También yo creo que la Hora Cero es una muy buena película. La encomienda de sus actores es cumplida de manera brillante; los detalles técnicos son sobresalientes; algunas secuencias en la calle –especialmente la primera persecución- tiene una factura que, en mi modesto criterio, están ejecutada con maestría.
Son sobrepasadas cotas previas del cine nacional. Felizmente, queda confirmada una clara tendencia al crecimiento de historias y propuestas.
Entre sus actores, el elenco que encarna a la banda de malandros que perpetra el secuestro debe llevarse todos los aplausos del proyecto. Caminaron de la mano de un guión cruzado de giros hilarantes, que discurren con mucha solvencia en medio de la tragedia. Es un film emocionante, con un guión que se hizo creíble y logró salir relativamente airoso de los nudos que le planteó al público.
Recrea La Hora Cero a dos sucesos que efectivamente tuvieron lugar en la Venezuela de los años 90. La huelga general de los médicos de finales de 1996 y la toma de rehenes del Urológico San Román, unos meses antes. Dos episodios infelices, que recrean la decadencia de la Venezuela contemporánea y el lento colapso de eso que ahora llamamos la IV república.
Yo no puedo dejar de advertir, sin embargo, cómo de un tiempo a esta parte, a los directores del cine nacional –y eso incluye al de está película- se les nota el apuro por retratarse peinados frente al lente del gobierno. Observo demasiado celo en obtener 20 en conducta en esa boleta que expide el Ministerio de la Cultura.
Recapitulemos: un escuadrón de policías extorsionados por un político sin escrúpulos, capaz de mandar a matar al hijo que concibió con una doméstica a la que desprecia como si fuera un animal, todo con el objeto de que su esposa no se entere de sus andanzas. Una banda de malandros que termina conformando un elenco de justicieros y provocan una poblada frenética; unos médicos clasistas, ocupados únicamente de sus honorarios. Unos periodistas prostituidos, capaces de entregar su dignidad por una noticia, con una presentadora de televisión amarillista que cambia de postura conforme recibe órdenes de los poderes fácticos.
Demasiadas caricaturas, demasiadas simplificaciones ofensivas al mismo tiempo. Parecen éstas reflexiones de Farruco Sesto. Un atajo de simplezas y ardides folletinescos disueltos en un film que, - repito, porque no lo dudo- tiene indiscutibles meritos formales.
Se argumentara que se trata ésta de una obra de ficción. No lo es: no sólo son los sucesos que inspiran la historia hechos comprobadamente ciertos, sino que son múltiples las insinuaciones y guiños que le hacen las instituciones, cuerpos policiales y canales de televisión a la realidad. Comenzando por la toma que relata las notas de prensa del comienzo.
El ejemplo de La Hora Cero no es aislado. Todo lo contrario: es sintomático. No es la primera vez que uno va al cine de forma desprevenida, feliz ante la buenas nuevas que, de un tiempo a esta parte, viene ofreciendo el cine nacional, para toparse, encapsulados y disueltos en una historia convincente, éstos ardides recalentados de encapuchado sin oficio.
El régimen anterior cometió toda suerte de tropelías, eso nadie lo discute. Es una realidad con pruebas tangibles: no tendríamos en un ministerio de la Cultura a un sujeto como Sesto de no haber tenido la infeliz sucesión de gobiernos del tiempo reciente. Una cosa es consecuencia de la otra.
Pero el régimen anterior, al menos, estaba dispuesto a examinar sus miserias y las del país sin imponerle a nadie cánticos alegóricos como condición previa. Todo lo contrario: la guanábana aprobaba en el viejo Congreso Nacional recursos para financiarle las reflexiones a Román Chalbaud y a Rodolfo Santana. Dicterios descarnados, con frecuencia muy ciertos, que llegaban a la ofensa personal. Yo me pregunto si un gobierno como éste, que le encanta posar de libertario, sería posible presentar en cartelera una versión a la inversa de, por ejemplo, un panfleto tan ausente de disimulos como Amaneció de Golpe.
¿Qué tal una película sobre la lista Tascón; sobre la obediencia debida en la administración pública; sobre los matones que amedrentan a la ciudadanía con camisas rojas en las calles; sobre el caso de Guido Antonini Wilson? ¿Que tal una comedia sobre los limites de la adulancia? Claro: no habría dinero y no habría proyecto. El dueño de los guantes, el bate y la pelota recogería sus pertrechos; no habría juego para nadie
El atajo que toma La Hora Cero está confeccionado una forma bastante peculiar y eplíptica de cuadrarse con las circunstancias. Repito: no es la primera vez. Reflexiones subliminales y metamensajes pensados para gente desprevenida
jueves, 18 de noviembre de 2010
miércoles, 29 de septiembre de 2010
Gustavo Cerati un minuto antes del colapso
Hora y media fue el espacio comprendido entre el fin de su último concierto y la crisis que tiene a Gustavo Cerati en un doloroso limbo vital. Es el lunes 17 de mayo cuando su estado se agrava de forma severa. El músico llegó a tener plena conciencia de sus dolencias y eso lo condujo a una grave alteración emocional. La gira fue intensa y el trabajo excesivo, pero no hubo rumbas previas en la ciudad. La estancia en Caracas de Gustavo Cerati todavía tenía puntos ciegos
Alonso Moleiro
Una navegación a través del entorno humano y emocional que circundó el trágico episodio del colapso de Gustavo Cerati en Caracas permite extraer una conclusión: el astro argentino no sólo llegó a tener plena conciencia de la gravedad de su problema, sino que vio aproximarse con claridad las puertas del vacío en el cual hoy subsiste suspendido.
El día decisivo para comprender el desenlace de este trance no fue el sábado 15 de mayo, día de la crisis, sino el domingo 16, fecha del ingreso. Es a partir de entonces que el planteamiento inicial de su dolencia conoció, en cosa de horas, una siniestra –pero más o menos habitual en estos casos- metamorfosis. El rostro definitivo de sus consecuencias iba a ser apreciado el lunes. Su ingreso al Centro Médico Docente La Trinidad se produjo en medio de una comprensible ansiedad adobada con sorpresa, pero ninguno de los protagonistas de este episodio pudo figurarse ni remotamente que las consecuencias iban a ser tan devastadoras.
Parece cierta la hipótesis de que aquel día el músico despertó relativamente estabilizado, incluso de buen humor, con ánimos suficientes para bañarse, comerse las arepas que ha reseñado la prensa y caminar con ayuda por el entorno de la habitación.
De la tarde a la noche del lunes, sin embargo, tuvo lugar un evento inesperado y aún desconocido para el público grueso. Luego de un interregno en el cual pudo dormir, Gustavo Cerati comprobó que no podía escribir y que tenía completamente inutilizada su pierna izquierda. Las insinuaciones mecánicas que se le habían asomado a partir de la noche del sábado ya habían conocido un desenlace inapelable. Le sobrevino a continuación una terrible crisis emocional: tuvo que ser contenido en masa por los músicos de la banda y sus amigos para que no saliera de la cama.
El desajuste puede haber constituido el pórtico del agravamiento de su situación: bordeando la hora de la cena, una rubia médico de guardia constató con alarma que sus signos vitales estaban bordeando la subsistencia. Cerati fue trasladado de emergencia espacio que ha pasado a convertirse en una residencia fija: la sala de terapia intensiva.
I
“El mejor concierto de toda la gira Fuerza Natural” le declaró Richard Coleman, uno de los miembros del séquito, al rotativo argentino Clarín hace muy poco. Una velada húmeda y relativamente fresca en la Universidad Simón Bolívar, en la cual la audiencia se encontró a un Gustavo Cerati especialmente simpático y elocuente, lo suficientemente animado para ofrecerle al público, por ejemplo, una versión de “A merced” nunca antes tocada en vivo.
Había arribado Cerati a Caracas el viernes 14 procedente de Bogotá. Un largo tour de vuelos continuos, mucho trabajo y excesos en fiestas que habían sido desaconsejados por sus médicos personales: fumador irremediable de cigarrillos en cadena, Cerati ya había sufrido cuatro años atrás de una trombosis en la vena de una de sus piernas que le dejó unas cuantas semanas sin caminar. La recuperación llegó rápido, había dejado de fumar, pero quedó el susto: un “cagazo tremendo”, como le había confesado a un periodista austral.
