domingo, 5 de mayo de 2013

Sin fracasos no hay progreso. (Reflexiones sobre "el éxito")



 

 Alonso Moleiro

 

Políticos y empresarios “exitosos”; gerencia “de éxito”;  “las claves para conseguir el éxito”.  Obtenga el éxito, repítase ante el espejo que usted tiene éxito, cuente su éxito en diez pasos, multiplique por cinco su éxito; descifre el arte de alcanzar el éxito, explíquele a los demás que usted tiene éxito. Háganos creer que usted sigue siendo el mismo muchacho sencillo de sus inicios luego de hacer realidad el éxito. 

 

No hay tópico que obsesione más al mainstream global y no hay lugar común más consolidado en la industria editorial que este de forzar un catecismo cotidiano sobre la importancia del éxito.

 
¿Obramos en la vida, tomamos decisiones, elegimos opciones, escogemos amigos, tomamos partido por las cosas, nos tomamos molestias, pensando únicamente en que vamos a tener éxito? Cada quien tendrá entre sus dientes la respuesta a esta pregunta. La respuesta en mi caso es simple: al corriente de la cantidad de exitosos sin valor neto alguno con los que nos vamos cruzando en esta vida, declaro que no creo en el éxito y que no tengo ningún interés en que nadie venga a premiarme con el desencaminado mote de “exitoso”.

 

Cotidianamente hacemos una apuesta porque aquellos elementos emocionales que integran nuestro credo salgan a la calle a librar una batalla para coronar su objetivo. En la vida hacemos nuestras causas que nos vamos encontrando, nos apropiamos sentimentalmente de objetivos que consideramos loables; ocupamos espacios que sentimos próximos y nos vamos identificando nuevos horizontes por conquistar. Con toda la pasión y la subjetividad con la cual un ser humano es capaz de encarar las cosas.

           

Veo con alguna frecuencia a muchos “exitosos” demasiado enamorados de la meta; no tan pendientes del trayecto que debe remontar como corredor. Excesivamente interesados en salir retratados en la postal de los exitosos. Se supone que las luchas que libramos todos los días se despliegan con el objeto de honrar un credo, de concretar una aspiración muy sentida, de hacer realidad un sueño. Razonamiento que debe descanar sobre una manera estructural de ver las cosas: la relación entre el esfuerzo y los resultados trae consigo una tensión, traducida en pasión humana, que sobrepasa largamente esa interpretación tan pobre y bidimensional de la realidad.

 

¿Qué es el éxito? ¿Cuánto dura? ¿Cómo se mide? ¿Existe un desafío a los dioses más desafortunado e inocente que ese?  Se me ocurre ahora que, por el contrario, no hay aproximación más fiable a la conquista de un haber personal que contraponerlo con la otra cara del éxito: el fracaso. La única medicina conocida para asentar el aprendizaje de los hombres. La verdadera palanca del progreso, la dosis de humildad y sabiduría que debe acompañar toda ambición humana en este enmarañado universo de voluntades superpuestas.  Una verdad universal que consigue su expresión en el método científico; el único que ha hecho progresar objetivamente a la humanidad: el ensayo y el error. Sin fracasos no hay progreso.

 

Olvidemos por una vez el carnaval del éxito. Escuchemos, más bien, historias de grandes fracasos: Miranda, Van Gogh, Abel, Espartaco, Edith Piaf, Héctor Lavoe, José María España. Gracias a las ofrendas de sus metas irrealizadas entendimos que la vida no es un juego de volibol. El mundo no sería igual sin sus legados. Sin esa aproximación poetizada de los dramas humanos: el enorme peso cualitativo que implica aprender a luchar por aquello en lo que uno cree. Con independencia del resultado.

 

 

 

 

 

jueves, 4 de abril de 2013

Mujeres, estética y diplomacia


 
Hace unos años, luego de completar la encomienda de redactar con urgencia una nota para llenar uno de los espacios correspondientes al cuerpo de política de El Nacional, tuve la nada feliz ocurrencia de preguntarle a mi jefe de entonces, mi amigo Antonio Fernández Nays, sobre qué opinaba de ella. “Puedes mejorarla”, dijo de forma precisa e incuestionable.

