Publicado en el diario Tal Cual, diciembre de 2011
Haber visto hace algunos meses Petroleros Suicidas, la inteligente obra de teatro de Ibsen Martínez, me dejó una sensación que me permitió extraer dos reflexiones.
La primera tiene un rasgo que tiene sus aditamentos anecdóticos de carácter personal: haber visto una pieza tan venezolana y al mismo tiempo tan universal, que resistiría un análisis en cualquier otro contexto, en la cual queda expuesta con tanta claridad el lento pero continuo proceso de decadencia de este país. Sentí una sensación muy especial cuando, otra vez, como sucedía antes, me pude sentar en una butaca a consumir un producto cultural hecho acá tan acabado y agudo, dirigido por el unánimemente aclamado Héctor Manrique y representado por un elenco de actores de primer orden.
La voz interpretativa de Ibsen, muy especialmente en sus obras de teatro y en sus ensayos, lo reconcilia a uno con alguna sensación perdida de orgullo ciudadano fundamentado.
La segunda conclusión, consecuencia de la primera, me sirvió para echarle una mirada al quehacer cultural actual en el país. La valiente y descarnada aproximación de Ibsen al desarrollo de los traumáticos episodios vividos en Venezuela en la década recién concluida permite advertir al que quiera verlo que, salvo lo que recoge la ensayística, y alguna otra excepción aislada, el grueso determinante del entramado artístico nacional, su narrativa, su música, sus películas y contenidos televisivos, sus comedias de situación y sus montajes, están asombrosamente de espaldas, ausentes, distantes, renuentes a enfrentar y recrear nuestra atormentada realidad cotidiana con alguna propuesta en particular.
Vamos a hablar en castellano. No estamos viviendo en absoluto un momento normal. No hemos llegado a vivir las dolorosas historias de Colombia, de Centroamérica, del Caribe y el Cono Sur, pero sí se nos ha ido intercalando en nuestras vidas un corrosivo ligamento autoritario de carácter posmoderno, peligrosamente extendido en el tiempo, que relajó todas nuestras formas civiles y ambienta una cotidianidad que, en muy buena medida, es casi insoportable.
Bien vistos, los años de la década anterior son un corolario acumulado de hipérboles imposibles: un presidente dispuesto a romper cualquier límite existente de la extravagancia, que trabaja duro para tener frente a sí a una sociedad arrodillada; vidas cegadas en la violencia callejera y ruinas consolidadas de la noche a la mañana. Procesos judiciales amañados. El futuro de todos en veremos. Una suerte de terrorismo de estado en dosis administradas. La historia de una nación maniatada, que tiene un pañuelo en la boca que no quiere asumir, súbitamente empobrecida, en la cual buena parte de sus cuadros más calificados está imaginando que el futuro queda en otra parte.
El país, entretanto, vive metido en un curioso festín de petardos evasivos, con un público necesitado a toda hora de cambiar de tema. Una secuencia interminable de cánticos al “yo no sé”, que ha hecho de la mimesis una forma de vida. Algunas de sus expresiones más visibles se han especializado en desplazarse con una pericia florentina entre la sociedad y el estado para no incordiar a nadie y robarse el aplauso de todos.
Los casos más paladinos defienden su pacto con el poder político con un argumento que pretende ser un salvoconducto: “yo no soy político”. Una especie de mantra que configura una curiosa forma de evadir responsabilidades ciudadanas para obtener provechos y recursos. Películas, montajes y conciertos concebidos para agradar el oído del poderoso, ejercicios de adulación en regla de tres, con cierto carácter cortesano, que pretenden hacerse pasar por inocentes.
Personalmente creo que se equivocan y que la historia en algún momento se los va a hacer saber. El hecho artístico queda bastardeado cuando la política y la cultura se divorcian en entornos tan problematizados: las expresiones más completas del devenir humano tienen lugar cuando el hombre se apropia con dignidad de los elementos del entorno. No hay forma más acabada de aproximarse al hecho cultural que una correcta interpretación de la política y no hay concepto que le rinda tributo al arte con mayor dignidad que la palabra libertad.
Echemos una mirada al entorno próximo. Cuantas películas, y cuentas historias que recrean pequeñas tragedias y glorias personales, pueden recogerse en el auge y el ocaso del pinochetismo; en el sandinismo nicaraguense; en la Cuba del exilio; en las juntas militares de Argentina y Uruguay, en los múltiples capítulos de la violencia en Colombia. Cabrera Infante; “Adiós Muchachos”, de Ramírez; los dramas de Norma Aleandro; Isabel Allende; las conmovedoras historias de Héctor Abad Facciolince.
Se dirá que la historia que estoy describiendo cursa un proceso que aún no concluye y que buena parte de las expresiones artísticas a las que aludo están infectadas por el virus de la censura impuesta. Proceso éste que tiene sus expresiones concretas en el estancamiento de la mayoría de las expresiones culturales tradicionales en el país.
Esa es una verdad a medias. Y por lo tanto, se parece mucho a una excusa. Necesitamos perspectiva y ánimo sereno, pero también posiciones, testimonios, coraje cívico, posturas con pretensión de permanencia. Necesitamos olvidarnos de los aplausos y contarnos lo que nos ha sucedido a través de historias individuales. El venezolano promedio no se puede pasar la vida rindiendo tributo exclusivo a la tentación recreativa. El que quiera evadir la taquilla de la censura y asumir las consecuencias de su valor civil todavía puede hacerlo.
Cierto: el hecho creativo es una responsabilidad personalísima. En lo personal, con las excepciones aludidas, yo estoy muy orgulloso de nuestro estamento de intelectuales y artistas. Sus posturas en los momentos decisivos están a la vista de todos. Un ochenta por ciento de ellos militando en la causa de la Constitución: escritores, poetas, músicos y pintores, presentes en el país, enfrentados a la sordidez y al abuso de poder, consecuentes con la palabra empeñada. Han alzado su voz y han hecho público su compromiso con la libertad cuando ha sido preciso.
