(ensayito publicado en el portal prodavinci.com)
I
Ha sido la política, desde que comencé a hacer periodismo, - y antes, y después- la fuente que la mayoría de los licenciados en edad de merecer deseaba evitar. No siempre un egresado universitario que busca trabajo está en condiciones de tomar decisiones sobre aquello que no quiere hacer, pero lo cierto es que, entre mis compañeros de generación, el hecho público nacional siempre fue visto como un aburrido reducto de pugnas y zancadillas, en el cual se cuecen toda suerte de chismes intrascendentes, y donde, proclamando las consignas más elevadas, se urdían las más sórdidas conspiraciones y actos de corrupción más deleznables.
No era aquel un rechazo siempre expreso, pero era obvio que para aquella generación, mi generación, que asistía al comienzo del ocaso de su primer ensayo democrático, y que galvanizó su conciencia universal en la eclectitud de la posmodernidad, la sola palabra política era un estigma. Una sospecha, salvo prueba en contrario, de interés con fines inconfesables.
Tales apreciaciones, por supuesto, se extendían hacia los políticos: personajes opacos y sin formación, promotores de discursos aprendidos de memoria, a los cuales nada se les podía creer, responsables únicos, con sus triquiñuelas y maniobras, de los males de la ciudadanía. Sujetos, además, chapuceros e incultos, capaces de cambiar de discurso como se cambia de sombrero, irremediables perseguidores de votos y prebendas.
Puede que antes de 1990 las cosas fueran distintas, pero lo cierto es que, con sus excepciones, los profesionales recién egresados que ingresaban a los periódicos procuraban desempeñarse en cualquier otra área del universo informativo que estuviera disponible. Había, a estos efectos, muchas opciones. Farándula y cultura de masas; economía, negocios y estrategia; deportes; sociedad e información genérica. Con todas era posible perfumarse de buen gusto social y credibilidad profesional. Todo, menos “la ladilla” de enrolarse en la cobertura de la doméstica política local. En mi entorno cercano, el desplazamiento discurría hacia la cultura como un desiderátum natural.
II
De forma ambigua, algo acomplejado por las circunstancias, participé en el asco a la política como un sarampión generacional. La política era una pava; no había pecado más condenable que pretender “politizar” un tema. Politizar un tema era conspirar contra su estética, adulterarlo, colocarle a sus cuadrantes imperativos indeseables.
De eso se ocupaba la gente fastidiosa y con sospechosas intenciones ulteriores. El campo político era estéril, sin ningún brillo “pop”, perfecto para personas sin swing y sin estilo.
Los debates universitarios, los ciclos de cine, los encuentros estudiantiles, los conciertos musicales. Lo “cool” era desplazarse alternativo, desentendido, escéptico, vinculado a los mass media, yendo al cine, intercalando fiestas, citando poesía. No hubo en aquellos años cascarones vacíos de acabado más completo que los centros de estudiantes: los reductos de la política icónicos en la educación superior, alguna vez, como se sabe, hervidero del compromiso militante y las ideas en ebullición.
En mi caso, tal pretensión se extendió durante los primeros años de vida laboral: Letra G, el dominical de El Globo; Radio Capital, y Letras, el periódico universitario. Todavía hacia 1997 abrigaba la esperanza de poder hacer periodismo sin tener que toparme con el dilema de enfrentarme a la política como fuente.
III
La situación descrita por supuesto que no fue obra de la casualidad, ni es un artificio producto de un esnobismo generacional. Desde los años setenta se fue produciendo en occidente, conforme se apagaba el utopismo de la década anterior, un lento desplazamiento en torno a los intereses de las élites y una nueva metabolización de los valores de la vanguardia. Una modificación en la percepción de los objetivos del poder y un progresiva decadencia de las ideas y los partidos con visiones totalizantes de la sociedad.
Fue este un proceso que conoció una brusca precipitación con la caída del Muro de Berlín y el fin del comunismo. La llegada de la posmodernidad se encadenó con la expansión de las comunicaciones y la digitalización de las sociedades. La palabra política perdió significado y peso especifico. Nacían nuevos oficios; la información, como la comunicación, no ha hecho sino expandirse, la comprensión de la realidad adquirió otras herramientas. Hay nuevas maneras de influir en el tejido social, de potenciar talentos y de hacer realidades las aspiraciones personales. Piénsese por un momento que carreras universitarias como Trabajo Social, Sociología, Diseño Gráfico, Telecomunicaciones, Administración Empresarial o Comunicación Social, por sólo nombrar algunas, eran muy escasas, cuando no inexistentes, aún bien entrado el siglo XX.
La contemporaneidad redimensionó por completo, como nunca antes, la relación de los hombres con el entorno. En un momento como éste, Yoanni Sánchez, sin ser exactamente un político profesional, desde un blog que la hecho universal y una cuenta personal por Twiter, hace tanto, o más, por su causa, que cualquier formación partidista cubana del exilio.
Ahí está Facebook, y está Tuiter: este ámbito virtual revolucionario, subversivo y con propiedades efervescentes, en el cual se polemiza y se conversa, y donde una idea libertaria puede mutar en entornos fértiles para hacer realidad milagros como el de Egipto.
Se fortalecieron los grupos de presión: espacios para desarrollar el compromiso colectivo y la responsabilidad ciudadana sin perder la autonomía y la libertad de conciencia: el “single issue”, del que hablaba Anthony Giddens, hace posible que cualquier persona desarrolle sus inquietudes cívicas y se organice para hacer posible sus aspiraciones en torno a temas específicos, sin tener que ocupar cargos públicos y sin ejercer el poder. Organizaciones como GreenPeace, Amnistía Internacional, Sos Racismo, o, en Venezuela, Cofavic y Provea.
Se potenciaron nuevos espacios para asumir posiciones en el entorno con un motor de navegación propio. El célebre “fin de los grandes discursos” que trajo la ultima parte del siglo XX, vigente aún en el mundo en el mundo de hoy, abolió por completo la figura del compromiso. La “ética indolora de los nuevos tiempos democráticos”, invocada por Gilles Lipovetsky: el ciudadano relativamente desentendido, comprometido apenas en un listado de criterios mínimos, centrado ante todo en sí mismo, que rige en los tiempos de hoy.
En la vida moderna, las corporaciones y su espíritu organizacional, sobre todo en los años noventa, colonizaron las maneras de organizarse en sociedad, le disputaron a la esfera pública su influencia en la ciudadanía y modificaron viejos paradigmas: ya no hay direcciones nacionales ni secretariados, sino “misión, visión y valores”.
Dejó de ser necesario, como lo fue alguna vez, estudiar derecho e inscribirse en un partido para lograr pertinencia social o apalancar aspiraciones personales.