 

“Puedes mejorarla”. Nunca se lo dije, pero pasé varios días pensando en las implicaciones y el contenido implícito de aquella respuesta perfecta. Era difícil conseguir una fórmula diplomática más acertada: no estoy colocándole juicios de valor ni adjetivos ofensivos a la nota; ni haciendo uso de la siempre invocada, pero nunca aceptada, palanca de la sinceridad, afirmando con todas sus letras que, en efecto, la nota no me gustó mucho. Simplemente te cedo el espacio interpretativo para colocar la baza exacta de su calidad, y a continuación te exhorto a que sientes las bases de un efectivo desarrollo de sus potencialidades. Puedes mejorarla. Eres bueno, pero la nota no.

 

Es casi imposible ser absolutamente honesto con una mujer que te pida opinión sobre un peinado, el uso de una linaza o el debut de unas mechas sin exponerse a pasar un desagradable mal rato. Disgusto este que, a la postre, va a incluir una severa autocrítica, en clave de reprimenda, por andar ofendiendo la autoestima de los demás. ¿Cómo se la va a ocurrir a uno, que no es precisamente la versión contemporánea de Espartaco Santoni, andar haciéndole sugerencias que cuestionen los gustos de una mujer?

 
Después de las tormentas, la lección debe quedar aprendida: toda mujer tiene una licencia universal para decirle a usted que anda como un mamarracho, que no le gustan sus zapatos, a recomendarle un enjuague o a prescribirle dónde debe cortarse el pelo, pero eso no le da derecho a aventurar comentarios oblicuos que puedan dar lugar a interpretaciones colaterales destinadas a colocar en entredicho sus gustos estéticos. Todas las mujeres son divinas y se visten a la perfección; lo demás no es problema suyo. No diga que no lo sabía: al mundo lo organizaron así.

 
No hago estas consideraciones con el objeto de hacerme pasar por provocador. Todo lo contrario: lo habitual es que, en materia de atuendos, visitas a la peluquería, compra de perfumes o combinación de colores, las mujeres acierten con absoluta solvencia. En ese, como en otros muchos dominios de la intuición, la ventaja que le llevan al género masculino es abismal. De hecho, la mayoría de los hombres que se visten con elegancia lo hacen porque, sin ser necesariamente homosexuales, están dotados de ese instinto misterioso para desglosar telas y colores. Esa aproximación existencial con la estética que define a muchas mujeres. El lado femenino que tenemos todos, se supone, que yo apenas ahora estoy descubriendo, y que, tomando prestada una frase que le leí  una vez a Jorge Sayegh, podría caracterizar afirmando que es lesbiano.

 
No es muy frecuente ver mujeres mal vestidas: si una lo dice de la otra en realidad es porque no la soporta.  El mundo de la moda es lo suficientemente omnipresente y poderoso; casi todas las mujeres de este planeta están dotadas de un sexto sentido similar al de Jean Baptiste Grenoullie, el prodigio de El Perfume, para sacarle el jugo a sus posibilidades estéticas, maximizando ventajas y reduciendo debilidades.

 
Pero seamos honestos: en el ámbito que corresponde al planeta tierra uno ha visto de todo. Uñas de colores intrincados y dibujitos, pollinas sin fortuna, tacones desproporcionados, trajes embutidos y chillones, cholas que imitan mal a las alpargatas; perfumes que huelen a materos. ¿Tiene usted alguna opinión?  No. No insista. No puede. Las perfectas son ellas. No hay poder humano que pueda con la vanidad de una mujer. Haga silencio y disimule mientras unas y otras se lanzan flores y, de cuando en cuando, le recomiendan otra vez una buena barbería.

 
Pero claro que, si usted quiere probar, acá se me ocurre dejarle esa sugerencia: la respuesta de Antonio. ¿Te gusta mi peinado?: Puedes mejorarlo. Inténtelo y por ahí nos cuenta.

viernes, 15 de febrero de 2013

Bienvenido al Todavía


 

Toda la vida me han hecho gracia las maromas retóricas que ejecutan mis tías cuando ilustran el devenir vital de alguna amiga en común: “no niña, si esa es una mujer joven: no debe pasar de los 84 años”.

 

El tiempo pasa, para ellas y para todos, y lo que entendemos por “juventud” comienza a experimentar, primero, una curiosa -y hasta divertida- metamorfosis, y luego, supone uno, una inaceptable imposición de las circunstancias. Somos los mismos; nuestro empaque cerebral está en el mismo sitio, por mucho que la llegada de las canas y las arrugas del rostro nos lo desmientan.

