; cuando el derecho a distraernos campea por sus legítimos fueros; cuando caminamos, de la mano de algún libro, por otro dominio temático; cuando recordamos, a la salida de un cine, que los problemas forman parte de la vida, que convivir con las malas noticias es un oficio que hay que aprender a dominar, probado ya en generaciones anteriores; cuando estamos descuidados, la realidad nos secuestra de nuevo.

Alguna fuga informativa; alguna amenaza; alguna insinuación de violencia; algún hijo bastardo de la palabra venganza; alguna historia de la cual no nos gusta hablar; alguna palabra espantosa que podríamos pagar para no tener que oír jamás. Es domingo en la noche. Habrá que esperar conformación: si, como dijo alguien, leer es releer, pues informarse es confirmar. Ya no queda nada por hacer.

Estaremos de nuevo en la semana siguiente, sentado en el estudio de radio, leyendo la indigesta suma de noticias que, alternadas, con sus contrapuntos, con sus pequeños momentos de tregua, como un cólico nefrítico, cada día nos ponen a prueba. Buscando en los rincones del papel dónde es que está ese país fantástico que están enrumbado a la máxima felicidad posible.

La manivela ha dado la vuelta. Es lunes de nuevo. Y ahora ha llegado el Twitter.

sábado, 8 de mayo de 2010

Se habla warao

Monolitos agrestes, sensiblemente rectangulares, zurcidos en sus costados por aves y monos. Pequeños macizos de verde, todos exactamente iguales. En rigor, sedimentos de tierra sobre cuya piel el río grabó una estampa. Más de quince metros de profundidad navegables. Cuando la lluvia escasea, hasta mayo, el agua salada arrincona a la dulce, penetra sus faldas y se incrusta en sus laberintos. Los tres mil caños del Delta del Orinoco forman una relación de espejos fractales en los cuales cualquier podría perderse irremediablemente hasta morir.

Este pedazo de selva, a donde viene a morir un río, este limbo salobre, gigante estación vegetal que le sirve de antesala a las fauces del Atlántico, este particular mar de callejuelas, donde no hay delfines, sino toninas, y donde casi ha desaparecido el Manatí, es el territorio de los waraos. Etnia aborigen de hábitos nómadas, que ha centrado todo su ingenio para subsistir y reproducirse anegada entre unas vías expresas cuyo asfalto es el agua. “Dominar la técnica que permite dominar la naturaleza”. El objetivo fundamental de los waraos consiste en eso: seguir vivos.

Desde Monagas hasta Delta Amacuro, cada tantos palmos de kilómetros de tierra, cualquier lancha podrá avistarlos: secuencias de casas aisladas que parecen vecindarios. No son agrupamientos casuales. No es la palabra “vecino” la que acá puede emplearse con propiedad. Se trata de una unidad monolítica con organización interna, funciones designadas y propiedades para desplazarse. Por acá la denominan “comunidad” warao. En cristiano: se trata de clanes de seres humanos. Varias familias que se juntan en palafitos contiguos con caminerías comunes y, de cara a lo que suceda, han decidido actuar en equipo. “Celulas” culturales, adheridas con el cemento de la solidaridad automática, organizadas y con autoridad.

Casas trabajadas por ellos con la madera, que pueden estar terminadas a los dos meses. Si la obtención del alimento se complica, si se ha expandido alguna plaga, o si el cacique decide que las circunstancias lo aconsejan, los waraos recogen sus corotos y se mudan para establecerse en otro lugar. Pero atención: nadie está autorizado a habitar los espacios abandonados. Quien ocupe unos palafitos que ha dejado una comunidad warao debe saber que está cometiendo una terrible transgresión y que deberá responder por eso. Todas las comunidades circunvecinas estarán al corriente de que aquella morada abandonada tiene dueño: de hecho, en cualquier momento los mudados pueden decidir regresarse. Unas diez familias en promedio ocupan estos palafitos, milenarios y precarios, con aspecto transitorio y de muelle, surcados por una perspectiva visual de chinchorros, de aspecto muy desordenado, sin puertas ni paredes. Pensados para el duro clima de la zona. El techo es un tejido de doble revestimiento hecho a mano con temiche. Bien hechos, afirman ellos, soportan perfectamente la entrada de la lluvia. Suelen tener dos meses de vida útil. Serán entonces sustituidos en un nuevo proceso.


