1)
Tocadiscos, fax y teletipos, beta y vhs, buscapersonas: antes, a su manera, la gente también quiso ser 2.0. Formar parte de la historia, perfumarse de prestigio social ante el entorno, facilitarse los procesos, sentirse halagado con esa sensación de eternidad y de control absoluto que produce la tecnología.
A mediados de los años setenta, las juventudes caraqueñas de clase media organizaban fiestas privadas llamadas “picotadas”: secuencias musicales con lo último del disco; saraos extendidos empeñados en colocar el radar un poco más allá del caribe; despelotes legítimos en el cual un disc jockey bautizaba a la concurrencia con los ramalazos de novedades de las carteleras anglosajonas. Ni siquiera habían nacido las minitecas.
Hacia los años noventa, lo frecuente era ver a jóvenes en trance de egresados lanzar, en medio de cafetín atestado, un “¡dile que llame el beeper!”. Frases que se querían hacerse pasar por casuales, despedidas ante el improvisado auditorio con aire de importancia y dominio, con las cuales el usuario de turno se encargaba de informar al desprevenido entorno próximo su conexión con la modernidad.
2)
El marxismo y el universo de la izquierda clásica, incluso ahora, sigue pontificando vacuidades en torno a los perjuicios de “el consumismo” y la fulana promoción de “necesidades falsas” del capitalismo.
Nadie ha terminado de explicarnos qué tiene de artificial usar el roaming para la larga distancia, porqué constituye una impostura tener acceso a Internet en un teléfono, poder disponer de dinero en el exterior gracias al uso de un cajero automático o tener la posibilidad de ver películas en la casa, pero así son las cosas. Hoy todos los ministros del gobierno tienen blackberrys que hasta hace cuatro años consideraban consumistas.
“Progresistas” estos, qué ironías, peleados con la palabra progreso: obsesionados únicamente con “retornar a las raíces”, con una confesada grima a la modernidad, especialistas en contemplar el futuro con la nuca. Con una conexión muy precaria con la innovación y la tecnología, la cual admiten de mala gana, cuando no hay remedio: cuando les invade el entorno y sus beneficios les seducen simplificándoles el día. No les gustan las empresas americanas: entonces escogen a las chinas, que hacen exactamente lo mismo pero dicen que son comunistas.
3)
Nos ponemos coquetos con la idea del futuro, pero está claro que no todos los inventos que hemos conocido han llegado para quedarse. Son incontables los alaridos tecno científicos que, prometiendo la llegada de la aurora, generaron un gran interés para luego de pocos años quedar reducidos al papel de enternecedores cachivaches.
Los inventos que, en contrapartida, sí lo hicieron, fueron las que produjeron cambios estructurales: los que, además de su portafolio de novedades, su promesa de confort y su espejismo de eternidad, modificaron los hábitos de las masas y generaron patrones culturales específicos.
Se quedó la radio, medio de comunicación que hizo su debut comercial en el mundo desarrollado hacia 1920, y se quedó la televisión, el rey de los medios masivos del siglo XX, y el mas polémico de todos, que comenzó a invadir los mercados hacia 1950. En algún momento se pensó que éste acabaría con aquella: se equivocaron. Para los dos hubo espacio. En 1932 ya en los Estados Unidos vendían automóviles con radios incorporados.
Los fonógrafos, que necesitaban discos de setenta y seis revoluciones, aparecieron en los años 30. Se fueron con relativa rapidez, pero dejaron herencia: la secuencia de aparatos que nos permiten escuchar música escogida en la casa: tocadiscos, equipos de sonidos, minicomponentes y discos compactos. Sucedió lo mismo con el radio de transistores, quizás el entrañable pionero del ipod, primer aparato portátil de uso masivo. A finales de los años cincuenta ya eran relativamente comunes.
En los años sesenta llegó el video-tape, y entonces comenzó a dejarse registro grabado del material televisivo. Cuando, a finales de los años setenta, se hizo popular el Betamax, y una película podía ser vista, congelada y retrocedida en la casa en un televisor Sony Trinitron, todo el mundo pensó que ya no sería posible ir más allá. Como siempre, si se pudo: vino el VHS, y luego el DVD. Ahora es la propia televisión satelital la que le permite al interesado alquilar películas disponibles y tenerlas detenidas mientras hace unas cotufas el tiempo que le provoque.
Durante los noventa la World Wide Web y el hipertexto potenciaron de forma inimaginada todos lo cultivado hasta entonces en la red. Se consolidó la globalización como un estado de la historia y el mundo se interconectó irreversiblemente. En materia de comunicaciones, Internet está produciendo lo que probablemente sea el punto de inflexión más importante en materia de difusión de la cultura desde la invención de la imprenta.
Un fenómeno que abandono su puesto en la secuencia de novedades que coloquialmente denominados “inventos”, para tutelar, e incluso condicionar, la existencia de sus predecesores. Comenzando por el hasta entonces más importante de todos: la televisión. No sólo se han digitalizado los formatos tradicionales comerciales: todo el consumo de la cultura espera su turno para ser pasado por la violenta cepillada fractal del ciberespacio: los videos de youtube y los canales por internet; los buscadores de yahoo y Google, las descargas musicales; la banda de radio digital.