Ahí están, sin embargo, esperándolos, las historias de los Semerucos, la violencia del 11 de abril, la lista de Tascón, la muerte de Maritza Ron; los comisarios; los insultos presidenciales, los hackeos de cuentas personales, la diáspora migratoria y los sabotajes orquestados a la UCV. Historias y dramas personales para ser contados a las generaciones que vienen detrás.
sábado, 17 de diciembre de 2011
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Maldición y elogio de Facebook
Hace escasos cinco años Facebook no existía. Hoy, una vez a la semana, termino cediendo a sus narcóticos efectos, a la fecha en un claro entredicho, atendiendo el remoto llamado de una ya atenuada compulsión gregaria, y me meto en sus páginas. La determinante mayoría de las veces para no conseguir nada especialmente relevante. Una y otra vez, la conclusión es la misma: el otrora delicioso garbo cotidiano de Facebook, al menos para mí, ha entrado en crisis.
Si hago una interpretación general y aplico una consideración extensa, tengo que concluir que, con todo, sigue siendo esta una herramienta que tiene todavía su relevancia vital. Una importancia que conserva su pomposo apellido: es estratégica. Gracias a Facebook he podido ubicar afectos perdidos de capítulos de mi vida superados, personajes importantes que había perdido, de los que siempre quise volver a saber, y pergeñar sus fotos, y tenerlos ahí capturados, sin una finalidad específica, y figurarme, incluso sin tener que preguntarles, qué ha sido de sus vidas. Está abstracción virtual es, en muchos casos, el único punto que tenemos en común.
.
Allí están, a la mano, muchos de los amigos que no tengo cerca, que viven fuera de Venezuela, ahora que la migración se ha convertido en un hábito cultural de moda. Próximos, vecinos, cada uno de ellos metido en el módulo del país que ha escogido para vivir, habitando conmigo un espacio cultural y afectivo que se ha convertido en una especie de república virtual compartida. Afortunadamente están ahí, y afortunadamente está Facebook para hacerlo posible.
Porque si Twitter es un dominio público, una especie de ágora, una trinchera para escupir taquitos retóricos amontonada en unos cuantos caracteres, también con su irresistible encanto, Facebook sigue siendo, con todo, un espacio personal. Una libreta telefónica sin teléfonos. En mi red de contactos hay una especie de cláusula, seguramente compartida por muchos como política: no abrirle la puerta a desconocidos. Acepto amigos nuevos aplicando el parámetro mínimo universal del derecho: “vista, trato y comunicación”.
Ahí está, pues, Facebook, el mecanismo perfecto en la víspera de unas elecciones, de vez en cuando ofreciendo algún relieve que le devuelva el menguante interés. De todas formas, algunos amigos importantes siguen renuentes a alistarse en la red del reinado de los amigos. De viva voz, me lo han confesado: no soportan portar una membresía en la cual, por definición, todo el mundo tenga que ser “amigo”. El postulado es demasiado gallo.
Mi lista personal amistades disidentes ha conocido, en el tiempo reciente, algunas deserciones importantes, porque la presión social los obliga, pero en muchas ocasiones el efecto es el mismo: ingresan, colocan su foto, se aburren de lo que en ocasiones parece una versión electrónica de un “notiexpress”, reciben de intercambio dos chocolates virtuales que no han pedido, y dejan su cuenta disecada antes los ojos de los demás. A algunos de los afectos más importantes de mi vida los tengo, por diversos motivos, muy lejos de mi red personal. Tendrán todos sus pareceres y matices sobre el impacto político de las comunidades virtuales propalando, como en el mundo árabe, la buena noticia de la libertad.
Me voy a estudiar, quedé de nuevo en estado, noche de panas en casa de Josefina, qué bella esa bebeeeé, que bellas somos, amigui, qué éxito. Eso es Facebook. Un universo en el cual no existe el incordio. Grandes amistades de otros momentos, novias viejas, niñas que se hicieron señoras, mujeres bellas sobre las cuales más nunca se había sabido nada, todos mostrando sus fotos, muertos de la risa, optimistas a todo evento, afortunadamente todos, o casi todos, vivos y dando la pelea.
Gracias a su escasez en audacia y a su inexplicable vocación para la navegación sobre lo obvio, se ha convertido éste, por cierto, en un anticuerpo perfecto para que se atenúen los efectos de las cadenas con reflexiones insustanciales, vigentes a principios de la década anterior en las cuentas personales de la gente. Si algún conocido suyo no resistía las ganas de expresarse llenándole la cuenta Hotmail con poesía apócrifa de un Borges hablando como Pablo Coelho, debe estar tranquilo: para él ya llegó Facebook. El daño igual ya está hecho: las cadenas migraron a los celulares y el correo se le llena de basura con mensajes corporativos y cursos de inglés.
Resultó que, contrariamente a lo que llegamos a pensar muy al principio, en Facebook nadie desentraña matices ni a descubre secretos. Es precisamente al revés: este es el universo de lo ya sabido. Todos aquí, todos juntos, todos al mismo tiempo. El “bing Bang” financiero aplicado al universo de la cultura y la comunicación. Todos felices. Como José Visconti: a sacarla de jonrón. “Nadie es tan feo como aparece en su cédula ni tan buenmozo como sale en Facebook”. No está permitido el veneno y es necesario tener un agudo sentido de la diplomacia. Este el reino de la felicidad. Resultó que, cuando entro a Facebook, estoy presenciando la vida de mis amigos en horario todo público. Disney Channel. La vida en Facebook es A. “Quince años con mi esposito: más felices que Michael Landon”: “felicidades amigui”; “que sean muchos más”; “que belloooosssss”; “el matrimonio es la base de la sociedad”, “qué éxito”.
Esos cuadrantes genéricos, esa sobredosis de acuerdo, ese remanente de consenso, esa deuda perpetua con la palabra incordio, esa pinta de cartelera de corcho de curso de inglés en Vancouver, hace a Facebook, en contrapartida, un lugar muy peligroso para polemizar. En el Twitter las ideas están condenadas a salir a defenderse solas, afeitadas, compactas, gobernadas por la precesión, sin pelambre subordinada y sin mohines urbanos. Después usted decide si contesta. Facebook pocas veces entiende sobre la legitimidad de las discusiones. Es muy fácil ponerse antipático.
