miércoles, 10 de julio de 2013

periodismo, literatura y opinión pública


 Alonso Moleiro

 

Evitar pronunciarse sobre los temas de fondo, cultivar una relación aproximadamente neutra con todas las fuentes, mimetizarse en el fragor de la calle, ganarse la confianza los jerarcas del poder para poder aproximarse a sus dominios, hacer de la equidistancia una norma de vida.  Tomar nota de las posturas apasionadas y de los personajes díscolos, con la pasión de un retratista, con el objeto de obtener los insumos para poder materializar los más completos perfiles y las más ambiciosas crónicas.

 

Es un modus operandi muy extendido, y absolutamente legítimo, en algunos los grandes reporteros del mundo entero. Disolverse como una granda fragmentaria silenciosa entre los rugidos de las multitudes; cavar, lo más hondo que lo permitan las circunstancias, para obtener una muestra condensada y fidedigna de la comprensión de los procesos.

 

Digo que es “absolutamente legítimo”, porque no deja de ser esta una opción personal. Varios de los estamentos más populares y estructurantes del ejercicio del periodismo están comprometidos con la pasión por describir. Adulterar los contenidos de un reportaje con adjetivos descolocados y aproximaciones con sesgo constituye uno de los caminos más conspicuos para degollar una nota. En muchas sociedades y contextos puede ser procedente convertirse en una especie de llave maestra; cultivar relaciones con universos antagónicos, y priorizar, a continuación, la depuración de la técnica y el desarrollo adecuado de la pluma para completar las mejores entregas.

 
El baremo que intento describir comenzar a modificarse cuando el ejercicio del periodismo comienza a ingresar en los dominios del estrepitoso y contradictorio universo de la opinión pública. El periodismo y la opinión pública son dos criterios pertenecientes al mismo ámbito, habitualmente percibidos como las piezas de una misma estructura, pero inequívocamente separados por los elementos de juicio: los vericuetos de la interpretación y el impacto de los contenidos.

 
Nadie debe engañarse: ni el alma más deseosa de ausencia, ni espíritu más ubicuo, enfundado en la pluma más talentosa, podrá evitar que las implicaciones sus trabajos levanten las ronchas correspondientes. Si el periodista de marras no quiere hacerlo, presumiblemente porque “no le corresponde hacer juicios de valor”, pues peor para él: otros se tomarán la molestia de hacerlo en su nombre. Una batería de programas de radio y televisión, un ejército de analistas y un muy calificado team de funcionarios perjudicados vestirán al muñeco con todos los calificativos que, hasta entonces, estaba procurando evadir.

 
La opinión pública, el otro gran torrente del universo de la información –ese que cierto periodismo literario suele soslayar- se encargará de empaquetar, clasificar y etiquetar el más virtuoso de los ejercicios literarios en los antipáticos dominios de la polémica y la política.

 
Es una verdad que cobra una relevancia muy especial en un país como el nuestro. Hace unos meses, prevalido de la ventaja natural que le otorgaba ser extranjero, Jon Lee Anderson, uno de los reporteros más completo del mundo, publicó una muy comentada crónica sobre la vida que llevaban, apiñados, varios centenares de personas en la tristemente célebre “Torre de David”, acá en Caraca. Anderson concretó una nota magistral en la cual describe la vida cotidiana de personas de índole diversa: vecinos y refugiados; colectivos urbanos simpatizantes del gobierno y elementos vinculados al mundo del delito. Un caleidoscopio muy ajustado que le podría servir a cualquiera sobre la verdadera naturaleza del país que tenemos, nuestros desajustes sociales, e incluso los valores e intenciones de parte de nuestro estamento gobernante

 
El trabajo que terminó apareciendo en el New Yorker fue el resultado de una paciente secuencia de visitas y conversaciones con venezolanos ubicados en todos los estratos y posiciones posibles, y de un adecuado lobby para intentar granjearse la confianza de algunos elementos del alto gobierno y el chavismo radical. Bastó que saliera a la luz para que un coro de voces indignadas dolientes del gobierno, que siempre lo trataron con cierta indiferencia, lo vilipendiaran con todos los epítetos posibles. Anderson, seguramente acostumbrado a estos lances, salió del brete con bastante solvencia. Tenía perfectamente claro sobre el costo de mandar sus reflexiones a la guerra.

 
El sistema de códigos que comprende el ejercicio de la información está integrado por palabras, todas las cuales portan contenidos con implicaciones que traen consigo consecuencias. Cuando eso sucede, ingresan al universo de la opinión pública, y, en consecuencia, a la política. Nadie debe asustarse por esta circunstancia.