4)
En cambio, otros artilugios muy populares, alguna vez tenidos por indispensables, ya están extintos o en vías de extinguirse. Parecían eternos, o en cualquier caso prometían más longevidad. Cuando yo tenía doce años me lucia absolutamente deslumbrante comprobar que las agujas de algunos minicomponentes podían activarse con control remoto. Los minicomponentes eran aparatos diminutos, casi siempre de factura japonesa, versión sofisticada y potente del denominado “tres en uno”: la radio, el brazo del disco y los cartuchos del cassette. Eso que todavía llamamos “el repro”: la exposición integrada, muchas veces portátil, del cassette y la radio; la posibilidad de ejecutar grabaciones “de cassette a casette”. Toda una quincalla de nombres pretenciosos que hoy nos hacen sonreír.
Largo acompañante de interminables momentos de felicidad, durante años el único garante del consumo musical fuera del hogar en momentos de desplazamiento: el cassette se fue comenzando el año 2000 sin que nadie lo llorara, dando por finalizado un reinado de, al menos, tres décadas entre la gente. Su salida de las vidas de todos, mucho menos anunciada que la de los acetatos, fue bastante más brusca y definitiva: al fin y al cabo los discos de pasta subsisten en un mercado muy específico y siguen siendo demandados en algunos circuitos sofisticados de coleccionistas y curiosos.
A ambos los sustituyó otro gigante hoy en un severo entredicho: el compact disc. Cuando la lectura láser de discos terminó de conquistar definitivamente el mercado, hacia 1992, se pensó que este sería un formato que podía durar muchas décadas. Cruzando la esquina de la segunda, tiene su vida en veremos: en muy buena medida sobreviviendo en los dominios de la piratería; está disponible todavía, aunque cada vez menos, en los formatos comerciales clásicos, ya más parecido a un objeto histórico que a un adminículo con pertinencia social.
Se fue también el fax, otro símbolo de los años 90, tan popular que su uso parió un espantoso neologismo alguna vez muy corriente:“faxear”; como se fueron los buscapersonas, devorados por los celulares y el teletexto; y las máquinas de escribir eléctricas; como se irá todo lo que no se pueda someter a los mandatos del nuevo capataz de la tecnología, el ciberespacio
5)
Todo lo cual nos permite arribar a lo que quizás sea la nuez de toda esta disertación: ipads, nuevos videojuegos seriados, libretas electrónicas, teléfonos inalámbricos. Cada nueva entrega de la tecnología expande las posibilidades de informarnos, entroniza sucesos culturales perdurables, le dobla la apuesta al germen de la censura, fomenta un intercambio en el cual todos se enriquecen y nadie pierde.
Constituye una simpleza bastante lamentable postular que sus adecuaciones son “plásticas” y que las necesidades que se derivan de su uso son un artificio.
En lo tocante al ejercicio de la comunicación, la tecnología lleva una endiablada marcha a la cual es importante no perderle la pista, al menos en la lectura gruesa. Mucho más trascendente, sin embargo, es mantener actualizado un sistema de ideas estructurado en torno a sus significados. Los inventos se le pueden acercar y escurrir de las manos a cualquier “fashion victim”: no hará absolutamente nada útil con ellos si no entiende nada de cultura de masas; si no calibra su verdadero impacto; si no establece correlato en la teoría; si no puede aportar una letra sobre el contexto. Si sus ideas no tienen peso especifico ni valor agregado.
La tecnología hace mucho adecuando, recreando y refrescando las posibilidades de interacción entre los seres humanos. Para que lo labrado tenga impacto es importante sostener los artefactos en ideas estructuradas. Todo lo demás son pamplinas. Un tecnófilo 2.0 que viva de la comunicación social, y se resigne a marchar exclusivamente en pos de la próxima novedad, tendrá una vida profesional similar al esplendor y la duración de un betamax.
sábado, 23 de abril de 2011
martes, 12 de abril de 2011
Los lejanos años 90
(texto publicado en Tal Cual por el mes de enero)
Entre una tribulación y la otra, sorprende constatar cuan lejos nos van quedando los años 90. Los años de los discos compactos, el rock en español, la salsa erótica y el furor de la música electrónica. Los años de la estridencia pública, el desconocimiento a la política y el periodismo de denuncia.
Marchar hacia el centro de Caracas era, entonces, un asunto de rutina. Era tan sencillo, que una vez un grupo de estudiantes revoltosos quebró todos los vidrios del Palacio Federal Legislativo, cruzando el edificio de grafittis y dando lugar a una fotografía inolvidable del Diario de Caracas. La leyenda de su foto hablaba de “los vidrios rotos del poder”.
Cada jueves, los encapuchados tomaban las entradas de la UCV para quemar autobuses e incendiar escombros. Aquello era un acto folclórico, un ballet armonizado con la policía que formaba parte del paisaje. Cualquier excusa era válida.
La gente creía en las posturas de José Vicente Rangel y su entonces muy popular programa de denuncias. Rangel, Peña y Napoleón Bravo eran los próceres de la antipolítica; los gurúes mediáticos que denunciaban lo punible y enjuiciaban el comportamiento público de los demás. Podían escucharse al unísono los televisores en las zonas de la clase media cuando, domingo a domingo, Rangel exclamaba, como si estuviera en una misa, que “el país se va por el despeñadero”.
Andaba por ahí Hugo Chávez con liquiliqui, todavía engolando la voz, todavía sin el acento cubano que lo pone a exclamar “¿eh?” al final de cada frase, hablando de “la casa de los sueños azules” y “el horizonte azul que está detrás de la tormenta”.
Escribía su columna Por Ahora en El Nuevo País, de Rafael Poleo, de quien entonces era muy amigo, y frecuentaba las oficinas del diario La Razón buscándole fiesta a cualquier reportero desocupado. No había nacido, siquiera, la palabra Oligarquía.