Una inquietud que tenga sus matices, una duda que queremos intentar encaminar, una oración expresada de forma medianamente incompleta, una más de las miles de verdades a medias que masticamos todos los días en compañía del resto de la gente, puesta sobre el tablero para ser considerada sin pasiones, lo conducirá inevitablemente a colocarse en el peor de los mundos posibles: a defenderse de una cosa que usted no ha afirmado. En el reinado virtual del amor hay mucha gente que no encuentra donde desahogar sus ganas de discutir cualquier nimiedad. Como es este un espacio para entenderse, es el universo del malentendido. Intercambios farragosos y agónicos, a veces incluso imposibles de comprender, parados sobre un supuesto que no existe, en los cuales su contertulio pasará a explicarle el significado de un asunto sobre el que usted no se ha pronunciado. Sobre el cual terciará una nueva voz para adulterar, a su vez, todo lo que había quedado dicho.
En fin, ese es el juego, y esas son sus reglas. Las herramientas son así: yo no me puedo cepillar los dientes con una sierra eléctrica y terminar echándole la culpa de lo que me hizo en las encías.
A veces me figuro que dentro de poco aparecerán modalidades más sofisticadas de integrar redes sociales, haciendo mucho mejor lo que ésta intenta: interpretando en toda su dimensión el carácter global de nuestras vidas. Por lo pronto me limito a documentar cómo me ha ido con ésta: el único reducto palpable que tengo, en el cual, con sus excepciones, están desfilando todos mis anillos anecdóticos.
Ese sabor a balance le otorga a Facebook, a veces, unos gramos adicionales de peso específico. Los amigos más cercanos y la gente que apenas conozco de vista. Mis afectos más remotos: Maiquel Capeans, de San Ramón a Chimborazo. La primaria, el bachillerato. La decisiva era de la universidad. Mis viajes juveniles. Mis amigos puertorriqueños. Mi vida laboral en todas sus etapas, con sus tribulaciones actuales. Mis relaciones sentimentales, mi esposa y mi hija. A algunos los veo en el chat y ni siquiera me atrevo a saludarlos. Lo más probable es que ya no tengamos nada más qué decirnos. Puede que sea suficiente con el acto de presencia de sus nombres. Jamás he colgado una foto en Facebook. No ha hecho falta: con las que han puesto los otros hay un trazo grueso, suficientemente descriptivo, de lo que yo soy hoy.
Los veo a todos en mi lista, los nombres que me he cruzado en cada tramo existencial, con sus historias y su variable importancia. Son ellos, sin que lo sepan, colocados en esa secuencia arbitraria, los que están contando por tramos, de forma modular, como lo hizo Cortázar en Rayuela, qué ha sido de mi vida. Un juego de memoria, unas postales con nombre, una suma de cromos. Un absurdo papel de coleccionista.
Facebook podrá fenecer. Las redes sociales tienen un largo trecho por recorrer. Migraremos a otras redes, seguiremos caminando, nos llegarán los nietos, nos tocará irnos. Esas postales de recuerdo que hoy nos aburren por insustanciales es el pelo que nos va a seguir creciendo: cumpleaños, fotos, efemérides y saluditos. En Internet tendremos fe de vida aún estando ausentes. Esa forma curiosa de adulterar la realidad que a veces denominan la poesía. Nadie pensó en la muerte cuando conoció Facebook. No pensamos en esas cosas.
Si hago una interpretación general y aplico una consideración extensa, tengo que concluir que, con todo, sigue siendo esta una herramienta que tiene todavía su relevancia vital. Una importancia que conserva su pomposo apellido: es estratégica. Gracias a Facebook he podido ubicar afectos perdidos de capítulos de mi vida superados, personajes importantes que había perdido, de los que siempre quise volver a saber, y pergeñar sus fotos, y tenerlos ahí capturados, sin una finalidad específica, y figurarme, incluso sin tener que preguntarles, qué ha sido de sus vidas. Está abstracción virtual es, en muchos casos, el único punto que tenemos en común.
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Allí están, a la mano, muchos de los amigos que no tengo cerca, que viven fuera de Venezuela, ahora que la migración se ha convertido en un hábito cultural de moda. Próximos, vecinos, cada uno de ellos metido en el módulo del país que ha escogido para vivir, habitando conmigo un espacio cultural y afectivo que se ha convertido en una especie de república virtual compartida. Afortunadamente están ahí, y afortunadamente está Facebook para hacerlo posible.
Porque si Twitter es un dominio público, una especie de ágora, una trinchera para escupir taquitos retóricos amontonada en unos cuantos caracteres, también con su irresistible encanto, Facebook sigue siendo, con todo, un espacio personal. Una libreta telefónica sin teléfonos. En mi red de contactos hay una especie de cláusula, seguramente compartida por muchos como política: no abrirle la puerta a desconocidos. Acepto amigos nuevos aplicando el parámetro mínimo universal del derecho: “vista, trato y comunicación”.
Ahí está, pues, Facebook, el mecanismo perfecto en la víspera de unas elecciones, de vez en cuando ofreciendo algún relieve que le devuelva el menguante interés. De todas formas, algunos amigos importantes siguen renuentes a alistarse en la red del reinado de los amigos. De viva voz, me lo han confesado: no soportan portar una membresía en la cual, por definición, todo el mundo tenga que ser “amigo”. El postulado es demasiado gallo.
Mi lista personal amistades disidentes ha conocido, en el tiempo reciente, algunas deserciones importantes, porque la presión social los obliga, pero en muchas ocasiones el efecto es el mismo: ingresan, colocan su foto, se aburren de lo que en ocasiones parece una versión electrónica de un “notiexpress”, reciben de intercambio dos chocolates virtuales que no han pedido, y dejan su cuenta disecada antes los ojos de los demás. A algunos de los afectos más importantes de mi vida los tengo, por diversos motivos, muy lejos de mi red personal. Tendrán todos sus pareceres y matices sobre el impacto político de las comunidades virtuales propalando, como en el mundo árabe, la buena noticia de la libertad.
Me voy a estudiar, quedé de nuevo en estado, noche de panas en casa de Josefina, qué bella esa bebeeeé, que bellas somos, amigui, qué éxito. Eso es Facebook. Un universo en el cual no existe el incordio. Grandes amistades de otros momentos, novias viejas, niñas que se hicieron señoras, mujeres bellas sobre las cuales más nunca se había sabido nada, todos mostrando sus fotos, muertos de la risa, optimistas a todo evento, afortunadamente todos, o casi todos, vivos y dando la pelea.