Algunas versiones de prensa –que incluyen reportajes hechos en el Cono Sur- han reseñado que, llegado a Caracas, Cerati había visitado algunos lugares nocturnos hasta altísimas horas de la noche, y atribuyen lo acaecido en estas juergas como el paso previo a la crisis.
Se ha hablado en particular de Moulin Rouge, en Sabana Grande –uno de los espacios que más tarde cierra en Caracas- como el escenario en el cual él y sus músicos calentaron motores como paso previo al concierto. Marcos Santos, uno de los propietarios del local, desmiente por completo lo que considera un mal entendido. “Ese día estuvimos hasta bien tarde en local y nadie supo nade de Cerati”, explica. “Ese chisme se extendió porque en una página web se hizo un montaje con su foto en unos de los sillones del local. La verdad es que todo formó parte de una broma.”
Confirma la información Víctor Méndez, dj que amenizó la velada del “after party” en el camerino durante en el concierto de 2006, en el Sambil, y que iba a hacer lo mismo en la Universidad Simón Bolívar. “Si salió a rumbear el viernes nadie supo nada”, afirma. “Yo no sé si hizo algo privado, tan privado que ni nosotros lo supimos, o se reunió con su gente en la suite que ocupaba en el hotel. Estoy totalmente seguro de que el viernes él no salió a ninguna parte”.
II
Sin embargo, el aspecto de Cerati al día siguiente era el de, como mínimo, un evidente trasnocho. Independientemente de que sea cierto que no salió a la calle de juerga. Se presentó, como estaba pautado, pasada la hora del almuerzo a la USB, en la zona del concierto. Tenía pendiente concluir el “meet and greed”: encuentro organizado por Evenpro con el artista junto a los ganadores de un concurso de twitter a partir del cual se tomarían fotos y se repartirían autógrafos. Luego efectuarían la correspondiente prueba de sonido.
La periodista Herminia Fernández fue una de las afortunadas participantes del “meet and greed”. Ella recuerda que Cerati se presentó con el desaliño propio de un pop star: franela gris y jeans deslavados; lentes oscuros y unos zapatos de goma que ni siquiera tenían las trenzas amarradas. “Fue muy simpático desde el principio”, recuerda. “Nos invitó a cordializar a todos. ‘rompamos el hieló’ fue lo que dijo”. El músico cumplió pacientemente con el trámite: fotos con los ganadores y obsequios; firmas autografiadas, conversiones algo torpes con fanáticos que no conocía y hasta un poema, con llanto incluido, de una de las participantes.
Pudo Fernández quedarse a contemplar la prueba de sonido, un auténtico privilegio que hizo imborrable aquella experiencia. Andrea Benavides, de Evenpro, rememora: “Lucía muy relajado. Tocó casi todo el repertorio de Fuerza Natural mientras bromeaba con la audiencia. Varias veces, porque no le llegaba, pidió que le acercaran una cerveza Polar. ‘Es que no hay una Polar en este país?’, se preguntaba”
La prueba concluyó sobre las cinco de la tarde. Volverían al hotel para arreglarse. Todo estaba listo para ofrecerle a la audiencia de Caracas aquel memorable último concierto. “En la firma de autógrafos, Cerati nos comentó que no se sentía bien”, dice Fernández. “Con eso se disculpó para terminar la conversación. Dijo que estaba resfriado”.
III
“Esta noche tenemos fiesta y será con Leandro Fresco”, prometía Cerati en medio de una ovación cuando se aproximaba el fin del recital. El tecladista de la banda, organizador de otros alter party memorables durante el paso de los argentinos por Caracas, tenía arreglado con su amigo, el locutor y dj venezolano David Rondón, una fiesta de despedida que tendría lugar en Atlantique. Aquel fue, en rigor, el único encuentro nocturno pensado en Caracas para el tour Fuerza Natural.
“El día del concierto y la fiesta, voy al hotel Meliá a verme con Leandro, saludar, llevarle las invitaciones y buscar los pases de backstage”, recuerda Rondón. ”Estuvimos un rato hablando y quedamos en vernos en allá para irnos todos a la fiesta.”. Prosigue: “cuando llegamos a backstage después del concierto los chicos estaban cenando. Como tenía que irme a la fiesta le dije a Leandro que me avisarán al llegar para el acceso de la banda. Justo después, Leandro me escribió que había pasado algo terrible y que se iban a la clínica. Nos fuimos a la fiesta muy tristes, con el "secreto" en las manos. A la hora todo el mundo escribiéndome y haciendo especulaciones. Horrible. Leandro, tan buen amigo que es, horas después fue todo preocupado a la fiesta, queriendo cumplir con su trabajo, pero desbastado por lo de Gustavo.”
Recapitulemos: completada la despedida y el bis, Cerati y los miembros de su banda entraron felices y satisfechos al camerino. Luego de la cena tendría lugar una pequeña velada para celebrar el último concierto de la gira. La banda se tomaría una última foto. Luego, los que desearan partirían a la rumba de Atlantique.
Parece cierta la hipótesis de que a Cerati le irritó la entrada descontrolada e inconsulta de público que, con una pulsera a manera de pase, entró al camerino para conocer al astro para tomarse fotos. El dj Victor Méndez dice: “Normalmente entra publico escogido al camerino. Pero es gente selecta, que se sabrá dar su puesto y podrá comportarse como corresponde ante un astro como Cerati. Si un montón de gente te invade y te aborda sin que te pregunten nada, claro que te tienes que molestar.”
En unas declaraciones muy recientes a Clarin, el argentino Richard Coleman lo recuerda así. “Habíamos tenido un show excelente. Después, nos fuimos a camerinos, nos cambiamos, cenamos y recibimos visitas. Todo en el transcurso de una hora y media. Como era el último show de esa etapa de la gira, nos sacamos una foto con el equipo. Gustavo estaba con cara de cansado. Después, él volvió al camerino y se quedó solo. Al rato, tuvo una isquemia. Perdió el control sobre la mano y el brazo, y fue socorrido por alguien del equipo.(…) En los pasillos, encontré un movimiento muy raro. Adrián Taverna me miró con una cara de que algo malo había pasado. Llegaron los paramédicos y le controlaron la presión… La camilla se lo llevó consciente, y crucé miradas con él.” Tomo un tiempo disolver por completo la atmósfera de celebración que aún imperaba. “Me siento mal. Me quiero ir a la mierda”, había dicho Cerati luego de la foto de familia.
El Centro Médico Docente la Trinidad era la unidad médica con prestigio más cercana. Víctor Méndez recuerda que no hubo que esperar nada entre la crisis y la salida: la ambulancia estaba ahí. Su presencia es obligante en el caso de un astro de su talla, aún si no estuviera pasando nada. También él lo vio pasar justo a su lado en una camilla.
IV
El ex Dermis Tatú y actual Bacalao Man, Sebastián Araujo, había escuchado en diagonal que Cerati estaba en una clínica en Caracas. Como muchos por entonces, pensó que se trataría de alguna indisposición pasajera: la “fuerte subida de presión” a la que hacían referencia los partes oficiales.
Aunque es amigo personal de varios de los miembros del entorno musical de Cerati, muy especialmente del baterista, Fernando Samalea, había permanecido, por esta vez, alejado de los pormenores del show. Es Héctor Castillo, su compañero en Dermis Tatú, hoy aquilatado productor musical internacional muy cercano a Cerati, quién lo llama para confirmarle la gravedad de la situación.
“Yo me activo a partir del miércoles 19. Todos los miembros de la banda se quedaron varados en Caracas. Me ocupé de orientarlos y atenderlos. Héctor me pidió que atendiera sobre todo a Anita Alvarez de Toledo, la corista, por la que Cerati sentía un especial afecto”.
Toda la banda estaba en la clínica aquel martes: a la crisis le siguió la famosa operación de emergencia que puso a sus fans en vilo y colocó al astro en el suspenso actual. Devastados, ninguno quiso declararle a la prensa. Goteados entre esa semana y la siguiente, comenzaron a abandonar el país.