 

En la juventud extrema, la idea que reina sobre la adultez como condición, puede verlo uno ahora, es una auténtica caricatura. Sobre los 19 años, el dictamen no ofrecía duda ninguna: alguien que pisara los cuarenta años estaba condenado a ser irremediablemente un viejo. No había posibilidad de prueba en contrario. Hoy, consumado el arribo, aunque jamás en la vida podría postular la ridiculez de que todo lo “juvenil” me compete, me siento todavía, sin embargo, una persona joven.

 

“Joven”, aunque haya bandas de rock nacional que ya me quedan lejos y proliferen lugares nocturnos que no conozco. Aunque los productores de mi programa de radio, que apenas pasan los 20 años, no supieron jamás de la existencia de un sitio de moda en Caracas hasta antier nomás, como Al Trotte, ni de un grupo como Daiquirí

 

Y aunque la capacidad física no sea la misma; las canas hagan su debut, el cuero cabelludo comience mostrar fisuras similares a la sierra del Imataca y el desagradable vocablo “urólogo” ande merodeando cada diciembre, el terreno de los cuarenta se presenta como un fértil campo en el cual la humanidad le puede dar la bienvenida a la palabra libertad. Después de todo, se me antoja que es en las actuales circunstancias es que podemos hacer el más acabado uso de eso que denominan el libre albedrío. Es rondando los cuarenta años que un individuo comienza a disfrutar de aquello que aspiraba a los 20. Aquello que, por entonces, creía que tenía y que en realidad no tenía.

 

Sobre los cuarenta años le damos la bienvenida a las máculas personales con entera serenidad. Aprendemos a aceptarlas y a vivir con ellas. Todo lo que nos metemos a la boca es sopesado alguna vez con los horarios, pero el disfrute de los placeres escogidos es ya definitivamente libérrimo. De hecho, la expresión “placer culposo” entra en los cuarenta en una severa crisis.

 

El peso del entorno se aligera; los chismes se vuelven intrascendentes; hasta flojera produce sentir envidia de los demás.  Los amigos se mantienen, pero se depende mucho menos de ellos. Discutir y pelear se convierte en un evento mucho más infrecuente: con la gente se pelea en caso de fuerza mayor. El matrimonio se va transformando en una sociedad vital: yo mismo no puedo creer que hoy soy capaz de afirmar que no concibo mi vida si no es casado. El hogar es un auténtico centro de operaciones. Pernoctas playeras en carpas, veladas con minitecas, “gaitazos” en el Poliedro, concursos de baile; viejos conocidos, alguna vez amigos, que se volvieron insoportables, fiestas de disfraces. Uno no se cala lo que no le gusta. El perfil trazado sobre la identidad personal se transforma en un diagrama indeleble. Si alguna vez lo hicimos, jamás lo volveríamos a hacer.

 

La vida no la “tenemos por delante”, es cierto. Yo no puedo afirmar, como Luis Miguel en la balada aquella, que “me sobra juventud”. Soy un joven con apellido: se llama todavía.  Dejaré de serlo en algún momento para quedar empanizado en la madurez. Ya no importa.  

 

Es que ese es el detalle: la vida, las promesas básicas del trayecto vital, esas que nos figuramos en la juventud inicial, ya están aquí. Muchas de ellas, si nos portamos bien, han llegado para quedarse. No hay  cosa más imprudente que tener 19 años.

martes, 22 de enero de 2013

Israel y el derecho divino


 Alonso Moleiro


La comprensión precisa del conflicto judeo-palestino podría resumirse en una sentencia: por muy justificada que sea su causa, ningún pueblo puede pretender echar a andar su historia y levantar un estado sobre las cenizas de otro.

En los centros del liberalismo burgués europeo se ha ido expandiendo con el paso de los años una justificada alergia hacia toda manifestación cultural fundamentada en la exacerbación del nacionalismo, como sabemos una de las enfermedades más conspicuas de la política en este tiempo.

No sería necesario que nos vayamos tan lejos: en el entorno profesional en el cual nos desplazamos resulta sencillo ridiculizar por “patriota” cualquier sesgo de conducta que haga un énfasis excesivo hacia las obligaciones que como ciudadanos debemos a los estados nacionales en los cuales vivimos.

La obsesión edípica hacia “la patria”, esa abstracción antojadiza tan cara a los militares, si alguna vez tuvo plena vigencia durante el auge republicano de finales del siglo XIX y principios del XX, hoy nos luce, con toda razón, rocambolesca, ridícula, excesiva, desbordada de lirismo: un estorbo al albedrío personal como condicionante que ejerce prelación sobre las demandas de participación popular y una de las conquistas máximas de la civilización.