Gracias a su escasez en audacia y a su inexplicable vocación para la navegación sobre lo obvio, se ha convertido éste, por cierto, en un anticuerpo perfecto para que se atenúen los efectos de las cadenas con reflexiones insustanciales, vigentes a principios de la década anterior en las cuentas personales de la gente. Si algún conocido suyo no resistía las ganas de expresarse llenándole la cuenta Hotmail con poesía apócrifa de un Borges hablando como Pablo Coelho, debe estar tranquilo: para él ya llegó Facebook. El daño igual ya está hecho: las cadenas migraron a los celulares y el correo se le llena de basura con mensajes corporativos y cursos de inglés.
Resultó que, contrariamente a lo que llegamos a pensar muy al principio, en Facebook nadie desentraña matices ni a descubre secretos. Es precisamente al revés: este es el universo de lo ya sabido. Todos aquí, todos juntos, todos al mismo tiempo. El “bing Bang” financiero aplicado al universo de la cultura y la comunicación. Todos felices. Como José Visconti: a sacarla de jonrón. “Nadie es tan feo como aparece en su cédula ni tan buenmozo como sale en Facebook”. No está permitido el veneno y es necesario tener un agudo sentido de la diplomacia. Este el reino de la felicidad. Resultó que, cuando entro a Facebook, estoy presenciando la vida de mis amigos en horario todo público. Disney Channel. La vida en Facebook es A. “Quince años con mi esposito: más felices que Michael Landon”: “felicidades amigui”; “que sean muchos más”; “que belloooosssss”; “el matrimonio es la base de la sociedad”, “qué éxito”.
Esos cuadrantes genéricos, esa sobredosis de acuerdo, ese remanente de consenso, esa deuda perpetua con la palabra incordio, esa pinta de cartelera de corcho de curso de inglés en Vancouver, hace a Facebook, en contrapartida, un lugar muy peligroso para polemizar. En el Twitter las ideas están condenadas a salir a defenderse solas, afeitadas, compactas, gobernadas por la precesión, sin pelambre subordinada y sin mohines urbanos. Después usted decide si contesta. Facebook pocas veces entiende sobre la legitimidad de las discusiones. Es muy fácil ponerse antipático.
Una inquietud que tenga sus matices, una duda que queremos intentar encaminar, una oración expresada de forma medianamente incompleta, una más de las miles de verdades a medias que masticamos todos los días en compañía del resto de la gente, puesta sobre el tablero para ser considerada sin pasiones, lo conducirá inevitablemente a colocarse en el peor de los mundos posibles: a defenderse de una cosa que usted no ha afirmado. En el reinado virtual del amor hay mucha gente que no encuentra donde desahogar sus ganas de discutir cualquier nimiedad. Como es este un espacio para entenderse, es el universo del malentendido. Intercambios farragosos y agónicos, a veces incluso imposibles de comprender, parados sobre un supuesto que no existe, en los cuales su contertulio pasará a explicarle el significado de un asunto sobre el que usted no se ha pronunciado. Sobre el cual terciará una nueva voz para adulterar, a su vez, todo lo que había quedado dicho.
En fin, ese es el juego, y esas son sus reglas. Las herramientas son así: yo no me puedo cepillar los dientes con una sierra eléctrica y terminar echándole la culpa de lo que me hizo en las encías.
A veces me figuro que dentro de poco aparecerán modalidades más sofisticadas de integrar redes sociales, haciendo mucho mejor lo que ésta intenta: interpretando en toda su dimensión el carácter global de nuestras vidas. Por lo pronto me limito a documentar cómo me ha ido con ésta: el único reducto palpable que tengo, en el cual, con sus excepciones, están desfilando todos mis anillos anecdóticos.
Ese sabor a balance le otorga a Facebook, a veces, unos gramos adicionales de peso específico. Los amigos más cercanos y la gente que apenas conozco de vista. Mis afectos más remotos: Maiquel Capeans, de San Ramón a Chimborazo. La primaria, el bachillerato. La decisiva era de la universidad. Mis viajes juveniles. Mis amigos puertorriqueños. Mi vida laboral en todas sus etapas, con sus tribulaciones actuales. Mis relaciones sentimentales, mi esposa y mi hija. A algunos los veo en el chat y ni siquiera me atrevo a saludarlos. Lo más probable es que ya no tengamos nada más qué decirnos. Puede que sea suficiente con el acto de presencia de sus nombres. Jamás he colgado una foto en Facebook. No ha hecho falta: con las que han puesto los otros hay un trazo grueso, suficientemente descriptivo, de lo que yo soy hoy.
Los veo a todos en mi lista, los nombres que me he cruzado en cada tramo existencial, con sus historias y su variable importancia. Son ellos, sin que lo sepan, colocados en esa secuencia arbitraria, los que están contando por tramos, de forma modular, como lo hizo Cortázar en Rayuela, qué ha sido de mi vida. Un juego de memoria, unas postales con nombre, una suma de cromos. Un absurdo papel de coleccionista.
Facebook podrá fenecer. Las redes sociales tienen un largo trecho por recorrer. Migraremos a otras redes, seguiremos caminando, nos llegarán los nietos, nos tocará irnos. Esas postales de recuerdo que hoy nos aburren por insustanciales es el pelo que nos va a seguir creciendo: cumpleaños, fotos, efemérides y saluditos. En Internet tendremos fe de vida aún estando ausentes. Esa forma curiosa de adulterar la realidad que a veces denominan la poesía. Nadie pensó en la muerte cuando conoció Facebook. No pensamos en esas cosas.
Maldicíón y elogio de Facebook
Hace escasos cinco años Facebook no existía. Hoy, una vez a la semana, termino cediendo a sus narcóticos efectos, a la fecha en un claro entredicho, atendiendo el remoto llamado de una ya atenuada compulsión gregaria, y me meto en sus páginas. La determinante mayoría de las veces para no conseguir nada especialmente relevante. Una y otra vez, la conclusión es la misma: el otrora delicioso garbo cotidiano de Facebook, al menos para mí, ha entrado en crisis.
