lunes, 24 de enero de 2011

Cápsulas sobre Caracas

- Si no estuviera tan peligrosa, si el caos no fuera tan acentuado, si el tráfico no nos amargara tantas tardes, yo podría afirmar que Caracas es una linda ciudad. El Avila es una caja de resonancia cromática; con toda responsabilidad puedo afirmar que jamás he visto en ninguna parte días tan perfectos como los que se pueden retratar en estos confines en enero. Su entorno vegetal es un privilegio: la avenida Los Jabillos o la principal de Sebucán presentan una arquitectura natural de luces y sombras. Algunas visuales de sus colinas y vías expresas siguen siendo postales.

- Si estoy irritado puedo pasar largo rato quejándome del país, pero hago silencio cuando la tertulia se aproxima a entrar a despotricar sobre Caracas. Soy caraqueño, y aquí sigue instalada la oficina desde donde veo al resto de la humanidad.

- Tiene Caracas muchas autopistas, que se despliegan sobre su espalda como serpentinas, avenidas muy estrechas, y una arquitectura con un predominio de la línea recta. Antes estaba orgulloso de ese entramado vial millonario que se ha venido eclipsando conforme se impone la superpoblación de automóviles. Con los años, de boca de algunos arquitectos, he ido aprendiendo que ninguna ciudad sana debería permitir que las vías expresas inunden sus entrañas de esa forma.

- A diferencia del resto de las ciudades que he visitado en mi vida, en Caracas, salvo en contadas iglesias y en el Panteón Nacional, está ausente el barroco. No hay, como si en Lima, La Habana, Buenos Aires o Montevideo, estructuras cupulares clásicas ni edificios monumentales antiguos.

- Es cierto: arrendajos, azulejos, tórtolas y tordos; guacharacas, guacamayas y loros de todo calibre siguen surcando a placer los cielos de una ciudad que vive en techicolor. Despiertan a la gente, se comen las frutas de los árboles, dejan su huella en automóviles inocentes. Puede uno verlo en las tardes, buscando posada en las hojas de los árboles, intercalando graznidos mientras comienza a ponerse el sol. Es esta ciudad un insospechado emporio de pájaros; en ella encuentran muchas aves un hábitat perfecto para llevar una vida feliz. Son los humanos que les acompañamos, en cambio, los que no la pasamos tan bien. En la tierra los vemos pasar, desde Chuao, La Carlota o Bello Monte, rumbo a la montaña, inocentes y felices, mientras reparamos en que, abajo, las señales de tránsito y los carteles que indican la nomenclatura de las urbanizaciones están cruzados por orificios de balas.

- Parque Central, El Teatro Teresa Carreño, la Plaza Francia de Altamira, las Torres de El Silencio, la Torre La Previsora. Todos los símbolos de ésta ciudad son contemporáneos. Era muy poco Caracas, también a diferencia de estas ciudades, antes de los años 20. Cuando estoy fuera del país, y pienso en Caracas, sin embargo, me viene a la memoria una edificación que, ni es muy citada, ni es apreciada por los arquitectos: la Torre Pirámide Invertida del CCT. Encuentro en este sobrio edificio de oficinas con ciertas pretensiones universales un símbolo perfecto de la ciudad cotidiana en la cual vivo. Todos, comenzando por el último, tienen el rasgo que estoy describiendo: la tutela de la línea recta en su aspecto. La ausencia total de arabescos, garabatos, estatuas o arcos de medio punto que son tan comunes en otros confines.

- El minarete de la exótica mezquita de Quebrada Honda, la segunda en tamaño en toda Sudamérica, desconocida en sus entrañas por literalmente toda la ciudad, ofrece un grato contrapunto visual de Caracas. Ante todo, Caracas tiene buen lejos, y aquí hay un ejemplo perfecto para ilustrarlo.

- Si Parque Central, el Metro, el polígono cultural de Bellas Artes y Sabana Grande dejaron de ser lo que fueron, es imposible no tomar nota de la actual decadencia de Caracas. Sabana Grande ha salido de la ruina y presenta un aspecto aceptable, pero el lustre de otrora le queda lejos. La ruina de Parque Central, y de todos los museos que la circundan al remolque, simbolizan hoy el estancamiento de esta ciudad.