Fueron años increíblemente permisivos. Cualquiera se sentía capaz, por ejemplo, de pedirle la renuncia al presidente de entonces, Rafael Caldera, o de afirmar deportivamente que el narcotráfico financiaba las campañas electorales del bipartidisimo.
Los políticos eran silvados cuando aparecían en público; la gente no iba a votar; nos escandalizábamos porque cada fin de semana llegaban a morir en Caracas 10 o 15 personas. Los “balseros del aire”, el tibio éxodo profesional de entonces, nos parecía el pináculo de una crisis sin precedentes. Cada dos por tres aparecía un rumor nuevo sobre la muerte de Rafael Caldera.
Hugo Chávez era especialmente beligerante: declaraba a los medios internacionales que en Venezuela estaba planteado “un escenario de guerra civil”; anunciaba la marcha de hasta tres golpes militares al mismo tiempo y no ocultaba sus malquerencias con el general Rubén Rojas Pérez. Nuestra clase media, tan cogida a lazo como ha sido siempre, se prestaba entusiasta a cualquier maniobrilla de pasillo. Una vez, en 1996, cuando fue acusado de estar tramando alguna conspiración, declaró con toda tranquilidad “ojalá no tengamos que usar nunca los aviones y tanques que tenemos en las Fuerzas Armadas”.
Y así, sus partidarios de entonces, promovían entusiastas cacerolazos en contra de Carlos Andrés Pérez. El objetivo era aquella “dictadura disfrazada de democracia” que dejaba a sus ciudadanos maldecirla con toda tranquilidad, en la cual estaba de moda aquella guachafita adolescente y banal que hablaba de los “políticos paralíticos”; que no promovió jamás ninguna ley en contra del ejercicio del periodismo y que dejaba que la Radio Rochela se burlara de sus entrañas para que desahogáramos todos nuestras penas.
Un sistema cojitranco, cómplice, corrompido, ineficiente para resolver los problemas nacionales. Necesitado de un revolcón institucional que jamás llegó a materializarse.
Pero un régimen político que, al lado de esta suma de miserias y marramucias seudo legales que vivimos hoy, luce como una convención de juristas en Ginebra.
Entre una tribulación y la otra, sorprende constatar cuan lejos nos van quedando los años 90. Los años de los discos compactos, el rock en español, la salsa erótica y el furor de la música electrónica. Los años de la estridencia pública, el desconocimiento a la política y el periodismo de denuncia.
Marchar hacia el centro de Caracas era, entonces, un asunto de rutina. Era tan sencillo, que una vez un grupo de estudiantes revoltosos quebró todos los vidrios del Palacio Federal Legislativo, cruzando el edificio de grafittis y dando lugar a una fotografía inolvidable del Diario de Caracas. La leyenda de su foto hablaba de “los vidrios rotos del poder”.
Cada jueves, los encapuchados tomaban las entradas de la UCV para quemar autobuses e incendiar escombros. Aquello era un acto folclórico, un ballet armonizado con la policía que formaba parte del paisaje. Cualquier excusa era válida.
La gente creía en las posturas de José Vicente Rangel y su entonces muy popular programa de denuncias. Rangel, Peña y Napoleón Bravo eran los próceres de la antipolítica; los gurúes mediáticos que denunciaban lo punible y enjuiciaban el comportamiento público de los demás. Podían escucharse al unísono los televisores en las zonas de la clase media cuando, domingo a domingo, Rangel exclamaba, como si estuviera en una misa, que “el país se va por el despeñadero”.
Andaba por ahí Hugo Chávez con liquiliqui, todavía engolando la voz, todavía sin el acento cubano que lo pone a exclamar “¿eh?” al final de cada frase, hablando de “la casa de los sueños azules” y “el horizonte azul que está detrás de la tormenta”.
Escribía su columna Por Ahora en El Nuevo País, de Rafael Poleo, de quien entonces era muy amigo, y frecuentaba las oficinas del diario La Razón buscándole fiesta a cualquier reportero desocupado. No había nacido, siquiera, la palabra Oligarquía.
Fueron años increíblemente permisivos. Cualquiera se sentía capaz, por ejemplo, de pedirle la renuncia al presidente de entonces, Rafael Caldera, o de afirmar deportivamente que el narcotráfico financiaba las campañas electorales del bipartidisimo.
Los políticos eran silvados cuando aparecían en público; la gente no iba a votar; nos escandalizábamos porque cada fin de semana llegaban a morir en Caracas 10 o 15 personas. Los “balseros del aire”, el tibio éxodo profesional de entonces, nos parecía el pináculo de una crisis sin precedentes. Cada dos por tres aparecía un rumor nuevo sobre la muerte de Rafael Caldera.
Hugo Chávez era especialmente beligerante: declaraba a los medios internacionales que en Venezuela estaba planteado “un escenario de guerra civil”; anunciaba la marcha de hasta tres golpes militares al mismo tiempo y no ocultaba sus malquerencias con el general Rubén Rojas Pérez. Nuestra clase media, tan cogida a lazo como ha sido siempre, se prestaba entusiasta a cualquier maniobrilla de pasillo. Una vez, en 1996, cuando fue acusado de estar tramando alguna conspiración, declaró con toda tranquilidad “ojalá no tengamos que usar nunca los aviones y tanques que tenemos en las Fuerzas Armadas”.