Si hago una interpretación general y aplico una consideración extensa, tengo que concluir que, con todo, sigue siendo esta una herramienta que tiene todavía su relevancia vital. Una importancia que conserva su pomposo apellido: es estratégica. Gracias a Facebook he podido ubicar afectos perdidos de capítulos de mi vida superados, personajes importantes que había perdido, de los que siempre quise volver a saber, y pergeñar sus fotos, y tenerlos ahí capturados, sin una finalidad específica, y figurarme, incluso sin tener que preguntarles, qué ha sido de sus vidas. Está abstracción virtual es, en muchos casos, el único punto que tenemos en común.
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Allí están, a la mano, muchos de los amigos que no tengo cerca, que viven fuera de Venezuela, ahora que la migración se ha convertido en un hábito cultural de moda. Próximos, vecinos, cada uno de ellos metido en el módulo del país que ha escogido para vivir, habitando conmigo un espacio cultural y afectivo que se ha convertido en una especie de república virtual compartida. Afortunadamente están ahí, y afortunadamente está Facebook para hacerlo posible.
Porque si Twitter es un dominio público, una especie de ágora, una trinchera para escupir taquitos retóricos amontonada en unos cuantos caracteres, también con su irresistible encanto, Facebook sigue siendo, con todo, un espacio personal. Una libreta telefónica sin teléfonos. En mi red de contactos hay una especie de cláusula, seguramente compartida por muchos como política: no abrirle la puerta a desconocidos. Acepto amigos nuevos aplicando el parámetro mínimo universal del derecho: “vista, trato y comunicación”.
Ahí está, pues, Facebook, el mecanismo perfecto en la víspera de unas elecciones, de vez en cuando ofreciendo algún relieve que le devuelva el menguante interés. De todas formas, algunos amigos importantes siguen renuentes a alistarse en la red del reinado de los amigos. De viva voz, me lo han confesado: no soportan portar una membresía en la cual, por definición, todo el mundo tenga que ser “amigo”. El postulado es demasiado gallo.
Mi lista personal amistades disidentes ha conocido, en el tiempo reciente, algunas deserciones importantes, porque la presión social los obliga, pero en muchas ocasiones el efecto es el mismo: ingresan, colocan su foto, se aburren de lo que en ocasiones parece una versión electrónica de un “notiexpress”, reciben de intercambio dos chocolates virtuales que no han pedido, y dejan su cuenta disecada antes los ojos de los demás. A algunos de los afectos más importantes de mi vida los tengo, por diversos motivos, muy lejos de mi red personal. Tendrán todos sus pareceres y matices sobre el impacto político de las comunidades virtuales propalando, como en el mundo árabe, la buena noticia de la libertad.
Me voy a estudiar, quedé de nuevo en estado, noche de panas en casa de Josefina, qué bella esa bebeeeé, que bellas somos, amigui, qué éxito. Eso es Facebook. Un universo en el cual no existe el incordio. Grandes amistades de otros momentos, novias viejas, niñas que se hicieron señoras, mujeres bellas sobre las cuales más nunca se había sabido nada, todos mostrando sus fotos, muertos de la risa, optimistas a todo evento, afortunadamente todos, o casi todos, vivos y dando la pelea.
Gracias a su escasez en audacia y a su inexplicable vocación para la navegación sobre lo obvio, se ha convertido éste, por cierto, en un anticuerpo perfecto para que se atenúen los efectos de las cadenas con reflexiones insustanciales, vigentes a principios de la década anterior en las cuentas personales de la gente. Si algún conocido suyo no resistía las ganas de expresarse llenándole la cuenta Hotmail con poesía apócrifa de un Borges hablando como Pablo Coelho, debe estar tranquilo: para él ya llegó Facebook. El daño igual ya está hecho: las cadenas migraron a los celulares y el correo se le llena de basura con mensajes corporativos y cursos de inglés.
Resultó que, contrariamente a lo que llegamos a pensar muy al principio, en Facebook nadie desentraña matices ni a descubre secretos. Es precisamente al revés: este es el universo de lo ya sabido. Todos aquí, todos juntos, todos al mismo tiempo. El “bing Bang” financiero aplicado al universo de la cultura y la comunicación. Todos felices. Como José Visconti: a sacarla de jonrón. “Nadie es tan feo como aparece en su cédula ni tan buenmozo como sale en Facebook”. No está permitido el veneno y es necesario tener un agudo sentido de la diplomacia. Este el reino de la felicidad. Resultó que, cuando entro a Facebook, estoy presenciando la vida de mis amigos en horario todo público. Disney Channel. La vida en Facebook es A. “Quince años con mi esposito: más felices que Michael Landon”: “felicidades amigui”; “que sean muchos más”; “que belloooosssss”; “el matrimonio es la base de la sociedad”, “qué éxito”.
Esos cuadrantes genéricos, esa sobredosis de acuerdo, ese remanente de consenso, esa deuda perpetua con la palabra incordio, esa pinta de cartelera de corcho de curso de inglés en Vancouver, hace a Facebook, en contrapartida, un lugar muy peligroso para polemizar. En el Twitter las ideas están condenadas a salir a defenderse solas, afeitadas, compactas, gobernadas por la precesión, sin pelambre subordinada y sin mohines urbanos. Después usted decide si contesta. Facebook pocas veces entiende sobre la legitimidad de las discusiones. Es muy fácil ponerse antipático.
Una inquietud que tenga sus matices, una duda que queremos intentar encaminar, una oración expresada de forma medianamente incompleta, una más de las miles de verdades a medias que masticamos todos los días en compañía del resto de la gente, puesta sobre el tablero para ser considerada sin pasiones, lo conducirá inevitablemente a colocarse en el peor de los mundos posibles: a defenderse de una cosa que usted no ha afirmado. En el reinado virtual del amor hay mucha gente que no encuentra donde desahogar sus ganas de discutir cualquier nimiedad. Como es este un espacio para entenderse, es el universo del malentendido. Intercambios farragosos y agónicos, a veces incluso imposibles de comprender, parados sobre un supuesto que no existe, en los cuales su contertulio pasará a explicarle el significado de un asunto sobre el que usted no se ha pronunciado. Sobre el cual terciará una nueva voz para adulterar, a su vez, todo lo que había quedado dicho.