IV
No se trata de un denominador común, pero el asco a la política como concepto y como oficio encuentra en el terreno de la cultura un interesante y paradójico matiz. Ha sido este un comportamiento verificable, en mi caso, en el tipo de reporteros que ingresaban a la fuente, casi todos renuentes a su comprensión y con un respingo de desdén ante el tema, pero claro que la desavenencia tiene raíces extensas, larguísima tradición y expresiones muy concretas.
Porque lo cierto es que se expresa en sus periodistas, los periodistas de cultura, pero ellos, como sucede con todos, lo único que hacen es ser espejos refractarios del espacio noticioso que éste comprende. El mundo cultural – y el científico, y el artístico, y el deportivo, pero sobre todo el cultural- suele apalancar buena parte de sus necesidades trabando con el universo político -pero sobre todo con el poder político- una relación que, aunque necesitada, ha estado terriblemente problematizada en virtud de la tutela que éste criterio ha ejercido sobre el desarrollo de aquel en los autoritarismos y dictaduras. Incluso de el subsidio condicionado que se ofrecen en algunas democracias.
Pintores, escultores, curadores, directores teatrales y actores, poetas, bailarines, decoradores, cineastas y críticos de cine. Una afirmación en coro, pretendidamente inocente: “yo no soy político”. A mí con esa gente no me junten.
Jamás ha dejado de ser una constante dejar sentado un deseo, tácito o expreso, de lejanía: que no les contaminen el trance, que no les “politicen” el contexto, que no estorben sus procesos creativos cambiándoles el tema, que no enanicen sus encuentros con la creación y el devenir humano con la palabra política: con sus vericuetos, sus problemas, sus indeseables consecuencias al remolque. Esas diatribas despeinadas y ausentes de modales, todas portadoras de dilemas sin solución, de cargas indeseables que vienen a traer terceros: el anticlimax de un individuo que está buscando un legítimo encuentro con las musas. “No politicen la cultura!” han afirmado en el pasado gestores del ramo que no saben nada ni de una cosa ni de la otra.
El acto creativo, se argumentará, precisa del albedrío individual. Es una fuga, una decisión legitima: evadirse para encontrar en el encuentro con el arte la liberación personal que potencia la magia de la creación. Desprenderse. Habitar, por cuenta propia, terrenos fértiles en universos paralelos. Eso que se le atribuye a T.S Elliot refiriéndose a sí mismo: “soy parte de esa humanidad que no soporta demasiada realidad”.
V
Lo cierto es que, a pesar de los desdenes vaporosos y las posturas de moda, no hay plataforma de acceso más fiable al universo de la cultura que un criterio depurado sobre el significado de la política. Si entendemos por cultura la apropiación del hombre sobre los elementos de la naturaleza; la prolongación de sus anhelos y la interpretación del entorno a partir de sus propias necesidades.
La renuencia al servicio militar, la ecología hecha una causa, las posturas de vegetarianos y veganos, fenómenos como el nacionalismo y la xenofobia, el visado forzado a los países del tercer mundo, el costo de la seguridad social, el fenómeno retro, las ligas en defensa de los derechos humanos, el integrismo musulmán, todo el debate de la globalización, la sobrepoblación de ciudades, el precio de la comida.
Eso es cultura, y es política, de acuerdo a como la entiende Savater: el hombre interactuando con sus semejantes, procurando hacer realidad sus aspiraciones, creándose problemas para vivir mejor, cuestionando y reinventando las instituciones que ha diseñado para perpetuar sus ideas.
La cultura y la política encuentra un nudo inextrincable en una palabra clave: el contexto, un filamento que está incrustado en ambas nociones. Cualquier ciudadano que salga de su casa y rompa su fuero domestico entra en contacto con la idea de civismo: el criterio donde se encuentran, se funden y se hacen fuertes la política y la cultura.
Un ejercicio cultural tan rutinario y doméstico como viajar, por ejemplo, tiene, hasta para el más desprevenido de los turistas desinteresados en la política, un tropel de información sobre el entorno. Casi todos sus contenidos, aunque él no lo sepa, serán políticos: qué idioma se habla en el país visitado; cuales son sus ciudades; quién su presidente; cuál su religión y cuáles sus problemas y cuáles sus costumbres.
La ecuación se puede replicar a todas las actividades del devenir humano: pintura, arquitectura y bellas artes; literatura; gastronomía y moda; música popular e incluso académica. Los artistas están facultados a secuestrarse, si lo desean, en torno a su universo personal y sus prioridades individuales; la vida de los partidos políticos, sus pugnas y zancadillas puede que no nos interese del todo, pero lo cierto es que, con una enorme frecuencia, es el problemático entorno, sus nudos y sus acuciantes interrogantes, los dilemas del hombre organizado en sociedad, el que envía el combustible necesario para darle vida a las corrientes artísticas.
Ese es el vector que ha inspirado a las reflexiones sobre la soledad en los nodos urbanos en La Nausea y El Lobo Estepario; a la obra de Orwell; a lienzos como Guernica; a la Generación del 98; al Himno a Alegría de Beethoven; a los mejores largometrajes del nuevo cine alemán.
VI
La palabra política y su significado lato ha perdido un notable peso específico en la vida de todos, pero buena parte de sus valores intrínsecos y de sus contenidos se han expandido como una granada fragmentaria dentro del tejido social gracias a la masificación de las comunicaciones de masas del mundo de hoy. Sus esquirlas han inundado la cotidianidad de todos, y le confieren, como nunca, un valor añadido al mundo de la cultura y las ideas.
Ha llegado la hora de que ajustemos el foco: a la palabra política le debemos el mismo respeto que a la palabra cultura. Sin ella no será posible el reinado y el progreso de los seres humanos sobre la tierra.
La aplastante mayoría de las aprehensiones a la palabra política tienen lugar cuando le atribuimos a la política los excesos y extravíos del poder político. Son concepciones asociadas, que pisan un terreno que le es afín, pero claro que no es lo mismo. La política esencial siempre tendrá un vínculo con el poder, pero la política es una propiedad disuelta en las calles.
El ejercicio del poder, la conformación de gobiernos, la creación de partidos, la política hecha una técnica, tal como la concibió Maquiavelo: ese es punto en el cual las reflexiones deslumbrantes de la teoría y los sueños más hermosos le ceden el escenario a las maniobras y las zancadillas. La política como una palanca para ejercer el dominio sobre los hombres. Tiene el asunto, ciertamente, un costado grotesco. Constituye una especie de fatalidad a la que habrá que atenerse mientras queramos organizarnos en sociedades y el ser humano continúe evidenciando sus imperfecciones. Habrá que tomar prestada aquella frase de Borges: “me molesta que haya gobiernos, aunque en éstos días parece necesario”
La sordideces de los gobiernos y sus cargos, la vanidad ante el disfrute sensual del poder, la codicia y la corrupción, no son, por lo demás, privativas exclusivas de los gobiernos o falencias atribuibles sólo a la función pública: son fácilmente apreciables en todos los ámbitos de la vida, incluyendo los ámbitos privados, esos que cierta propaganda sibilina nos vende como eternamente responsables y sacrosantos. Los gobiernos suelen ser electos y tienen que rendir cuentas sobre lo que hacen: en las empresas la democracia no existe Manda el dueño; sus intereses son muy específicos, su capacidad para presionar muy amplia y su vocación autocrítica muy discutible.