II
Vivir para seguir vivos. Ofrendarse para darle continuidad a esta lucha contra el eterno complot de las circunstancias. Ese es el proceso, que, con el deleite de un artista, han desarrollado los waraos hasta hoy. Los waraos cazan, pescan, siembran y recogen frutas. Cuando pueden, si las ventas de sus artesanías son aceptables, se allanan las diligencias yendo al abasto. Con asombrosa pericia trabajan la hoja del moriche: de sus filamentos, macerados luego de un delicado proceso de cocción, obtienen la materia prima para hacer sus artesanías: chinchorros, mapires, bolsos y objetos similares de asombrosa factura, muy apreciados por los turistas. De lo trabajado en la tierra los waraos obtienen ocumo chino, plátano, caña, yuca amarga. Antes habrán talado y quemado el espacio para crear las condiciones de la siembra. Prueban con frecuencia con el gusano de moriche, porque “hay que variar un poco la comida”. Con chopos, con sofisticadas trampas y con flechas, cazan dantos, venados, lapas y acures. Lo que sobre es convenientemente salado y guardado. Los waraos acompañan las comidas con el casabe o con domplinas, una especie de pan de trigo, en ambos casos hechos por ellos mismos.

El resto de las actividades del warao encuentra su espacio justo en detrás, en la otra banda: el agua, el universo natural de esta etnia. Sobre ella viven, colgando los pies; se bañan, se asean y recrean; se transportan –en curiaras clásicas, hechas por ellos, o en “balajus” con patente guyanesa- para hacer diligencias, encomiendas y para visitar comunidades amigas; para cazar y pescar. Estos recovecos que el criollo encuentra indescifrables entre caño y caño, son para ellos un hábitat fundacional. El día que estuve de visita en la comunidad de guina morena, dos familias improvisaban una cena con el menú del día: dos acures cazados en la tarde que serían servidos con ocumo chino.
III
En esas tierras, cazando, pescando, sembrando, durmiendo y muriendo, los waraos tienen más de seis mil años. Muchísimo antes que el idioma castellano insinuara siquiera la nariz por estos lares; cuando a nadie, ni remotamente, se le podía ocurrir pensar qué querría decir una cosa llamada Venezuela. Años, décadas y siglos en los cuales la alocada mutación del mundo les ha dejado algún recado aislado, como la electricidad, la televisión o los motores para lanchas.
Si bien en Tucupita predomina el bilinguismo y muchos individuos pujan por asimilarse a occidente para dejar atrás sus compromisos ancestrales, un grupo apreciable de los integrantes de esta patria disuelta en el agua, la segunda etnia aborigen más importante del país, constituida por unas 30 mil personas, le sigue rindiendo tributo exclusivo a su universo. En el periplo realizado no vi una sola mujer o niño que supiera hablar castellano, salvo para referirse a montos y hablar de precios. Y los adultos varones, muchos de ellos, se expresan con dificultad.
En estas circunstancias, el idioma ilustra con mucha claridad las escalas y las prioridades. Una mujer que sólo hable warao tiene que saber que estará alternando apenas con un puñado de gente. Este monolinguismo habla del tamaño de las cosas: que muchos de estos venezolanos sólo conversan, opinan e intercambian entre ellos; que de esa franja cultural solo colocarán un pie afuera para vender su trabajo y hablar de dinero; y que poco, por no decir nada, les interesa lo que sucede, no digamos en Caracas, no digamos en Miraflores: lo que sucede en Maturín. El warao es una lengua de transmisión oral, y, aunque parezca extraño, tiene variantes dialectales.