- Algunos de los edificios más feos que he visto en toda mi vida también encuentran asiento en Caracas. San Martín y San Juan; Los Ruices y La California; El Valle y El Paraíso; la avenida Baralt y algunas cotas de la avenida Fuerzas Armadas. Moles desproporcionadas, planificadas por algún arquitecto ebrio, remedos lamentables de la modernidad, apuestas funcionales sin la menor consideración con la estética. Panales de personas que acumulan todos los problemas posibles. En algunos de sus costados, parece Caracas la réplica tercermundista de Blade Runner: un retrato futurista donde todo salió mal.

- El Abra Solar de Alejandro Otero; la fisicromía de Carlos Cruz Diez en la Plaza Venezuela; las obras de Soto en la Torre Seniat, El Cubo Negro, la Plaza Brión y el distribuidor de Santa Cecilia. Las deliciosas intervenciones al entorno que tienen lugar en la Ciudad Universitaria. Ha sido Caracas la orgullosa sede de una notable generación de artistas contemporáneos. Fue ese el perfil que la distinguió durante mucho tiempo: el hilo conductor en la concepción y el decoro de sus espacios públicos. La gran mayoría de los caraqueños ni conoce, ni les interesa, ni valora el legado de estos venezolanos universales

- Aunque no resistirían jamás una comparación con sus pares de Buenos Aires, México, Río o Lima, para no hablar de Madrid, debo que confesar que tengo una especial debilidad por el modesto casco histórico de Caracas. Ni siquiera podemos hablar acá de una arquitectura “colonial”: hasta 1870, está ciudad seguía cruzada por las ruinas del terremoto de 1812. Encuentro especialmente encantadores el neogótico en miniatura del Palacio de las Academias; el Palacio Federal Legislativo, con sus salones y sus dos alas; La Vicepresidencia de la República, la Iglesia de Santa Capilla, el Correo de Carmelitas y el edificio Principal, en la esquina del mismo nombre.

- La arquitectura de Caracas correspondiente a los años 40, 50 y 60 tiene en Caracas episodios muy afortunados. La que fue levantada de los setenta en adelante, sobre todo en sus zonas residenciales, es, en cambio, bastante mediocre. En la primera están inscritas zonas de Santa Mónica, Valle Abajo, Maripérez, El Bosque, Los Palos Grandes, Propatria, Puente Hierro y Quinta Crespo. En la segunda están El Cafetal, El Marqués, Montalbán y Caricuao.

- El caótico y empobrecido nudo urbano de la Hoyada, en pleno centro de la ciudad, plantea los dilemas y los desafíos más dramáticos de la Caracas del futuro.

- Siempre tuve a Caracas como una estrecha ciudad dominada por imponentes rascacielos. Es una impresión que descansaba en la perecepción de la longitud de algunos edificios del centro, muy especialmente el del Minci y el del Banco de Venezuela, y, sobre todo, por el predominio de las torres de Parque Central, todavía la estructura de concreto armado más alta de Sudamérica. Con tales construcciones, esta ciudad imita los ejercicios de poderío gerencial de algunos emblemas norteamericanos. Alardes de pretensión urbana que, hoy por hoy, lucen más que discutibles. Regresando de Buenos Aires o Madrid, sin embargo, he vuelto la mirada hacia una estructura más bien chata y apelmazada. La segunda parte de la avenida Francisco de Miranda, en las alturas de la estación Chacao, a la altura del Centro Perú, es, a estos efectos, particularmente mediocre y prescindible.

- Amenazado: no hay otra palabra para describir la sensación que puede sentir cualquier transeúnte inocente si las circunstancias lo emboscan en las cercas alambradas de la Florida, en las mansiones sin fachada de Los Chorros, en las perturbadoras insinuaciones de El Llanito, en la fortificación alambrada en torno a Terrazas del Avila, en la periferia de El Silencio, en algunos bares desgarbados de la avenida Casanova. La hostilidad de Caracas es objetiva, y se expresa, no sólo en la ausencia de hemodinamia de sus corredores viales y la dictadura anarquizada de sus motorizados, en el día, sino en la perturbadora soledad nocturna de sus urbanizaciones. Caracas puede ser a veces hermosa, pero también es sucia, agresiva y sin modales.