Las taras descritas incluyen también el ámbito cultural y el doméstico. Trapisondas, maniobras, adulancias y dobleces; intereses particulares convertidos en imposición. En pos de un cargo, en pos de un sueldo, en pos de un papel. En pos de un enemigo. Los males universales de la humanidad.
Sin políticos y sin partidos no hay racionalidad social posible. Sin política, la cultura, sus exquisiteces y sus melindres comenzarían a resquebrajarse. Un mundo sin política es un mundo sin aspiraciones, y un mundo sin aspiraciones es un mundo sin conflictos. Las sociedades sin conflictos viven en dictaduras.
sábado, 7 de mayo de 2011
sábado, 23 de abril de 2011
Posturas e imposturas del mundo 2.0
1)
Tocadiscos, fax y teletipos, beta y vhs, buscapersonas: antes, a su manera, la gente también quiso ser 2.0. Formar parte de la historia, perfumarse de prestigio social ante el entorno, facilitarse los procesos, sentirse halagado con esa sensación de eternidad y de control absoluto que produce la tecnología.
A mediados de los años setenta, las juventudes caraqueñas de clase media organizaban fiestas privadas llamadas “picotadas”: secuencias musicales con lo último del disco; saraos extendidos empeñados en colocar el radar un poco más allá del caribe; despelotes legítimos en el cual un disc jockey bautizaba a la concurrencia con los ramalazos de novedades de las carteleras anglosajonas. Ni siquiera habían nacido las minitecas.
Hacia los años noventa, lo frecuente era ver a jóvenes en trance de egresados lanzar, en medio de cafetín atestado, un “¡dile que llame el beeper!”. Frases que se querían hacerse pasar por casuales, despedidas ante el improvisado auditorio con aire de importancia y dominio, con las cuales el usuario de turno se encargaba de informar al desprevenido entorno próximo su conexión con la modernidad.
2)
El marxismo y el universo de la izquierda clásica, incluso ahora, sigue pontificando vacuidades en torno a los perjuicios de “el consumismo” y la fulana promoción de “necesidades falsas” del capitalismo.
Nadie ha terminado de explicarnos qué tiene de artificial usar el roaming para la larga distancia, porqué constituye una impostura tener acceso a Internet en un teléfono, poder disponer de dinero en el exterior gracias al uso de un cajero automático o tener la posibilidad de ver películas en la casa, pero así son las cosas. Hoy todos los ministros del gobierno tienen blackberrys que hasta hace cuatro años consideraban consumistas.
“Progresistas” estos, qué ironías, peleados con la palabra progreso: obsesionados únicamente con “retornar a las raíces”, con una confesada grima a la modernidad, especialistas en contemplar el futuro con la nuca. Con una conexión muy precaria con la innovación y la tecnología, la cual admiten de mala gana, cuando no hay remedio: cuando les invade el entorno y sus beneficios les seducen simplificándoles el día. No les gustan las empresas americanas: entonces escogen a las chinas, que hacen exactamente lo mismo pero dicen que son comunistas.
3)
Nos ponemos coquetos con la idea del futuro, pero está claro que no todos los inventos que hemos conocido han llegado para quedarse. Son incontables los alaridos tecno científicos que, prometiendo la llegada de la aurora, generaron un gran interés para luego de pocos años quedar reducidos al papel de enternecedores cachivaches.
Los inventos que, en contrapartida, sí lo hicieron, fueron las que produjeron cambios estructurales: los que, además de su portafolio de novedades, su promesa de confort y su espejismo de eternidad, modificaron los hábitos de las masas y generaron patrones culturales específicos.
Se quedó la radio, medio de comunicación que hizo su debut comercial en el mundo desarrollado hacia 1920, y se quedó la televisión, el rey de los medios masivos del siglo XX, y el mas polémico de todos, que comenzó a invadir los mercados hacia 1950. En algún momento se pensó que éste acabaría con aquella: se equivocaron. Para los dos hubo espacio. En 1932 ya en los Estados Unidos vendían automóviles con radios incorporados.
Los fonógrafos, que necesitaban discos de setenta y seis revoluciones, aparecieron en los años 30. Se fueron con relativa rapidez, pero dejaron herencia: la secuencia de aparatos que nos permiten escuchar música escogida en la casa: tocadiscos, equipos de sonidos, minicomponentes y discos compactos. Sucedió lo mismo con el radio de transistores, quizás el entrañable pionero del ipod, primer aparato portátil de uso masivo. A finales de los años cincuenta ya eran relativamente comunes.
En los años sesenta llegó el video-tape, y entonces comenzó a dejarse registro grabado del material televisivo. Cuando, a finales de los años setenta, se hizo popular el Betamax, y una película podía ser vista, congelada y retrocedida en la casa en un televisor Sony Trinitron, todo el mundo pensó que ya no sería posible ir más allá. Como siempre, si se pudo: vino el VHS, y luego el DVD. Ahora es la propia televisión satelital la que le permite al interesado alquilar películas disponibles y tenerlas detenidas mientras hace unas cotufas el tiempo que le provoque.
Durante los noventa la World Wide Web y el hipertexto potenciaron de forma inimaginada todos lo cultivado hasta entonces en la red. Se consolidó la globalización como un estado de la historia y el mundo se interconectó irreversiblemente. En materia de comunicaciones, Internet está produciendo lo que probablemente sea el punto de inflexión más importante en materia de difusión de la cultura desde la invención de la imprenta.
Un fenómeno que abandono su puesto en la secuencia de novedades que coloquialmente denominados “inventos”, para tutelar, e incluso condicionar, la existencia de sus predecesores. Comenzando por el hasta entonces más importante de todos: la televisión. No sólo se han digitalizado los formatos tradicionales comerciales: todo el consumo de la cultura espera su turno para ser pasado por la violenta cepillada fractal del ciberespacio: los videos de youtube y los canales por internet; los buscadores de yahoo y Google, las descargas musicales; la banda de radio digital.
4)
En cambio, otros artilugios muy populares, alguna vez tenidos por indispensables, ya están extintos o en vías de extinguirse. Parecían eternos, o en cualquier caso prometían más longevidad. Cuando yo tenía doce años me lucia absolutamente deslumbrante comprobar que las agujas de algunos minicomponentes podían activarse con control remoto. Los minicomponentes eran aparatos diminutos, casi siempre de factura japonesa, versión sofisticada y potente del denominado “tres en uno”: la radio, el brazo del disco y los cartuchos del cassette. Eso que todavía llamamos “el repro”: la exposición integrada, muchas veces portátil, del cassette y la radio; la posibilidad de ejecutar grabaciones “de cassette a casette”. Toda una quincalla de nombres pretenciosos que hoy nos hacen sonreír.