Por supuesto: resulta muy sencillo  reírse ante los desmanes retóricos que se construyen en torno al destino de las naciones si ya tenemos una en la cual asentarnos y desarrollar nuestras vidas. Sin moneda nacional, con el desplazamiento interno limitado, con familias divididas; sin el control total de sus recursos naturales; con escuelas, sembradíos y comercios arrasados por la guerra; hacinados y bloqueados económicamente, con la prohibición de salir de su país, salvo con permiso de Israel, con excesiva frecuencia sin trabajo y sin horizontes de ninguna clase, resulta sencillo imaginarse que el pueblo árabe de la palestina histórica, el otro que forma parte de la disputa planteada en aquel pedazo de tierra, suspiraría por un hálito de humor para reírse de aquello que desde este lado del mundo nos luce técnicamente un deporte.

Después de todo, “patriotas” han sido, durante todos los tiempos, aquellos que, no teniendo patria –un marco jurídico en el cual tener una identidad cultural personal y colectiva, con unos derechos y unas obligaciones que nos permitan concretar nuestras aspiraciones materiales, espirituales o intelectuales- luchan por crearse un marco nacional para poder existir como ciudadanos.

La tragedia del proyecto nacional palestino –un pueblo que, como el hebreo, tiene muchos años viviendo en la zona- no es un invento: de hecho, entre ellos tiene un nombre: la nabka. “Catástrofe”, el eclipse de una ciudadanía con derechos y deberes que tuvo lugar a partir de las decisiones de Naciones Unidas en 1949.

II

Con bastante frecuencia hemos escuchado loas, muchas veces justificadas, en torno a la historia fundacional del estado de Israel: ese proyecto nacional levantado con el auspicio de la ONU contra viento y marea por un puñado de emprendedores en el medio del desierto, que vino a restituir la dignidad de uno de los pueblos más acosados del planeta, y de los más prolíficos y talentosos, recién concluido el holocausto nazi.

Soy de los que piensa que en 1949 la humanidad saldó, además, una deuda histórica con el pueblo en el cual nació uno de los faros religiosos del mundo. Si alguna vez hubo en el mundo una causa justa, por la humanidad sentida, con toda seguridad, fue la del hogar nacional judío.

Un país, todo hay que decirlo, que en poco tiempo alcanzó cotas envidiables de desarrollo económico y científico y edificó una sólida democracia parlamentaria en medio de un océano de impresentables satrapías. Que garantiza los derechos del cerca de millón y medio de árabes que dentro de ella residen, ciudadanos israelíes por derecho propio. Ellos tienen, incluso, una representación en el Knesset, el parlamento local.

Los defensores de la causa de Israel en el mundo, y esto incluye a su capítulo venezolano, suelen presentar a ese país como una isla civilizada en la cual el racionalismo democrático occidental se bate contra el oscurantismo musulmán y el extremismo de izquierda, encarnado en este caso en los terroristas palestinos: ese incomprensible legajo de fanáticos que parecen egresados del medioevo, complotados por definición en contra de la libertad, tan susceptibles como crueles; traficantes de toda laya; sádicos, asesinos e irracionales. Las tonterías que con las que alguna frecuencia el universo conservador occidental disimula con hipocresía su asco a la diferencia.

Incluso ahora, en mientras se desarrollaban los bombardeos a Gaza, algunas voces respetadas de la escena nacional no pudieron escapar de la simpleza: Israel puede tener sus historias, pero se trata un inobjetable estado democrático que está llevando adelante una acción tan justificada como necesaria: está castigando a un puñado de terroristas ejerciendo el derecho a la defensa.

III

 Resultó que cuando llegó la hora de hacer realidad el sueño ya existía una apreciable comunidad árabe con décadas y siglos viviendo ahí. Un estorbo del cual era necesario deshacerse, cuando tocó fundar el país, provocando o procurando su marcha con la descomunal diáspora de entonces. Una comunidad a la cual, además, Naciones Unidas le había asignado franjas de territorio que Israel ya consideraba suyas. A fin de cuentas en Cisjordania y otros recovecos de aquella zona remota no viven seres humanos, con familias e hijos, sino un puñado de terroristas opacos y repugnantes que odian el progreso por puro deporte.