- Hay en Caracas algunos reductos europeizados, hijos de la vibrante inmigración de los años 40 y 50, encantadores y más bien poco comentados entre sus conciudadanos como áreas de interés. Bello Monte, Las Acacias, La Carlota, Los Chaguaramos, Chacao, Las Delicias, Valle Abajo, y hasta el hoy arisco San Bernardino. Con sus restaurantes y churrerías, El Hatillo porta una aureola muy similar, pero tiene otra historia. Con sus altas y sus bajas, son oasis en los cuales se consiguen rincones interesantes y la vida parece ir a otra velocidad. La Candelaria es, sin duda, un nido español tradicional, y sus tascas conservan sus encantos, pero su morfología es demasiado mestiza para lucir exactamente europea.

- Se come bien en Caracas, dicen lo que de esto saben. Pero no también como antes, agregan otros tantos. Es ésta una ciudad cosmopolita, mucho más que otras en su entorno próximo, quién lo duda, pero los rigores de la política y la economía le han hecho perder en mucho la variedad y el encanto.

- Más allá de los lugares comunes, hay en Caracas algunos edificios de arquitectura moderna sofisticados, sobresalientes y dueños de un atractivo que a mi me parece universal. Parque Cristal, Atlantique, el Cubo Negro, la Torre Corp Banca, la torre Coinasa, el Centro Iasa, el Centro San Ignacio. El Centro Galipán. Algunos ejemplares de El Rosal. Se sirven de las bondades del clima; nos regalan sombras naturales, son espacios sofisticados y llenos de un desenfado elegante muy propio de esta ciudad.

- Difícil encontrar un reducto más caraqueño que Las Mercedes, tradicional laguna donde los ciudadanos de todas las clases concurren a distraerse en las noches. Ecléctica, desordenada y ruidosa. Una urbanización que se fagocita y se reconstruye a si misma de forma endiablada tramando edificaciones con nuevos restaurantes y bares. Manzanas en las cuales no hay espacio para las fechas ni la memoria. Ultimamente ha recobrado cierta coherencia con la remozada -y criticada- plaza Alfredo Sadel. Decía William Niño que la colina que domina Las Mercedes, presidida por el Hotel Tamanaco, es probablemente la más bella de toda la ciudad. Puedo suscribir esa apreciación.

- Es imposible no ofrecer una panorámica de Caracas sin incluir a su otra mitad, la que vive en improvisadas barriadas autoconstruidas, con servicios públicos intermitentes y un intricado acceso a sus viviendas. La deuda social que no se salda. El eterno bofetón que nos recibe y nos despide camino al aeropuerto.

- En fin. El sentido común me impide culminar de forma edulcorada estas líneas improvisadas del lugar donde vivo. En Caracas está escrita toda mi vida; por supuesto que ella me habla más que cualquier otra ciudad. Podría Caracas ser linda en otras circunstancias. Pero las circunstancias no son otras, son éstas. Y si yo tuviera ruedas fuera una bicicleta.

sábado, 1 de enero de 2011

Un paso antes del camino hacia la nada

(publicado en la revista Climax en octubre de 2010)

32 pescadores estuvieron a punto de morir de hambre y de sed al quedar varados en alta mar regresando de Los Testigos hacia Margarita. Una agonía de más de 72 horas en la cual tuvieron que beber de su propia orina y donde cada ingesta de comida se las tenía que ver a posteriori con el embate de las olas en alta mar



En yates o lanchas de pequeño y mediano calado, un viaje desde Juangriego al archipiélago de Los Testigos se toma de cuatro a seis horas. Los peñeros de los pescadores margariteños, frecuentes visitantes de estos islotes, surcan el recorrido en dos.