Largo acompañante de interminables momentos de felicidad, durante años el único garante del consumo musical fuera del hogar en momentos de desplazamiento: el cassette se fue comenzando el año 2000 sin que nadie lo llorara, dando por finalizado un reinado de, al menos, tres décadas entre la gente. Su salida de las vidas de todos, mucho menos anunciada que la de los acetatos, fue bastante más brusca y definitiva: al fin y al cabo los discos de pasta subsisten en un mercado muy específico y siguen siendo demandados en algunos circuitos sofisticados de coleccionistas y curiosos.
A ambos los sustituyó otro gigante hoy en un severo entredicho: el compact disc. Cuando la lectura láser de discos terminó de conquistar definitivamente el mercado, hacia 1992, se pensó que este sería un formato que podía durar muchas décadas. Cruzando la esquina de la segunda, tiene su vida en veremos: en muy buena medida sobreviviendo en los dominios de la piratería; está disponible todavía, aunque cada vez menos, en los formatos comerciales clásicos, ya más parecido a un objeto histórico que a un adminículo con pertinencia social.
Se fue también el fax, otro símbolo de los años 90, tan popular que su uso parió un espantoso neologismo alguna vez muy corriente:“faxear”; como se fueron los buscapersonas, devorados por los celulares y el teletexto; y las máquinas de escribir eléctricas; como se irá todo lo que no se pueda someter a los mandatos del nuevo capataz de la tecnología, el ciberespacio
5)
Todo lo cual nos permite arribar a lo que quizás sea la nuez de toda esta disertación: ipads, nuevos videojuegos seriados, libretas electrónicas, teléfonos inalámbricos. Cada nueva entrega de la tecnología expande las posibilidades de informarnos, entroniza sucesos culturales perdurables, le dobla la apuesta al germen de la censura, fomenta un intercambio en el cual todos se enriquecen y nadie pierde.
Constituye una simpleza bastante lamentable postular que sus adecuaciones son “plásticas” y que las necesidades que se derivan de su uso son un artificio.
En lo tocante al ejercicio de la comunicación, la tecnología lleva una endiablada marcha a la cual es importante no perderle la pista, al menos en la lectura gruesa. Mucho más trascendente, sin embargo, es mantener actualizado un sistema de ideas estructurado en torno a sus significados. Los inventos se le pueden acercar y escurrir de las manos a cualquier “fashion victim”: no hará absolutamente nada útil con ellos si no entiende nada de cultura de masas; si no calibra su verdadero impacto; si no establece correlato en la teoría; si no puede aportar una letra sobre el contexto. Si sus ideas no tienen peso especifico ni valor agregado.
La tecnología hace mucho adecuando, recreando y refrescando las posibilidades de interacción entre los seres humanos. Para que lo labrado tenga impacto es importante sostener los artefactos en ideas estructuradas. Todo lo demás son pamplinas. Un tecnófilo 2.0 que viva de la comunicación social, y se resigne a marchar exclusivamente en pos de la próxima novedad, tendrá una vida profesional similar al esplendor y la duración de un betamax.
Tocadiscos, fax y teletipos, beta y vhs, buscapersonas: antes, a su manera, la gente también quiso ser 2.0. Formar parte de la historia, perfumarse de prestigio social ante el entorno, facilitarse los procesos, sentirse halagado con esa sensación de eternidad y de control absoluto que produce la tecnología.
A mediados de los años setenta, las juventudes caraqueñas de clase media organizaban fiestas privadas llamadas “picotadas”: secuencias musicales con lo último del disco; saraos extendidos empeñados en colocar el radar un poco más allá del caribe; despelotes legítimos en el cual un disc jockey bautizaba a la concurrencia con los ramalazos de novedades de las carteleras anglosajonas. Ni siquiera habían nacido las minitecas.
Hacia los años noventa, lo frecuente era ver a jóvenes en trance de egresados lanzar, en medio de cafetín atestado, un “¡dile que llame el beeper!”. Frases que se querían hacerse pasar por casuales, despedidas ante el improvisado auditorio con aire de importancia y dominio, con las cuales el usuario de turno se encargaba de informar al desprevenido entorno próximo su conexión con la modernidad.
2)
El marxismo y el universo de la izquierda clásica, incluso ahora, sigue pontificando vacuidades en torno a los perjuicios de “el consumismo” y la fulana promoción de “necesidades falsas” del capitalismo.
Nadie ha terminado de explicarnos qué tiene de artificial usar el roaming para la larga distancia, porqué constituye una impostura tener acceso a Internet en un teléfono, poder disponer de dinero en el exterior gracias al uso de un cajero automático o tener la posibilidad de ver películas en la casa, pero así son las cosas. Hoy todos los ministros del gobierno tienen blackberrys que hasta hace cuatro años consideraban consumistas.
“Progresistas” estos, qué ironías, peleados con la palabra progreso: obsesionados únicamente con “retornar a las raíces”, con una confesada grima a la modernidad, especialistas en contemplar el futuro con la nuca. Con una conexión muy precaria con la innovación y la tecnología, la cual admiten de mala gana, cuando no hay remedio: cuando les invade el entorno y sus beneficios les seducen simplificándoles el día. No les gustan las empresas americanas: entonces escogen a las chinas, que hacen exactamente lo mismo pero dicen que son comunistas.
3)
Nos ponemos coquetos con la idea del futuro, pero está claro que no todos los inventos que hemos conocido han llegado para quedarse. Son incontables los alaridos tecno científicos que, prometiendo la llegada de la aurora, generaron un gran interés para luego de pocos años quedar reducidos al papel de enternecedores cachivaches.
Los inventos que, en contrapartida, sí lo hicieron, fueron las que produjeron cambios estructurales: los que, además de su portafolio de novedades, su promesa de confort y su espejismo de eternidad, modificaron los hábitos de las masas y generaron patrones culturales específicos.
Se quedó la radio, medio de comunicación que hizo su debut comercial en el mundo desarrollado hacia 1920, y se quedó la televisión, el rey de los medios masivos del siglo XX, y el mas polémico de todos, que comenzó a invadir los mercados hacia 1950. En algún momento se pensó que éste acabaría con aquella: se equivocaron. Para los dos hubo espacio. En 1932 ya en los Estados Unidos vendían automóviles con radios incorporados.