El martes 18 llegan a Caracas la madre de Cerati y su hermana. Araujo cuido de Anita Alvarez, a quien tuvo en su casa en Los Palos Grandes casi un mes completo –el tiempo en el cual estuvo Cerati hospitalizado acá- y el resto de los músicos. Atendió personalmente a la madre y la hermana de Cerati, quienes, ya en la ciudad, asumieron el control de las decisiones del paciente.
Fueron horas de largas conversaciones, recuerdos, incertidumbre y drenajes de angustia. Araujo recuerda que a la hermana y la madre de Cerati estaban atormentadas con el tráfico y la distancia que mediaba entre el hotel y la clínica. “Fueron muy amables, educadas y agradecidas. Anita estaba destruida, pero disfrutó mucho más la ciudad. Salimos bastante y conversamos muchísimo. Se fue con ganas de regresar.”
Una aeroambulancia cruzó un mes después el cielo de Caracas a Buenos Aires y se los llevó a todos con su nuevo tormento. El centro Fleni es, desde entonces, una residencia. El drama de Gustavo Cerati ya le pertenecía a todo el hemisferio
Alonso Moleiro
Una navegación a través del entorno humano y emocional que circundó el trágico episodio del colapso de Gustavo Cerati en Caracas permite extraer una conclusión: el astro argentino no sólo llegó a tener plena conciencia de la gravedad de su problema, sino que vio aproximarse con claridad las puertas del vacío en el cual hoy subsiste suspendido.
El día decisivo para comprender el desenlace de este trance no fue el sábado 15 de mayo, día de la crisis, sino el domingo 16, fecha del ingreso. Es a partir de entonces que el planteamiento inicial de su dolencia conoció, en cosa de horas, una siniestra –pero más o menos habitual en estos casos- metamorfosis. El rostro definitivo de sus consecuencias iba a ser apreciado el lunes. Su ingreso al Centro Médico Docente La Trinidad se produjo en medio de una comprensible ansiedad adobada con sorpresa, pero ninguno de los protagonistas de este episodio pudo figurarse ni remotamente que las consecuencias iban a ser tan devastadoras.
Parece cierta la hipótesis de que aquel día el músico despertó relativamente estabilizado, incluso de buen humor, con ánimos suficientes para bañarse, comerse las arepas que ha reseñado la prensa y caminar con ayuda por el entorno de la habitación.
De la tarde a la noche del lunes, sin embargo, tuvo lugar un evento inesperado y aún desconocido para el público grueso. Luego de un interregno en el cual pudo dormir, Gustavo Cerati comprobó que no podía escribir y que tenía completamente inutilizada su pierna izquierda. Las insinuaciones mecánicas que se le habían asomado a partir de la noche del sábado ya habían conocido un desenlace inapelable. Le sobrevino a continuación una terrible crisis emocional: tuvo que ser contenido en masa por los músicos de la banda y sus amigos para que no saliera de la cama.
El desajuste puede haber constituido el pórtico del agravamiento de su situación: bordeando la hora de la cena, una rubia médico de guardia constató con alarma que sus signos vitales estaban bordeando la subsistencia. Cerati fue trasladado de emergencia espacio que ha pasado a convertirse en una residencia fija: la sala de terapia intensiva.
I
“El mejor concierto de toda la gira Fuerza Natural” le declaró Richard Coleman, uno de los miembros del séquito, al rotativo argentino Clarín hace muy poco. Una velada húmeda y relativamente fresca en la Universidad Simón Bolívar, en la cual la audiencia se encontró a un Gustavo Cerati especialmente simpático y elocuente, lo suficientemente animado para ofrecerle al público, por ejemplo, una versión de “A merced” nunca antes tocada en vivo.
Había arribado Cerati a Caracas el viernes 14 procedente de Bogotá. Un largo tour de vuelos continuos, mucho trabajo y excesos en fiestas que habían sido desaconsejados por sus médicos personales: fumador irremediable de cigarrillos en cadena, Cerati ya había sufrido cuatro años atrás de una trombosis en la vena de una de sus piernas que le dejó unas cuantas semanas sin caminar. La recuperación llegó rápido, había dejado de fumar, pero quedó el susto: un “cagazo tremendo”, como le había confesado a un periodista austral.
Algunas versiones de prensa –que incluyen reportajes hechos en el Cono Sur- han reseñado que, llegado a Caracas, Cerati había visitado algunos lugares nocturnos hasta altísimas horas de la noche, y atribuyen lo acaecido en estas juergas como el paso previo a la crisis.
Se ha hablado en particular de Moulin Rouge, en Sabana Grande –uno de los espacios que más tarde cierra en Caracas- como el escenario en el cual él y sus músicos calentaron motores como paso previo al concierto. Marcos Santos, uno de los propietarios del local, desmiente por completo lo que considera un mal entendido. “Ese día estuvimos hasta bien tarde en local y nadie supo nade de Cerati”, explica. “Ese chisme se extendió porque en una página web se hizo un montaje con su foto en unos de los sillones del local. La verdad es que todo formó parte de una broma.”
Confirma la información Víctor Méndez, dj que amenizó la velada del “after party” en el camerino durante en el concierto de 2006, en el Sambil, y que iba a hacer lo mismo en la Universidad Simón Bolívar. “Si salió a rumbear el viernes nadie supo nada”, afirma. “Yo no sé si hizo algo privado, tan privado que ni nosotros lo supimos, o se reunió con su gente en la suite que ocupaba en el hotel. Estoy totalmente seguro de que el viernes él no salió a ninguna parte”.
II
Sin embargo, el aspecto de Cerati al día siguiente era el de, como mínimo, un evidente trasnocho. Independientemente de que sea cierto que no salió a la calle de juerga. Se presentó, como estaba pautado, pasada la hora del almuerzo a la USB, en la zona del concierto. Tenía pendiente concluir el “meet and greed”: encuentro organizado por Evenpro con el artista junto a los ganadores de un concurso de twitter a partir del cual se tomarían fotos y se repartirían autógrafos. Luego efectuarían la correspondiente prueba de sonido.
La periodista Herminia Fernández fue una de las afortunadas participantes del “meet and greed”. Ella recuerda que Cerati se presentó con el desaliño propio de un pop star: franela gris y jeans deslavados; lentes oscuros y unos zapatos de goma que ni siquiera tenían las trenzas amarradas. “Fue muy simpático desde el principio”, recuerda. “Nos invitó a cordializar a todos. ‘rompamos el hieló’ fue lo que dijo”. El músico cumplió pacientemente con el trámite: fotos con los ganadores y obsequios; firmas autografiadas, conversiones algo torpes con fanáticos que no conocía y hasta un poema, con llanto incluido, de una de las participantes.
Pudo Fernández quedarse a contemplar la prueba de sonido, un auténtico privilegio que hizo imborrable aquella experiencia. Andrea Benavides, de Evenpro, rememora: “Lucía muy relajado. Tocó casi todo el repertorio de Fuerza Natural mientras bromeaba con la audiencia. Varias veces, porque no le llegaba, pidió que le acercaran una cerveza Polar. ‘Es que no hay una Polar en este país?’, se preguntaba”
La prueba concluyó sobre las cinco de la tarde. Volverían al hotel para arreglarse. Todo estaba listo para ofrecerle a la audiencia de Caracas aquel memorable último concierto. “En la firma de autógrafos, Cerati nos comentó que no se sentía bien”, dice Fernández. “Con eso se disculpó para terminar la conversación. Dijo que estaba resfriado”.
III
“Esta noche tenemos fiesta y será con Leandro Fresco”, prometía Cerati en medio de una ovación cuando se aproximaba el fin del recital. El tecladista de la banda, organizador de otros alter party memorables durante el paso de los argentinos por Caracas, tenía arreglado con su amigo, el locutor y dj venezolano David Rondón, una fiesta de despedida que tendría lugar en Atlantique. Aquel fue, en rigor, el único encuentro nocturno pensado en Caracas para el tour Fuerza Natural.