Y así, sus partidarios de entonces, promovían entusiastas cacerolazos en contra de Carlos Andrés Pérez. El objetivo era aquella “dictadura disfrazada de democracia” que dejaba a sus ciudadanos maldecirla con toda tranquilidad, en la cual estaba de moda aquella guachafita adolescente y banal que hablaba de los “políticos paralíticos”; que no promovió jamás ninguna ley en contra del ejercicio del periodismo y que dejaba que la Radio Rochela se burlara de sus entrañas para que desahogáramos todos nuestras penas.
Un sistema cojitranco, cómplice, corrompido, ineficiente para resolver los problemas nacionales. Necesitado de un revolcón institucional que jamás llegó a materializarse.
Pero un régimen político que, al lado de esta suma de miserias y marramucias seudo legales que vivimos hoy, luce como una convención de juristas en Ginebra.
martes, 15 de marzo de 2011
Irnos del país o quedarnos en Venezuela
(texto públicado el domingo 13 de marzo en el diario Tal Cual con ligeras modificaciones)
I
De forma accidental, y no sin algo de sorpresa, he podido constatar como, en algunos reductos específicos en los cuales uno se desplaza por accidente, quienes toman la decisión de irse del país son todavía juzgados como un atajo de tránsfugas, oportunistas que dejan sin el menor cargo de conciencia el rancho ardiendo para ejercer la felicidad sin mortificaciones de ninguna especie.
Digo que “todavía”, y agrego que “no sin algo de sorpresa”, porque, en mi caso, la discusión sobre la decisión personal de emigrar del país -que es todo síntoma generacional- tiene ya una duración que sobrepasa los quince años.
Tiempo suficiente para irlo depurando y haberlo zanjado completamente, conforme se arriba definitivamente a la adultez en el juicio, conforme comienzan a irse, graneadas, personas muy queridas, conforme el deterioro nacional se torna omnipresente, y, finalmente, conforme se termina de probar el suculento plato de esa abstracción que denominan “el extranjero”: aquella “posteridad contemporánea” aludida con mordacidad por Ibsen Martínez. La deliciosa conjura que adereza la cotidianidad con impensados matices cuando nos toca salir de viaje.
Puedo confesar sin problemas que hace poco más de una década tenía una apreciación parecida, así de terminante y atrabiliaria, sobre quienes anunciaban su salida de Venezuela.
Una intolerancia que tenía una carga ideológica, interpretada erróneamente como la renuncia a un deber moral superior: todo el mundo corría a buscar a sus antepasados ucranianos y a proclamar, con el objeto de obtener el respectivo pasaporte, el eterno apego a sus entrañables –y desconocidos- bisabuelos en Catanzaro para poder salvarse de este desastre que hace rato perdió el charm.
El juicio se fue matizando y alcanzó su dimensión definitiva no mucho después. En las grandes ciudades del extranjero aprendí que la emigración es un fenómeno universal y masivo; que los inmigrantes del mundo moderno son, probablemente sin que lo sepan, mutaciones ambulantes de los entornos culturales que les preceden. Que ése es el hechizo de la palabra cosmópolis: uno de los grandes logros del progresismo en los tiempos que corren. ¿Qué sería de Barcelona o París, por ejemplo, sin sus barriadas árabes?
Que si hay un haber cuantificable en la vida es aprender a dejar atrás los llamados adoloridos del nacionalismo estrecho, condenados a ser parroquiales, y, peor aún, conservadores y mojigatos, para vivir, en toda su dimensión, eso que Anthony Giddens denominó “la fidelidad múltiple”: esa maravillosa colección de querencias y afectos en entornos culturales complementarios, que perfectamente, también, pueden tener su epicentro en el lugar que registre nuestra partida de nacimiento.
Pero sobre todo, que el ejercicio y la defensa de la libertad personal va a superar su prueba más exigente cuando el test se lo hacemos a los demás. Exigirle a los otros respeto al albedrío personal es muy sencillo: mucho más cuesta arriba es aprender a respetar los ajenos. Ahí el vocablo libertad muta a uno mucho más exigente, el de la tolerancia.
Y en última instancia: que el que se va es porque le da la gana. Quien toma ese tipo de decisiones no rebana tantos razonamientos precocidos: suele hacerlo bajo la influencia de una sensación terminante, que baja violento y neto, como cualquier portal de internet.
Poco o nada le dirán las consideraciones hechas por terceros.
II
Bien. Zanjado el dilema de las siempre respetables opciones individuales, pienso que puede tener sentido destinar unas reflexiones a un subregistro muy específico de personas que, antes que ciudadanos, sólo se sienten usuarios: aquellos que, con un hastío que tiene un escalón detrás del asco, viven pontificando que, nomás les sea posible, partirán como un cohete de “esta mierda de país”, del cual, irremediablemente poco o nada extrañarán después de la fuga. Razonamiento que irá acompañado de una eterna muletilla: “aquí no hay calidad de vida” –como si el único imperativo de estar vivo consistiera en andar subiendo escaleras en Sears.
Yo me atrevería a proponerle a estas personas una aproximación un poco menos recreativa de los dilemas cotidianos y las decisiones de vida. Sostengo que la consecución de la felicidad, objetivo final que, como mortales, todos compartimos, precisa de una aproximación algo menos desentendida, algo menos amiga de las fórmulas indoloras que esa que, en ocasiones, queda patente en trances tan delicados.
La felicidad es un objetivo que cobra sentido doble si nos decidimos a encararla como adultos: forzados a enfrentar circunstancias que no nos son del todo agradables y atendiendo obligaciones que sobrepasan nuestro fuero individual. La verdadera felicidad siempre tiene un costo.