Los fonógrafos, que necesitaban discos de setenta y seis revoluciones, aparecieron en los años 30. Se fueron con relativa rapidez, pero dejaron herencia: la secuencia de aparatos que nos permiten escuchar música escogida en la casa: tocadiscos, equipos de sonidos, minicomponentes y discos compactos. Sucedió lo mismo con el radio de transistores, quizás el entrañable pionero del ipod, primer aparato portátil de uso masivo. A finales de los años cincuenta ya eran relativamente comunes.
En los años sesenta llegó el video-tape, y entonces comenzó a dejarse registro grabado del material televisivo. Cuando, a finales de los años setenta, se hizo popular el Betamax, y una película podía ser vista, congelada y retrocedida en la casa en un televisor Sony Trinitron, todo el mundo pensó que ya no sería posible ir más allá. Como siempre, si se pudo: vino el VHS, y luego el DVD. Ahora es la propia televisión satelital la que le permite al interesado alquilar películas disponibles y tenerlas detenidas mientras hace unas cotufas el tiempo que le provoque.
Durante los noventa la World Wide Web y el hipertexto potenciaron de forma inimaginada todos lo cultivado hasta entonces en la red. Se consolidó la globalización como un estado de la historia y el mundo se interconectó irreversiblemente. En materia de comunicaciones, Internet está produciendo lo que probablemente sea el punto de inflexión más importante en materia de difusión de la cultura desde la invención de la imprenta.
Un fenómeno que abandono su puesto en la secuencia de novedades que coloquialmente denominados “inventos”, para tutelar, e incluso condicionar, la existencia de sus predecesores. Comenzando por el hasta entonces más importante de todos: la televisión. No sólo se han digitalizado los formatos tradicionales comerciales: todo el consumo de la cultura espera su turno para ser pasado por la violenta cepillada fractal del ciberespacio: los videos de youtube y los canales por internet; los buscadores de yahoo y Google, las descargas musicales; la banda de radio digital.
4)
En cambio, otros artilugios muy populares, alguna vez tenidos por indispensables, ya están extintos o en vías de extinguirse. Parecían eternos, o en cualquier caso prometían más longevidad. Cuando yo tenía doce años me lucia absolutamente deslumbrante comprobar que las agujas de algunos minicomponentes podían activarse con control remoto. Los minicomponentes eran aparatos diminutos, casi siempre de factura japonesa, versión sofisticada y potente del denominado “tres en uno”: la radio, el brazo del disco y los cartuchos del cassette. Eso que todavía llamamos “el repro”: la exposición integrada, muchas veces portátil, del cassette y la radio; la posibilidad de ejecutar grabaciones “de cassette a casette”. Toda una quincalla de nombres pretenciosos que hoy nos hacen sonreír.
Largo acompañante de interminables momentos de felicidad, durante años el único garante del consumo musical fuera del hogar en momentos de desplazamiento: el cassette se fue comenzando el año 2000 sin que nadie lo llorara, dando por finalizado un reinado de, al menos, tres décadas entre la gente. Su salida de las vidas de todos, mucho menos anunciada que la de los acetatos, fue bastante más brusca y definitiva: al fin y al cabo los discos de pasta subsisten en un mercado muy específico y siguen siendo demandados en algunos circuitos sofisticados de coleccionistas y curiosos.
A ambos los sustituyó otro gigante hoy en un severo entredicho: el compact disc. Cuando la lectura láser de discos terminó de conquistar definitivamente el mercado, hacia 1992, se pensó que este sería un formato que podía durar muchas décadas. Cruzando la esquina de la segunda, tiene su vida en veremos: en muy buena medida sobreviviendo en los dominios de la piratería; está disponible todavía, aunque cada vez menos, en los formatos comerciales clásicos, ya más parecido a un objeto histórico que a un adminículo con pertinencia social.
Se fue también el fax, otro símbolo de los años 90, tan popular que su uso parió un espantoso neologismo alguna vez muy corriente:“faxear”; como se fueron los buscapersonas, devorados por los celulares y el teletexto; y las máquinas de escribir eléctricas; como se irá todo lo que no se pueda someter a los mandatos del nuevo capataz de la tecnología, el ciberespacio
5)
Todo lo cual nos permite arribar a lo que quizás sea la nuez de toda esta disertación: ipads, nuevos videojuegos seriados, libretas electrónicas, teléfonos inalámbricos. Cada nueva entrega de la tecnología expande las posibilidades de informarnos, entroniza sucesos culturales perdurables, le dobla la apuesta al germen de la censura, fomenta un intercambio en el cual todos se enriquecen y nadie pierde.
Constituye una simpleza bastante lamentable postular que sus adecuaciones son “plásticas” y que las necesidades que se derivan de su uso son un artificio.
En lo tocante al ejercicio de la comunicación, la tecnología lleva una endiablada marcha a la cual es importante no perderle la pista, al menos en la lectura gruesa. Mucho más trascendente, sin embargo, es mantener actualizado un sistema de ideas estructurado en torno a sus significados. Los inventos se le pueden acercar y escurrir de las manos a cualquier “fashion victim”: no hará absolutamente nada útil con ellos si no entiende nada de cultura de masas; si no calibra su verdadero impacto; si no establece correlato en la teoría; si no puede aportar una letra sobre el contexto. Si sus ideas no tienen peso especifico ni valor agregado.
La tecnología hace mucho adecuando, recreando y refrescando las posibilidades de interacción entre los seres humanos. Para que lo labrado tenga impacto es importante sostener los artefactos en ideas estructuradas. Todo lo demás son pamplinas. Un tecnófilo 2.0 que viva de la comunicación social, y se resigne a marchar exclusivamente en pos de la próxima novedad, tendrá una vida profesional similar al esplendor y la duración de un betamax.
martes, 12 de abril de 2011
Los lejanos años 90
(texto publicado en Tal Cual por el mes de enero)
Entre una tribulación y la otra, sorprende constatar cuan lejos nos van quedando los años 90. Los años de los discos compactos, el rock en español, la salsa erótica y el furor de la música electrónica. Los años de la estridencia pública, el desconocimiento a la política y el periodismo de denuncia.
Marchar hacia el centro de Caracas era, entonces, un asunto de rutina. Era tan sencillo, que una vez un grupo de estudiantes revoltosos quebró todos los vidrios del Palacio Federal Legislativo, cruzando el edificio de grafittis y dando lugar a una fotografía inolvidable del Diario de Caracas. La leyenda de su foto hablaba de “los vidrios rotos del poder”.
Cada jueves, los encapuchados tomaban las entradas de la UCV para quemar autobuses e incendiar escombros. Aquello era un acto folclórico, un ballet armonizado con la policía que formaba parte del paisaje. Cualquier excusa era válida.
La gente creía en las posturas de José Vicente Rangel y su entonces muy popular programa de denuncias. Rangel, Peña y Napoleón Bravo eran los próceres de la antipolítica; los gurúes mediáticos que denunciaban lo punible y enjuiciaban el comportamiento público de los demás. Podían escucharse al unísono los televisores en las zonas de la clase media cuando, domingo a domingo, Rangel exclamaba, como si estuviera en una misa, que “el país se va por el despeñadero”.