Apropiarse de las dimensiones universales del océano, descifrar sus descargas emocionales y sus respingos nerviosos, abrir rutas sobre los índigos dominios insondables, helados y ajenos, de alta mar, ha sido uno de los signos distintivos vitales de cualquier pescador margariteño durante generaciones.
Cumple Margarita, a estos efectos, su condición tutelar de isla mayor en el Caribe venezolano: sus habitantes han dominado por décadas la vida de todo islote o peñasco perteneciente a las Dependencias Federales y frecuentan el trato con puertos en las pequeñas repúblicas vecinas.
Los entornos culturales vinculados al mar no son siempre, aunque lo parezca, una circunstancia endosable de manera automática a todo habitante de una isla. No es el cubano, por ejemplo, un pueblo particularmente navegante, ni el pescado el visitante más frecuente a su mesa.
Los margariteños, sin embargo, se han encargado de desarrollar esa aptitud hasta sus últimas consecuencias. Saltan al agua con o sin brújulas en búsqueda de pescados clasificados por ellos al mayor y el detal, oteando el horizonte, aplicando el conteo manual de minutos, afinando la larga distancia y orientándose por la posición de las estrellas para saber a qué horas salen y dónde se ubican.
Durante los primeros días del mes de septiembre del año en curso, 32 personas, tripulando los peñeros “Juperluis”, “Duberjosé y “Mi Refugio”, partieron al filo del alba desde estos islotes para regresar a casa. Un “procedimiento de rutina” que los traía de vuelta luego de celebrar las fiestas religiosas en honor a la Virgen del Valle en el único villorrio de aquella entidad federal. De manera súbita, el parpadeo cromático de una tormenta eléctrica les nubló todo el horizonte. Cuando los pasajeros vieron a los habitualmente serenos conductores presa de una inédita ansiedad supieron que estaban a punto de perderse. O que estaban perdidos, que viene siendo lo mismo. Disueltos e indefensos en la inmensidad del mar.
La cortina de una tempestad
Se les había atravesado lo que los pescadores llaman una “manguera”: un remolino de viento similar a un tornado que desató una pequeña tormenta y tiñó de plateado todo el entorno, nublando la visibilidad y volviendo el paisaje inescrutable.
Quedaron las tres embarcaciones a la deriva, sin horizonte a la vista: sin saber si al avanzar estaban retrocediendo. El interregno lluvioso duró lo suficiente como para producir el equívoco y luego desaparecer. En la mañana de aquel viernes ya había regresado el sol, y el entorno ofrecía un irónico contrapunto: un mar límpido y sereno, con una claridad radiante, todavía tibia, y ningún elemento de juicio que les permitiera ubicarse en aquella inmensidad. La tormenta, culpable del extravío, había quedado atrás, el día estaba perfecto para irse a la playa, pero aquel contexto, habitualmente tan familiar, había barajado el juego. Les había traicionado.
“Perdido”, en este caso, constituye la peor de las malas noticias. Con la gasolina en cuenta regresiva, es una condición doblemente trágica: quiere decir sin derecho a pedir un teléfono, a detener a un transeúnte para recapitular el nombre de una calle o a llamar a algún familiar para explicar las causas del retardo. Sin recodo en el cual apoyarse. Literalmente suspendidos en la nada.
Jack London y la Virgen del Valle
La deriva de aquel viernes no tardo en hacer sentir sus rigores. Con el correr de los minutos, como todos los tripulantes lo preveían, las horas de la mañana perdieron la cordialidad: comenzó a imponerse la dictadura de un sol abrazador, omnipresente y sin matices de ninguna especie sobre los cogotes de aquellas almas.
Los conductores hacían lo posible por administrar la gasolina con eficiencia, mientras, ya completamente desesperados, buscaban algún perfil ante aquel uniforme paisaje que, si alguna vez fue familiar, hace rato les había desconocido. En ese ínterin, intentando alternar el uso eficiente de la exigua gasolina con los antojos de la corriente, uno de los peñeros, “Mi Refugio”, se había separado por completo de los otros dos. Nadie alcanzó a darse cuenta.
Los tripulantes de los otros dos peñeros llegaron a figurarse que los tripulantes de “Mi Refugio” habían encontrado el camino a casa. Por las dudas, decididos a correr la misma suerte, los respectivos capitanes dispusieron atar las dos embarcaciones restantes. Amarradas ambas para encarar las mismas circunstancias, quedaron a unos dos metros de distancia, corriendo en llave, como un sidecar acuático, mientras alternaban cadenas de rezos con crisis de vómitos. La noche ya se insinuaba. La gasolina se extinguió por completo de forma sucesiva en las tres embarcaciones
No quedaron registrados, a lo largo de este episodio, llantos, ni escenas de histeria, ni crisis de nervios. Según parece, aquellas horas fueron sobrellevadas con una serenidad a prueba de balas y un optimismo casi insensato. Se impuso en todos una especie de convención implícita: los designios de la fe iban a hacer su trabajo. La Virgen no iba a abandonarlos. Para hacerlo, sin embargo, lo primero que la madre de Cristo les pedía, de acuerdo a lo que interpretaban, era que, como en el relato de Jack London, ofrecieran muestras inequívocas de amor a la vida. Volcados por completo a rezar, muchos de ellos se comportaron como si no estuviera pasando nada especialmente grave. Como si, fondeados con un ancla, estuvieran aguardando por unos amigos para culminar alguna faena.