“El día del concierto y la fiesta, voy al hotel Meliá a verme con Leandro, saludar, llevarle las invitaciones y buscar los pases de backstage”, recuerda Rondón. ”Estuvimos un rato hablando y quedamos en vernos en allá para irnos todos a la fiesta.”. Prosigue: “cuando llegamos a backstage después del concierto los chicos estaban cenando. Como tenía que irme a la fiesta le dije a Leandro que me avisarán al llegar para el acceso de la banda. Justo después, Leandro me escribió que había pasado algo terrible y que se iban a la clínica. Nos fuimos a la fiesta muy tristes, con el "secreto" en las manos. A la hora todo el mundo escribiéndome y haciendo especulaciones. Horrible. Leandro, tan buen amigo que es, horas después fue todo preocupado a la fiesta, queriendo cumplir con su trabajo, pero desbastado por lo de Gustavo.”
Recapitulemos: completada la despedida y el bis, Cerati y los miembros de su banda entraron felices y satisfechos al camerino. Luego de la cena tendría lugar una pequeña velada para celebrar el último concierto de la gira. La banda se tomaría una última foto. Luego, los que desearan partirían a la rumba de Atlantique.
Parece cierta la hipótesis de que a Cerati le irritó la entrada descontrolada e inconsulta de público que, con una pulsera a manera de pase, entró al camerino para conocer al astro para tomarse fotos. El dj Victor Méndez dice: “Normalmente entra publico escogido al camerino. Pero es gente selecta, que se sabrá dar su puesto y podrá comportarse como corresponde ante un astro como Cerati. Si un montón de gente te invade y te aborda sin que te pregunten nada, claro que te tienes que molestar.”
En unas declaraciones muy recientes a Clarin, el argentino Richard Coleman lo recuerda así. “Habíamos tenido un show excelente. Después, nos fuimos a camerinos, nos cambiamos, cenamos y recibimos visitas. Todo en el transcurso de una hora y media. Como era el último show de esa etapa de la gira, nos sacamos una foto con el equipo. Gustavo estaba con cara de cansado. Después, él volvió al camerino y se quedó solo. Al rato, tuvo una isquemia. Perdió el control sobre la mano y el brazo, y fue socorrido por alguien del equipo.(…) En los pasillos, encontré un movimiento muy raro. Adrián Taverna me miró con una cara de que algo malo había pasado. Llegaron los paramédicos y le controlaron la presión… La camilla se lo llevó consciente, y crucé miradas con él.” Tomo un tiempo disolver por completo la atmósfera de celebración que aún imperaba. “Me siento mal. Me quiero ir a la mierda”, había dicho Cerati luego de la foto de familia.
El Centro Médico Docente la Trinidad era la unidad médica con prestigio más cercana. Víctor Méndez recuerda que no hubo que esperar nada entre la crisis y la salida: la ambulancia estaba ahí. Su presencia es obligante en el caso de un astro de su talla, aún si no estuviera pasando nada. También él lo vio pasar justo a su lado en una camilla.
IV
El ex Dermis Tatú y actual Bacalao Man, Sebastián Araujo, había escuchado en diagonal que Cerati estaba en una clínica en Caracas. Como muchos por entonces, pensó que se trataría de alguna indisposición pasajera: la “fuerte subida de presión” a la que hacían referencia los partes oficiales.
Aunque es amigo personal de varios de los miembros del entorno musical de Cerati, muy especialmente del baterista, Fernando Samalea, había permanecido, por esta vez, alejado de los pormenores del show. Es Héctor Castillo, su compañero en Dermis Tatú, hoy aquilatado productor musical internacional muy cercano a Cerati, quién lo llama para confirmarle la gravedad de la situación.
“Yo me activo a partir del miércoles 19. Todos los miembros de la banda se quedaron varados en Caracas. Me ocupé de orientarlos y atenderlos. Héctor me pidió que atendiera sobre todo a Anita Alvarez de Toledo, la corista, por la que Cerati sentía un especial afecto”.
Toda la banda estaba en la clínica aquel martes: a la crisis le siguió la famosa operación de emergencia que puso a sus fans en vilo y colocó al astro en el suspenso actual. Devastados, ninguno quiso declararle a la prensa. Goteados entre esa semana y la siguiente, comenzaron a abandonar el país.
El martes 18 llegan a Caracas la madre de Cerati y su hermana. Araujo cuido de Anita Alvarez, a quien tuvo en su casa en Los Palos Grandes casi un mes completo –el tiempo en el cual estuvo Cerati hospitalizado acá- y el resto de los músicos. Atendió personalmente a la madre y la hermana de Cerati, quienes, ya en la ciudad, asumieron el control de las decisiones del paciente.
Fueron horas de largas conversaciones, recuerdos, incertidumbre y drenajes de angustia. Araujo recuerda que a la hermana y la madre de Cerati estaban atormentadas con el tráfico y la distancia que mediaba entre el hotel y la clínica. “Fueron muy amables, educadas y agradecidas. Anita estaba destruida, pero disfrutó mucho más la ciudad. Salimos bastante y conversamos muchísimo. Se fue con ganas de regresar.”
Una aeroambulancia cruzó un mes después el cielo de Caracas a Buenos Aires y se los llevó a todos con su nuevo tormento. El centro Fleni es, desde entonces, una residencia. El drama de Gustavo Cerati ya le pertenecía a todo el hemisferio
viernes, 3 de septiembre de 2010
cine nacional: buenas noticias en tiempos de decadencia
I
Al cine nacional, como al fútbol nacional, me aburrí de defenderlo luego de pasarme toda la adolescencia ejerciendo una militante y panglossiana, una más o menos inexplicable defensa de su calidad y sus verdaderas posibilidades de crecimiento.
Que estábamos a punto; que reflejaban nuestra realidad; que era todo un mérito que criticaran al sistema; que eran producciones reivindicativas y de izquierda, que le decían verdades un público inscrito en el contexto de la sociedad saudita que entonces estaba de fiesta. Que por ahí venía el gran premio que iba a consolidar la sucesión de esfuerzos que estaban en inventario.
Los años dejaron tras de si altibajos importantes en producción y calidad que fueron sedimentando un sentimiento parecido a la decepción. Hablamos de la última parte del “boom” que había nacido en los años 70. Ejercicios intelectuales empalagosos, a veces incomprensibles; historias crudas con logros formales apenas parciales; situaciones de comedia estrepitosas; “denuncias” sociales cruzadas por toda suerte de lugares comunes y debilidades técnicas, pensadas para jurados de premios distantes, siempre pescados en su inocencia.
Decepción que fue conduciendo las cosas, no al desamor, sino al matizado entorno del desentendimiento. Se acabaron, dejada la ingenuidad de los años adolescentes, las posiciones incondicionales: seria avisado por la crítica el día que valiera la pena pagar por cuenta propia una película venezolana. Ya de adulto, en pleno uso soberano del sentido común, me distancié de cualquier aproximación “comprometida” al cine venezolano como causa.
Entre otras cosas porque ya era hora de que lo hecho en Venezuela aprendiera a defenderse sólo. Comenzaba a ponerse fastidiosa la factura local hecha deber y convertida en una causa. Ya no iría al cine a ver películas hechas acá “porque hay que apoyarlas”; “porque fue hecha con mucho cariño y poco presupuesto”, y, en resumidas cuentas, porque su mérito estriba exclusivamente en que eran de aquí.
II
Años, décadas enteras, fueron pasando en ese vaivén. Policiales interesantes, como Homicidio Culposo, El Atentado o Más allá del Silencio; comedias simpáticas, como Adiós Miami; denuncias de corrupción como El Escándalo.
Ya en los noventa, la oleada del denominado “nuevo” cine venezolano con sus promesas y sus realidades – directores emergentes esperanzadores, como Lamata, Oscar Lucién Atahualpa Lichy, Azpúrua, Leonardo Henríquez. Río Negro, Jericó y Disparen a Matar. Algunos premios internacionales alentadores en el ámbito hemisférico.
Dos causas concurrieron, al menos en mi caso, para que la creciente sensación de que la promesa no iba a materializarse jamás fuera tomando cuerpo: la lenta decadencia de Román Chalbaud como tótem entre los realizadores venezolanos, y la enorme, a ratos interminable, tardanza que tenían los estrenos en hacer aparición. Hubo momentos en los que la ausencia de producciones nacionales era sencillamente escandalosa: un estreno bianual entre tres o cuatro películas prescindibles. Todo en un lustro de cinco años.