 
Hace varios años, Plinio Aplueyo Mendoza intentaba explicarse las causas de la lenidad y la actitud deslumbrada con la cual su compatriota y amigo, Gabriel García Márquez, solía aproximarse a la figura de Fidel Castro. De acuerdo al periodista colombiano, en lo tocante a su relación con Castro, en García Márquez no operaba en ningún caso el intelectual ni el periodista, sino el escritor. El novelista latinoamericano más completo de su época pasaba parte de su tiempo contemplando con fruición renacentista a aquella encantadora y enigmática, sobre la cual se tejían toda suerte de leyendas, para quien, al parecer, no existían imposibles. Todo un prodigio carismático, el hechizo barbado, la concreción de la justicia, la metáfora viva de lo real maravilloso. La puesta en escena de la paradoja latinoamericana; un personaje que parecía haber saltado a este mundo desde las páginas de sus novelas.

 
Nunca supe si García Márquez llegó a esgrimir, a manera de excusa, aquello de que “no soy quien para emitir opiniones”. Lo que sí está claro es que se le olvidó comenzar por el principio: que su amigo Castro hace rato es un impresentable dictador que proscribe libros en su país, que jamás supo delegar decisiones elementales en cuestiones de estado, que no le interesa la opinión ajena, sobre todo si es discrepante, y que tiene a su país metido en un doloroso proceso de decadencia y agonía.


domingo, 5 de mayo de 2013

Sin fracasos no hay progreso. (Reflexiones sobre "el éxito")



 

 Alonso Moleiro

 

Políticos y empresarios “exitosos”; gerencia “de éxito”;  “las claves para conseguir el éxito”.  Obtenga el éxito, repítase ante el espejo que usted tiene éxito, cuente su éxito en diez pasos, multiplique por cinco su éxito; descifre el arte de alcanzar el éxito, explíquele a los demás que usted tiene éxito. Háganos creer que usted sigue siendo el mismo muchacho sencillo de sus inicios luego de hacer realidad el éxito. 

 

No hay tópico que obsesione más al mainstream global y no hay lugar común más consolidado en la industria editorial que este de forzar un catecismo cotidiano sobre la importancia del éxito.

 
¿Obramos en la vida, tomamos decisiones, elegimos opciones, escogemos amigos, tomamos partido por las cosas, nos tomamos molestias, pensando únicamente en que vamos a tener éxito? Cada quien tendrá entre sus dientes la respuesta a esta pregunta. La respuesta en mi caso es simple: al corriente de la cantidad de exitosos sin valor neto alguno con los que nos vamos cruzando en esta vida, declaro que no creo en el éxito y que no tengo ningún interés en que nadie venga a premiarme con el desencaminado mote de “exitoso”.

 

Cotidianamente hacemos una apuesta porque aquellos elementos emocionales que integran nuestro credo salgan a la calle a librar una batalla para coronar su objetivo. En la vida hacemos nuestras causas que nos vamos encontrando, nos apropiamos sentimentalmente de objetivos que consideramos loables; ocupamos espacios que sentimos próximos y nos vamos identificando nuevos horizontes por conquistar. Con toda la pasión y la subjetividad con la cual un ser humano es capaz de encarar las cosas.

           

Veo con alguna frecuencia a muchos “exitosos” demasiado enamorados de la meta; no tan pendientes del trayecto que debe remontar como corredor. Excesivamente interesados en salir retratados en la postal de los exitosos. Se supone que las luchas que libramos todos los días se despliegan con el objeto de honrar un credo, de concretar una aspiración muy sentida, de hacer realidad un sueño. Razonamiento que debe descanar sobre una manera estructural de ver las cosas: la relación entre el esfuerzo y los resultados trae consigo una tensión, traducida en pasión humana, que sobrepasa largamente esa interpretación tan pobre y bidimensional de la realidad.

 

¿Qué es el éxito? ¿Cuánto dura? ¿Cómo se mide? ¿Existe un desafío a los dioses más desafortunado e inocente que ese?  Se me ocurre ahora que, por el contrario, no hay aproximación más fiable a la conquista de un haber personal que contraponerlo con la otra cara del éxito: el fracaso. La única medicina conocida para asentar el aprendizaje de los hombres. La verdadera palanca del progreso, la dosis de humildad y sabiduría que debe acompañar toda ambición humana en este enmarañado universo de voluntades superpuestas.  Una verdad universal que consigue su expresión en el método científico; el único que ha hecho progresar objetivamente a la humanidad: el ensayo y el error. Sin fracasos no hay progreso.