En fin, ese es el juego, y esas son sus reglas. Las herramientas son así: yo no me puedo cepillar los dientes con una sierra eléctrica y terminar echándole la culpa de lo que me hizo en las encías.
A veces me figuro que dentro de poco aparecerán modalidades más sofisticadas de integrar redes sociales, haciendo mucho mejor lo que ésta intenta: interpretando en toda su dimensión el carácter global de nuestras vidas. Por lo pronto me limito a documentar cómo me ha ido con ésta: el único reducto palpable que tengo, en el cual, con sus excepciones, están desfilando todos mis anillos anecdóticos.
Ese sabor a balance le otorga a Facebook, a veces, unos gramos adicionales de peso específico. Los amigos más cercanos y la gente que apenas conozco de vista. Mis afectos más remotos: Maiquel Capeans, de San Ramón a Chimborazo. La primaria, el bachillerato. La decisiva era de la universidad. Mis viajes juveniles. Mis amigos puertorriqueños. Mi vida laboral en todas sus etapas, con sus tribulaciones actuales. Mis relaciones sentimentales, mi esposa y mi hija. A algunos los veo en el chat y ni siquiera me atrevo a saludarlos. Lo más probable es que ya no tengamos nada más qué decirnos. Puede que sea suficiente con el acto de presencia de sus nombres. Jamás he colgado una foto en Facebook. No ha hecho falta: con las que han puesto los otros hay un trazo grueso, suficientemente descriptivo, de lo que yo soy hoy.
Los veo a todos en mi lista, los nombres que me he cruzado en cada tramo existencial, con sus historias y su variable importancia. Son ellos, sin que lo sepan, colocados en esa secuencia arbitraria, los que están contando por tramos, de forma modular, como lo hizo Cortázar en Rayuela, qué ha sido de mi vida. Un juego de memoria, unas postales con nombre, una suma de cromos. Un absurdo papel de coleccionista.
Facebook podrá fenecer. Las redes sociales si tienen un camino largo por andar. Migraremos a otras redes, seguiremos caminando, nos llegarán los nietos, nos tocará irnos. Esas postales de recuerdo que hoy nos aburren por insustanciales es el pelo que nos va a seguir creciendo: cumpleaños, fotos, efemérides y saluditos. En Internet tendremos fe de vida aún estando ausentes. Esa forma curiosa de adulterar la realidad que a veces denominan la poesía. Nadie pensó en la muerte cuando conoció Facebook. No pensamos en esas cosas.
Si hago una interpretación general y aplico una consideración extensa, tengo que concluir que, con todo, sigue siendo esta una herramienta que tiene todavía su relevancia vital. Una importancia que conserva su pomposo apellido: es estratégica. Gracias a Facebook he podido ubicar afectos perdidos de capítulos de mi vida superados, personajes importantes que había perdido, de los que siempre quise volver a saber, y pergeñar sus fotos, y tenerlos ahí capturados, sin una finalidad específica, y figurarme, incluso sin tener que preguntarles, qué ha sido de sus vidas. Está abstracción virtual es, en muchos casos, el único punto que tenemos en común.
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Allí están, a la mano, muchos de los amigos que no tengo cerca, que viven fuera de Venezuela, ahora que la migración se ha convertido en un hábito cultural de moda. Próximos, vecinos, cada uno de ellos metido en el módulo del país que ha escogido para vivir, habitando conmigo un espacio cultural y afectivo que se ha convertido en una especie de república virtual compartida. Afortunadamente están ahí, y afortunadamente está Facebook para hacerlo posible.
Porque si Twitter es un dominio público, una especie de ágora, una trinchera para escupir taquitos retóricos amontonada en unos cuantos caracteres, también con su irresistible encanto, Facebook sigue siendo, con todo, un espacio personal. Una libreta telefónica sin teléfonos. En mi red de contactos hay una especie de cláusula, seguramente compartida por muchos como política: no abrirle la puerta a desconocidos. Acepto amigos nuevos aplicando el parámetro mínimo universal del derecho: “vista, trato y comunicación”.
Ahí está, pues, Facebook, el mecanismo perfecto en la víspera de unas elecciones, de vez en cuando ofreciendo algún relieve que le devuelva el menguante interés. De todas formas, algunos amigos importantes siguen renuentes a alistarse en la red del reinado de los amigos. De viva voz, me lo han confesado: no soportan portar una membresía en la cual, por definición, todo el mundo tenga que ser “amigo”. El postulado es demasiado gallo.
Mi lista personal amistades disidentes ha conocido, en el tiempo reciente, algunas deserciones importantes, porque la presión social los obliga, pero en muchas ocasiones el efecto es el mismo: ingresan, colocan su foto, se aburren de lo que en ocasiones parece una versión electrónica de un “notiexpress”, reciben de intercambio dos chocolates virtuales que no han pedido, y dejan su cuenta disecada antes los ojos de los demás. A algunos de los afectos más importantes de mi vida los tengo, por diversos motivos, muy lejos de mi red personal. Tendrán todos sus pareceres y matices sobre el impacto político de las comunidades virtuales propalando, como en el mundo árabe, la buena noticia de la libertad.
Me voy a estudiar, quedé de nuevo en estado, noche de panas en casa de Josefina, qué bella esa bebeeeé, que bellas somos, amigui, qué éxito. Eso es Facebook. Un universo en el cual no existe el incordio. Grandes amistades de otros momentos, novias viejas, niñas que se hicieron señoras, mujeres bellas sobre las cuales más nunca se había sabido nada, todos mostrando sus fotos, muertos de la risa, optimistas a todo evento, afortunadamente todos, o casi todos, vivos y dando la pelea.
Gracias a su escasez en audacia y a su inexplicable vocación para la navegación sobre lo obvio, se ha convertido éste, por cierto, en un anticuerpo perfecto para que se atenúen los efectos de las cadenas con reflexiones insustanciales, vigentes a principios de la década anterior en las cuentas personales de la gente. Si algún conocido suyo no resistía las ganas de expresarse llenándole la cuenta Hotmail con poesía apócrifa de un Borges hablando como Pablo Coelho, debe estar tranquilo: para él ya llegó Facebook. El daño igual ya está hecho: las cadenas migraron a los celulares y el correo se le llena de basura con mensajes corporativos y cursos de inglés.