La sensación de orfandad, que se evidenciaba en los rostros de los conductores de las dos embarcaciones, sin embargo, helaba la espina dorsal de la tripulación. No hacía falta que mediaran palabra alguna para saberlo. No había forma de conciliar la serenidad ni el sueño si los encargados de orientar a aquellos pasajeros se mostraban tan irremediablemente perdidos y desesperados como los demás. Así cayó la primera noche.
Comer y beber en alta mar
Unos seis niños formaban parte de la tripulación: dos de siete y nueve años, junto a otro de 11. Dos estaban en trance de dejar la niñez, pero claro que no eran adultos: tenían 13 y 15 años. La apariencia de normalidad que dominó aquellas interminables horas estuvo, además, forzada por la necesidad de no atemorizarlos.
Y en esos términos, estos pescadores, ahora en calidad de náufragos, también con varias señoras mayores a bordo, hicieron, dentro de la tragedia, de tripas corazón ante aquel entorno que estaba a punto de devorarlos. Construyeron un techo de plástico improvisado para defenderse de los excesos de las lluvias y de la inclemencia del sol. Sacaron del fondo de los botes toda el agua de mar que se acumulaba e improvisaron unos catres para intentar dormir. En uno de los dos peñeros, alguien reparó en que, en sus alforjas, provenientes de las fiestas de Los Testigos, quedaba pasta, que podría ser frita, y restos de chivo, que fue salado con el agua del mar. La reserva de las embarcaciones traía consigo una pequeña cocina a gas. La escasísima agua disponible fue reservada para los niños.
Sin embargo, no todos comían, ni bebían ni dormían. La vigilia de la madrugada fue repartida en horas de guardia por los adultos mayores. Dos aletas de tiburones fueron avistadas en las cercanías. Algún chubasco nocturno interrumpió el sueño de la tripulación varada en un fin de semana opaco y sin claro de luna. Algunas mujeres, azotadas por las náuseas, no quisieron volver a comer. Los adultos intentaron saciar su sed con métodos menos ortodoxos. Primero lo intentaron con agua de mar con limón y azúcar. Luego bebieron su propia orina: aquello se acercó bastante a una sensación de alivio. Todos tuvieron que defecar ahí mismo.
Con entera impunidad, el segundo día se disponía a transcurrir sin noticia alguna. Dos embarcaciones grandes, en tiempos sucesivos, fueron divisadas a la distancia. Los tripulantes hicieron toda la bulla posible para ablandar sus corazones solicitando auxilio y un rescate. La alegría que supuso verlas duró el mismo tiempo que su desplazamiento por la retina de los pescadores. Nadie, y ellos lo sabían bien, quiere detenerse en estos tiempos a auxiliar a desconocidos en alta mar. Abundan relatos, en circunstancias y parajes insólitos, de piratería y asaltos.
Dios llego batiendo unas hélices
Aunque algunos alentaban la esperanza de toparse por accidente con alguna prolongación de Araya o Chacopata, intentando interpretar el desarrollo inercial de las corrientes, el pánico y la desesperanza ya minaban el corazón de todos. Todos lo pensaron, nadie lo dijo: un día más en aquellos barcos era sencillamente inconcebible.
Los rezos en cadena continuaban. En voz alta se daban ánimos, confiando todavía en que la sola fe en la existencia y la voluntad inquebrantable de vivir serían recompensadas de alguna forma. Seguros de que en cualquier momento obraría el milagro de la Virgen. Los días tórridos y secos habían sido sucedidos por noches lóbregas e interminables.
Entrada la tarde del domingo, por fin, se apareció la Virgen dejando recados: dos imponentes helicópteros de la armada que tronaron desde lo alto, rompiendo con estridencia el silencio mortificado, peinando el mar con sus hélices. Tenían rato buscándolos, les informaban, la pérdida que tuvieron era ya noticia nacional, sus familiares angustiados ya estaban en contacto con las autoridades y el propio Ministro del Interior y de Justicia encabezaba las investigaciones.
Fue entonces que supieron que el tercer bote, que suponían ya en tierras margariteñas, y en cuyas diligencias posteriores cifraban parte de sus esperanzas de ser buscados, ubicados y rescatados, seguía varado y con paradero desconocido. Poco después, con todos sus tripulantes sanos y salvos, fue avistado en las cercanías de las costas de Trinidad.
Se marcharon los helicópteros con la promesa de traer ayuda. Media hora después hizo su aparición un buque de la armada para recogerlos. Sólo entonces supieron cuán insolados y deshidratados, cuán maltratados, cuán cerca de la muerte habían estado, mientras, apenas cinco minutos antes, se aferraban a la improbable tesis, a la absurda esperanza de que una costa caprichosa de tierra firme detuviera aquella marcha hacia la nada.
Todavía hoy, semanas después, ya en sus casas, pasado el susto, normalizadas sus vidas, recuperado el dominio habitual sobre el mar, muchos de ellos no dejan de pensar cómo fue posible haberse mantenido tan optimistas habiendo estado tan cerca de la muerte.
Una muerte lenta y agónica, en la cual aquellos pájaros inocentes y lejanos que les acompañaban a la distancia, haciendo poesía, habrían asistido a un funeral improvisado pero en calidad de comensales