Andaba por ahí Hugo Chávez con liquiliqui, todavía engolando la voz, todavía sin el acento cubano que lo pone a exclamar “¿eh?” al final de cada frase, hablando de “la casa de los sueños azules” y “el horizonte azul que está detrás de la tormenta”.
Escribía su columna Por Ahora en El Nuevo País, de Rafael Poleo, de quien entonces era muy amigo, y frecuentaba las oficinas del diario La Razón buscándole fiesta a cualquier reportero desocupado. No había nacido, siquiera, la palabra Oligarquía.
Fueron años increíblemente permisivos. Cualquiera se sentía capaz, por ejemplo, de pedirle la renuncia al presidente de entonces, Rafael Caldera, o de afirmar deportivamente que el narcotráfico financiaba las campañas electorales del bipartidisimo.
Los políticos eran silvados cuando aparecían en público; la gente no iba a votar; nos escandalizábamos porque cada fin de semana llegaban a morir en Caracas 10 o 15 personas. Los “balseros del aire”, el tibio éxodo profesional de entonces, nos parecía el pináculo de una crisis sin precedentes. Cada dos por tres aparecía un rumor nuevo sobre la muerte de Rafael Caldera.
Hugo Chávez era especialmente beligerante: declaraba a los medios internacionales que en Venezuela estaba planteado “un escenario de guerra civil”; anunciaba la marcha de hasta tres golpes militares al mismo tiempo y no ocultaba sus malquerencias con el general Rubén Rojas Pérez. Nuestra clase media, tan cogida a lazo como ha sido siempre, se prestaba entusiasta a cualquier maniobrilla de pasillo. Una vez, en 1996, cuando fue acusado de estar tramando alguna conspiración, declaró con toda tranquilidad “ojalá no tengamos que usar nunca los aviones y tanques que tenemos en las Fuerzas Armadas”.
Y así, sus partidarios de entonces, promovían entusiastas cacerolazos en contra de Carlos Andrés Pérez. El objetivo era aquella “dictadura disfrazada de democracia” que dejaba a sus ciudadanos maldecirla con toda tranquilidad, en la cual estaba de moda aquella guachafita adolescente y banal que hablaba de los “políticos paralíticos”; que no promovió jamás ninguna ley en contra del ejercicio del periodismo y que dejaba que la Radio Rochela se burlara de sus entrañas para que desahogáramos todos nuestras penas.
Un sistema cojitranco, cómplice, corrompido, ineficiente para resolver los problemas nacionales. Necesitado de un revolcón institucional que jamás llegó a materializarse.
Pero un régimen político que, al lado de esta suma de miserias y marramucias seudo legales que vivimos hoy, luce como una convención de juristas en Ginebra.
Entre una tribulación y la otra, sorprende constatar cuan lejos nos van quedando los años 90. Los años de los discos compactos, el rock en español, la salsa erótica y el furor de la música electrónica. Los años de la estridencia pública, el desconocimiento a la política y el periodismo de denuncia.
Marchar hacia el centro de Caracas era, entonces, un asunto de rutina. Era tan sencillo, que una vez un grupo de estudiantes revoltosos quebró todos los vidrios del Palacio Federal Legislativo, cruzando el edificio de grafittis y dando lugar a una fotografía inolvidable del Diario de Caracas. La leyenda de su foto hablaba de “los vidrios rotos del poder”.
Cada jueves, los encapuchados tomaban las entradas de la UCV para quemar autobuses e incendiar escombros. Aquello era un acto folclórico, un ballet armonizado con la policía que formaba parte del paisaje. Cualquier excusa era válida.
La gente creía en las posturas de José Vicente Rangel y su entonces muy popular programa de denuncias. Rangel, Peña y Napoleón Bravo eran los próceres de la antipolítica; los gurúes mediáticos que denunciaban lo punible y enjuiciaban el comportamiento público de los demás. Podían escucharse al unísono los televisores en las zonas de la clase media cuando, domingo a domingo, Rangel exclamaba, como si estuviera en una misa, que “el país se va por el despeñadero”.
Andaba por ahí Hugo Chávez con liquiliqui, todavía engolando la voz, todavía sin el acento cubano que lo pone a exclamar “¿eh?” al final de cada frase, hablando de “la casa de los sueños azules” y “el horizonte azul que está detrás de la tormenta”.
Escribía su columna Por Ahora en El Nuevo País, de Rafael Poleo, de quien entonces era muy amigo, y frecuentaba las oficinas del diario La Razón buscándole fiesta a cualquier reportero desocupado. No había nacido, siquiera, la palabra Oligarquía.
Fueron años increíblemente permisivos. Cualquiera se sentía capaz, por ejemplo, de pedirle la renuncia al presidente de entonces, Rafael Caldera, o de afirmar deportivamente que el narcotráfico financiaba las campañas electorales del bipartidisimo.
Los políticos eran silvados cuando aparecían en público; la gente no iba a votar; nos escandalizábamos porque cada fin de semana llegaban a morir en Caracas 10 o 15 personas. Los “balseros del aire”, el tibio éxodo profesional de entonces, nos parecía el pináculo de una crisis sin precedentes. Cada dos por tres aparecía un rumor nuevo sobre la muerte de Rafael Caldera.
Hugo Chávez era especialmente beligerante: declaraba a los medios internacionales que en Venezuela estaba planteado “un escenario de guerra civil”; anunciaba la marcha de hasta tres golpes militares al mismo tiempo y no ocultaba sus malquerencias con el general Rubén Rojas Pérez. Nuestra clase media, tan cogida a lazo como ha sido siempre, se prestaba entusiasta a cualquier maniobrilla de pasillo. Una vez, en 1996, cuando fue acusado de estar tramando alguna conspiración, declaró con toda tranquilidad “ojalá no tengamos que usar nunca los aviones y tanques que tenemos en las Fuerzas Armadas”.
Y así, sus partidarios de entonces, promovían entusiastas cacerolazos en contra de Carlos Andrés Pérez. El objetivo era aquella “dictadura disfrazada de democracia” que dejaba a sus ciudadanos maldecirla con toda tranquilidad, en la cual estaba de moda aquella guachafita adolescente y banal que hablaba de los “políticos paralíticos”; que no promovió jamás ninguna ley en contra del ejercicio del periodismo y que dejaba que la Radio Rochela se burlara de sus entrañas para que desahogáramos todos nuestras penas.
Un sistema cojitranco, cómplice, corrompido, ineficiente para resolver los problemas nacionales. Necesitado de un revolcón institucional que jamás llegó a materializarse.