Sabemos que estas consideraciones no están formuladas en un momento normal. Venezuela está ante una coyuntura especialmente dramática: disponemos de poco más de año y medio para que este país termine de recobrar la pertinencia o para que su sentido acabado como entidad jurídica entre en un gravísimo suspenso que puede durar, incluso, décadas. Con él se iría todo el entorno que ha comprendido nuestras vidas: nuestro pasado laboral, nuestros sitios de recreación, nuestras amistades, los espacios en los cuales crecimos en familia.
Son menos de dos años: es un plazo razonable y específico para comprometernos a formar parte de la solución. Para informarnos, para organizarnos, para participar y defender lo que nos pertenece. Para asumir algún tipo de responsabilidad que sobrepase los mandatos de nuestro confort. No hablo desde un ámbito salvacionista: circunscribo lo que dicho a la universal perspectiva ciudadana. Si algo le terminó de hacer la cama a Fidel Castro fue el apurado tránsito de todos sus mandos profesionales en el puerto de Camarioca en 1962. A lo mejor todavía había tiempo.
No estoy formulando una proclama patriotera, ni le pido a nadie que inicie sesiones de llanto cada vez que escuche el Alma Llanera. Parece que no hay manera de meterle la nariz a este tema sin que alguien termine acordándose de Carlos Baute. La inexplicable psicología del venezolano de clase media, siempre hechizada con cualquier fruslería del extrarradio, se maravillaría si este razonamiento lo hiciera Rosa Montero ante una hipotética España en llamas. Formulado desde Venezuela el argumento es despachado como si le perteneciera a Lila Morillo.
¿Queremos admirar el mundo, conocer nuevas culturas, maravillarnos con las delicias del entorno próximo o remoto? ¿Queremos vivir en otro país? Excelente. Aquí mismo, en nuestras narices, tenemos una emergencia: vamos a intentar primero ver cómo podemos conjurar esta amenaza, porque el juego está cerquita, para seguir aspirando a ejercer la felicidad con un pasaporte en la mano.
He dicho que todo el mundo es libre de pensar y decir lo que quiera en este tipo de temas. Eso es exactamente es lo que yo acabo de hacer.
I
De forma accidental, y no sin algo de sorpresa, he podido constatar como, en algunos reductos específicos en los cuales uno se desplaza por accidente, quienes toman la decisión de irse del país son todavía juzgados como un atajo de tránsfugas, oportunistas que dejan sin el menor cargo de conciencia el rancho ardiendo para ejercer la felicidad sin mortificaciones de ninguna especie.
Digo que “todavía”, y agrego que “no sin algo de sorpresa”, porque, en mi caso, la discusión sobre la decisión personal de emigrar del país -que es todo síntoma generacional- tiene ya una duración que sobrepasa los quince años.
Tiempo suficiente para irlo depurando y haberlo zanjado completamente, conforme se arriba definitivamente a la adultez en el juicio, conforme comienzan a irse, graneadas, personas muy queridas, conforme el deterioro nacional se torna omnipresente, y, finalmente, conforme se termina de probar el suculento plato de esa abstracción que denominan “el extranjero”: aquella “posteridad contemporánea” aludida con mordacidad por Ibsen Martínez. La deliciosa conjura que adereza la cotidianidad con impensados matices cuando nos toca salir de viaje.
Puedo confesar sin problemas que hace poco más de una década tenía una apreciación parecida, así de terminante y atrabiliaria, sobre quienes anunciaban su salida de Venezuela.
Una intolerancia que tenía una carga ideológica, interpretada erróneamente como la renuncia a un deber moral superior: todo el mundo corría a buscar a sus antepasados ucranianos y a proclamar, con el objeto de obtener el respectivo pasaporte, el eterno apego a sus entrañables –y desconocidos- bisabuelos en Catanzaro para poder salvarse de este desastre que hace rato perdió el charm.
El juicio se fue matizando y alcanzó su dimensión definitiva no mucho después. En las grandes ciudades del extranjero aprendí que la emigración es un fenómeno universal y masivo; que los inmigrantes del mundo moderno son, probablemente sin que lo sepan, mutaciones ambulantes de los entornos culturales que les preceden. Que ése es el hechizo de la palabra cosmópolis: uno de los grandes logros del progresismo en los tiempos que corren. ¿Qué sería de Barcelona o París, por ejemplo, sin sus barriadas árabes?
Que si hay un haber cuantificable en la vida es aprender a dejar atrás los llamados adoloridos del nacionalismo estrecho, condenados a ser parroquiales, y, peor aún, conservadores y mojigatos, para vivir, en toda su dimensión, eso que Anthony Giddens denominó “la fidelidad múltiple”: esa maravillosa colección de querencias y afectos en entornos culturales complementarios, que perfectamente, también, pueden tener su epicentro en el lugar que registre nuestra partida de nacimiento.
Pero sobre todo, que el ejercicio y la defensa de la libertad personal va a superar su prueba más exigente cuando el test se lo hacemos a los demás. Exigirle a los otros respeto al albedrío personal es muy sencillo: mucho más cuesta arriba es aprender a respetar los ajenos. Ahí el vocablo libertad muta a uno mucho más exigente, el de la tolerancia.
Y en última instancia: que el que se va es porque le da la gana. Quien toma ese tipo de decisiones no rebana tantos razonamientos precocidos: suele hacerlo bajo la influencia de una sensación terminante, que baja violento y neto, como cualquier portal de internet.
Poco o nada le dirán las consideraciones hechas por terceros.