miércoles, 8 de diciembre de 2010

El último dia de John Lennon

John Lennon había pasado varios días trabajando de forma compulsiva en la producción del single de Yoko Ono, Walking on thin ice. El descanso dominical preparó la escena para un lunes que lo tenía de muy buen humor. Un día laboral con sensación de finalidad cotidiana, de esos que iban a abundar ahora que regresaba a la escena musical luego de cinco años de retiro voluntario.
Double Fantasy, el álbum que recién sacaba a las ventas el 18 de noviembre anterior, caminaba hacia el puesto número diez de las ventas. El regreso a los estudios lo había dejado feliz; muy poco después de concluido el trabajo ya estaba de regreso para grabar nuevo material –contentivo del póstumo Milk and Honey- .
Desayunó en el Café la Fortuna, en la cuadra siguiente de su casa, (cerrado cuatro años atrás, está ubicada ahora ahí una Ferretería) y regresó a su casa para atender a la fotógrafo Anne Lebovitz. Con ella se tomaría la futura portada de Rolling Stone que lo tiene desnudo en posición fetal al lado de Ono, además de otras posteriores: la que lo retrata descalzo en un sofá, visible en el antología “The John Lennon Collection”, y la que lo muestra con aspecto de Teddy Boy: chaqueta de cuero y tejanos, botas; el corte de pelo al estilo Elvis que se había hecho el sábado anterior.
Por la tarde recibió a unos periodistas y djs de la emisora RKO de San Francisco. Un Lennon de habitual conciso y socarrón, estuvo especialmente elocuente y encantador. Conversó tendido sobre los años sesenta y su generación; sobre el feminismo y las demandas sociales; sobre las macabras profecías de la cultura de masas que no terminan de cumplirse. “Nunca habrá Apocalipsis. Eso no va a ocurrir”. Sobre los Beatles y Yoko Ono. Sobre la importancia de proyectar el lado positivo de la vida. Sobre el futuro. “Tenemos hecho un disco; ya hay suficiente material para el segundo y canciones para un tercero. Queremos editar al menos un trabajo por año” A las 5 de la tarde partió a los estudios Record Plant para terminar las mezclas de la canción de Ono.
El invierno comenzaba: a esa hora ya oscurecía. Cuando iba a abordar su limosina, Lennon fue abordado por un puñado leal de fanáticos que siempre se acercaba a fotografiarlo. Uno de ellos, llegado de Texas, oriundo de Hawaii, era desconocido para los demás: Mark Chapman. Había estado merodeando el edificio desde el viernes anterior. Le acercó de forma silenciosa un acetato a Lennon; este se lo firmó con toda normalidad. Paul Goresh, un fiel admirador que había hecho amistad con Lennon y que lo había fotografiado incontables veces mientras entraba y salía de su casa, tomó una instantánea de la firma. Goresh y Champan habían tenido una escaramuza verbal el sábado anterior, mientras esperaban ver a Lennon sin éxito. “¿Traía yo el gorro puesto?” preguntó luego de la foto mientras Lennon ya estaba dentro del automóvil. “Nadie en Hawaii se va a creer esto.” Goresh y los otros fans se retiraron del edificio hacia las 8. Champan dijo que prefería esperarlo para verlo regresar.
Lennon, Ono y Jack Douglas trabajaron duro y completaron la encomienda del single pasadas las diez de la noche. Reinaba una auténtica sensación de satisfacción. “Acabas de terminar tu primer número uno”, le dijo John a Yoko. La pareja deliberó un rato si pasaban por algún restaurante a cenar. Lennon dijo que prefería ir a casa: su hijo Sean estaría por acostarse.