Pero un régimen político que, al lado de esta suma de miserias y marramucias seudo legales que vivimos hoy, luce como una convención de juristas en Ginebra.
martes, 15 de marzo de 2011
Irnos del país o quedarnos en Venezuela
(texto públicado el domingo 13 de marzo en el diario Tal Cual con ligeras modificaciones)
I
De forma accidental, y no sin algo de sorpresa, he podido constatar como, en algunos reductos específicos en los cuales uno se desplaza por accidente, quienes toman la decisión de irse del país son todavía juzgados como un atajo de tránsfugas, oportunistas que dejan sin el menor cargo de conciencia el rancho ardiendo para ejercer la felicidad sin mortificaciones de ninguna especie.
Digo que “todavía”, y agrego que “no sin algo de sorpresa”, porque, en mi caso, la discusión sobre la decisión personal de emigrar del país -que es todo síntoma generacional- tiene ya una duración que sobrepasa los quince años.
Tiempo suficiente para irlo depurando y haberlo zanjado completamente, conforme se arriba definitivamente a la adultez en el juicio, conforme comienzan a irse, graneadas, personas muy queridas, conforme el deterioro nacional se torna omnipresente, y, finalmente, conforme se termina de probar el suculento plato de esa abstracción que denominan “el extranjero”: aquella “posteridad contemporánea” aludida con mordacidad por Ibsen Martínez. La deliciosa conjura que adereza la cotidianidad con impensados matices cuando nos toca salir de viaje.
Puedo confesar sin problemas que hace poco más de una década tenía una apreciación parecida, así de terminante y atrabiliaria, sobre quienes anunciaban su salida de Venezuela.
Una intolerancia que tenía una carga ideológica, interpretada erróneamente como la renuncia a un deber moral superior: todo el mundo corría a buscar a sus antepasados ucranianos y a proclamar, con el objeto de obtener el respectivo pasaporte, el eterno apego a sus entrañables –y desconocidos- bisabuelos en Catanzaro para poder salvarse de este desastre que hace rato perdió el charm.
El juicio se fue matizando y alcanzó su dimensión definitiva no mucho después. En las grandes ciudades del extranjero aprendí que la emigración es un fenómeno universal y masivo; que los inmigrantes del mundo moderno son, probablemente sin que lo sepan, mutaciones ambulantes de los entornos culturales que les preceden. Que ése es el hechizo de la palabra cosmópolis: uno de los grandes logros del progresismo en los tiempos que corren. ¿Qué sería de Barcelona o París, por ejemplo, sin sus barriadas árabes?
Que si hay un haber cuantificable en la vida es aprender a dejar atrás los llamados adoloridos del nacionalismo estrecho, condenados a ser parroquiales, y, peor aún, conservadores y mojigatos, para vivir, en toda su dimensión, eso que Anthony Giddens denominó “la fidelidad múltiple”: esa maravillosa colección de querencias y afectos en entornos culturales complementarios, que perfectamente, también, pueden tener su epicentro en el lugar que registre nuestra partida de nacimiento.
Pero sobre todo, que el ejercicio y la defensa de la libertad personal va a superar su prueba más exigente cuando el test se lo hacemos a los demás. Exigirle a los otros respeto al albedrío personal es muy sencillo: mucho más cuesta arriba es aprender a respetar los ajenos. Ahí el vocablo libertad muta a uno mucho más exigente, el de la tolerancia.
Y en última instancia: que el que se va es porque le da la gana. Quien toma ese tipo de decisiones no rebana tantos razonamientos precocidos: suele hacerlo bajo la influencia de una sensación terminante, que baja violento y neto, como cualquier portal de internet.
Poco o nada le dirán las consideraciones hechas por terceros.
II
Bien. Zanjado el dilema de las siempre respetables opciones individuales, pienso que puede tener sentido destinar unas reflexiones a un subregistro muy específico de personas que, antes que ciudadanos, sólo se sienten usuarios: aquellos que, con un hastío que tiene un escalón detrás del asco, viven pontificando que, nomás les sea posible, partirán como un cohete de “esta mierda de país”, del cual, irremediablemente poco o nada extrañarán después de la fuga. Razonamiento que irá acompañado de una eterna muletilla: “aquí no hay calidad de vida” –como si el único imperativo de estar vivo consistiera en andar subiendo escaleras en Sears.
Yo me atrevería a proponerle a estas personas una aproximación un poco menos recreativa de los dilemas cotidianos y las decisiones de vida. Sostengo que la consecución de la felicidad, objetivo final que, como mortales, todos compartimos, precisa de una aproximación algo menos desentendida, algo menos amiga de las fórmulas indoloras que esa que, en ocasiones, queda patente en trances tan delicados.
La felicidad es un objetivo que cobra sentido doble si nos decidimos a encararla como adultos: forzados a enfrentar circunstancias que no nos son del todo agradables y atendiendo obligaciones que sobrepasan nuestro fuero individual. La verdadera felicidad siempre tiene un costo.
Sabemos que estas consideraciones no están formuladas en un momento normal. Venezuela está ante una coyuntura especialmente dramática: disponemos de poco más de año y medio para que este país termine de recobrar la pertinencia o para que su sentido acabado como entidad jurídica entre en un gravísimo suspenso que puede durar, incluso, décadas. Con él se iría todo el entorno que ha comprendido nuestras vidas: nuestro pasado laboral, nuestros sitios de recreación, nuestras amistades, los espacios en los cuales crecimos en familia.
Son menos de dos años: es un plazo razonable y específico para comprometernos a formar parte de la solución. Para informarnos, para organizarnos, para participar y defender lo que nos pertenece. Para asumir algún tipo de responsabilidad que sobrepase los mandatos de nuestro confort. No hablo desde un ámbito salvacionista: circunscribo lo que dicho a la universal perspectiva ciudadana. Si algo le terminó de hacer la cama a Fidel Castro fue el apurado tránsito de todos sus mandos profesionales en el puerto de Camarioca en 1962. A lo mejor todavía había tiempo.
No estoy formulando una proclama patriotera, ni le pido a nadie que inicie sesiones de llanto cada vez que escuche el Alma Llanera. Parece que no hay manera de meterle la nariz a este tema sin que alguien termine acordándose de Carlos Baute. La inexplicable psicología del venezolano de clase media, siempre hechizada con cualquier fruslería del extrarradio, se maravillaría si este razonamiento lo hiciera Rosa Montero ante una hipotética España en llamas. Formulado desde Venezuela el argumento es despachado como si le perteneciera a Lila Morillo.
¿Queremos admirar el mundo, conocer nuevas culturas, maravillarnos con las delicias del entorno próximo o remoto? ¿Queremos vivir en otro país? Excelente. Aquí mismo, en nuestras narices, tenemos una emergencia: vamos a intentar primero ver cómo podemos conjurar esta amenaza, porque el juego está cerquita, para seguir aspirando a ejercer la felicidad con un pasaporte en la mano.