II
Bien. Zanjado el dilema de las siempre respetables opciones individuales, pienso que puede tener sentido destinar unas reflexiones a un subregistro muy específico de personas que, antes que ciudadanos, sólo se sienten usuarios: aquellos que, con un hastío que tiene un escalón detrás del asco, viven pontificando que, nomás les sea posible, partirán como un cohete de “esta mierda de país”, del cual, irremediablemente poco o nada extrañarán después de la fuga. Razonamiento que irá acompañado de una eterna muletilla: “aquí no hay calidad de vida” –como si el único imperativo de estar vivo consistiera en andar subiendo escaleras en Sears.
Yo me atrevería a proponerle a estas personas una aproximación un poco menos recreativa de los dilemas cotidianos y las decisiones de vida. Sostengo que la consecución de la felicidad, objetivo final que, como mortales, todos compartimos, precisa de una aproximación algo menos desentendida, algo menos amiga de las fórmulas indoloras que esa que, en ocasiones, queda patente en trances tan delicados.
La felicidad es un objetivo que cobra sentido doble si nos decidimos a encararla como adultos: forzados a enfrentar circunstancias que no nos son del todo agradables y atendiendo obligaciones que sobrepasan nuestro fuero individual. La verdadera felicidad siempre tiene un costo.
Sabemos que estas consideraciones no están formuladas en un momento normal. Venezuela está ante una coyuntura especialmente dramática: disponemos de poco más de año y medio para que este país termine de recobrar la pertinencia o para que su sentido acabado como entidad jurídica entre en un gravísimo suspenso que puede durar, incluso, décadas. Con él se iría todo el entorno que ha comprendido nuestras vidas: nuestro pasado laboral, nuestros sitios de recreación, nuestras amistades, los espacios en los cuales crecimos en familia.
Son menos de dos años: es un plazo razonable y específico para comprometernos a formar parte de la solución. Para informarnos, para organizarnos, para participar y defender lo que nos pertenece. Para asumir algún tipo de responsabilidad que sobrepase los mandatos de nuestro confort. No hablo desde un ámbito salvacionista: circunscribo lo que dicho a la universal perspectiva ciudadana. Si algo le terminó de hacer la cama a Fidel Castro fue el apurado tránsito de todos sus mandos profesionales en el puerto de Camarioca en 1962. A lo mejor todavía había tiempo.
No estoy formulando una proclama patriotera, ni le pido a nadie que inicie sesiones de llanto cada vez que escuche el Alma Llanera. Parece que no hay manera de meterle la nariz a este tema sin que alguien termine acordándose de Carlos Baute. La inexplicable psicología del venezolano de clase media, siempre hechizada con cualquier fruslería del extrarradio, se maravillaría si este razonamiento lo hiciera Rosa Montero ante una hipotética España en llamas. Formulado desde Venezuela el argumento es despachado como si le perteneciera a Lila Morillo.
¿Queremos admirar el mundo, conocer nuevas culturas, maravillarnos con las delicias del entorno próximo o remoto? ¿Queremos vivir en otro país? Excelente. Aquí mismo, en nuestras narices, tenemos una emergencia: vamos a intentar primero ver cómo podemos conjurar esta amenaza, porque el juego está cerquita, para seguir aspirando a ejercer la felicidad con un pasaporte en la mano.
He dicho que todo el mundo es libre de pensar y decir lo que quiera en este tipo de temas. Eso es exactamente es lo que yo acabo de hacer.
sábado, 5 de marzo de 2011
Homenaje al mesonero
Rápido, preciso, discreto, formal, se cuadra frente a la mesa, como siempre, listo para recibir órdenes: el mesonero, ese sí, es el pueblo uniformado.
Areperas, matrimonios, cócteles, restaurantes y fiestas de quince años lo encontrarán con una sobria camisa blanca e infaltable pantalón negro, zapatos bien lustrados; un saco, cuando la ocasión lo solicita, y un versallesco corbatín, un lazo en el cuello que habla por su persona, que pretende ser de gala, un certificado de elegancia que nadie ha pedido, pero que él necesita, como el vals, como los sombreros y los frac, como los mayordomos, como las campanas para la servidumbre, como el orden de los tenedores y la llegada de las comidas, como casi todas las pamplinas que comprenden la etiqueta, un uso que pertenece a otro momento, traído de otra parte para honrar un acuerdo previo que es necesario mantener vigente, casi siempre de discutible significado, un ejercicio de obediencia pactado que hemos de denominar, para entendernos, las convenciones.
En el trabajo de un mesonero concurren buena parte de las destrezas del ejercicio cívico de todos los días. En su irreductible cortesía y decencia, el mesonero es a veces un actor, el conductor de una ceremonia de imperiosa teatralidad, especializado en darle un cumplimiento cabal a los mandatos de la urbanidad: poner a catar vinos a los transeúntes para hacerlos sentir conocedores y relatar los detalles de un menú que él no ha cocinado.
Los mesoneros deben estar investidos de un talento diplomático muy especial, una capacidad para negociar en situaciones desventajosas, para mostrar un desacuerdo sonreído, para sugerir sin incordiar, para dejar sentado cual plato es el que se debe probar y cual es el que se debe evitar sin tener que sin demasiado explícito, sin llegar
a los extremos de soltar ante desconocidos en tono de confidencia, como sí podría hacerlo cualquiera, porque así es que lo entenderían bien, "señora, aquí entre nos, no pruebe esa ensalada que es una redomada mierda".