A diez para las 11, la limosina ya estaba de vuelta aparcando en la entrada de los portones abiertos del Dakota. Pudieron haber entrado al edificio con el carro, pero, como en muchas otras ocasiones anteriores, bajaron en la calle. Ono descendió primero. Lennon, cargando las cintas de Walking on thin ice, salió por el lado izquierdo del auto y tuvo que caminar más.
Habiendo traspasado la entrada, escuchó un leve susurro. “¿Mister Lennon?”. Este volteó y colocó el foco de su mirada miope en la oscuridad. Ya en posición de combate, a metro y medio de distancia, Champan le disparó cinco tiros: dos entraron por la espalda y salieron por el pecho; uno le tocó el cuello, los otros dos lastimaron su hombro izquierdo.
En los primeros segundos, Ono no se dio cuenta de que su esposo estaba herido: lo veía a contraluz y éste seguía caminando hacia ella. “Me han disparado”, aulló Lennon, antes de caminar desesperado hasta la caseta de vigilancia, en la mitad del pasillo, y desplomarse por completo. Ono no paraba de dar alaridos. Los vigilantes llamaron frenéticos a la policía, que apareció apenas a los cinco minutos. Champan se había quedado de pie frente al edificio. Soltó el revolver y leía The catcher in the rye (el Guardian entre el centeno), el libro que, según confesara después, le inspiró a cometer el crimen. “¿Sabe usted lo que acaba de hacer?” le grito alterado el portero Jay Hastings. “Acabo de matar a John Lennon”, le respondió. Cubierto con una chaqueta, Lennon apenas estaba consciente: intentó hablar y vomitó una substancia carnosa. Otra patrulla llegó inmediatamente. Los funcionarios le quitaron la chaqueta del vigilante y, contra los deseos de Ono, voltearon su cuerpo boca arriba para poder cargarlo. “No ví más que rojo”, declaró después David Moran.
Chapman fue apresado y Lennon llevado a toda velocidad al Roosvelt Hospital. Varios transeúntes pudieron ver como el superastro era cargado hacia la patrulla con la boca sangrante. En el otro automóvil, Ono no paraba decir “No es verdad; díganme que no es cierto”. Con aquella leyenda en sus rodillas, el inspector Anthony Palma, acompañado de Moran, le susurró al oído “¿sabe usted quien es?” Lennon asintió levemente.
En la emergencia del hospital, el jefe de la guardia, Sthepen Lynn, fue notificado: John Lennon acababa de ser tiroteado. Recibió un sujeto sin lentes, despeinado, bañado en sangre, sin pulso y sin respiración. No se lo creía. Su desconcierto fue tal, que le registró la cartera para asegurarse: pudo ver su identificación y los mil dólares que llevaba. Llevaba la misma chaqueta de cuero y el sueter negro que lo retrataba sonreído y lleno de vida cinco horas antes. Trabajaron duro durante 20 minutos intentando resucitarlo con electroshock. La verdad es que, al ingresar, ya había muerto. Eran las 11 y media de la noche.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Sobre Mario Vargas Llosa

Lo que más le admiro a Mario Vargas Llosa es que se atreve a equivocarse. No opina el ahora Nóbel peruano prevalido de su prestigio como escritor ni desde el Olimpo de su bien ganada respetabilidad. No esconde lo que le molesta, no teme ser refutado, no le importa despeinarse, no elude la comprensión de ningún tema. No pide salvoconductos para asumir el riesgo –trocado en responsabilidad- de mojarse: desenvaina su espada cuando lo considera necesario, siempre dispuesto a correr el riesgo de que su investidura salga salpicada en el combate.

Tampoco busca, por suerte, la guarida de ciertos intelectuales y héroes de masas de ésta hora, habitualmente vinculados a la industria del entretenimiento. Estos que sistemáticamente dejan pasar circunstancias enojosas, pendientes únicamente de ser mimados por el público para hacer realidad la imposible encomienda de que todo el mundo los quiera mucho.