 

Olvidemos por una vez el carnaval del éxito. Escuchemos, más bien, historias de grandes fracasos: Miranda, Van Gogh, Abel, Espartaco, Edith Piaf, Héctor Lavoe, José María España. Gracias a las ofrendas de sus metas irrealizadas entendimos que la vida no es un juego de volibol. El mundo no sería igual sin sus legados. Sin esa aproximación poetizada de los dramas humanos: el enorme peso cualitativo que implica aprender a luchar por aquello en lo que uno cree. Con independencia del resultado.

 

 

 

 

 

jueves, 4 de abril de 2013

Mujeres, estética y diplomacia


 
Hace unos años, luego de completar la encomienda de redactar con urgencia una nota para llenar uno de los espacios correspondientes al cuerpo de política de El Nacional, tuve la nada feliz ocurrencia de preguntarle a mi jefe de entonces, mi amigo Antonio Fernández Nays, sobre qué opinaba de ella. “Puedes mejorarla”, dijo de forma precisa e incuestionable.

 

“Puedes mejorarla”. Nunca se lo dije, pero pasé varios días pensando en las implicaciones y el contenido implícito de aquella respuesta perfecta. Era difícil conseguir una fórmula diplomática más acertada: no estoy colocándole juicios de valor ni adjetivos ofensivos a la nota; ni haciendo uso de la siempre invocada, pero nunca aceptada, palanca de la sinceridad, afirmando con todas sus letras que, en efecto, la nota no me gustó mucho. Simplemente te cedo el espacio interpretativo para colocar la baza exacta de su calidad, y a continuación te exhorto a que sientes las bases de un efectivo desarrollo de sus potencialidades. Puedes mejorarla. Eres bueno, pero la nota no.

 

Es casi imposible ser absolutamente honesto con una mujer que te pida opinión sobre un peinado, el uso de una linaza o el debut de unas mechas sin exponerse a pasar un desagradable mal rato. Disgusto este que, a la postre, va a incluir una severa autocrítica, en clave de reprimenda, por andar ofendiendo la autoestima de los demás. ¿Cómo se la va a ocurrir a uno, que no es precisamente la versión contemporánea de Espartaco Santoni, andar haciéndole sugerencias que cuestionen los gustos de una mujer?

 
Después de las tormentas, la lección debe quedar aprendida: toda mujer tiene una licencia universal para decirle a usted que anda como un mamarracho, que no le gustan sus zapatos, a recomendarle un enjuague o a prescribirle dónde debe cortarse el pelo, pero eso no le da derecho a aventurar comentarios oblicuos que puedan dar lugar a interpretaciones colaterales destinadas a colocar en entredicho sus gustos estéticos. Todas las mujeres son divinas y se visten a la perfección; lo demás no es problema suyo. No diga que no lo sabía: al mundo lo organizaron así.

 
No hago estas consideraciones con el objeto de hacerme pasar por provocador. Todo lo contrario: lo habitual es que, en materia de atuendos, visitas a la peluquería, compra de perfumes o combinación de colores, las mujeres acierten con absoluta solvencia. En ese, como en otros muchos dominios de la intuición, la ventaja que le llevan al género masculino es abismal. De hecho, la mayoría de los hombres que se visten con elegancia lo hacen porque, sin ser necesariamente homosexuales, están dotados de ese instinto misterioso para desglosar telas y colores. Esa aproximación existencial con la estética que define a muchas mujeres. El lado femenino que tenemos todos, se supone, que yo apenas ahora estoy descubriendo, y que, tomando prestada una frase que le leí  una vez a Jorge Sayegh, podría caracterizar afirmando que es lesbiano.

 
No es muy frecuente ver mujeres mal vestidas: si una lo dice de la otra en realidad es porque no la soporta.  El mundo de la moda es lo suficientemente omnipresente y poderoso; casi todas las mujeres de este planeta están dotadas de un sexto sentido similar al de Jean Baptiste Grenoullie, el prodigio de El Perfume, para sacarle el jugo a sus posibilidades estéticas, maximizando ventajas y reduciendo debilidades.

 
Pero seamos honestos: en el ámbito que corresponde al planeta tierra uno ha visto de todo. Uñas de colores intrincados y dibujitos, pollinas sin fortuna, tacones desproporcionados, trajes embutidos y chillones, cholas que imitan mal a las alpargatas; perfumes que huelen a materos. ¿Tiene usted alguna opinión?  No. No insista. No puede. Las perfectas son ellas. No hay poder humano que pueda con la vanidad de una mujer. Haga silencio y disimule mientras unas y otras se lanzan flores y, de cuando en cuando, le recomiendan otra vez una buena barbería.