No es cierto que en la sociedad que está cobijada bajo la precaria Autoridad Palestina se asientan únicamente terroristas e integristas islámicos.  Esta es una afirmación extremadamente frecuente en este lado del mundo, fomentada de forma interesada por círculos amigos del sionismo en los Estados Unidos –como todo el mundo sabe, padrino y protector de los intereses israelitas en el universo de la diplomacia.

En la sociedad palestina coexisten tendencias encontradas y visiones claramente discrepantes de lo que debe ser el estado con el cual sueñan (y al cual tienen, también, perfecto derecho).  Así como hay promotores del islamismo chií, aliados con el Hezbollah del Líbano, amigos de Irán, expresados en Hamas y otras organizaciones realengas, existen activistas e intelectuales liberales y democráticos, organizaciones obreras, ligas profesionales y grupos ciudadanos, justificadamente ofendidos ante las terribles simplificaciones que diariamente se elaboran sobre el islamismo en los medios de comunicación occidentales. Se expresan en partidos políticos en Cisjordania y tienen múltiples correlatos civiles.  Son partidarios resueltos de acordar con Israel un marco digno para la coexistencia en un contexto en el cual prive el respeto mutuo y la no agresión.

El más conocido de ellos probablemente es Eduard Said, brillante polemista y compacto intelectual que vio pasar sus días sin poder concretar la aspiración de tener una nación propia, ridiculizado por la derecha ortodoxa judía, y que con su pluma presentó una convincente pelea para desmontar el chantaje propagandístico del lobby judío que ejerce el control de los medios de comunicación en los Estados Unidos –y que, en consecuencia, domina a placer las emociones de la opinión pública internacional: este según el cual el emprendedor e inobjetablemente democrático estado Israel se juega su futuro ante la barbarie fanática, y que con sus procedimientos militares se está limitando exclusivamente a defender a sus ciudadanos. No será posible comprender en toda su dimensión la complejidad del contencioso árabe israelí sin la lectura de dos de Said: “Nuevas crónicas palestinas” y “Cubriendo el islam”

Porque, en resumidas cuentas, si el extremismo islamista ha podido expandirse con rapidez, especialmente en la franja de Gaza, es porque, confinados en un espacio de tierra que ocupa apenas un tercio de lo que comprende la peninsula de Macanao, viven apiñadas más de un millón de personas, sometidos a  un asfixiante asedio comercial, policial y militar. El integrismo es también, por eso, tristemente, una promesa de redención nacional.


IV

Tampoco es aceptable pretender que indignarse al contemplar  los excesos militares de Israel –a fin de cuentas, un poderoso estado que enfila sus baterías ante una comunidad notoriamente más pobre y más débil- forme parte de una conflagración antisemita, amiga del terrorismo o cómplice de inconfensables intereses enemigos de la libertad.
(Bien visto, el término es banal por donde se le mire: los árabes también pertenecen el tronco linguístico semita)

No pueden los defensores de Israel invocar el debate civilizado, defender el racionalismo occidental, exigir distancia del fanatismo antidemocrático, recordarnos a Golda Meier, espantarse ante las milicias palestinas de cara cubierta, y, al mismo tiempo, proponerle al resto de la humanidad, por mampuesto, que la solución que tienen los palestinos que ahí vivían bastantes décadas atrás de 1949 es emigrar todos a Jordania. Poco más o menos eso fue lo que le dijo Slobodan Milosevic a los albaneses del Kosovo.

No se sostiene, en términos éticos, la famosa Ley del Retorno: esa que, bajo el amparo de occidente, ha permitido a muchos judíos de todo el mundo cumplir con el justificado deseo de fijar su residencia en Israel mientras, por el otro lado, impide a cuatro millones de palestinos regresar a lo que eran sus hogares y los de sus abuelos.

No deja de ser una ironía: en Venezuela existen muchos activistas y analistas que, justificadamente escandalizados, denuncian los excesos del gobierno de Hugo Chávez en el cumplimiento de sus deberes democráticos ante los sistemas hemisféricos. Todos los llamados de Naciones Unidas para que Israel cumpla la legalidad internacional y respete el fuero político de los asentamientos palestinos ocupados en 1967 han sido olímpicamente ignorados por una nación que tiene de padrino al país más poderoso de la tierra. “Forajidos”, por supuesto, siempre serán Sudán, Siria, Somalia. Los países “feos”; los enemigos de occidente. A nadie se le ha ocurrido pensar cuanto de “forajido”, por ejemplo, puede tener un sujeto como Avigdor Liberman, el actual canciller de Israel.