Personajes a los que, paradójicamente -por tratarse de personas leídas-, “les fastidia la política”, que le tienen pánico a los incordios, para quienes la cultura constituye una suerte de arreglo floral y los entornos problemáticos que viven otros son sencillamente un estorbo. Demasiado pendientes del aplauso inmediato.

Pienso que el de Vargas Llosa es un atributo consecuencia directa de una exigente ética persona, resultado de un robusto ejercicio intelectual con anclaje en todos sus extremos. Si algo no hace Vargas Llosa es callarse. La aproximación a la comprensión del devenir humano en los términos que, personalmente, estimo correctos: la política como plataforma más fiable al hecho cultural. La ruptura con el fuero doméstico; el interés en el hecho público; la convicción de que es necesario formar parte de la solución, la fe inquebrantable en el futuro de la espacie humana a partir de la apropiación armónica de los elementos de la naturaleza. En su puesto, y articulados a la perfección, la concordancia entre lo que se dice, lo que se piensa y lo que se hace.

Todo lo cual, además, ha hecho de Vargas Llosa, a más del escritor sobresaliente que todo el mundo conoce, un brillante reportero. Entre sus muchos atributos, es éste un costado más bien poco comentado de su perfil público. Se filtra de manera a veces evidente en sus obras: para muchos, la Fiesta del Chivo, acaso su mejor novela, es, ante todo, un gran reportaje de investigación.

Y aunque podría hacerlo, no se aproxima a la realidad este escritor únicamente desde hoteles parisinos ni desde los nada arriesgado dominios de barriadas como Soho o Lavapies. Como sabemos, son éstos los espacios favoritos de ciertos sectores progresistas de caviar, algunos de ellos periodistas, irónicamente los críticos más fieros de las posturas del ahora Premio Nobel. Portador involuntario de una insaciable curiosidad, ha hecho Vargas Llosa lo necesario par trasladarse a la Franja de Gaza, a Bosnia a Sudáfrica, para enterarse de primera mano sobre lo que en estos parajes sucede y ofrecer unas impecables crónicas de dominios perturbados y llenos de tormento, en los cuales se jugaron y se juegan algunos de los dilemas de la humanidad en ésta hora.

En lo obtenido a partir de estas indagaciones, no ha tenido Vargas Llosa remilgos en elaborar contundentes alegatos en contra del proceder de algunos estados con los cuales tiene amistad, como sucede con Israel. Ha sido gracias al testimonio de una pluma que está libre de cualquier sospecha que buena parte de la opinión pública universal, acostumbrada a las reflexiones binarias y las simplezas, ha podido comprender en su total dimensión las atrocidades cometidas por el estado judío en Gaza y Cisjordania invocando la lucha contra el terrorismo. No ha sido obstáculo su declarada amistad con el sionismo ni su relación personal con algunos primeros ministros hebreos para colocarse en la delicada misión de decir la verdad y denunciar lo punible. Los reportajes de la Franja de Gaza, junto a los de la Guerra en Bosnia, han sido de los más completos y deslumbrantes que me he leído en toda mi vida.

Se le acusa a Vargas Llosa se “ser de derecha”. Pues desde donde se ubique, aunque sea a la derecha, ha sentenciado con una claridad superior a la de cualquiera no sólo a los Castro y a los Ortega, sino a Pieter Botha y al Augusto Pinochet. Al Pinochet que sí aplauden a escondidas ciertas frivolidades empresariales. No podemos decir lo mismo de algunas vocerías que están a su izquierda: retratistas que se derriten ante hombres fuertes incapaces de llamar a las cosas por su nombre para seguirle rindiendo tributo a los delirios de la adolescencia.

Muchas veces me ha irritado Vargas Llosa. También yo he sido uno de sus críticos. Con una frecuencia apreciable no estoy de acuerdo, o no estoy del todo de acuerdo, con lo que dice. Sus colofones no dejan de parecerme reiterativos, a veces me parece que su apasionamiento lo lleva a cometer torpezas graves. Su neoliberalismo parece irremediable y su convicción en la obra terapéutica de los mercados ha sido contestada una y otra vez por los efectos de la realidad.

Nada de esto me impide afirmar, sin embargo, que estamos en presencia, no sólo de un gran novelista, sino de uno de los intelectuales más completos de la contemporaneidad.

Un comportamiento público que constituye una semblanza a la comprensión de la libertad. Como el mismo lo diría: de los desafíos de escoger en la vida la cultura de la libertad.