 
Pero claro que, si usted quiere probar, acá se me ocurre dejarle esa sugerencia: la respuesta de Antonio. ¿Te gusta mi peinado?: Puedes mejorarlo. Inténtelo y por ahí nos cuenta.

viernes, 15 de febrero de 2013

Bienvenido al Todavía


 

Toda la vida me han hecho gracia las maromas retóricas que ejecutan mis tías cuando ilustran el devenir vital de alguna amiga en común: “no niña, si esa es una mujer joven: no debe pasar de los 84 años”.

 

El tiempo pasa, para ellas y para todos, y lo que entendemos por “juventud” comienza a experimentar, primero, una curiosa -y hasta divertida- metamorfosis, y luego, supone uno, una inaceptable imposición de las circunstancias. Somos los mismos; nuestro empaque cerebral está en el mismo sitio, por mucho que la llegada de las canas y las arrugas del rostro nos lo desmientan.

 

En la juventud extrema, la idea que reina sobre la adultez como condición, puede verlo uno ahora, es una auténtica caricatura. Sobre los 19 años, el dictamen no ofrecía duda ninguna: alguien que pisara los cuarenta años estaba condenado a ser irremediablemente un viejo. No había posibilidad de prueba en contrario. Hoy, consumado el arribo, aunque jamás en la vida podría postular la ridiculez de que todo lo “juvenil” me compete, me siento todavía, sin embargo, una persona joven.

 

“Joven”, aunque haya bandas de rock nacional que ya me quedan lejos y proliferen lugares nocturnos que no conozco. Aunque los productores de mi programa de radio, que apenas pasan los 20 años, no supieron jamás de la existencia de un sitio de moda en Caracas hasta antier nomás, como Al Trotte, ni de un grupo como Daiquirí

 

Y aunque la capacidad física no sea la misma; las canas hagan su debut, el cuero cabelludo comience mostrar fisuras similares a la sierra del Imataca y el desagradable vocablo “urólogo” ande merodeando cada diciembre, el terreno de los cuarenta se presenta como un fértil campo en el cual la humanidad le puede dar la bienvenida a la palabra libertad. Después de todo, se me antoja que es en las actuales circunstancias es que podemos hacer el más acabado uso de eso que denominan el libre albedrío. Es rondando los cuarenta años que un individuo comienza a disfrutar de aquello que aspiraba a los 20. Aquello que, por entonces, creía que tenía y que en realidad no tenía.

 

Sobre los cuarenta años le damos la bienvenida a las máculas personales con entera serenidad. Aprendemos a aceptarlas y a vivir con ellas. Todo lo que nos metemos a la boca es sopesado alguna vez con los horarios, pero el disfrute de los placeres escogidos es ya definitivamente libérrimo. De hecho, la expresión “placer culposo” entra en los cuarenta en una severa crisis.

 

El peso del entorno se aligera; los chismes se vuelven intrascendentes; hasta flojera produce sentir envidia de los demás.  Los amigos se mantienen, pero se depende mucho menos de ellos. Discutir y pelear se convierte en un evento mucho más infrecuente: con la gente se pelea en caso de fuerza mayor. El matrimonio se va transformando en una sociedad vital: yo mismo no puedo creer que hoy soy capaz de afirmar que no concibo mi vida si no es casado. El hogar es un auténtico centro de operaciones. Pernoctas playeras en carpas, veladas con minitecas, “gaitazos” en el Poliedro, concursos de baile; viejos conocidos, alguna vez amigos, que se volvieron insoportables, fiestas de disfraces. Uno no se cala lo que no le gusta. El perfil trazado sobre la identidad personal se transforma en un diagrama indeleble. Si alguna vez lo hicimos, jamás lo volveríamos a hacer.

 

La vida no la “tenemos por delante”, es cierto. Yo no puedo afirmar, como Luis Miguel en la balada aquella, que “me sobra juventud”. Soy un joven con apellido: se llama todavía.  Dejaré de serlo en algún momento para quedar empanizado en la madurez. Ya no importa.  

 

Es que ese es el detalle: la vida, las promesas básicas del trayecto vital, esas que nos figuramos en la juventud inicial, ya están aquí. Muchas de ellas, si nos portamos bien, han llegado para quedarse. No hay  cosa más imprudente que tener 19 años.