Y luego de ver películas argentinas, brasileras y mexicanas tomando por asalto la barrera anglosajona, conquistando una sorprendente secuencia de premios universales y reventando la taquilla, algunas de ellas tomando de la mano la estatuilla de un Oscar, lo cosechado en Venezuela pasó a lucir inapelablemente modesto. En una entrevista concedida al realizador mexicano Irriñatu, éste le reconoció con toda tranquilidad a la reportera de turno que no podía opinar sobre lo hecho en el país porque nada conocía de la cinematografía local.
Una curiosa afirmación que, vista con cuidado, es especialmente afrentosa, aún cuando sea involuntaria: las realizaciones de los países latinoamericanos se cruzan con frecuencia las caras en una larga serie de festivales latinoamericanos y europeos. Al menos de vista, debían conocerse.
Bien que mal, viendo hacia atrás, tampoco se trata de que no existan relieves en el cine venezolano: el premio de Cannes de Fina Torres; los lauros obtenidos por Chalbaud en festivales españoles y franceses; el Coral de Lamata en La Habana y los galardones de Elia Schneider y su esposo Novoa a mediados de los noventa hablan de una cinematografía que tampoco merece ser juzgada como inexistente. Podemos agregar ahora el Biarritz de Mariana Rondón
A partir del desdeñoso juicio de Irriñatu, recuerdo haber convenido en una conversación informal y accidental con Luis Alberto Lamata en el diagnóstico: el cine nacional tiene un promedio de facturación relativamente aceptable en la región, con varias buenas películas y todavía ninguna sobresaliente.
III
Toda la vida me han parecido lamentables y pobrísimos los argumentos que desprecian a las películas venezolanas “porque dicen muchas groserías” o porque en sus secuencias desfilan putas o mujeres desnudas.
No se trata sólo porque groserías dicen todas, y todos las decimos todos los días, sino porque es esta una apreciación que parece ignorar por completo el mandato de una creación artística: hacer una semblanza honesta de la realidad “interviniendo” el entorno que nos circunda con una historia de personas con nombres y apellidos. Argumentos mojigatos medio incomprensibles, que parecen tocados por la dictadura de los doblajes mexicanos de la televisión. Quejarse de una película porque tenga groserías equivale a ofenderse con el cubismo porque no le rinde tributo fiel a las simetrías del rostro.
Podría reconocer que los temas del cine nacional son con frecuencia atormentados y sórdidos, obsesionados con la transgresión de la ley. Incluso antes de que el país entrara en la crisis actual. Es decir, en lo personal echo en falta el desarrollo de temas urbanos, de comedias compactas, de dramas inteligentes centradas en casos particulares. Que no siempre tengan que estarle rindiendo un tributo culpable a nuestro contexto y nuestros males sociales.
Todo lo cual no me impide afirmar que encuentro igualmente ridículo y pedante es aproximarse a las producciones nacionales con sorna porque no traen consigo los atractivos del cine de género. Frivolidades reflexivas adobadas con el perfumado espíritu de las series televisivas. Una audiencia que no quiere mirar a los lados ni asumir las realidades del país en el cual vive.
IV
Pues bien: he aquí que, como el fútbol, el cine venezolano comienza a dar señales alentadoras ahora, cuando dejé de prestarle atención militante. Una camada de nuevos realizadores, temas alternativos, una cantidad ya apreciable de entregas anuales y solvencia técnica. Apuestas a la comedia que caen de pie; experimentos sobradamente taquilleros y de calidad formal inobjetable, distribuidos en el mundo y reconocidos por el público, como el Secuestro Express de Jakubowicz.
Junto a Taita Boves y Habana Eva, el nuevo emblema se llama Hermano, de Marcel Rasquin. Ha logrado, no sólo obtener menciones unánimes en premios tan aquilatados como Moscú y Los Angeles, –parece que ahora va por el de Montreal- sino que lo que pocas, acaso ninguna, producción local había hecho suyo: domeñar los espíritus más cáusticos, tener a la crítica local en el bolsillo, obtener una secuencia de elogios que no deja de asombrar, y, por último, aproximarse a la tragedia social de nuestras barriadas sin malos ni buenos, sin las torrenciales chorradas emocionales demagógicas que se han vuelto tan lamentables y comunes en este tiempo.
Me lo dijo mi amigo Juan Carlos Páez con macerado optimismo: podría ser ésta la versión local de Ciudad de Dios. Comienza a dar la sensación de que algo muy grande podría ocurrir con este proyecto, punta de lanza de lo que parece un nuevo movimiento, en este contexto decadente.
Al cine nacional, como al fútbol nacional, me aburrí de defenderlo luego de pasarme toda la adolescencia ejerciendo una militante y panglossiana, una más o menos inexplicable defensa de su calidad y sus verdaderas posibilidades de crecimiento.
Que estábamos a punto; que reflejaban nuestra realidad; que era todo un mérito que criticaran al sistema; que eran producciones reivindicativas y de izquierda, que le decían verdades un público inscrito en el contexto de la sociedad saudita que entonces estaba de fiesta. Que por ahí venía el gran premio que iba a consolidar la sucesión de esfuerzos que estaban en inventario.
Los años dejaron tras de si altibajos importantes en producción y calidad que fueron sedimentando un sentimiento parecido a la decepción. Hablamos de la última parte del “boom” que había nacido en los años 70. Ejercicios intelectuales empalagosos, a veces incomprensibles; historias crudas con logros formales apenas parciales; situaciones de comedia estrepitosas; “denuncias” sociales cruzadas por toda suerte de lugares comunes y debilidades técnicas, pensadas para jurados de premios distantes, siempre pescados en su inocencia.
Decepción que fue conduciendo las cosas, no al desamor, sino al matizado entorno del desentendimiento. Se acabaron, dejada la ingenuidad de los años adolescentes, las posiciones incondicionales: seria avisado por la crítica el día que valiera la pena pagar por cuenta propia una película venezolana. Ya de adulto, en pleno uso soberano del sentido común, me distancié de cualquier aproximación “comprometida” al cine venezolano como causa.
Entre otras cosas porque ya era hora de que lo hecho en Venezuela aprendiera a defenderse sólo. Comenzaba a ponerse fastidiosa la factura local hecha deber y convertida en una causa. Ya no iría al cine a ver películas hechas acá “porque hay que apoyarlas”; “porque fue hecha con mucho cariño y poco presupuesto”, y, en resumidas cuentas, porque su mérito estriba exclusivamente en que eran de aquí.
II
Años, décadas enteras, fueron pasando en ese vaivén. Policiales interesantes, como Homicidio Culposo, El Atentado o Más allá del Silencio; comedias simpáticas, como Adiós Miami; denuncias de corrupción como El Escándalo.
Ya en los noventa, la oleada del denominado “nuevo” cine venezolano con sus promesas y sus realidades – directores emergentes esperanzadores, como Lamata, Oscar Lucién Atahualpa Lichy, Azpúrua, Leonardo Henríquez. Río Negro, Jericó y Disparen a Matar. Algunos premios internacionales alentadores en el ámbito hemisférico.
Dos causas concurrieron, al menos en mi caso, para que la creciente sensación de que la promesa no iba a materializarse jamás fuera tomando cuerpo: la lenta decadencia de Román Chalbaud como tótem entre los realizadores venezolanos, y la enorme, a ratos interminable, tardanza que tenían los estrenos en hacer aparición. Hubo momentos en los que la ausencia de producciones nacionales era sencillamente escandalosa: un estreno bianual entre tres o cuatro películas prescindibles. Todo en un lustro de cinco años.
Y luego de ver películas argentinas, brasileras y mexicanas tomando por asalto la barrera anglosajona, conquistando una sorprendente secuencia de premios universales y reventando la taquilla, algunas de ellas tomando de la mano la estatuilla de un Oscar, lo cosechado en Venezuela pasó a lucir inapelablemente modesto. En una entrevista concedida al realizador mexicano Irriñatu, éste le reconoció con toda tranquilidad a la reportera de turno que no podía opinar sobre lo hecho en el país porque nada conocía de la cinematografía local.