Resultó que, contrariamente a lo que llegamos a pensar muy al principio, en Facebook nadie desentraña matices ni a descubre secretos. Es precisamente al revés: este es el universo de lo ya sabido. Todos aquí, todos juntos, todos al mismo tiempo. El “bing Bang” financiero aplicado al universo de la cultura y la comunicación. Todos felices. Como José Visconti: a sacarla de jonrón. “Nadie es tan feo como aparece en su cédula ni tan buenmozo como sale en Facebook”. No está permitido el veneno y es necesario tener un agudo sentido de la diplomacia. Este el reino de la felicidad. Resultó que, cuando entro a Facebook, estoy presenciando la vida de mis amigos en horario todo público. Disney Channel. La vida en Facebook es A. “Quince años con mi esposito: más felices que Michael Landon”: “felicidades amigui”; “que sean muchos más”; “que belloooosssss”; “el matrimonio es la base de la sociedad”, “qué éxito”.
Esos cuadrantes genéricos, esa sobredosis de acuerdo, ese remanente de consenso, esa deuda perpetua con la palabra incordio, esa pinta de cartelera de corcho de curso de inglés en Vancouver, hace a Facebook, en contrapartida, un lugar muy peligroso para polemizar. En el Twitter las ideas están condenadas a salir a defenderse solas, afeitadas, compactas, gobernadas por la precesión, sin pelambre subordinada y sin mohines urbanos. Después usted decide si contesta. Facebook pocas veces entiende sobre la legitimidad de las discusiones. Es muy fácil ponerse antipático.
Una inquietud que tenga sus matices, una duda que queremos intentar encaminar, una oración expresada de forma medianamente incompleta, una más de las miles de verdades a medias que masticamos todos los días en compañía del resto de la gente, puesta sobre el tablero para ser considerada sin pasiones, lo conducirá inevitablemente a colocarse en el peor de los mundos posibles: a defenderse de una cosa que usted no ha afirmado. En el reinado virtual del amor hay mucha gente que no encuentra donde desahogar sus ganas de discutir cualquier nimiedad. Como es este un espacio para entenderse, es el universo del malentendido. Intercambios farragosos y agónicos, a veces incluso imposibles de comprender, parados sobre un supuesto que no existe, en los cuales su contertulio pasará a explicarle el significado de un asunto sobre el que usted no se ha pronunciado. Sobre el cual terciará una nueva voz para adulterar, a su vez, todo lo que había quedado dicho.
En fin, ese es el juego, y esas son sus reglas. Las herramientas son así: yo no me puedo cepillar los dientes con una sierra eléctrica y terminar echándole la culpa de lo que me hizo en las encías.
A veces me figuro que dentro de poco aparecerán modalidades más sofisticadas de integrar redes sociales, haciendo mucho mejor lo que ésta intenta: interpretando en toda su dimensión el carácter global de nuestras vidas. Por lo pronto me limito a documentar cómo me ha ido con ésta: el único reducto palpable que tengo, en el cual, con sus excepciones, están desfilando todos mis anillos anecdóticos.
Ese sabor a balance le otorga a Facebook, a veces, unos gramos adicionales de peso específico. Los amigos más cercanos y la gente que apenas conozco de vista. Mis afectos más remotos: Maiquel Capeans, de San Ramón a Chimborazo. La primaria, el bachillerato. La decisiva era de la universidad. Mis viajes juveniles. Mis amigos puertorriqueños. Mi vida laboral en todas sus etapas, con sus tribulaciones actuales. Mis relaciones sentimentales, mi esposa y mi hija. A algunos los veo en el chat y ni siquiera me atrevo a saludarlos. Lo más probable es que ya no tengamos nada más qué decirnos. Puede que sea suficiente con el acto de presencia de sus nombres. Jamás he colgado una foto en Facebook. No ha hecho falta: con las que han puesto los otros hay un trazo grueso, suficientemente descriptivo, de lo que yo soy hoy.
Los veo a todos en mi lista, los nombres que me he cruzado en cada tramo existencial, con sus historias y su variable importancia. Son ellos, sin que lo sepan, colocados en esa secuencia arbitraria, los que están contando por tramos, de forma modular, como lo hizo Cortázar en Rayuela, qué ha sido de mi vida. Un juego de memoria, unas postales con nombre, una suma de cromos. Un absurdo papel de coleccionista.
Facebook podrá fenecer. Las redes sociales si tienen un camino largo por andar. Migraremos a otras redes, seguiremos caminando, nos llegarán los nietos, nos tocará irnos. Esas postales de recuerdo que hoy nos aburren por insustanciales es el pelo que nos va a seguir creciendo: cumpleaños, fotos, efemérides y saluditos. En Internet tendremos fe de vida aún estando ausentes. Esa forma curiosa de adulterar la realidad que a veces denominan la poesía. Nadie pensó en la muerte cuando conoció Facebook. No pensamos en esas cosas.
miércoles, 19 de octubre de 2011
la televisión "honesta"
(publicado en la columna Placebo, de Urbe Bikini, Octubre de 2011)
Lupita Ferrer, Cecilia Villarreal, Raúl Amundaray, Elluz Peraza, Martín Lantigua, Eduardo Serrano, Gilberto Correa: los personajes de la televisión de antaño lucían imposibles. Formales, distantes, amables, asépticos, perfectos. Despachando autógrafos con noble desprendimiento; saludando desconocidos con una media sonrisa.
No existía para un niño de fines de los años setenta una emboscada más sensacional que toparse con un artista de la televisión. Una figura sonreída, la elipsis exacta de lo ideal, desplazándose entre la audiencia con una fingida humildad y una calculada sensación de dominio. Vista de cerca, además, portadora del hechizo del color: las pantallas eran aún en blanco y negro. Distinguidas e imperturbables, siempre especiales, con una elegancia a prueba de balas.