Por lo demás, la discusión sobre el proceder del estado judío, sus estrategias militares, sus bombardeos selectivos, el control militar sobre los territorios palestinos ocupados, las vedas en el uso de su mar territorial, los muros de hormigón y check points entre sus ciudades, los secuestros y torturas de sus activistas, el cañoneo de sus residencias y la demolición de sus escuelas, la toma de los espacios políticos que le corresponden, tienen lugar en el seno de la propia sociedad israelí, que tiene una democracia en la cual, afortunadamente, estas discusiones están permitidas.

El panorama político hebreo tiene importantes sectores ultraortodoxos y conservadores, –el más importante de ellos, el bloque Likud, está en este momento en el poder-, pero en ella también subsisten organizaciones progresistas laicas, pacifistas, vinculadas el universo profesional y obrero, críticas del estado actual, irritada con las interpretaciones unilaterales y violentas del actual gobierno judío. Amos Oz, probablemente el escritor israelí más respetado en el mundo, por ejemplo, es uno de ellos. También, en el extrarradio, Mario Vargas Llosa  –amigo personal de Shimón Peres, entre otros políticos locales; devenido en uno de los críticos más contundentes de Israel en esta hora.

Particularmente descriptiva es, a este respecto, la postura de Gideon Levy, por años reportero del influyente rotativo Haaretz. Desafiando las posturas más intransigentes de sus compatriotas, soportando amenazas de calibre diverso, y exhibiendo una enorme dosis de coraje cívico, Levy no sólo ha publicado estremecedores trabajos en los cuales se da cuenta de las familias mutiladas, los hogares destruidos y los duros rigores del bloqueo que practica su país a la Franja de Gaza, sino que, incluso, ha asistido a foros europeos para condenar la situación con todas sus letras.

V

No considero al estado de Israel, como sí muchos de sus enemigos, una impostura del capitalismo internacional ni un artificio fabricado para prolongar los intereses de los Estados Unidos en el Medio Oriente. Es difícil cuestionar la legitimidad de origen de un proyecto nacional concebido para darle cobijo a los miembros de una de núcleos culturales más antiguos del planeta. Que ha podido construir, además, en muy poco tiempo, una inteligente interpretación de las tradiciones que fundamentan su credo junto a las ventajas de un estado parlamentario moderno.

Tampoco tiene sentido desconocer el memorial de agravios y hogares enlutados que los ciudadanos de Israel coleccionan en su conflicto, primero con la OLP y luego con las organizaciones palestinas de data posterior a la segunda Intifada. Las dolorosas cicatrices de un contencioso que, visto en todo su contexto, parece administrar el grueso de las tensiones de la política internacional moderna. Lo autobuses que han volado por los aires asesinando a ciudadanos inocentes en Tel Aviv y Haifa; los obuses disparados desde Gaza en contra de sus ciudades o la espeluznante matanza de los atletas de la delegación Olímpica de Munich en 1972. Tampoco he querido ofender a los integrantes de la comunidad hebrea venezolana, con varios venezolanos notables entre sus filas, integrantes conspicuos de la cosmópolis nacional de la cual siempre he estado tan orgulloso.

Pero en resumidas cuentas, ya que hablamos de democracia, ya que nos importa la civilización, ya que creemos en los parlamentos, las soluciones racionales, los partidos políticos y las soluciones negociadas. Ya presumimos respetar la diferencia. Ya que, en resumidas cuentas, las naciones están integradas por seres humanos y nos espanta la barbarie irracional, va siendo hora de que la comunidad judía del mundo comprenda que, así como Hamas, Israel no le puede imponer su voluntad a millones de personas inocentes invocando las disposiciones del derecho divino. Que el derecho de los palestinos a tener un estado es, hoy, una causa tan justificada como el que hizo a los judíos soñar con el propio en los años de Teodoro Herzl. Que los asentamientos progresivos en Cisjordania no están justificados, y mucho menos los crímenes a inocentes perpetrados en la Franja de Gaza.

Para eso fue que Naciones Unidas concibió, en 1949, la creación de dos estados. Dos estados con ciudadanos que convivan en paz bajo la mirada comprensiva de Dios. Un Dios que, de acuerdo a lo que tengo entendido, tutela la vida y el destino de todos los seres humanos.