Una curiosa afirmación que, vista con cuidado, es especialmente afrentosa, aún cuando sea involuntaria: las realizaciones de los países latinoamericanos se cruzan con frecuencia las caras en una larga serie de festivales latinoamericanos y europeos. Al menos de vista, debían conocerse.
Bien que mal, viendo hacia atrás, tampoco se trata de que no existan relieves en el cine venezolano: el premio de Cannes de Fina Torres; los lauros obtenidos por Chalbaud en festivales españoles y franceses; el Coral de Lamata en La Habana y los galardones de Elia Schneider y su esposo Novoa a mediados de los noventa hablan de una cinematografía que tampoco merece ser juzgada como inexistente. Podemos agregar ahora el Biarritz de Mariana Rondón
A partir del desdeñoso juicio de Irriñatu, recuerdo haber convenido en una conversación informal y accidental con Luis Alberto Lamata en el diagnóstico: el cine nacional tiene un promedio de facturación relativamente aceptable en la región, con varias buenas películas y todavía ninguna sobresaliente.
III
Toda la vida me han parecido lamentables y pobrísimos los argumentos que desprecian a las películas venezolanas “porque dicen muchas groserías” o porque en sus secuencias desfilan putas o mujeres desnudas.
No se trata sólo porque groserías dicen todas, y todos las decimos todos los días, sino porque es esta una apreciación que parece ignorar por completo el mandato de una creación artística: hacer una semblanza honesta de la realidad “interviniendo” el entorno que nos circunda con una historia de personas con nombres y apellidos. Argumentos mojigatos medio incomprensibles, que parecen tocados por la dictadura de los doblajes mexicanos de la televisión. Quejarse de una película porque tenga groserías equivale a ofenderse con el cubismo porque no le rinde tributo fiel a las simetrías del rostro.
Podría reconocer que los temas del cine nacional son con frecuencia atormentados y sórdidos, obsesionados con la transgresión de la ley. Incluso antes de que el país entrara en la crisis actual. Es decir, en lo personal echo en falta el desarrollo de temas urbanos, de comedias compactas, de dramas inteligentes centradas en casos particulares. Que no siempre tengan que estarle rindiendo un tributo culpable a nuestro contexto y nuestros males sociales.
Todo lo cual no me impide afirmar que encuentro igualmente ridículo y pedante es aproximarse a las producciones nacionales con sorna porque no traen consigo los atractivos del cine de género. Frivolidades reflexivas adobadas con el perfumado espíritu de las series televisivas. Una audiencia que no quiere mirar a los lados ni asumir las realidades del país en el cual vive.
IV
Pues bien: he aquí que, como el fútbol, el cine venezolano comienza a dar señales alentadoras ahora, cuando dejé de prestarle atención militante. Una camada de nuevos realizadores, temas alternativos, una cantidad ya apreciable de entregas anuales y solvencia técnica. Apuestas a la comedia que caen de pie; experimentos sobradamente taquilleros y de calidad formal inobjetable, distribuidos en el mundo y reconocidos por el público, como el Secuestro Express de Jakubowicz.
Junto a Taita Boves y Habana Eva, el nuevo emblema se llama Hermano, de Marcel Rasquin. Ha logrado, no sólo obtener menciones unánimes en premios tan aquilatados como Moscú y Los Angeles, –parece que ahora va por el de Montreal- sino que lo que pocas, acaso ninguna, producción local había hecho suyo: domeñar los espíritus más cáusticos, tener a la crítica local en el bolsillo, obtener una secuencia de elogios que no deja de asombrar, y, por último, aproximarse a la tragedia social de nuestras barriadas sin malos ni buenos, sin las torrenciales chorradas emocionales demagógicas que se han vuelto tan lamentables y comunes en este tiempo.
Me lo dijo mi amigo Juan Carlos Páez con macerado optimismo: podría ser ésta la versión local de Ciudad de Dios. Comienza a dar la sensación de que algo muy grande podría ocurrir con este proyecto, punta de lanza de lo que parece un nuevo movimiento, en este contexto decadente.
martes, 20 de julio de 2010
perder perder
“El fin de una concesión” ¿Cuántos ciudadanos de a pie habían tenido presente que la señal de una televisora formaba parte de una cortesía estatal? Como tal argumento jamás había sido esgrimido, a nadie se le había ocurrido pensar que este pacto elemental entre la sociedad y el estado, vigente en todos lados, era el que hacía posible la existencia de la televisión privada de entretenimiento.
El comienzo de la crisis de Radio Caracas Televisión, en 2007, dio lugar a la segunda etapa del proceso que transita Hugo Chávez para apropiarse del país. Un capítulo bastante más ambicioso y más complejo, que algunos hasta hace poco no creían posible. Ese día, los legos supimos de qué se trataban las concesiones: resultó que a las televisoras, como a otras piezas silvestre de la sociedad, el estado les cede espacios para existir y puede revocarlos si le da la gana. Todo el mundo pensaba que aquello formaba parte de un estado natural de las cosas. Pero de poder, el estado podía. Así lo hizo.
Si luego de tomar Pdvsa, depurar al ejército y, a través del Legislativo, profundizar su control sobre los poderes públicos, el Presidente y sus seguidores pudieron por etapas ir adueñándose del estado, desde entonces desatarían un proceso –irregular y trunco, hay que decirlo- para intentar apropiarse del alma de la sociedad civil. El control de la vida cotidiana, los valores, el espíritu, las prioridades y los gustos del ciudadano promedio.
Irregular y trunco, decíamos. En el camino andado hay bajas importantes –el canal 2, algunas estaciones de radio, con CNB a la cabeza- y se han lastimado sensiblemente otras, como el Ateneo de Caracas, pero la derrota de Referéndum de la Reforma Constitucional, junto a la tenaz resistencia de diversos núcleos de la vida nacional y la presión exterior, le han complicado los objetivos al gobierno.
No es tan sencillo, a fin de cuentas, decretar la sustitución de un país por otro. Pocos son los sectores constituidos y funcionales de la nación que puedan esgrimir el socialismo bolivariano como emblema –si bien son muchos los seguidores del Presidente. La oposición, sus conglomerados políticos, sociales y culturales, siguen detentando en Venezuela el “status quo” social. La opinión pública nacional, probadamente antichavista, sigue casi toda de pie. Sobre sus cimientos nacen todos los días, a pesar de los pasares, nuevas iniciativas, junto a las que ya existen: ferias de libros y mercados de diseño; trabajo académico sostenido; festivales gastronómicos; béisbol rentado; muestras de cine extranjero y festivales de cine nacional; exposiciones en galerías, extensiones y estudios de cuarto nivel y un largo etcétera. En esta materia al gobierno le queda mucho trabajo.
Bien. El país, mal que bien, todavía existe. “El país” por supuesto que incluye a todas las corrientes que forman parte del chavismo y defienden sus valores de buena gana: los frentes de Misiones Sociales; la editorial el Perro y la Rana; el colectivo Tiuna el Fuerte y los grupos culturales presentes en el Foro Social Mundial de Caracas.
Pero el país se empobrece. Si el estado venezolano, si el gobierno bolivariano, interpretando lo que cree un clamor popular, decide, en nombre de la inclusión de las mayorías, no reconocer a la sociedad que existía antes de su llegada, o intentar desplazarla por ser éste burguesa, por no reconocer en Hugo Chávez a un jefe, el resultado es sólo puede ser uno. El país se empobrece.
Es en este rasgo que ilustra la decadencia venezolana de estos años. No se trata sólo de que nos ahoguemos en un conflicto político que no conoce fin. El gobierno está decidido a desconfigurar el rostro de la sociedad que se encontró a su llegada al poder para levantar otra, a su imagen y semejanza. Por mucho que haya funcionado o venga precedida de prestigio. Si no la descuida, si no la abandona a su suerte, desprecia sus orientaciones.
Este proceso tiene lugar cuando en otros parajes cercanos la dirección es exactamente la opuesta. El florecimiento cultural que tiene lugar hoy, por ejemplo, en la sociedad colombiana, guarda relación con este rasgo. Aun a pesar de la violencia, hay un acuerdo mínimo en torno a una existencia institucional que, de derecha a izquierda, hace impensable que el estado le niegue recursos a la Alcaldía de Bogotá si ésta fuera de la oposición, o al Festival del Malpensante por ese éste burgués y decadente.