Es, ante todo, un buen político. El mesonero es la exposición hecha persona de lo que debe ser un "factor de intermediación social": ahí está, recibiendo demandas, cada dos por tres la gente tiene un nuevo pedido, qué pasó con mi sopa; no me llene usted la cerveza, yo no soy mocho; las polentas se sirven por el lado izquierdo, ¿o es que no lo sabía?, ¿de cual mercado es la cebolla de éste bistec? estos espárragos están incorrectos, yo los raviolis me los como sin queso, y él, canalizando exigencias, calmando a la concurrencia, con el sombrero en una mano, el conejo en la otra, las luces auscultándolo, la cortina detrás, se disculpa ante el publico, ya sale la sopa, señora, cálmense, el asunto de los espárragos es francamente lamentable; las cebollas son de quinta crespo, por acá tengo el queso, si quiere se lo sirve, sino se lo sirvo yo, estamos para servirle, acá tengo un aperitivo, mientras esperan, mil perdones a todos.
La capacidad para gestar acuerdos negociados, llevada al extremo, queda apalancada cuando se ve precisado a acudir al centro de operaciones, a la cocina, a usar la única facultad que tiene para descargar la presión apurando a sus compañeros: "Epa, que hubo: ¿qué pasó con la sopa de la mesa quince?"
A distancia, esos tipos parecen miembros del sindicato de un misterioso circo armenio, haciendo malabares como artistas, cargando cuatro platos a la vez, sirviendo tragos, como quien desenfunda con velocidad una pistola, poniendo a chillar esas máquinas de café, desplazándose con precisión y silencio, oyendo conversaciones que no le interesan y que aumentan de volumen y se diluyen conforme se acerca o se aleja de la mesa, anotando pedidos en una misteriosa clave taquigráfica, haciendo ejercicios aritméticos con pasmosa velocidad.
Los mesoneros son los eternos actores de reparto de los momentos especiales de nuestras vidas. Tienen que dar la cara por un plato que no cocinaron y por un local que no les pertenece.
Lo de ellos es repartir albóndigas y canapés de grupo en grupo, de mesa en mesa, de todos lados saldrán solicitudes compulsivas. Nadie sabe sus nombres. Serán llamados, en el mas neutro de los casos, "amigo"; "campeón", le dirán los mayores; "panita", las nuevas generaciones; uno que otro, si lleva tiempo visitando el lugar, pronunciará su nombre para impresionar a sus acompañantes: "mira Luis Alberto, quiero que me apartes el privado de la otra vez y te traes el servicio de whisky", y el sonreirá adusto, premiado por la confianza que tiene la molestia de tomarse gente tan importante.
La fiesta está que arde, todo el mundo baila a paso frenético. El mesonero, disfrazado de elegancia en un espacio ajeno, se gana la comida viendo a los otros divertirse a distancia. Hay que repartir el whisky, hay que freír esos tequeños antes de que se haga tarde.
Siempre habrá que lidiar con las miserias de la gente. Todo el mundo quiere presumir de valiente ante un mesonero. Su trabajo es una buena noticia en tanto no se sienta. Nadie aplaude, nadie felicita, ningún auditorio se pondrá de acuerdo para ovacionar la trajinada labor de un camarero, salvo cuando se le cae la vajilla.
Y ahí están, pues, atados de manos por la necesidad, soportando en silencio a todo tipo de gente: borrachos, malhumorados y acomplejados; galanes destemplados, que quieren presumir de graciosos a sus costillas; señoras que castigan su dignidad en nombre de "las normas y el buen servicio"; badulaques que presumen de arrebatados e inflexibles porque saben que jamás podrá defenderse como quisiera.
Se acaba la fiesta, cerraron el local, es hora de recoger los manteles. A distancia, se oyen las últimas risas ahogadas de la noche. Se acabo la prestancia y la distinción: el mesonero se quita sus atuendos formales y vuelve al mundo de civil. Nadie sabe, nadie pregunta, a nadie le importa, para dónde va, dónde vive, cual autobús toma, cómo llegará a su casa este ilustre ciudadano, todo honradez y paciencia, incapaz de organizar una huelga, condenado a que, en las discusiones de trabajo, la razón siempre la tengan otros, especializado en servir a los demás para ganarse la vida.
Llegará a su casa, besará a su mujer, pasará revista a sus muchachos, dormidos, afortunadamente, y caerá rendido para soñar otra vez con esa extraña confabulación de gente elegante y fastidiosa, esa turba insoportable que le pide, una y otra vez, algo que le angustia mucho, una encomienda perdida tiempo atrás, cuya existencia apenas sospecha pero de la cual no trae memoria.
Areperas, matrimonios, cócteles, restaurantes y fiestas de quince años lo encontrarán con una sobria camisa blanca e infaltable pantalón negro, zapatos bien lustrados; un saco, cuando la ocasión lo solicita, y un versallesco corbatín, un lazo en el cuello que habla por su persona, que pretende ser de gala, un certificado de elegancia que nadie ha pedido, pero que él necesita, como el vals, como los sombreros y los frac, como los mayordomos, como las campanas para la servidumbre, como el orden de los tenedores y la llegada de las comidas, como casi todas las pamplinas que comprenden la etiqueta, un uso que pertenece a otro momento, traído de otra parte para honrar un acuerdo previo que es necesario mantener vigente, casi siempre de discutible significado, un ejercicio de obediencia pactado que hemos de denominar, para entendernos, las convenciones.