Como nicho natural de toda idea del espectáculo, la televisión era el universo de la perfección. No en balde, el dominio del reinado de nociones como “escena” y “ensayo”. Justo ahí donde encuentra su asiento, sin incordiar, la palabra impostura. La televisión, y el teatro también, son el universo en el cual tiene su residencia la palabra ilusión. La dimensión de la percepción donde no había espacio para las groserías, las impudicias, las miserias humanas o la ausencia de estética. Todos sus integrantes, “estrellas”: acostumbrados a ser mimados por la audiencia
En mi caso, la edad de la inocencia, como en todo transcurso vital, comenzó en el cine, sobre los 13 años, remontado el umbral de la censura B. Yo no puedo negar la pequeña sensación de escándalo que a mi produjo, en las primeras de cambio, aquellos policiales nacionales en los cuales Alicia Plaza enseñaba sus senos o Jean Carlos Simancas imprecaba a su esposa y sus hijos con el típico hablar grueso de un funcionario cualquiera. Similar al celofán que queda roto cuando dejamos atrás a nuestros circunspectos profesores de la primaria, todo el tiempo amonestando nuestro vocabulario soez, para abordar a los informales y desmañados del bachillerato: con frecuencia más groseros que los mismos alumnos.
No podía ser de otra manera. Queda claro que el polifuncional oficio del actor es cualquier cosa menos vaporoso. Tan sofisticado y sórdido como la vida misma. La ruptura del himen y el comienzo de las impurezas conocen su génesis desde el famoso “mucha mierda” que unos se desean a otros antes de saltar a la escena: es el santo y seña que los entendidos en el oficio usan de amuleto antes de enfrentarse al dictámen del público.
La llegada de la década anterior se trajo al remolque todo un siglo. Uno de los matices fundamentales de los espectáculos masivos y la audiencia ha sido, más bien, poco comentado. Los famosos “realitys” consolidaron una tendencia que se ha transformado, de manera irreversible, en el derrotero de la televisión actual. La pantalla ha dejado atrás el señorío y la calidez reinantes hasta los años setenta para sostener con el espectador una relación igualitaria, transparente, más bien mal educada: muy similar a la calle. Mucho más honesta con el público.
Groserías, sexo, mofas al poder político, confesiones, estridencias e indiscreciones domésticas de todo calibre. El día en el que Alicia Machado hizo el amor con un participante de El Gran Hermano ante toda la audiencia española llegó a su punto de condensación el cariz de la pantalla de hoy.
Esta es una tendencia que ya tenía años de vigencia en el mundo desarrollado: lo cierto es que, al multiplicarse las señales de cable y consolidarse las postales fractales de youtube, con sus infidencias por tomas, la televisión “verdadera”, brutalmente honesta, parece haber llegado para quedarse. La han conquistado, probablemente para fortuna de todos, los malos modales.
Lupita Ferrer, Cecilia Villarreal, Raúl Amundaray, Elluz Peraza, Martín Lantigua, Eduardo Serrano, Gilberto Correa: los personajes de la televisión de antaño lucían imposibles. Formales, distantes, amables, asépticos, perfectos. Despachando autógrafos con noble desprendimiento; saludando desconocidos con una media sonrisa.
No existía para un niño de fines de los años setenta una emboscada más sensacional que toparse con un artista de la televisión. Una figura sonreída, la elipsis exacta de lo ideal, desplazándose entre la audiencia con una fingida humildad y una calculada sensación de dominio. Vista de cerca, además, portadora del hechizo del color: las pantallas eran aún en blanco y negro. Distinguidas e imperturbables, siempre especiales, con una elegancia a prueba de balas.
Como nicho natural de toda idea del espectáculo, la televisión era el universo de la perfección. No en balde, el dominio del reinado de nociones como “escena” y “ensayo”. Justo ahí donde encuentra su asiento, sin incordiar, la palabra impostura. La televisión, y el teatro también, son el universo en el cual tiene su residencia la palabra ilusión. La dimensión de la percepción donde no había espacio para las groserías, las impudicias, las miserias humanas o la ausencia de estética. Todos sus integrantes, “estrellas”: acostumbrados a ser mimados por la audiencia
En mi caso, la edad de la inocencia, como en todo transcurso vital, comenzó en el cine, sobre los 13 años, remontado el umbral de la censura B. Yo no puedo negar la pequeña sensación de escándalo que a mi produjo, en las primeras de cambio, aquellos policiales nacionales en los cuales Alicia Plaza enseñaba sus senos o Jean Carlos Simancas imprecaba a su esposa y sus hijos con el típico hablar grueso de un funcionario cualquiera. Similar al celofán que queda roto cuando dejamos atrás a nuestros circunspectos profesores de la primaria, todo el tiempo amonestando nuestro vocabulario soez, para abordar a los informales y desmañados del bachillerato: con frecuencia más groseros que los mismos alumnos.
No podía ser de otra manera. Queda claro que el polifuncional oficio del actor es cualquier cosa menos vaporoso. Tan sofisticado y sórdido como la vida misma. La ruptura del himen y el comienzo de las impurezas conocen su génesis desde el famoso “mucha mierda” que unos se desean a otros antes de saltar a la escena: es el santo y seña que los entendidos en el oficio usan de amuleto antes de enfrentarse al dictámen del público.
La llegada de la década anterior se trajo al remolque todo un siglo. Uno de los matices fundamentales de los espectáculos masivos y la audiencia ha sido, más bien, poco comentado. Los famosos “realitys” consolidaron una tendencia que se ha transformado, de manera irreversible, en el derrotero de la televisión actual. La pantalla ha dejado atrás el señorío y la calidez reinantes hasta los años setenta para sostener con el espectador una relación igualitaria, transparente, más bien mal educada: muy similar a la calle. Mucho más honesta con el público.
Groserías, sexo, mofas al poder político, confesiones, estridencias e indiscreciones domésticas de todo calibre. El día en el que Alicia Machado hizo el amor con un participante de El Gran Hermano ante toda la audiencia española llegó a su punto de condensación el cariz de la pantalla de hoy.
Esta es una tendencia que ya tenía años de vigencia en el mundo desarrollado: lo cierto es que, al multiplicarse las señales de cable y consolidarse las postales fractales de youtube, con sus infidencias por tomas, la televisión “verdadera”, brutalmente honesta, parece haber llegado para quedarse. La han conquistado, probablemente para fortuna de todos, los malos modales.
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