Pdvsa –e Intevep-; el Ivic, la Biblioteca Nacional, el Metro de Caracas, Sidor y Venalum; Planta Centro; Edelca; los Museos de Bellas Artes y Arte Contemporáneo; la Cinemateca Nacional, la Feria Internacional del Libro de Caracas, el Teatro Teresa Carreño. Monte Avila Editores y la Biblioteca Ayacucho. Aunque quizás en relativa decadencia en los años 90, estas instituciones estatales tenían una amplia penetración y alguna vez observaron un excelente desempeño. Sobre ellas descansaba un fundado orgullo ciudadano: hasta el elemento más inconforme con la marcha de la democracia representativa era capaz de colocar un pie en torno a ese círculo emocional en el cual desembocaban las convenciones de la venezolanidad.
Hoy, mezquina ante los logros ajenos de otras épocas, renuente a imaginar cualquier solución de continuidad, obsesionada con la ruptura, con la creación de un espacio nacional propio, con la fidelidad personal e ideológica, con la revancha social convertida en proyecto, la gerencia pública del momento desactiva, descontinúa, reconvierte y desprecia. No lo hace sin querer: es a conciencia. Actúa con estrechez e innobleza. Coloca por delante líneas de mando y colores específicos. Impone la obediencia debida y amenaza. Está en revolución. Ni siquiera parece importarle especialmente que hace rato que estas instituciones no sean ni remotamente lo que fueron alguna vez. El gobierno y sus ejecutores parecen solazarse al desplazar al estamento previamente existente, captando nuevos adeptos, consiguiendo trabajo o fomentando soluciones sentimentales inútiles. Todo esto, por cierto, mientras observa una confesada escasez de cuadros capacitados para llevar adelante labores de estado.
Las Universidad Simón Bolívar, Central, Metrpolitana, Católica y de los Andes y el Iesa, sobreviven, además de agredidas de forma selectiva, ahogadas entre toda clase de estrecheces económicas y mezquindades. Siguen siendo espacios con islas de excelencia, pero comienzan a perder el aliento. El gobierno apenas las tolera.
Salvo excepciones aisladas, las televisoras, asustadas con lo sucedido a RCTV, extreman su celo para respirar sin gastar más de lo necesario y sin molestar al gobierno. La pelea que tiene enzarzada Globovisión con Miraflores lo único que ha hecho es acarrearle más dificultades: no puede expandir su señal, ni comparar equipos nuevos, y por lo tanto no puede crecer. Mucho del material que exhiben los canales locales es importado; la producción nacional de la televisión, que la había dado la vuelta al mundo, hoy conoce una sensible merma. Por primera vez en la historia, hoy se está produciendo una sola telenovela venezolana.
Casi todo el tejido de grupos teatrales existe, pero sobrevive por cuenta propia: los subsidios forman parte del pasado remoto. Peregrinan por la ciudad sin sede. El Festival Internacional de Teatro, un modelo hemisférico de promoción cultural en la calle, símbolo del encuentro de clases y la democracia, ha tenido que quedar suspendido indefinidamente: el gobierno decidió negarle, no sólo los recursos, sino la atención.
Las editoriales tienen enormes dificultades para acceder a divisas, importar títulos o sacar al exterior obras de autores venezolanos gracias a los disparates del control de cambios. La Cámara Venezolana del Libro ni siquiera obtiene repuestas de cortesía a sus peticiones por parte del Ministerio de la Cultura. El Festival de Cine de Mérida tiene rato andando por cuenta propia. Las muestras de cine internacional que se exhiben en Caracas son iniciativa de las embajadas de estos países junto a un encomiable aporte de particulares.
El Sistema de Orquestas de Venezuela sobrevive porque está conducido por un habilidoso y sibilino José Antonio Abreu: un florentino gerente público que ha sobrevivido a todos los avatares de la política y que ha logrado una ovación universal gracias a su trabajo sostenido y metódico que ya nadie está en condiciones de regatear. El gobierno sabe que puede usar políticamente esta herramienta, obligada para eso a ser apolítica, y, aunque algunos voceros aislados le critican su escaso compromiso revolucionario, se les otorga dinero y se les permite existir sin problemas.
El contrato está roto o en suspenso. Para existir en paz es necesario ser amigo del gobierno. Al “el estado burgués” hay que demolerlo. Los colegios profesionales, los sindicatos autónomos, los núcleos de promoción cultural. Se limitan a coexistir, entre toda suerte de estrecheces y asedios, y malviven, esperando tiempos mejores. Por supuesto que el tejido existe, que las alcaldías y gobernaciones de la oposición otorgan oxígeno, que los bancos y la empresa privada contribuyen con su aporte; que muchas empresas internacionales que hacen vida acá le siguen tendiendo la mano.
Al gobierno, entre tanto, le ocurre lo que en casi todos los frentes le suele ocurrir: tala y quema anunciando la llegada de la justicia, pero no da con una fórmula sustitutiva estable ni ha consolidado sistemas de valores demasiado sólidos. De pronto parece que se nos olvida que, en manos del chavismo, el Teresa Carreño, Monte Avila Editores o Sidor podrían ser, con mucho, mejores de lo que son ahora. Un aluvión emocional que sigue siendo una promesa. Esa es la realidad del chavismo.
Sus proyectos – conceptualmente válidos en la misma medida en que éstos sean capaces de reconocer al país que se consiguieron al llegar al poder- fomentan una suerte de estado emocional que políticamente es muy efectivo. Aunque el saldo siga constituyendo un enorme veremos. Tves, los fundos zamoranos, El Correo del Orinoco, el programa Fábrica Adentro; la Universidad Bolivariana, Venirauto, Radio Nacional de Venezuela, la Misión Ciencia, Petrocasa, las Librerías del Sur: proyectos que constituyen entredichos, sin dolientes, desconectados todavía, casi todos, del apreciable grupo de compatriotas que ve en Hugo Chávez un emblema. Ejemplos ambulantes de cuan difícil es que retoñe una idea a fuerza de voluntarismo y consignas.
En este ambiente bicéfalo, resistencia versus imposición, parecido por ahora a un perder-perder, discurre la cotidianidad de los venezolanos. Esperando tiempos mejores.
El comienzo de la crisis de Radio Caracas Televisión, en 2007, dio lugar a la segunda etapa del proceso que transita Hugo Chávez para apropiarse del país. Un capítulo bastante más ambicioso y más complejo, que algunos hasta hace poco no creían posible. Ese día, los legos supimos de qué se trataban las concesiones: resultó que a las televisoras, como a otras piezas silvestre de la sociedad, el estado les cede espacios para existir y puede revocarlos si le da la gana. Todo el mundo pensaba que aquello formaba parte de un estado natural de las cosas. Pero de poder, el estado podía. Así lo hizo.
Si luego de tomar Pdvsa, depurar al ejército y, a través del Legislativo, profundizar su control sobre los poderes públicos, el Presidente y sus seguidores pudieron por etapas ir adueñándose del estado, desde entonces desatarían un proceso –irregular y trunco, hay que decirlo- para intentar apropiarse del alma de la sociedad civil. El control de la vida cotidiana, los valores, el espíritu, las prioridades y los gustos del ciudadano promedio.
Irregular y trunco, decíamos. En el camino andado hay bajas importantes –el canal 2, algunas estaciones de radio, con CNB a la cabeza- y se han lastimado sensiblemente otras, como el Ateneo de Caracas, pero la derrota de Referéndum de la Reforma Constitucional, junto a la tenaz resistencia de diversos núcleos de la vida nacional y la presión exterior, le han complicado los objetivos al gobierno.
No es tan sencillo, a fin de cuentas, decretar la sustitución de un país por otro. Pocos son los sectores constituidos y funcionales de la nación que puedan esgrimir el socialismo bolivariano como emblema –si bien son muchos los seguidores del Presidente. La oposición, sus conglomerados políticos, sociales y culturales, siguen detentando en Venezuela el “status quo” social. La opinión pública nacional, probadamente antichavista, sigue casi toda de pie. Sobre sus cimientos nacen todos los días, a pesar de los pasares, nuevas iniciativas, junto a las que ya existen: ferias de libros y mercados de diseño; trabajo académico sostenido; festivales gastronómicos; béisbol rentado; muestras de cine extranjero y festivales de cine nacional; exposiciones en galerías, extensiones y estudios de cuarto nivel y un largo etcétera. En esta materia al gobierno le queda mucho trabajo.