He dicho que todo el mundo es libre de pensar y decir lo que quiera en este tipo de temas. Eso es exactamente es lo que yo acabo de hacer.
I
De forma accidental, y no sin algo de sorpresa, he podido constatar como, en algunos reductos específicos en los cuales uno se desplaza por accidente, quienes toman la decisión de irse del país son todavía juzgados como un atajo de tránsfugas, oportunistas que dejan sin el menor cargo de conciencia el rancho ardiendo para ejercer la felicidad sin mortificaciones de ninguna especie.
Digo que “todavía”, y agrego que “no sin algo de sorpresa”, porque, en mi caso, la discusión sobre la decisión personal de emigrar del país -que es todo síntoma generacional- tiene ya una duración que sobrepasa los quince años.
Tiempo suficiente para irlo depurando y haberlo zanjado completamente, conforme se arriba definitivamente a la adultez en el juicio, conforme comienzan a irse, graneadas, personas muy queridas, conforme el deterioro nacional se torna omnipresente, y, finalmente, conforme se termina de probar el suculento plato de esa abstracción que denominan “el extranjero”: aquella “posteridad contemporánea” aludida con mordacidad por Ibsen Martínez. La deliciosa conjura que adereza la cotidianidad con impensados matices cuando nos toca salir de viaje.
Puedo confesar sin problemas que hace poco más de una década tenía una apreciación parecida, así de terminante y atrabiliaria, sobre quienes anunciaban su salida de Venezuela.
Una intolerancia que tenía una carga ideológica, interpretada erróneamente como la renuncia a un deber moral superior: todo el mundo corría a buscar a sus antepasados ucranianos y a proclamar, con el objeto de obtener el respectivo pasaporte, el eterno apego a sus entrañables –y desconocidos- bisabuelos en Catanzaro para poder salvarse de este desastre que hace rato perdió el charm.
El juicio se fue matizando y alcanzó su dimensión definitiva no mucho después. En las grandes ciudades del extranjero aprendí que la emigración es un fenómeno universal y masivo; que los inmigrantes del mundo moderno son, probablemente sin que lo sepan, mutaciones ambulantes de los entornos culturales que les preceden. Que ése es el hechizo de la palabra cosmópolis: uno de los grandes logros del progresismo en los tiempos que corren. ¿Qué sería de Barcelona o París, por ejemplo, sin sus barriadas árabes?
Que si hay un haber cuantificable en la vida es aprender a dejar atrás los llamados adoloridos del nacionalismo estrecho, condenados a ser parroquiales, y, peor aún, conservadores y mojigatos, para vivir, en toda su dimensión, eso que Anthony Giddens denominó “la fidelidad múltiple”: esa maravillosa colección de querencias y afectos en entornos culturales complementarios, que perfectamente, también, pueden tener su epicentro en el lugar que registre nuestra partida de nacimiento.
Pero sobre todo, que el ejercicio y la defensa de la libertad personal va a superar su prueba más exigente cuando el test se lo hacemos a los demás. Exigirle a los otros respeto al albedrío personal es muy sencillo: mucho más cuesta arriba es aprender a respetar los ajenos. Ahí el vocablo libertad muta a uno mucho más exigente, el de la tolerancia.
Y en última instancia: que el que se va es porque le da la gana. Quien toma ese tipo de decisiones no rebana tantos razonamientos precocidos: suele hacerlo bajo la influencia de una sensación terminante, que baja violento y neto, como cualquier portal de internet.
Poco o nada le dirán las consideraciones hechas por terceros.
II
Bien. Zanjado el dilema de las siempre respetables opciones individuales, pienso que puede tener sentido destinar unas reflexiones a un subregistro muy específico de personas que, antes que ciudadanos, sólo se sienten usuarios: aquellos que, con un hastío que tiene un escalón detrás del asco, viven pontificando que, nomás les sea posible, partirán como un cohete de “esta mierda de país”, del cual, irremediablemente poco o nada extrañarán después de la fuga. Razonamiento que irá acompañado de una eterna muletilla: “aquí no hay calidad de vida” –como si el único imperativo de estar vivo consistiera en andar subiendo escaleras en Sears.
Yo me atrevería a proponerle a estas personas una aproximación un poco menos recreativa de los dilemas cotidianos y las decisiones de vida. Sostengo que la consecución de la felicidad, objetivo final que, como mortales, todos compartimos, precisa de una aproximación algo menos desentendida, algo menos amiga de las fórmulas indoloras que esa que, en ocasiones, queda patente en trances tan delicados.
La felicidad es un objetivo que cobra sentido doble si nos decidimos a encararla como adultos: forzados a enfrentar circunstancias que no nos son del todo agradables y atendiendo obligaciones que sobrepasan nuestro fuero individual. La verdadera felicidad siempre tiene un costo.
Sabemos que estas consideraciones no están formuladas en un momento normal. Venezuela está ante una coyuntura especialmente dramática: disponemos de poco más de año y medio para que este país termine de recobrar la pertinencia o para que su sentido acabado como entidad jurídica entre en un gravísimo suspenso que puede durar, incluso, décadas. Con él se iría todo el entorno que ha comprendido nuestras vidas: nuestro pasado laboral, nuestros sitios de recreación, nuestras amistades, los espacios en los cuales crecimos en familia.
Son menos de dos años: es un plazo razonable y específico para comprometernos a formar parte de la solución. Para informarnos, para organizarnos, para participar y defender lo que nos pertenece. Para asumir algún tipo de responsabilidad que sobrepase los mandatos de nuestro confort. No hablo desde un ámbito salvacionista: circunscribo lo que dicho a la universal perspectiva ciudadana. Si algo le terminó de hacer la cama a Fidel Castro fue el apurado tránsito de todos sus mandos profesionales en el puerto de Camarioca en 1962. A lo mejor todavía había tiempo.
No estoy formulando una proclama patriotera, ni le pido a nadie que inicie sesiones de llanto cada vez que escuche el Alma Llanera. Parece que no hay manera de meterle la nariz a este tema sin que alguien termine acordándose de Carlos Baute. La inexplicable psicología del venezolano de clase media, siempre hechizada con cualquier fruslería del extrarradio, se maravillaría si este razonamiento lo hiciera Rosa Montero ante una hipotética España en llamas. Formulado desde Venezuela el argumento es despachado como si le perteneciera a Lila Morillo.
¿Queremos admirar el mundo, conocer nuevas culturas, maravillarnos con las delicias del entorno próximo o remoto? ¿Queremos vivir en otro país? Excelente. Aquí mismo, en nuestras narices, tenemos una emergencia: vamos a intentar primero ver cómo podemos conjurar esta amenaza, porque el juego está cerquita, para seguir aspirando a ejercer la felicidad con un pasaporte en la mano.
He dicho que todo el mundo es libre de pensar y decir lo que quiera en este tipo de temas. Eso es exactamente es lo que yo acabo de hacer.
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