En el trabajo de un mesonero concurren buena parte de las destrezas del ejercicio cívico de todos los días. En su irreductible cortesía y decencia, el mesonero es a veces un actor, el conductor de una ceremonia de imperiosa teatralidad, especializado en darle un cumplimiento cabal a los mandatos de la urbanidad: poner a catar vinos a los transeúntes para hacerlos sentir conocedores y relatar los detalles de un menú que él no ha cocinado.
Los mesoneros deben estar investidos de un talento diplomático muy especial, una capacidad para negociar en situaciones desventajosas, para mostrar un desacuerdo sonreído, para sugerir sin incordiar, para dejar sentado cual plato es el que se debe probar y cual es el que se debe evitar sin tener que sin demasiado explícito, sin llegar
a los extremos de soltar ante desconocidos en tono de confidencia, como sí podría hacerlo cualquiera, porque así es que lo entenderían bien, "señora, aquí entre nos, no pruebe esa ensalada que es una redomada mierda".
Es, ante todo, un buen político. El mesonero es la exposición hecha persona de lo que debe ser un "factor de intermediación social": ahí está, recibiendo demandas, cada dos por tres la gente tiene un nuevo pedido, qué pasó con mi sopa; no me llene usted la cerveza, yo no soy mocho; las polentas se sirven por el lado izquierdo, ¿o es que no lo sabía?, ¿de cual mercado es la cebolla de éste bistec? estos espárragos están incorrectos, yo los raviolis me los como sin queso, y él, canalizando exigencias, calmando a la concurrencia, con el sombrero en una mano, el conejo en la otra, las luces auscultándolo, la cortina detrás, se disculpa ante el publico, ya sale la sopa, señora, cálmense, el asunto de los espárragos es francamente lamentable; las cebollas son de quinta crespo, por acá tengo el queso, si quiere se lo sirve, sino se lo sirvo yo, estamos para servirle, acá tengo un aperitivo, mientras esperan, mil perdones a todos.
La capacidad para gestar acuerdos negociados, llevada al extremo, queda apalancada cuando se ve precisado a acudir al centro de operaciones, a la cocina, a usar la única facultad que tiene para descargar la presión apurando a sus compañeros: "Epa, que hubo: ¿qué pasó con la sopa de la mesa quince?"
A distancia, esos tipos parecen miembros del sindicato de un misterioso circo armenio, haciendo malabares como artistas, cargando cuatro platos a la vez, sirviendo tragos, como quien desenfunda con velocidad una pistola, poniendo a chillar esas máquinas de café, desplazándose con precisión y silencio, oyendo conversaciones que no le interesan y que aumentan de volumen y se diluyen conforme se acerca o se aleja de la mesa, anotando pedidos en una misteriosa clave taquigráfica, haciendo ejercicios aritméticos con pasmosa velocidad.
Los mesoneros son los eternos actores de reparto de los momentos especiales de nuestras vidas. Tienen que dar la cara por un plato que no cocinaron y por un local que no les pertenece.
Lo de ellos es repartir albóndigas y canapés de grupo en grupo, de mesa en mesa, de todos lados saldrán solicitudes compulsivas. Nadie sabe sus nombres. Serán llamados, en el mas neutro de los casos, "amigo"; "campeón", le dirán los mayores; "panita", las nuevas generaciones; uno que otro, si lleva tiempo visitando el lugar, pronunciará su nombre para impresionar a sus acompañantes: "mira Luis Alberto, quiero que me apartes el privado de la otra vez y te traes el servicio de whisky", y el sonreirá adusto, premiado por la confianza que tiene la molestia de tomarse gente tan importante.
La fiesta está que arde, todo el mundo baila a paso frenético. El mesonero, disfrazado de elegancia en un espacio ajeno, se gana la comida viendo a los otros divertirse a distancia. Hay que repartir el whisky, hay que freír esos tequeños antes de que se haga tarde.
Siempre habrá que lidiar con las miserias de la gente. Todo el mundo quiere presumir de valiente ante un mesonero. Su trabajo es una buena noticia en tanto no se sienta. Nadie aplaude, nadie felicita, ningún auditorio se pondrá de acuerdo para ovacionar la trajinada labor de un camarero, salvo cuando se le cae la vajilla.
Y ahí están, pues, atados de manos por la necesidad, soportando en silencio a todo tipo de gente: borrachos, malhumorados y acomplejados; galanes destemplados, que quieren presumir de graciosos a sus costillas; señoras que castigan su dignidad en nombre de "las normas y el buen servicio"; badulaques que presumen de arrebatados e inflexibles porque saben que jamás podrá defenderse como quisiera.
Se acaba la fiesta, cerraron el local, es hora de recoger los manteles. A distancia, se oyen las últimas risas ahogadas de la noche. Se acabo la prestancia y la distinción: el mesonero se quita sus atuendos formales y vuelve al mundo de civil. Nadie sabe, nadie pregunta, a nadie le importa, para dónde va, dónde vive, cual autobús toma, cómo llegará a su casa este ilustre ciudadano, todo honradez y paciencia, incapaz de organizar una huelga, condenado a que, en las discusiones de trabajo, la razón siempre la tengan otros, especializado en servir a los demás para ganarse la vida.
Llegará a su casa, besará a su mujer, pasará revista a sus muchachos, dormidos, afortunadamente, y caerá rendido para soñar otra vez con esa extraña confabulación de gente elegante y fastidiosa, esa turba insoportable que le pide, una y otra vez, algo que le angustia mucho, una encomienda perdida tiempo atrás, cuya existencia apenas sospecha pero de la cual no trae memoria.
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