Bien. El país, mal que bien, todavía existe. “El país” por supuesto que incluye a todas las corrientes que forman parte del chavismo y defienden sus valores de buena gana: los frentes de Misiones Sociales; la editorial el Perro y la Rana; el colectivo Tiuna el Fuerte y los grupos culturales presentes en el Foro Social Mundial de Caracas.
Pero el país se empobrece. Si el estado venezolano, si el gobierno bolivariano, interpretando lo que cree un clamor popular, decide, en nombre de la inclusión de las mayorías, no reconocer a la sociedad que existía antes de su llegada, o intentar desplazarla por ser éste burguesa, por no reconocer en Hugo Chávez a un jefe, el resultado es sólo puede ser uno. El país se empobrece.
Es en este rasgo que ilustra la decadencia venezolana de estos años. No se trata sólo de que nos ahoguemos en un conflicto político que no conoce fin. El gobierno está decidido a desconfigurar el rostro de la sociedad que se encontró a su llegada al poder para levantar otra, a su imagen y semejanza. Por mucho que haya funcionado o venga precedida de prestigio. Si no la descuida, si no la abandona a su suerte, desprecia sus orientaciones.
Este proceso tiene lugar cuando en otros parajes cercanos la dirección es exactamente la opuesta. El florecimiento cultural que tiene lugar hoy, por ejemplo, en la sociedad colombiana, guarda relación con este rasgo. Aun a pesar de la violencia, hay un acuerdo mínimo en torno a una existencia institucional que, de derecha a izquierda, hace impensable que el estado le niegue recursos a la Alcaldía de Bogotá si ésta fuera de la oposición, o al Festival del Malpensante por ese éste burgués y decadente.
Pdvsa –e Intevep-; el Ivic, la Biblioteca Nacional, el Metro de Caracas, Sidor y Venalum; Planta Centro; Edelca; los Museos de Bellas Artes y Arte Contemporáneo; la Cinemateca Nacional, la Feria Internacional del Libro de Caracas, el Teatro Teresa Carreño. Monte Avila Editores y la Biblioteca Ayacucho. Aunque quizás en relativa decadencia en los años 90, estas instituciones estatales tenían una amplia penetración y alguna vez observaron un excelente desempeño. Sobre ellas descansaba un fundado orgullo ciudadano: hasta el elemento más inconforme con la marcha de la democracia representativa era capaz de colocar un pie en torno a ese círculo emocional en el cual desembocaban las convenciones de la venezolanidad.
Hoy, mezquina ante los logros ajenos de otras épocas, renuente a imaginar cualquier solución de continuidad, obsesionada con la ruptura, con la creación de un espacio nacional propio, con la fidelidad personal e ideológica, con la revancha social convertida en proyecto, la gerencia pública del momento desactiva, descontinúa, reconvierte y desprecia. No lo hace sin querer: es a conciencia. Actúa con estrechez e innobleza. Coloca por delante líneas de mando y colores específicos. Impone la obediencia debida y amenaza. Está en revolución. Ni siquiera parece importarle especialmente que hace rato que estas instituciones no sean ni remotamente lo que fueron alguna vez. El gobierno y sus ejecutores parecen solazarse al desplazar al estamento previamente existente, captando nuevos adeptos, consiguiendo trabajo o fomentando soluciones sentimentales inútiles. Todo esto, por cierto, mientras observa una confesada escasez de cuadros capacitados para llevar adelante labores de estado.
Las Universidad Simón Bolívar, Central, Metrpolitana, Católica y de los Andes y el Iesa, sobreviven, además de agredidas de forma selectiva, ahogadas entre toda clase de estrecheces económicas y mezquindades. Siguen siendo espacios con islas de excelencia, pero comienzan a perder el aliento. El gobierno apenas las tolera.
Salvo excepciones aisladas, las televisoras, asustadas con lo sucedido a RCTV, extreman su celo para respirar sin gastar más de lo necesario y sin molestar al gobierno. La pelea que tiene enzarzada Globovisión con Miraflores lo único que ha hecho es acarrearle más dificultades: no puede expandir su señal, ni comparar equipos nuevos, y por lo tanto no puede crecer. Mucho del material que exhiben los canales locales es importado; la producción nacional de la televisión, que la había dado la vuelta al mundo, hoy conoce una sensible merma. Por primera vez en la historia, hoy se está produciendo una sola telenovela venezolana.
Casi todo el tejido de grupos teatrales existe, pero sobrevive por cuenta propia: los subsidios forman parte del pasado remoto. Peregrinan por la ciudad sin sede. El Festival Internacional de Teatro, un modelo hemisférico de promoción cultural en la calle, símbolo del encuentro de clases y la democracia, ha tenido que quedar suspendido indefinidamente: el gobierno decidió negarle, no sólo los recursos, sino la atención.
Las editoriales tienen enormes dificultades para acceder a divisas, importar títulos o sacar al exterior obras de autores venezolanos gracias a los disparates del control de cambios. La Cámara Venezolana del Libro ni siquiera obtiene repuestas de cortesía a sus peticiones por parte del Ministerio de la Cultura. El Festival de Cine de Mérida tiene rato andando por cuenta propia. Las muestras de cine internacional que se exhiben en Caracas son iniciativa de las embajadas de estos países junto a un encomiable aporte de particulares.
El Sistema de Orquestas de Venezuela sobrevive porque está conducido por un habilidoso y sibilino José Antonio Abreu: un florentino gerente público que ha sobrevivido a todos los avatares de la política y que ha logrado una ovación universal gracias a su trabajo sostenido y metódico que ya nadie está en condiciones de regatear. El gobierno sabe que puede usar políticamente esta herramienta, obligada para eso a ser apolítica, y, aunque algunos voceros aislados le critican su escaso compromiso revolucionario, se les otorga dinero y se les permite existir sin problemas.
El contrato está roto o en suspenso. Para existir en paz es necesario ser amigo del gobierno. Al “el estado burgués” hay que demolerlo. Los colegios profesionales, los sindicatos autónomos, los núcleos de promoción cultural. Se limitan a coexistir, entre toda suerte de estrecheces y asedios, y malviven, esperando tiempos mejores. Por supuesto que el tejido existe, que las alcaldías y gobernaciones de la oposición otorgan oxígeno, que los bancos y la empresa privada contribuyen con su aporte; que muchas empresas internacionales que hacen vida acá le siguen tendiendo la mano.
Al gobierno, entre tanto, le ocurre lo que en casi todos los frentes le suele ocurrir: tala y quema anunciando la llegada de la justicia, pero no da con una fórmula sustitutiva estable ni ha consolidado sistemas de valores demasiado sólidos. De pronto parece que se nos olvida que, en manos del chavismo, el Teresa Carreño, Monte Avila Editores o Sidor podrían ser, con mucho, mejores de lo que son ahora. Un aluvión emocional que sigue siendo una promesa. Esa es la realidad del chavismo.
Sus proyectos – conceptualmente válidos en la misma medida en que éstos sean capaces de reconocer al país que se consiguieron al llegar al poder- fomentan una suerte de estado emocional que políticamente es muy efectivo. Aunque el saldo siga constituyendo un enorme veremos. Tves, los fundos zamoranos, El Correo del Orinoco, el programa Fábrica Adentro; la Universidad Bolivariana, Venirauto, Radio Nacional de Venezuela, la Misión Ciencia, Petrocasa, las Librerías del Sur: proyectos que constituyen entredichos, sin dolientes, desconectados todavía, casi todos, del apreciable grupo de compatriotas que ve en Hugo Chávez un emblema. Ejemplos ambulantes de cuan difícil es que retoñe una idea a fuerza de voluntarismo y consignas.
En este ambiente bicéfalo, resistencia versus imposición, parecido por ahora a un perder-perder, discurre la cotidianidad de los venezolanos. Esperando tiempos mejores.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)